NOSOPRANO

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Revista de crítica audiovisual, review de cine, series y libros

The Deuce: el ecosistema del porno

Cuando Travis Bickle regresa de Vietnam con veintiséis años no puede dormir por las noches, así que decide hacerse taxista nocturno. El hombre que le hace el contrato detecta nada…

HBO: 2017, Guion: David Simon, George Pelecanos, Richard Price, Reparto: James Franco, Maggie Gyllenhaal, Margarita Levieva, Gbenga Akinnagbe, Dominique Fishback, Gary Carr, Lawrence Gilliard Jr., Emily Meade, Michael Rispoli, Chris Bauer, Don Harvey, David Krumholtz, Chris Coy, Natalie Paul, Pernell Walker, Ralph Macchio

Cuando Travis Bickle regresa de Vietnam con veintiséis años no puede dormir por las noches, así que decide hacerse taxista nocturno. El hombre que le hace el contrato detecta nada más verlo que algo no anda bien en su cabeza, pero al fin y al cabo ambos sirvieron como marines en Indochina. Travis se encuentra en su turno con gente de toda ralea y cada mañana le toca limpiar las manchas de sangre y semen del asiento de atrás.

Porque Travis es, ante todo, un hombre limpio; tan limpio como el agua de lluvia que de vez en cuando empapa las mismas calles que él trabaja; limpio, como su conciencia.

Por eso cuando una prostituta de doce años entra en su coche huyendo y es rápidamente interceptada por su chulo, Travis decide comprarse una Smith & Wesson Modelo 29, cañón Magnum calibre 44, además de una S. & W. Modelo 36 de cañón corto cromado, una Scort creyendo que es una Colt de 25, y una Astra Constable pensando que se trata de una 380 Walther semiautomática.

Para limpiar.

Más de cuarenta años separan el clásico de Martin Scorsese Taxi Driver de la última producción de David Simon sobre los orígenes de la industria del porno en Estados Unidos. El protagonismo, la historia y el relato tampoco tienen nada que ver. No obstante, hay algo que une de manera incuestionable ambas ficciones: las calles que retrata la segunda son las mismas que recorre Travis con su coche en la primera, con la particularidad de que, en el film de Scorsese, no son una recreación.

La pornografía estadounidense, hoy día la mayor del mundo y localizada fundamentalmente a lo largo del valle de San Fernando en California —no muy lejos de Hollywood—, nació como industria profesional y sistematizada en el mismo underground neoyorkino donde confluían el arte y la estética de los protegidos de Warhol con las drogas, la subcultura, la mafia italoamericana y los prostíbulos. En este contexto, los tres kilómetros y medio de la calle 42 en Manhattan tienen especial relevancia. No solo se trata del epicentro del distrito teatral, a tiro de piedra de Broadway, Hell’s Kitchen y Times Square, sino que concentra en los setenta la zona de sex shops, peep shows y prostitución callejera probablemente más preeminente de la ciudad. La calle, concretamente el segmento delimitado por los cruces con la 6ª y la 8ª avenidas, era conocida en el argot popular como The Forty-Deuce o, sencillamente, The Deuce.

No es ambientación, es ecosistema

Si David Simon fuera cocinero seguramente seguiría los pasos de esa vieja escuela que entiende la sacralidad de la realización de buenos «fondos» como pieza maestra en la gastronomía. El fondo es una base importante en salsas y caldos. Su elaboración requiere, sobre todo, tiempo, pues se trata de algo que, para que realmente adquiera sustancia, ha de elaborarse a fuego lento. Las obras de Simon en cierto sentido siguen la misma lógica. En las primeras cucharadas de prueba apenas se aprecian resquicios de sabor, suenan a historia insípida y casi aguada. No obstante, conforme va avanzando la elaboración, las esencias de la materia prima se van condensando hasta el punto de poder engrandecer otros platos derivados; otras tramas, incluso secundarias. Eso sí, el arte del fondo requiere pericia, experiencia y una materia prima selecta a base de buen vino, buenas especias y, a menudo, espinas y huesos. Muchos huesos.

Y mientras, las víctimas de la trata siguen sufriendo el mismo destino en una suerte de inalterable maldición divina.

Los primeros episodios de The Deuce nos introducen en un ecosistema complejo. Los últimos, también. Las tramas horizontales que se van pergeñando apenas sugieren una deriva ni un objetivo concreto. No hay protagonistas claros ni conflictos definidos. Y, sin embargo, algo hay. Hay sustancia. La historia se mueve entre los tejemanejes de Vincent y el bala perdida de su hermano gemelo, que montan un bar en la zona con el auspicio medio indirecto de la mafia local; la relación entre las prostitutas, los proxenetas y los clientes que habitan la calle; la vida de Candy, que ha decidido ir por libre sin la salvaguarda de ningún chulo; la historia de Lori, una joven llegada a Nueva York desde Minnesota; o Abby, que deja la universidad para ser camarera de Vincent; o Darlene, que se trae a la calle a una chica de su pueblo a la que arruina la vida… La serie retrata también el ir y venir de los policías corruptos del barrio, los de la comisaría del distrito, los de antivicio, los honrados a su pesar y los que no lo son ni queriendo. También cuenta la historia de Sandra, una joven periodista que quiere denunciar la prostitución de la zona; o los problemas de Chris, camarero de Vincent, que anhela montar su propio bar gay.

Dos hechos añaden presión a la olla donde se cuece todo. Por un lado, el cambio en la legalidad del porno que, siguiendo la estela de Europa, deja de ser perseguido. De pronto los locales especializados empiezan a integrar cabinas de visionado, por lo que muchos clientes optan por invertir unas monedas para lo que antes se dejaban varios billetes. Por otro, la nueva política policial aspira a sacar a las prostitutas de la calle, lo que motiva a un tiempo el auge de los burdeles de la mafia y la obsolescencia de la supuesta protección que brindaban los proxenetas, gremio que empieza a ver próxima su extinción.

Y mientras, las víctimas de la trata siguen sufriendo el mismo destino en una suerte de inalterable maldición divina. El primer episodio termina con un enfático plano del pasillo de un hotel de mala muerte y paredes de papel, habitual refugio de meretrices y clientes. El último plano de la temporada remeda encuadre y composición, si bien varía la localización: ahora se trata del pasillo de un burdel cuyas paredes ni siquiera llegan al techo. Todo ha cambiado para seguir igual.

El porno como salvación

Y luego está el porno, probablemente el más interesante de todos los temas que aborda la serie, mitad por lo novedoso de la propuesta mitad por el empaque de quien la personifica. Pues, no nos engañemos, la historia de Vincent y su hermano, encarnados por partida doble por James Franco, y su ascenso a partir de los asideros de la mafia local ya la hemos visto en más de una ocasión —y con mejores elencos, dicho sea de paso—. En cambio, la incursión de la pornografía en el escenario público suena a una premisa novedosa. Que además se construya a partir del punto de vista de una directora sugiere una refrescante variación sobre los precedentes que se puedan rastrear sobre el tema.

Maggie Gyllenhaal, que además de interpretar también produce la serie, realiza un trabajo de altura, solvencia y valentía. La entidad que otorga al personaje de Candy, prostituta que encuentra en la pornografía una vía de expresión, supone con diferencia lo mejor que presenta la serie. Y lo de mayor interés. Pues Candy no solo va a encontrar en el cine para adultos una manera de salir de la calle, también va a descubrir una vocación artística, una profesión que la terminará salvando tanto en lo físico como en lo emocional. Y ahí está, quizá, la mayor controversia que se desprende de esta primera temporada.

La pornografía de alguna manera se presenta en su origen como una actividad inocua ejercida por nerds con super-ochos, comprensivas directoras, y apenas financiada muy de lejos por los lazos mafiosos

En el último episodio los personajes principales asisten al estreno de la famosa Garganta Profunda (Deep Throath, 1972), el primer filme pornográfico en ser estrenado y distribuido en salas convencionales. Candy y su socio son invitados en calidad de cineastas, pues ya han realizado diversas películas X, alguna incluso con actrices vocacionales que han acudido a ellos epatadas por el aura del celuloide. En su calidad de VIP acceden a ver el estreno junto a Linda Lovelace, protagonista del mítico film, mientras que el proxeneta que les suministraba a las actrices habituales de sus producciones —y que obligaba a todo el equipo, cámaras incluidos, a pagarle su correspondiente tributo— se queda fuera del cine, viendo desmoronarse simbólicamente su estatus y su poderío.

Aunque no puede acusarse a David Simon de perseguir ninguna premisa moralizante en ningún sentido, lo cierto es que la pornografía de alguna manera se presenta en su origen como una actividad inocua ejercida por nerds con super-ochos, comprensivas directoras que susurran sus instrucciones al oído de las actrices, y apenas financiada muy de lejos por los lazos mafiosos. Una actividad que, de hecho, parece suponer una salvación para prostitutas como Lori, la chica que vino desde Minnesota y que termina invitando en las cabinas para que los clientes la admiren en pantalla. Una alternativa a todas luces mucho mejor y más glamurosa que aquel pasillo del burdel cuyas paredes no llegaban al techo y que es comparado por las primeras trabajadoras que entran en él con un establo. Incluso Lovelace es representada exultante como primera pornstar, con un vestido largo de blanco virginal entre flashes y autógrafos a su llegada al estreno de Deep Throath. La misma Lovelace que años después, en la vida real, renegó de todo su trabajo y afirmó haberlo hecho bajo coacción; y la misma película cuyos millonarios derechos regaló el director a la mafia a cambio solo de mil dólares por miedo a quedarse sin piernas.

En todo caso, nunca se sabe por dónde nos pueden llevar. Es David Simon, y tiene todo el tiempo del mundo.

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Ready Player One: empacho de melancolía

Inmersos en un futuro gris y anodino, la humanidad de 2045 vive enganchada a un videojuego de realidad virtual que permite a sus jugadores evadirse de lo mundano y sobrellevar…

ready player one

Título original: Ready Player One; Dirección: Steven Spielberg; Guión: Ernest Cline, Zak Penn (Novela: Ernest Cline);Música: Alan Silvestri; Fotografía: Janusz Kaminski; Reparto: Tye Sheridan, Olivia Cooke, Ben Mendelsohn, Mark Rylance, Simon Pegg,T.J. Miller, Hannah John-Kamen

Inmersos en un futuro gris y anodino, la humanidad de 2045 vive enganchada a un videojuego de realidad virtual que permite a sus jugadores evadirse de lo mundano y sobrellevar la existencia a través de las peripecias de un avatar cibernético. El gurú creador de este juego muere dejando un huevo de pascua escondido en él que permite, a quien lo encuentre, heredar toda la fortuna del inventor así como el control de la maquinaria. Un grupo de chavales se embarca en la aventura para evitar que una corporación se haga con el trofeo e inunde el pasatiempo de publicidad. Para lograrlo, deberán desvelar los tres acertijos póstumos que el creador dejó escondidos en la historia y que basan su solución en la vasta cultura pop desde los sesenta.

Con una factura visual preciosista y abigarrada que alterna entre lo granuloso, desaturado y titubeante del mundo real y la exuberancia digital del mundo mágico dentro del videojuego, Spielberg trae una historia de aventuras juveniles llamada a encandilar tanto a los más pequeños como a sus cuarentones padres. Así, aunque la narrativa es más bien floja, más bien infantil y más bien vacua, realmente el relato no es sino una excusa para atiborrar al respetable de elementos pop con los que saciar su melancolía, como el Delorean de Regreso al futuro debidamente tuneado con las señales luminosas de El coche fantástico, participando en una carrera contra la moto de Akira, el Batmóvil de la serie de Adam West o la furgoneta de El equipo A mientras son perseguidos por el tiranosaurio de Parque Jurásico. Resulta obvio que pocos podrían haber realizado esta adaptación mejor que Spielberg quien, tanto en su labor como director como gracias a su aportación en el campo de la producción, ha contribuido probablemente más que nadie a nutrir de referentes el acervo colectivo popular.

Los olvidados por la propuesta probablemente sean los integrantes de la llamada generación millennial, que a duras penas podrán identificar todos los referentes que aparecen en el filme —salvo, seguramente, los más frikis— y que difícilmente lograrán empatizar con una carrera de obstáculos tan desganada como previsible, con personajes de planicie argumental y villanos maniqueos. A ellos les queda, en todo caso, la cercanía en edad con el inexpresivo protagonista, así como una peripecia más o menos entretenida y visualmente absorbente —mareante por momentos—, que pese a todo tiene diversos aciertos, como el homenaje a El Resplandor de Stanley Kubrick y su Hotel Overlook, en cuyas siniestras dependencias se desarrolla el mejor pasaje de la aventura.

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Jumanji: el cascarón vacío

Un grupo de jóvenes son castigados por distintas faltas en su instituto. Mientras realizan las tareas de limpieza que les han encomendado en un viejo almacén se topan por casualidad…

Título original: Jumanji: Welcome to the Jungle; Dirección: Jake Kasdan; Guión: Jeff Pinkner, Scott Rosenberg, Erik Sommers (Novela: Chris Van Allsburg. Historia: Chris McKenna);Música: Henry Jackman; Fotografía: Gyula Pados; Reparto: Dwayne “The Rock” Johnson, Jack Black, Kevin Hart, Karen Gillan, Alex Wolff, Madison Iseman

Un grupo de jóvenes son castigados por distintas faltas en su instituto. Mientras realizan las tareas de limpieza que les han encomendado en un viejo almacén se topan por casualidad con un videojuego de los que hoy se conocen como «retro». Como es lógico, no tardan en enchufarlo para ponerlo a prueba, optando cada uno por un avatar dentro de la historia. No obstante, nada más comenzar la partida, el videojuego los absorbe hacia el interior de la pantalla. Una vez dentro, cada uno adoptará la forma del avatar elegido que, como es de esperar, presenta características completamente opuestas a las suyas en la vida real.

Mitad continuación mitad remake de la película protagonizada por Robin Williams en 1995, el nuevo Jumanji viene a explotar la carta de la nostalgia que tan buenos resultados de taquilla y suscripciones está dando a lo largo de la última década. Sin embargo, el planteamiento comercial se queda sólo en lo instrumental de la historia, desgranando luego un relato de acción y comedia tan ordinario que bien podrían haber subvertido cualquier otro packaging finisecular y haber obtenido el mismo resultado.

Da la impresión de que los filmes adolescentes de los ochenta y noventa originales exploraban, bajo la excusa de aventuras imposibles y mundos mágicos, valores mucho más profundos

La fortaleza del film, más allá de un guión pergeñado con escuadra y cartabón sobre arcos simplones y premisas fáciles, descansa fundamentalmente en la vis cómica de sus intérpretes, y en concreto sobre las orondas espaldas de Jack Black y Dwayne Johnson, que efectivamente hacen suyos los roles que les toca interpretar a ratos entre estampida y estampida. Obviamente es Black quien se lleva el gato al agua, no sólo por un menor encasillamiento del actor, sino por el acierto de corporeizar algo tan alejado de sí mismo como es una quinceañera adicta a instagram.

Pero la película presenta más debilidades que fortalezas, empezando por la escasa sensación de peligro real que mueve a los personajes —todos dotados con tres vidas en la partida— y siguiendo por lo predecible y facilón de la aventura. El interés que suscitan las relaciones entre ellos se queda en lo banal, apenas rozando la superficie de quiénes son y quiénes quieren llegar a ser en el microcosmos de los pasillos de la secundaria.

De alguna forma, da la impresión de que los filmes adolescentes de los ochenta y noventa originales exploraban, bajo la excusa de aventuras imposibles y mundos mágicos, valores mucho más profundos relacionados con el sentido de la justicia, la amistad, los traumas provocados por la inestabilidad familiar, la madurez o la necesidad de aprender a lidiar con la muerte. Las nuevas aventuras que apelan a aquéllos para ganarse tanto a los millenials y post-millenials como a los treintañeros de hoy parece que se quedan, por lo general, en la superficie, no sabiendo ofrecer nada mejor que un cascarón vacío.

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Tomb Raider: Lara Croft y la última cruzada

En la tercera entrega de la saga de Indiana Jones, el héroe rechaza la llamada a la aventura al menos tres veces. Cuando recibe el misterioso paquete que contiene el…

Título original: Tomb Raider; Dirección: Roar Uthaug; Guión: Geneva Robertson-Dworet, Alastair Siddons (Personaje: Toby Gard);Música: Junkie XL; Fotografía: George Richmond; Reparto: Alicia Vikander, Daniel Wu, Dominic West, Walton Goggins, Kristin Scott Thomas

En la tercera entrega de la saga de Indiana Jones, el héroe rechaza la llamada a la aventura al menos tres veces. Cuando recibe el misterioso paquete que contiene el diario de su padre con los secretos de su investigación, él ni siquiera se molesta en abrir el sobre; cuando el millonario Donovan le presenta, copa de Möet por medio, los vestigios hallados que prueban la existencia del Santo Grial y las sobrenaturales bondades que se le atribuyen a la reliquia, él les resta valor tachando las pruebas de indeterminadas y la historia de «cuento para niños». Ni siquiera accede a embarcarse en lo que parece un insigne proyecto arqueológico cuando le explican que el experto que lo estaba dirigiendo se encuentra en paradero desconocido. Nada parece interesar lo suficiente al profesor como para abandonar la cotidianidad de sus lecciones en la Universidad. Solo cuando agarra su sombrero ya con la intención de marcharse del apartamento del millonario éste le espeta un argumento que le hace cambiar de opinión y lanzarse de lleno a la aventura: el hombre que ha desaparecido es su propio padre. El reboot de la franquicia de Tomb Raider presenta no pocas similitudes con el ya clásico de Spielberg.

Deliberadamente alejada de la versión protagonizada por Angelina Jolie este nuevo comienzo apuesta por apoyar todo el peso sobre el talento de Alicia Vikander

Lara Croft es una joven que malvive en el bullicioso centro de Londres. Su principal afición es el boxeo, pero va a tener que renunciar a él al no poder pagar más tiempo la matrícula del gimnasio donde está inscrita. Desesperada por conseguir algo de dinero, trabaja como repartidora y de vez en cuando participa en carreras de bicicletas, lo que le ocasiona problemas con la policía. Lo curioso es que Lara en realidad es la única heredera de una inconmensurable fortuna a la que podría acceder tan solo con aceptar la herencia por escrito. Pero firmar ese papel supondría dar definitivamente por muerto a su padre, que desapareció hace años en el mar de Japón, y ella no está dispuesta. Por eso el hallazgo de un mensaje secreto de su progenitor la anima a seguir sus pasos en la investigación de una antigua leyenda con la esperanza de encontrar al menos las causas de su desaparición.

Deliberadamente alejada de la versión protagonizada por Angelina Jolie hace más de quince años, este nuevo comienzo apuesta por apoyar todo el peso dramático sobre los robustos hombros y el incuestionable talento de Alicia Vikander que, en efecto, cumple con su cometido. Sin embargo, pese a comenzar con una premisa potente, la historia se va desinflando conforme avanza el metraje, perdiéndose en la espectacularidad de las persecuciones, las deudas visuales con el videojuego, un macguffin de buena intención pero flojo resultado y unos villanos maniqueos de ocurrencia sobrevenida y alevosía injustificada.

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La muerte de Stalin: risas en el gulag

Infartado y sobre un charco de orina, Stalin da sus últimos estertores sin que nadie acuda en su ayuda sencillamente por miedo a entrar en sus aposentos. Cuando por fin…

Título original: The Death of Stalin; Dirección: Armando Iannucci; Guión: Armando Iannucci, David Schneider, Ian Martin, Peter Fellows (Cómic: Fabien Nury);Música: Christopher Willis; Fotografía: Zac Nicholson; Reparto: Steve Buscemi, Olga Kurylenko, Andrea Riseborough, Jason Isaacs, Paddy Considine, Jeffrey Tambor

Infartado y sobre un charco de orina, Stalin da sus últimos estertores sin que nadie acuda en su ayuda sencillamente por miedo a entrar en sus aposentos. Cuando por fin alguien se decide a llamar a un médico, la problemática se torna paradójica: los mejores doctores han sido todos deportados o eliminados por mandato, precisamente, del propio Stalin. El cuadro, enmarcado desde el patetismo, apunta hacia la sonrisa del respetable: todos los gerifaltes del régimen evitan pisar la mancha de orina de su líder mientras sollozan y emiten lamentaciones exageradas. En sus fueros internos urden en secreto la trama maquiavélica que les permita agrandar su cota de poder aprovechando que el sucesor del jerarca es un pusilánime sin autoridad. Apenas la noche anterior compartían con el jefe chistes y bromas mientras veían alguna película norteamericana de indios y vaqueros; ahora le pegarían gustosos un tiro en la nuca al amigo más cercano. Es la Unión Soviética y estamos en 1953.

Si aceptamos la existencia de unos «límites del humor», La muerte de Stalin se edifica directamente sobre la línea divisoria de tal linde fronteriza

El director y guionista Armando Iannucci lleva a la pantalla un cómic del francés Fabien Nury haciendo gala de su afilado sentido de la parodia. Si aceptamos la existencia de unos «límites del humor», La muerte de Stalin se edifica directamente sobre la línea divisoria de tal linde fronteriza para erigir una contundente crítica al poder en todas sus formas. Los chistes, que no dejan bien parado a nadie, se desenvuelven desde el aséptico gag físico hasta el más irredento de los escenarios; desde el chascarrillo zafio de los protagonistas hasta la comedia a costa de ejecuciones explícitas, condenas a muerte con risotada y bidón de gasolina, o violaciones a menores pertrechadas al amparo del fuera de campo.

Perpetran la obra, además del director, un conjunto de actores anglosajones en estado de gracia. Con el siempre histriónico Steve Buscemi a la cabeza, todos los intérpretes se pliegan al reclamo de la parodia gamberra, pero dejando ver entre las grietas de la sátira la piel de monstruos tan oscuros, crueles y sanguinarios como tristemente reales.

La película, no obstante, bajo esta capa de negrura no banaliza la realidad ni la subvierte tras la careta del payaso sino precisamente lo contrario: la expone de una forma tan descarnada y cruda que finalmente el espectador se enfrenta a la duda de si lo que está viendo es o no una exageración de la realidad histórica, y si realmente la risa que le ha provocado es en el fondo legítima o cruel. Tal vez haya sido esta dualidad la que ha propiciado que el filme haya sido finalmente vetado en Rusia además de en otras ex repúblicas soviéticas.

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Gorrión Rojo: Madre Patria

En 1974 Chalotte Rampling, con 28 años, llevaba el escándalo y la polémica a las salas de cine de la mano de la directora Liliana Cavani. El motivo no era…

Gorrión Rojo, Jennifer Lawrence

Título original: Red Sparrow; Dirección: Francis Lawrence; Guión: Justin Haythe (Novela: Jason Matthews);Música: James Newton Howard; Fotografía: Jo Willems; Reparto: Jennifer Lawrence, Joel Edgerton, Jeremy Irons, Charlotte Rampling, Mary-Louise Parker

En 1974 Chalotte Rampling, con 28 años, llevaba el escándalo y la polémica a las salas de cine de la mano de la directora Liliana Cavani. El motivo no era otro que la película Portero de noche, escrita por esta última, donde narraba con abundante erotismo la relación sadomasoquista entre reclusa y carcelero en el contexto de los campos de exterminio durante el holocausto. La primera escena que se rodó del filme fue precisamente la que terminó siendo más famosa: el baile de Rampling en toples cubierta por la gorra de un oficial de las SS. No resulta extraño, por tanto, que el casting de Gorrión Rojo haya optado por la misma actriz para interpretar en esta ocasión a la severa mentora jefa del centro de adiestramiento para espías donde recae el personaje interpretado por Jennifer Lawrence, precisamente también a sus 28 años, y donde le enseñarán, entre otras lecciones, que su cuerpo y su sexualidad son bienes al servicio del Estado.

La película de Lawrence se aleja de la tónica de todos los filmes del género de espías de la última década

Bregada en la disciplina del Bolshói, la primera bailarina Dominika Egorova ve truncada su carrera por un aparatoso accidente en escena. Su tío, un gerifalte del gobierno ruso, explota su debilidad económica y la dependencia de su madre discapacitada para enredarla en un asunto indecoroso: debe seducir a un político rival y aprovechar la intimidad de la alcoba para robarle el teléfono. No obstante, todo sale mal y al político le da tiempo a violarla antes de ser asesinado por un sicario, cosa que era el verdadero objetivo del plan desde el comienzo. Implicada, salpicada de sangre, y con la atención médica que necesita su madre en vilo, a Dominika no le queda otra opción que acceder al plan de su tío y pasar a integrar un cuerpo de espías de élite —los llamados «gorriones»—, especializado en las tácticas de seducción. El agente de la CIA Nate Nash (Joel Edgerton) será su primer objetivo.

Sostenida sobre la contención, la película del director Francis Lawrence —sin parentesco con la protagonista— se aleja de la tónica que han llevado, no solo todos sus filmes precedentes, sino casi todos los filmes del género de espías de la última década en general —especialmente los protagonizados por mujeres—. En Gorrión Rojo no hay apabullantes escenas de acción, persecuciones con tiroteos a toda velocidad ni avasalladores planos secuencia de peleas imposibles. En lugar de eso se narra una historia íntima, sosegada y mantenida sobre los diálogos, las mentiras y las traiciones insospechadas. Lawrence, la actriz, hace gala de una fuerza expresiva encomiable capaz de llevar todo el peso de la trama y además engañar al espectador en un final del todo sorpresivo.

Eso sí, la película resulta quizá demasiado larga.

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Todo el dinero del mundo: la oreja de Kevin Spacey

Correcta y bien narrada, pero fría.

todo el dinero del mundo

Título original: All the Money in the World; Dirección: Ridley Scott; Guión: David Scarpa (Libro: John Pearson);Música: Daniel Pemberton; Fotografía: Dariusz Wolski; Reparto: Michelle Williams, Mark Wahlberg, Christopher Plummer, Romain Duris, Charlie Plummer

John Paul Getty era un adolescente que en el 1973 tenía la mala fortuna de llevar el mismo nombre y apellido que su abuelo, el magnate del petróleo más acaudalado del mundo y, además, de haber perdido casi toda relación con él. Su secuestro fue primera plana al instante en la prensa mundial, así como la negativa del anciano a pagar un centavo por su rescate, lo que le acarreó al pequeño no sólo la prolongación del tormento en manos de la mafia calabresa sino también la amputación de la oreja derecha. Charlie Plummer es el actor encargado de darle vida en la pantalla y, aunque comparten apellido, no tiene ninguna relación familiar con quien interpreta a su abuelo y cuyo casting será recordado por una triste polémica.

Christopher Plummer, veterano actor con más de cien títulos en su carrera, ha sido el encargado de dar vida en la ficción al multimillonario J. Paul Getty en sustitución de Kevin Spacey. Por lógico que pueda sonar que para un papel de octogenario sea preferible Plummer, de 88, antes que Spacey, de 58, lo cierto es que la película ya estaba rodada y montada cuando el escándalo sexual salpicó al segundo. Por ello el director Ridley Scott —también octogenario— optó por evitar boicots y polémicas a golpe de reshoot, volviendo a convocar a todo el equipo para volver a filmar con Plummer las escenas que había encarnado Spacey.

Correcta, disfrutable y entretenida, pero narrada con una frialdad casi documental.

El buen o mal resultado del cambio solo lo pueden corroborar comparativamente los miembros del equipo que hayan visto ambas interpretaciones. La versión de Plummer, en todo caso, denota una profesionalidad y un carácter sin duda reseñables que juega en sintonía con la lograda fuerza dramática que imprime Michelle Williams al personaje de madre coraje, verdadera protagonista de la historia. No obstante, el ritmo, el tono y, en definitiva, el relato tipo thriller que narra el filme no lo sitúan a la altura de los trabajos más excelsos del director de Blade Runner que, aun con su evidente pericia y eficiencia narrativa, no logra una película de la tensión emocional que cabría esperar. Correcta, disfrutable y entretenida, pero narrada con una frialdad casi documental.

Con todo, independientemente de la calidad interpretativa de uno u otro villano, la solución de Scott para salvar su película realmente le ha venido como anillo al dedo. El desaire al trabajo de Spacey no solo ha logrado promocionar el filme de forma indirecta, sino que además la pretensión comercial que ha motivado el cambio de actor casa a la perfección con el carácter del villano que retrata, quien, como es sabido, solo aceptó pagar a los captores de su nieto cuando se enteró de que el dinero del rescate desgravaba.

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La limpiadora muda y el anfibio enamorado

Más que una historia de espías, La forma del agua es la historia de amor entre Elisa y un ser anfibio de rasgos humanoides

La forma del agua

Título original: The shape of water; Dirección: Guillermo Del Toro; Guión: Guillermo del Toro, Vanessa Taylor;Música: Alexandre Desplat; Fotografía: Dan Laustsen; Reparto: Sally Hawkins, Doug Jones, Michael Shannon, Octavia Spencer, Richard Jenkins

Elisa es una mujer sencilla. De costumbres humildes, duerme en un diván durante gran parte del día y por las noches se levanta, se da un baño, y se va a trabajar como limpiadora de unas instalaciones científicas. Su vecino es un ilustrador ya entrado en edad que trabaja desde casa y al que acompaña por las tardes a comer tarta. Su mejor amiga trabaja con ella, le guarda los turnos y le cuenta las intimidades de su matrimonio como hacen las amigas normales. Sin embargo, Elisa es muda, su vecino es gay, su amiga es negra y todo esto se intuye problemático porque el relato nos sitúa en el intolerante Estados Unidos de comienzos de los sesenta.

Si ya con estos ingredientes el filme se pinta interesante, la cosa no hace sino ganar profundidad con la irrupción de un villano de funestas proporciones que viene a situarse como el brazo ejecutor —y acosador— de una burocracia machista y retrógrada que no tiene en mente más que una preocupación: la amenaza de la Guerra Fría. Y con razón: entre los doctores que trabajan en las instalaciones científicas hay al menos un espía soviético infiltrado.

Con una lectura que evidencia sus metáforas políticas y morales, la nueva fábula de Del Toro se sostiene sobre una historia bien trazada, una interpretación magnética de su protagonista, y una audacia incuestionable al subvertir los géneros

Pero el relato va más allá, pues el film de Guillermo del Toro no se contenta con las posibilidades dramáticas que se adivinan de una ambientación tan prolija en conflictos. Más que una historia de espías, La forma del agua es la historia de amor entre Elisa y un ser anfibio de rasgos humanoides, objeto de estudio de los científicos y potencial ventaja estadounidense en la contienda. Por supuesto el gobierno —personificado en un general de cinco estrellas, esos que pueden contarse con los dedos de una mano en toda la historia de los EE. UU.— ordena sacrificar a la criatura para analizarla por dentro y Elisa, con la ayuda de sus amigos, tratará de salvarla.

Con una lectura que evidencia sus metáforas políticas y morales, la nueva fábula de Del Toro se sostiene sobre una historia bien trazada, una interpretación magnética de su protagonista, y una audacia incuestionable al subvertir los géneros —el film tiene incluso algún momento musical— e incluso introducir de manera explícita el sexo. A lo largo del film no son pocos los homenajes y citas cinéfilas, comenzando por el propio diseño del monstruo, calcado del de los clásicos de los cincuenta. El juego visual, por otro lado, y como es habitual en el director, se construye en torno al realismo mágico que es común en el resto de su filmografía. Igual que los problemas de la película, también habituales en todas sus obras: un villano demasiado estereotipado y maniqueo, y un clímax donde los personajes de pronto muestran virtudes y capacidades que no se habían manifestado anteriormente en el metraje.

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Cincuenta sombras liberadas: masoquismo naíf

Hay que reconocerle al menos el esfuerzo de tratar de sacar ápices de emoción a la que probablemente sea la pareja de intérpretes con menos química de la historia del cine.

fifty shades freed

Título original: Fifty shades freed; Dirección: James Foley; Guión: Niall Leonard (Novela: E.L. James);Música: Danny Elfman; Fotografía: John Schwartzman; Reparto: Dakota Johnson, Jamie Dornan, Eric Johnson, Eloise Mumford, Rita Ora

El sadomasoquismo encierra en sí mismo una paradoja: el sometimiento de los amantes en los actos de dominación sexual parten —al menos así dicta la teoría— de la más rotunda de las libertades. La tercera y última entrega de la saga iniciada por Cincuenta sombras de Grey encierra otra similar: bajo la aparente capa de liberalización de las conductas sexuales se esconde un relato eminentemente moralista, retrógrado y, en suma, mogigato.

Tras la tormentosa relación de la primera y los dimes y diretes de la segunda, la pareja formada por Christian Grey y Anastasia Steele se dan el sí quiero definitivamente al comienzo de Cincuenta sombras liberadas, para, a continuación, lanzarse a una luna de miel por los rincones más estilosos de Europa. De regreso, ella vuelve a su trabajo convertida en la señora del jefe de su jefe, y esto se traduce en un mayor despacho redecorado según la dictadura del lujo que le corresponde. Él, por su parte, vuelve a hacer lo que quiera que sea que haga para ganarse la vida —nunca se muestra de manera explícita—, si bien queda claro que su trabajo le deja tiempo para disfrutar de las escapadas de fin de semana a la sierra, el lago, la montaña… o lanzarse a temerarios paseos a bordo de su Audi R8 —unos 200.000 euros de coche—. No obstante, dos problemas irrumpen en el bienestar de la pareja. Primero, los celos y la negativa de Mr. Grey a tener hijos. Segundo, el acoso de un peligroso psicópata que pretende vengarse de Anastasia al sentirse despechado. En medio de todo esto, los recién casados darán rienda suelta a su lubricidad siempre que tienen ocasión, si bien es destacable que el «cuarto de juegos» parecen haberlo reservado ya solo para ocasiones especiales.

Adaptación de la tercera novela de E.L. James a cargo de su marido, que firma el guión, no termina de encontrar el tono en el que quiere desarrollarse.

El filme, adaptación de la tercera novela de E.L. James a cargo de su marido, que firma el guión, no termina de encontrar el tono en el que quiere desarrollarse. En unos momentos parece un thriller, en otros un drama conyugal, y en otros un videoclip de música pop. En todo caso, en ninguna de estas facetas presenta suficiente entidad. El thriller, que se desenvuelve sobre la incongruencia, se solventa con una facilidad sonrojante; el drama conyugal, que se construye a base de afrentas de romance adolescente, se sublima en el éxtasis de la edulcoración marital —y familiar—; y los videoclips musicales, sencillamente, parecen todos el mismo.

No obstante, ninguna saga llega a tener terceras partes sin el apoyo masivo del público. El filme ya ha destronado en taquilla a los éxitos navideños, y hay que reconocerle al menos el esfuerzo de tratar de sacar ápices de emoción a la que probablemente sea la pareja de intérpretes con menos química de la historia del cine.

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El Hilo Invisible: pasión masoquista

Con ritmo lento y cierto deje artificioso, el director y guionista Paul Thomas Anderson logra entregar una pieza hilvanada a partir de retazos de momentos cargados de simbolismo

Título original: Phantom Thread; Dirección, guión, fotografía: Paul Thomas Anderson; Música: Jonny Greenwood; Reparto: Daniel Day-Lewis, Vicky Krieps, Lesley Manville, Richard Graham, Bern Collaco, Jane Perry, Camilla Rutherford, Pip Phillips

Agotado tras un proceso creativo de eventual relevancia social, el diseñador Reynolds Woodcock despide a su última modelo-amante y, por recomendación de su hermana, se marcha una temporada a la casa que su familia tiene en el campo. Durante su viaje, en un restaurante de la costa, conoce a una camarera de la que se queda prendado. La joven pasa a convertirse en su nueva modelo-amante y se traslada a vivir con él y su estricta hermana a su estudio de Londres. Pero la llegada de nuevos encargos y el obsesivo temperamento del diseñador le sumergen en episodios de bipolaridad. El artista, que contempla con preocupación cómo la moda de alta costura va dando paso a la trivialidad de lo «chic», alterna estados eufóricos de trabajo obsesivo durante los que desprecia a su compañera con momentos depresivos en los que busca su consuelo como un niño necesitado de cariño. Consciente de que su amado solo le corresponde cuando está mal anímicamente, ella opta por generarle su dependencia enfermándole mediante setas venenosas que mezcla en su comida. A su vez, la protagonista tendrá que bregar con la rivalidad que supone la hermana del diseñador, que juega un rol de institutriz diabólica al estilo del ama de llaves de Rebeca, así como del fantasma de su madre, que atormenta al creador desde la tumba donde yace ataviada con el vestido de novia que él mismo diseñó para ella en sus segundas nupcias.

El que se ha vendido como trabajo definitivo del genial Daniel Day-Lewis —no es la primera vez que anuncia su retirada de la interpretación— teje con ritmo pausado un complejo tapiz de emociones que encuentran en los intérpretes la mejor baza para su desarrollo.

Con ritmo lento y cierto deje artificioso, el director y guionista Paul Thomas Anderson logra entregar una pieza hilvanada a partir de retazos de momentos cargados de simbolismo que no le hacen ascos a la comedia o incluso el suspense en una obra eminente y clarisimamente enmarcada en el ámbito del melodrama. El retrato de un amor visceral, pasional, enfermizo y, a la postre, destructivo, se plantea en términos de un realismo mordaz y a la vez sorprendentemente hechizante.

Aparte de la excesiva duración, el recreo y deleite sobre los detalles y lo estrambótico de algunos pasajes, el verdadero problema del filme es su final, quizá sobrevenido, y donde el artificio sonroja. Un final que cambia en cierto sentido todo lo que hemos aprendido sobre los personajes y que roza por instantes lo incongruente, pero que es lo suficientemente satisfactorio para sembrar en los espectadores un atisbo de sorpresa, de duda, de inquietud y, en los mejores casos, para avivar el debate a la salida de la sala.

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El pasajero: extraños en un tren

Aquél a quien señale MacCauley será asesinado antes de que el tren llegue a su destino. De no cumplir su encomienda, por supuesto, el destino fatal recaerá sobre su familia.

El Pasajero

Título original: The Commuter; Dirección: Jaume Collet-Serra; Guión: Byron Willinger, Philip de Blasi;Música: Roque Baños; Fotografía: Paul Cameron; Reparto: Liam Neeson, Patrick Wilson, Vera Farmiga, Sam Neill, Jonathan Banks,Elizabeth McGovern, Dean-Charles Chapman, Clara Lago

Tras más de una década trabajando en la misma compañía, el antiguo policía y ahora vendedor de seguros Michael MacCauley es despedido de su trabajo. Sexagenario y con varias hipotecas a sus espaldas, el futuro se presenta incierto para él y su familia, cuyo hijo menor está a punto de comenzar la universidad. Por ello, cuando una desconocida se le acerca en el cercanías que le lleva a casa —el mismo de cada día— y le ofrece una sustancial suma de dinero por hacer un pequeño y sencillo trabajo, el recién despedido acepta de primeras. El requerimiento es simple para alguien como él: sólo tiene que identificar un pasajero que no sea de los habituales del trayecto y que lleve una bolsa sospechosa.

Sin embargo, aunque el juego se antoja entretenido al comienzo, pues después de tantos años ha terminado por conocer al menos de vista a todos los regulares, pronto se descubre la vileza de los villanos: aquél a quien señale MacCauley será asesinado antes de que el tren llegue a su destino. De no cumplir su encomienda, por supuesto, el destino fatal recaerá sobre su familia.

Jaume Collet-Serra firma su cuarta película junto al afamado actor Liam Neeson siguiendo un poco el patrón de todas las anteriores, la misma fórmula: thriller, misterio, acción… un protagonista que aparenta ser alguien del montón pero que esconde bajo la manga la carta de unas habilidades extraordinarias recuerdo de su vida pasada, y el suspense derivado de la cuenta atrás que ocasiona, en esta ocasión, cada una de las paradas por las que va pasando el tren de la muerte.

Sorprende, no obstante, el interés estético de la obra. No solo las escenas de acción están coreografiadas sobre la base de la acción espectacular —jugando incluso con planos secuencia virados sobre el truco de las distintas focales—, sino que también se denota un interés estilístico más allá de lo esperable dentro de este subgénero tan poco dado a las florituras. Sirva de ejemplo la sorprendente secuencia de montaje inicial, donde a intervalos se nos narra por un lado la rutina habitual de nuestro protagonista al tiempo que se pone al espectador sobre aviso de los problemas económicos y el desembolso que va a suponer el acceso del único hijo a la universidad.

Ahora bien, aunque la película es disfrutable dentro de su subgénero, la lógica de las acciones no aguanta un razonamiento pausado; los villanos son tan omnipotentes que suenan a sortilegio; los giros tan estrambóticos como predecibles y el misterio, único aval del interés del espectador, se difumina conforme el metraje va pasando de la intriga a la acción por la acción.

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The Post: el borrador de la Historia

Desde 2004 es ya una tradición que el actor Tom Hanks regale cada año una cafetera a los corresponsales que trabajan en la Casa Blanca durante la cena anual de…

Título original: The Post; Dirección: Steven Spielberg; Guión: Liz Hannah, Josh Singer;Música: John Williams; Fotografía: Janusz Kaminski; Reparto: Tom Hanks, Meryl Streep, Jesse Plemons, Bob Odenkirk, Matthew Rhys,Michael Stuhlbarg, Sarah Paulson, Alison Brie

Desde 2004 es ya una tradición que el actor Tom Hanks regale cada año una cafetera a los corresponsales que trabajan en la Casa Blanca durante la cena anual de su asociación, a la que suele asistir el presidente de Estados Unidos. El año pasado, además, el regalo fue acompañado por una nota mecanografiada en la que pedía a los periodistas que velasen por «la Verdad, la Justicia y el estilo de vida estadounidense», si bien apostillaba de inmediato «especialmente la Verdad». No dejaba de tener su simbolismo. Tras lanzar feroces críticas a los medios de comunicación y acusar de forma generalizada al colectivo de difundir noticias falsas, el presidente Donald Trump excusaba su presencia en la tradicional cena, costumbre que había sido respetada por todos sus predecesores. Hacía menos de un mes que el magnate había criticado en su Twitter a la actriz Meryl Streep. Los archivos del Pentágonollegan, por tanto, en el momento preciso.

La historia, real y sobradamente conocida, supuso un escándalo que salpicó en 1971 a la administración Nixon —y a las precedentes—, solo superado por el Caso Watergate al año siguiente. En líneas generales se trataba de la publicación, primero por el New York Times y luego por el Washington Post, de un extenso informe secreto que detallaba los pormenores de la implicación de los Estados Unidos en la guerra de Vietnam, y que ponía de manifiesto como todos los presidentes desde Truman habían ocultado o tergiversado información para permanecer en la contienda a sabiendas de que estaba perdida.

Spielberg compone con mano maestra una narración centrada en la interioridad de la redacción, de los hogares y hasta de la conciencia de los personajes. El conflicto principal, más allá de la obtención de una copia fidedigna de dicho informe, o de no zozobrar en la recién iniciada andadura del periódico en el mercado bursátil, estriba en el dilema de la protagonista, la mítica editora Katharine Graham en la piel de Meryl Streep, entre publicar o no publicar una información que puede suponer la ruina de la empresa familiar, la pérdida de todas sus influyentes amistades e incluso la prisión por revelación de secretos.

Si bien los tiempos acompañan el filme en cuanto a la deontología periodística, no es menor la fuerza que imprime al relato la visión feminista que aporta tanto la temática, mediante la figura de la editora que debe abrirse camino entre su propios subalternos hombres, como las sutilezas, ya sean las miradas de admiración callada que despierta la protagonista como la genialidad de poner la sentencia climática del filme en boca de las redactoras en plantilla.

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El instante más oscuro: antes la guerra

La aproximación que realiza el director Joe Wright a la figura del político inglés es la tercera que llega a las pantallas en tiempos del brexit.

Título original: Darkest hour; Dirección: Joe Wright; Guión: Anthony McCarten;Música: Dario Marianelli; Fotografía: Bruno Delbonnel; Reparto: Gary Oldman, Ben Mendelsohn, Kristin Scott Thomas, Lily James, Stephen Dillane, Richard Lumsden

Cuando el sexagenario Winston Churchill forma gobierno por encargo del rey en mayo de 1940 se encuentra con un panorama nada alentador. Además de la oposición, tiene en contra a su propio partido; es conocedor de las reticencias hacia él del monarca, y en menos de diez días se levanta con media Europa asediada por Hitler y la mayor parte de las fuerzas terrestres británicas acorraladas en medio de una playa en Francia. Su gabinete de guerra aconseja negociar un acuerdo que apacigüe a la fiera nazi y permita al pueblo inglés una salida honrosa del conflicto. Y el consejo se intuye, a todas luces, prácticamente una obligación: si Churchill no acepta esa vía perderá el apoyo de la cámara y se arriesgaría a una moción de censura. No obstante, el primer ministro no es partidario de la rendición y opta por posicionarse estoicamente contra corriente, frente a las presiones de unos y de otros, con la indiferencia del aliado estadounidense, y sin más apoyo que el aporte nutricional de su particular desayuno diario: huevos revueltos con panceta, whisky y puro.

La aproximación que realiza el director Joe Wright a la figura del político inglés es la tercera que llega a las pantallas en tiempos del brexit. Hace apenas unos meses Brian Cox se enfundaba en el traje de primer ministro para la película Churchill, dirigida por Jonathan Teplitzky; y John Lithgow arrancó 2017 dando vida al inglés en la loada The Crown de Netflix. Igualmente, el periodo ha sido también retratado por diversos filmes en los últimos meses, como Su mejor historia, dirigida por Lone Scherfig y estrenada el pasado verano, o Dunkerke de Christopher Nolan, que llegó a las pantallas prácticamente en las mismas fechas.

Lo novedoso que aporta la recreación de esta nueva entrega reside, además de en un guion equilibrado donde los toques «peliculeros» se contrapesan con elementos de puro drama, en la interpretación magistral de un Gary Oldman irreconocible bajo libras y libras de látex y que, según ha declarado, nada más terminar sus escenas fue directo a hacerse una colonoscopia por los problemas estomacales que la dieta de puros del mandatario le había ocasionado. Eso sí, quizá tenga una compensación extra: ya se ha llevado el Globo de Oro y su nombre resuena —lleva años resonando— para hacerse con el Óscar.

Por lo demás, sin embargo, la película es regular en cuanto al ritmo, con pasajes donde la acción decae hasta rozar el tedio, y tramposa en cuanto a la presentación de los hechos, con algunos momentos de dudosa verosimilitud y repentinos cambios de parecer de los secundarios, siempre a favor de obra.

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Molly’s Game: la redención de Circe

Resulta sencillo reconocer un guion de Aaron Sorkin. Independientemente de que se trate de alguno de sus loables trabajos para la pequeña o la gran pantalla, hay una serie de…

Título original: Molly’s Game; Dirección y guión: Aaron Sorkin;Música: Daniel Pemberton; Fotografía: Charlotte Bruus Christensen; Reparto: Jessica Chastain, Idris Elba, Kevin Costner, Michael Cera, Samantha Isler, Chris O’Dowd

Resulta sencillo reconocer un guion de Aaron Sorkin. Independientemente de que se trate de alguno de sus loables trabajos para la pequeña o la gran pantalla, hay una serie de rasgos que lo hacen inconfundible: afilados y perspicaces diálogos dichos en medio de paseos arriba y abajo; cultísimos personajes de inteligencia y agilidad mental superior a la media; conflictos trágicos donde los protagonistas han de luchar a menudo contra su propio beneficio por hacer lo correcto, y moralizantes finales que terminan por edulcorar las tramas hasta rozar lo pedagógico y paternalista. Ahora, Sorkin además de escribir se dirige, por lo que su impronta no podría estar más marcada, para bien y para mal.

Molly’s Game adapta al celuloide el relato autobiográfico de una mujer que antes de cumplir los treinta ya había amasado una fortuna organizando timbas de póquer a medio camino de la legalidad. En su obra, publicada en 2014, la protagonista no duda en señalar a famosos de Hollywood como Tobey Maguire o Ben Affleck como asiduos a sus mesas de juego. El film, no obstante, es mucho más comedido, dejando en la indeterminación los nombres de quienes se dejaban cientos de miles de dólares en el tapete.

El sentido de esta discreción, además de estratégico a todas luces, viene a reforzar el conflicto fundamental de la película: a Molly le ofrecen recuperar su patrimonio y librarse de la cárcel a cambio de desvelar la identidad de sus famosos clientes —entre los que se encontraban, según parece, miembros de las mafias rusa e italiana que por lo visto sólo pasaban por allí—. Molly, delincuente de lo suyo, alcoholizada y drogadicta, tiene el afán de mantenerse íntegra a sus convicciones y no desvelar ninguno de los pecados que le fueron confiados bajo el secreto de confesión que se atribuye a los naipes.

Y ahí es donde a Aaron Sorkin se le va la mano, además de en la duración y de en cierto deje pedante —la alusión a Ulises es doble, tanto al homérico como al joyceano—. El director y guionista no sólo exculpa a su protagonista sino que incluso termina por justificar sus actos en un complejo proceso de búsqueda de figuras paternas, dando al traste con parte de la fuerza femenina de una Jessica Chastain que sencillamente lleva el papel de manera espectacular.

No obstante, el film, construido a partir de saltos temporales que vinculan el drama judicial —con un soberbio Idris Elba en el rol de abogado defensor— con los flashbacks a la infancia y adolescencia de la protagonista, se hace llevadero y entretenido, recordando por momentos al Scorsese de Casino, Uno de los nuestros o El lobo de Wall Street.

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El Gran Showman: farándula superficial

El film, que podría poner el acento sobre las luces y sombras de un personaje cuyo ascenso y caída se antojan interesantes, opta más bien por difuminar las dobleces y ofrecer un espectáculo plagado de actuaciones, canciones pegadizas de corte pop y portentosas coreografías diseñadas con el fino trazo del pixel digital.

Título original: The Greatest Showman; Dirección: Michael Gracey; Guion: Jenny Bicks, Bill Condon; Música: Benj Pasek, Justin Paul; Fotografía: Seamus McGarvey; Reparto: Hugh Jackman, Michelle Williams, Zac Efron, Zendaya, Rebecca Ferguson, Diahann Carroll

El talento del actor Hugh Jackman para el cante y el baile está tan sobradamente demostrado que se podría afirmar como algo que no admite discusión. El australiano, conocido por el gran público principalmente por sus recurrentes roles como el violento Lobezno de los X-Men, tiene en su haber una dilatada carrera en Broadway y el West End que inicia ya en los años noventa, además de haber coleccionado nominaciones por su Jean Valjean en la versión de 2012 de Los Miserables. Los intérpretes Zac Efron o Zendaya, por su parte, también han dado buena cuenta de sus dotes escénicas, ambos con una infancia estelar vinculada a programas televisivos de corte musical como High School Musical o Shake it up. Queda patente, por tanto, que al menos en el aspecto de espectáculo el filme tiene cubiertos todos los frentes.

El Gran Showman se acerca al biopic del empresario P. T. Barnum, pionero dentro de su ámbito y fundador en la vida real del Barnum & Bailey Circus, allá en las postrimerías del siglo XIX. Barnum, encarnado por Jackman, se presenta en el filme durante su infancia como un joven de clase humilde que sueña con convertirse en promotor circense. No obstante, conforme va superando una juventud de miseria y carestía, y ya convertido en padre de familia, su afán parece no llevarle tanto hacia las candilejas como hacia el dinero, pasando su sueño de ser el jefe de pista del mayor espectáculo del mundo a ser, sencillamente, rico. Para lograrlo opta por reunir bajo el mismo techo a todos los freaks que logra encontrar en el Nueva York de su tiempo: la mujer barbuda, un obeso, un enano, un tatuado, una pareja de trapecistas de marcados rasgos étnicos…

La crítica moralista de la época lo tacha de estafa, algo que a él no le importa siempre que el caudal fluya por la taquilla. Sin embargo, cuando advierte que sus hijas están siendo marginadas por el origen circense de su fortuna, decide emprender una nueva campaña de prestigio que lo sitúe, no ya entre la clase pudiente, sino entre la alta sociedad. Para ello se vinculará con un autor de buena cuna y diversificará su espectáculo en función de sus públicos: ópera para el sector cultivado, freak show para la baja ralea. Por supuesto, que él mismo decida ubicarse con los primeros no sienta del todo bien a quienes le han procurado su fortuna.

El film, que podría poner el acento sobre las luces y sombras de un personaje cuyo ascenso y caída se antojan interesantes, opta más bien por difuminar las dobleces y ofrecer un espectáculo plagado de actuaciones, canciones pegadizas de corte pop y portentosas coreografías diseñadas con el fino trazo del pixel digital.

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Wonder Wheel: noria teatral

Cuando uno sale de Wonder Wheel irremediablemente se presta a la pregunta de si no habría promotores en Broadway encantados de llevar a Woody Allen a los escenarios. Porque da…

Título original: Wonder Wheel; Dirección y guion: Woody Allen; Fotografía: Vittorio Storaro; Reparto: Kate Winslet, Justin Timberlake, Juno Temple, James Belushi

Cuando uno sale de Wonder Wheel irremediablemente se presta a la pregunta de si no habría promotores en Broadway encantados de llevar a Woody Allen a los escenarios. Porque da la impresión de que ahí es donde se siente más cómodo. Su último film es una introspección dramática sobreverbalizada y de factura hortera, con una iluminación que pretende ser expresiva pero que termina por causar desconcierto, y con un plantel desigual donde luce Kate Winslet y desluce Justin Timberlake. No obstante, como teatro estaría bastante bien.

Divorciada de un músico al que fue infiel, Ginny se terminó casando con un feriante alcohólico que le pegaba como a todo el mundo, pero que al menos proveía de un techo al niño pirómano fruto de su primer matrimonio. El feriante tiene una hija a la que perdió la pista cuando se casó con un mafiosillo de medio pelo, y viven todos su vida en la alborotada playa de Coney Island de los cincuenta donde ejerce como socorrista un Justin Timberlake aspirante a escritor que, según nos desvela él mismo como narrador, tiene una aventura con Ginny. La cuestión se complica cuando aparece en escena la hija perdida huyendo de la mafia que quiere matarla por soplona, despertando el amor del padre, el interés del socorrista y los celos de Ginny.

Si algo se salva de la quema es la interpretación de Kate Winslet. Perfectamente consciente de que se encuentra en un trasunto de Tennesse Williams, y rememorando la Blanche DuBois que Cate Blanchett impostó en Blue Jasmine, la británica lleva hasta el extremo la neurosis de su personaje. Lástima que el resto del plantel no le siga el tono. Belushi sobreactúa, Timberlake aprieta bíceps y Juno Temple aporta poco más que una cara bonita en torno a la cual tejer el melodrama. Tampoco juega a favor la fotografía, errática y abandonada a teatralizantes planos secuencia, que parece más preocupada por teñirlo todo de alguna iluminación extradiegética e injustificada que venga a reforzar el sentido de las historias que los propios personajes relatan.

Y ahí reside el principal problema de fondo: los personajes relatan sus interioridades sin velo ni tapujo, llevando el peso de la trama sencillamente a la oralidad de una narración contada, en ocasiones, directamente a cámara. Solo el niño pirómano engaña en sus trastadas, siendo finalmente el mejor parado por el tratamiento cinematográfico.

Ahora bien, después de todo, no es menos cierto que la pretensión teatral está explícitamente declarada desde el inicio, así como la verborrea de los personajes. «¿Le has contado todo eso a un desconocido?» pregunta Ginny a su hijastra en determinado momento; «tenía cara de bueno» responde ella, dejando clara la idiosincrasia de unos personajes cuyo interés se construye más por la tensión de su sola presencia que por todo aquello que puedan decir.

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Asesinato sobre raíles

Es ampliamente sabido que todas las novelas de misterio de Agatha Christie siguen el mismo esquema: un grupo más o menos nutrido de personas queda recluido en algún lugar exótico…

Título original: Murder on the Orient Express; Dirección: Kenneth Branagh; Guión: Michael Green (Novela: Agatha Christie); Música: Patrick Doyle; Fotografía: Haris Zambarloukos; Reparto: Kenneth Branagh, Penélope Cruz, Willem Dafoe, Judi Dench, Johnny Depp, Michelle Pfeiffer, Daisy Ridley, Josh Gad, Derek Jacobi

Es ampliamente sabido que todas las novelas de misterio de Agatha Christie siguen el mismo esquema: un grupo más o menos nutrido de personas queda recluido en algún lugar exótico cuando alguna de ellas es asesinada. Entonces suele entrar en escena algún sagaz detective que casualmente se encontraba entre los presentes y que, gracias a sus dotes deductivas, logra señalar al culpable. Este común punto de partida no lastra en absoluto la originalidad de las propuestas que, además de jugar con las particularidades de los entornos, suelen presentar las más variopintas intrigas y resoluciones.

En Asesinato en el Oriente Express la acción se desarrolla en el lujoso coche-cama que cubría la línea de larga distancia desde París a Estambul durante el periodo de entreguerras. Uno de los integrantes del pasaje es asesinado precisamente en el momento en que el tren queda bloqueado en algún lugar indeterminado de la antigua Yugoslavia. Con el pasaje viaja el mítico detective Hércules Poirot, que inmediatamente inicia las pesquisas para averiguar cuál de los viajeros ha podido cometer el crimen.

La película que llega ahora a las salas tiene un precedente de alta alcurnia dirigido en 1974 por Sidney Lumet y que puede presumir de tener uno de los mejores repartos de la historia del cine. Con Albert Finney en el papel del detective, la producción logró juntar en pantalla a la grandeza del Hollywood clásico (Lauren Bacall, John Gielgud, Wendy Hiller, Ingrid Bergman…) con los talentos consagrados del momento como Jacqueline Bisset, Sean Connery, Anthony Perkins o Vanessa Redgrave.

En cierto sentido parece que la propuesta actual ha querido homenajear al clásico juntando tres generaciones de intérpretes tan dispares como Judi Dench, Derek Jacobi, Willem Dafoe o Michelle Pfeiffer con Johnny Depp, Penélope Cruz o la precoz Daisy Ridley, recién saltada al estrellato gracias a su bautismo galáctico en la saga Star Wars. No obstante, el homenaje se queda ahí.

La película dirigida por el shakesperiano Kenneth Branagh se esfuerza por huir todo lo posible de su referente. Tanto en lo formal como en lo narrativo, la pieza presenta una factura original que no duda en modificar ligeramente la trama, probablemente con el afán de sorprender a quienes conozcan la historia tanto como a los que se acerquen de nuevas.

Eso sí, seguramente pensando en estos últimos, la obra incluye alguna que otra escena de acción, y adolece de la consabida sobreexplicación verbal de los acontecimientos, trasfondos y traumas, si bien sorprende en su manejo fotográfico y estético.

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Los últimos Jedi: más reinicio que intermedio

Todo género cinematográfico se sostiene sobre una serie de constantes y patrones narrativos que en el acervo común distan muy poco —o nada— de aquello que entendemos peyorativamente como «cliché»….

Título original: Star Wars: The Last Jedi; Dirección y guion: Rian Johnson (Personajes: George Lucas); Música: John Williams; Fotografía: Steve Yedlin; Reparto: Daisy Ridley, John Boyega, Adam Driver, Óscar Isaac, Mark Hamill, Carrie Fisher, Domhnall Gleeson, Benicio del Toro, Laura Dern, Gwendoline Christie,Kelly Marie Tran, Lupita Nyong’o, Anthony Daniels, Andy Serkis, Warwick Davis

Todo género cinematográfico se sostiene sobre una serie de constantes y patrones narrativos que en el acervo común distan muy poco —o nada— de aquello que entendemos peyorativamente como «cliché». El aspecto negativo que se asocia al término no quita que, en el fondo, sean precisamente aquéllos los que el espectador tiene en mente cuando compra la entrada en la taquilla y, en cierta forma, lo que está esperando ver. La última entrega de la franquicia galáctica —que es un género en sí misma— cuenta nada menos que el capítulo octavo de una historia que arrancó hace cuarenta años. Obviamente, se trata de un festival de clichés. Y afortunadamente.

Los últimos Jedi tiene todos los elementos por los que un fan está dispuesto a sentarse dos horas y media en una sala de cine; cuenta con las consabidas alusiones y homenajes a las anteriores entregas de la saga; baila con los mismos fundamentos de siempre y es fiel a la tradición de introducir en el mercado nuevas figuritas, juguetes y memorabilia. Pero aun así sorprende.

El director y guionista Rian Johnson ha sido capaz de aderezar el clásico con nuevos sabores que de pronto lo han hecho novedoso e interesante. Las viejas normas que rigen la Fuerza desvelan matices desconocidos; los maniqueos personajes que Lucas esbozó en términos de luz y oscuridad ahora se mueven en la penumbra de los grises y, lo que es mejor, las ideas preconcebida de aquellas tramas mil veces contadas se ven subvertidas en giros que pillan a contrapié al espectador resabiado.

El filme combina el humor con la profundidad de un elenco coral donde pocos integrantes se quedan sin desarrollo —quizá a sabiendas para nutrir futuras secuelas y spin-offs—. La peripecia está plagada de virajes y sorpresas que pervierten la idea preconcebida y terminan llevando la película hacia derroteros ignotos para nada esperados. Los nuevos secundarios desbordan la pantalla —queremos saber más del personaje de Laura Dern; queremos viajar en la nave del contrabandista que encarna Benicio del Toro—. Los personajes clásicos juegan la baza emocional con pleno conocimiento de su potencia: Luke, dubitativo maestro jedi; R2 y C3PO apelando directamente al origen de la saga, o Leia, que tras el paso a mejor vida de Carrie Fisher ha alcanzado el aura que sobrevive a las leyendas del cine.

En definitiva, un filme que da un pasito adelante a la hora de renovar la franquicia y que deja un regusto más de reinicio que de pieza intermedia.

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Coco: una fiesta para morirse

La película sería una obra maestra si no tuviera tantos precedentes que lo han sido pues, en comparación con ellos, resulta predecible y hasta redundante.

Título original: Coco; Dirección: Lee Unkrich, Adrián Molina; Guión: Adrián Molina, Matthew Aldrich (Historia original: Lee Unkrich, Jason Katz, Matthew Aldrich, Adrián Molina); Música: Michael Giacchino; Diseño de animación: Matt Aspbury, Danielle Feinberg

El pequeño Miguel Rivera quiere ser cantante igual que su ídolo, Ernesto de la Cruz. Cada día trabaja como limpiabotas en la plaza donde está el mausoleo del famoso mariachi, muerto años atrás. Allí tienen, sobre su tumba, la guitarra original que él siempre tocaba. Miguel la admira con reverencia soñando con ser tan famoso como él. Por ello, cuando se convoca un festival de talentos durante el Día de Muertos, el pequeño atisba su oportunidad.

Pero Miguel tiene un problema: la música es proscrita en su familia. Desde que el padre de su bisabuela, la centenaria Coco, abandonase a su familia para seguir su carrera en el mundo de la canción no hay melodía que esté permitida en su casa. La músico-fobia es tal que, cuando la matriarca del clan familiar descubre las aspiraciones de Miguel en el concurso de talentos, le rompe en sus narices la guitarra que se había construido a escondidas.

Pero el pequeño está resuelto a cumplir su sueño y no duda en escaparse de casa para perseguir sus aspiraciones. Está decidido a participar en el concurso, por lo que no se lo piensa dos veces para conseguir un instrumento de reemplazo: aprovechando la vorágine del festejo se cuela en el mausoleo de su idolatrado Ernesto de la Cruz para robar la guitarra original de su tumba. No obstante, en el momento en que la toca, Miguel se ve transportado como por embrujo al mundo de los muertos. Para escapar de allí deberá recabar el perdón y conseguir la bendición de sus familiares fallecidos, si bien sabe que sólo uno de ellos aceptará su pasión por la música: su tatarabuelo perdido.

Fiel deudora de los logros de la factoría Pixar, esta nueva entrega mantiene el nivel acogiéndose a la fórmula que combina la peripecia épica y la bofetada emocional. La película sería una obra maestra si no tuviera tantos precedentes que lo han sido pues, en comparación con ellos, resulta predecible y hasta redundante. Sin embargo, esto no es óbice para que no se pueda disfrutar.

El engranaje narrativo se presenta perfectamente medido y compasado, con una musicalidad bien introducida y un tono maduro y lírico que supondrá para los niños una enseñanza vital y para los padres un revulsivo en las aurículas. Los gags y los elementos de humor transpiran una creatividad e inteligencia incuestionables, y la animación sorprende con su hiperrealista plasmación de un colorido y fosforescente purgatorio donde la auténtica muerte es el olvido.

Merece especial mención, igualmente, el respeto y documentación con que se presenta el folclore y la cultura mejicanas a partir de una visión despojada de prejuicios. Muy recomendable para niños y mayores.

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Superman ha muerto. Viva Superman

Apenas el puntal que aportan secundarios de la talla de Jeremy Irons, Amy Adams o Diane Lane supone un asidero al que agarrarse, junto con los sutiles homenajes a las bandas sonoras de las películas de Superman y Batman de los ochenta

Título original: Justice League; Dirección: Zack Snyder; Guión: Chris Terrio, Joss Whedon (Historia: Zack Snyder, Chris Terrio); Música: Danny Elfman; Fotografía: Fabian Wagner; Reparto: Ben Affleck, Gal Gadot, Ezra Miller, Jason Momoa, Ray Fisher, Henry Cavill, Amber Heard, Amy Adams, Diane Lane

Superman ha muerto. Después de que Batman y él midieran sus fuerzas en el episodio anterior de la saga, el héroe de Krypton se inmoló para salvar a la humanidad de un nuevo peligro extraterrestre y sobrenatural. Ahora, sin el súper-hombre de la capa roja velando por la paz y la justicia, otros villanos han ido apareciendo esporádicamente como antesala de un antagonista mayor y más peligroso que los anteriores. Por ello Batman, quizá inspirado por la entrega desprendida de su antaño contrincante, o quizá motivado por el propio conocimiento de sus debilidades, decide formar una cuadrilla de superhéroes capaz de hacer frente a estos nuevos males. Para ello cuenta con la participación de la invulnerable Wonder Woman, el procaz Aquaman, un esquivo Flash y un ser híbrido entre hombre y máquina llamado Cyborg. No obstante, a pesar de las virtudes del trabajo en equipo, la liga se torna insuficiente para derrotar al nuevo demonio que amenaza a la humanidad. Tanto, de hecho, que incluso se plantean si no sería necesario intentar traer a Superman de vuelta de entre los muertos.

Con una puesta en escena que abruma por el abuso digital, la nueva entrega de la saga del Universo Cinematográfico de la factoría DC viene de nuevo a incidir en los males que parecen ser ya norma de la casa tras fiascos como El escuadrón suicida (2016) o grandilocuencias vacuas como Batman Vs Superman (2016): un villano indefinido y con motivaciones desdibujadas que casi parece trasunto de un videojuego; protagonistas que agotan su arco dramático a los pocos minutos de entrar en escena —o por la gracia pecuniaria de Bruce Wayne en el epílogo—; una peripecia basada en la acción exagerada, los puñetazos que lanzan a los contrincantes a metros de distancia, los disparos y explosiones de proporciones imposibles… Apenas el puntal que aportan secundarios de la talla de Jeremy Irons, Amy Adams o Diane Lane supone un asidero al que agarrarse, junto con los sutiles homenajes a las bandas sonoras de las películas de Superman y Batman de los ochenta.

Apenas el puntal que aportan secundarios de la talla de Jeremy Irons, Amy Adams o Diane Lane supone un asidero al que agarrarse

No obstante, no podemos eludir que la película se articula como parte de una antología. La pieza tiene relación con la entrega anterior, de la que es clara continuación, y entronca con otros títulos como la bien realizada Wonder Woman o los futuros proyectos de Aquaman, o Deadshot. En este sentido, cabría plantearse si no conviene valorar la obra en su conjunto, en cuyo caso el tono, la estética y las líneas argumentales sí presentan cierta coherencia, sobre todo de cara a los fans de los cómics, que probablemente hallen en este último trabajo de Zack Snyder las mismas virtudes de otras películas del corte dentro de la ola de cine superheroico en que nos encontramos.

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Musa: versos que matan

Quienes creen en el poder de las palabras consideran que los antiguos sortilegios siguen teniendo vigencia, ya sea mediante la invocación ritual desde el altar del cordero de Dios, o aplicando la infalible cura del sana, sana recitado en la voz de una madre.

Título original: Musa; Dirección: Jaume Balagueró; Guión: Jaume Balagueró, Fernando Navarro (Novela: José Carlos Somoza); Música: Stephen Rennicks; Fotografía: Pablo Rosso; Reparto: Elliot Cowan, Franka Potente, Ana Ularu, Leonor Watling, Christopher Lloyd, Manuela Vellés, Joanne Whalley

Quienes creen en el poder de las palabras consideran que los antiguos sortilegios siguen teniendo vigencia. Ya sea mediante la invocación ritual desde el altar del cordero de Dios, o aplicando la infalible cura del sana, sana recitado en la voz de una madre, las palabras hoy día siguen manteniendo un aura mística y poderosa que, bien empleada, puede lograr conmover, emocionar, convencer o, incluso, inflamar a las masas. Bajo esta premisa, el último filme de Balagueró articula una propuesta inquietante: ¿y si las grandes obras de los poetas escondieran sortilegios olvidados? ¿Y si las musas que les inspiraron no fueran sino brujas de malévolas artes?

Samuel es un profesor de literatura en el Trinity College de Dublín. Desde que su novia se quitó la vida en su bañera viene sufriendo terribles pesadillas. En ellas, ve como una mujer desconocida es asesinada en un misterioso ritual. Consciente de la necesidad de salir de su depresión, busca consuelo en una compañera de trabajo a quien le cuenta sus horribles visiones. Pero es precisamente su compañera quien le pone en alerta: una mujer ha aparecido asesinada en las mismas circunstancias que ha visto Samuel en su sueño. Inquieto por la premonición, decide colarse en el escenario del crimen en busca de respuestas. Allí se topa con Rachel, una prostituta que también ha visto en sueños el crimen y que, al igual que él, ha decido acudir al lugar para averiguar qué sucede. Juntos descubrirán un misterioso objeto cuya posesión pondrá en peligro a sus seres más queridos, para Rachel su hijo pequeño y para Samuel su compañera de trabajo.

Coproducción entre España, Irlanda, Francia y Bélgica, y rodada en inglés, la película explora el universo misterioso que su director ha sabido plasmar en piezas anteriores, siempre rondando las veredas del terror psicológico con toques sobrenaturales. En esta ocasión, la maldad se personifica en siete musas que tanto atosigan como seducen a los artistas y que ahora persiguen alguna suerte de venganza.

Se echa en falta, no obstante, mayor dosis de misterio. La trama se solventa a fuerza de diálogos en bibliotecas, donde se le muestran al espectador los hechos consumados de lo que parece haber sido una mera investigación bibliográfica sin más. Las resoluciones se plantean como giros sobrevenidos; llaves en sobres cerrados que siempre han estado esperando, o descubrimientos sorpresivos que solucionan la papeleta de una pareja protagonista con poca química y menos encanto.

Pese a todo, la película tiene ritmo, se mueve con soltura en el suspense y plantea un misterio que gustará a los fans del género.

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La batalla de los sexos: demasiadas cosas que contar

Emma Stone es capaz de transmitir de forma medida el dilema de la protagonista en lo profesional y lo personal, otorgando al título de la película un doble sentido más que elocuente.

La tenista Billie Jean King entre 1966 y 1975 se alzó con doce títulos de Grand Slam: seis veces Wimbledon, cuatro US Open, una vez el Open de Australia y otra Roland Garros. En 1973, además, protagonizó el segundo partido de exhibición llamado “Batalla de los sexos” contra el tenista Bobby Riggs, de 55 años, que había sido número uno a finales de los años treinta y que atesoraba tres títulos de Grand Slam además de haber vencido el primero de esos encuentros contra la tenista Margaret Court. Ahora, los directores de Pequeña Miss Sunshine ponen en fotogramas la historia de este partido de tenis que estaba llamado a enfrentar hombre contra mujer, y de paso exploran diversos temas adyacentes como la situación de desigualdad en el ámbito deportivo en los setenta —no muy diferente a la actual—, o el descubrimiento que hace la protagonista de su propia homosexualidad.

A la mezcla de temas y conflictos que confluyen en pantalla se suma una igualmente dispar mezcla de tonos. Aunque el filme se vende en su trailer como una comedia ligera, lo cierto es que la película tantea poco ese ámbito —salvo quizá en las estrafalarias exageraciones de un Steve Carell desatado— para disfrazarse en ciertos momentos de un documentalismo crítico, de un tono cercano al drama social y, de pasada, del género de las películas deportivas, con su gran batalla final incluida.

Así, con todo, el filme parece que quiere contar tantas cosas y de maneras tan distintas, que termina pasando de puntillas por todas ellas. La apuesta por el retrato social de la desigualdad entre hombres y mujeres en el deporte queda desdibujada por la trama de adulterio homosexual y la relación de la protagonista con su marido y su amante; la épica deportiva se pierde por las premisas del buscavidas de Riggs, más preocupado en realidad por mantener viva la llama de su adicción al juego que de ser el adalid machista de la lucha de sexos; y la trama amorosa se relega, igualmente, en pos del relato deportivo del partido de marras y su trascendencia mediática. De hecho, apenas tiene trascendencia el villano interpretado por Bill Pullman o la asociada personificada con maestría por la comediante Sarah Silverman.

Salvan la obra un guión bien pergeñado que no deja en el olvido el interés de los espectadores, y unas interpretaciones del todo logradas, especialmente la de Emma Stone, que es capaz de transmitir de forma medida y sutil el dilema de la protagonista en los distintos ámbitos de su vida profesional y personal, otorgando al título de la película un doble sentido más que elocuente.

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Thor Ragnarok: superhéroes en el circo

La preeminencia del humor sobre el argumento no hace sino desvirtuar el sentido mismo de la obra. Tanto, que incluso suena a payasada.

Dirección: Taika Waititi Guión: Eric Pearson (Historia: Craig Kyle, Christopher Yost); Música: Mark Mothersbaugh;Fotografía: Javier Aguirresarobe; Reparto: Chris Hemsworth, Tom Hiddleston, Cate Blanchett, Anthony Hopkins, Mark Ruffalo, Tessa Thompson, Benedict Cumberbatch, Idris Elba, Jeff Goldblum

El Ragnarök es el fin de Asgard, el mundo originario del dios Thor. Su llegada implica la destrucción de todo y el final de su civilización. Cuando el malvado Loki suplanta a Odín en el trono, el Ragnarök se percibe más cerca que nunca. Thor, hermano de Loki, vive ajeno a la suplantación y trata de mantener a raya a todos los demonios y fuerzas maléficas que amenazan con provocar la caída de su reino. Pero entonces llega Hela, primogénita de Odín y diosa de la Muerte, dispuesta a provocar el colapso final. Para ello, su primer paso es destruir el martillo de Thor y expulsarles tanto a él como a Loki del planeta hacia un vertedero espacial llamado Saakar, que resulta ser el lugar más hortera del universo.

En las antípodas de la pieza originaria de la saga, Thor (Kenneth Branagh, 2011), esta tercera entrega de las aventuras del dios del trueno abandona por completo la altisonancia shakesperiana de la primera y la impostada oscuridad de la segunda para abrazar definitivamente el tono ligero y cómico que introdujo Guardianes de la Galaxia (James Gunn, 2014) en el Universo Marvel. De este modo, la historia huye de complejidades argumentales para explotar al máximo las peripecias de los personajes en su anhelo por salvar a la civilización asgardiana de su temible final, al tiempo que se explaya en los gags visuales y los chistes de diálogo.

Y ahí reside la gran virtud y el gran defecto de la película. Por un lado, frente al drama grandilocuente de las últimas entregas de la casa Marvel se agradece un tono desenfadado y estrambótico que invite tanto a la risa como al disfrute de la acción. Pero, por otro lado, la preeminencia del humor sobre el argumento y las premisas de los personajes no hace sino desvirtuar el sentido mismo de la obra.

Thor: Ragnarok suena a payasada. El desenfado por momentos se torna extravagancia y desafección, restando importancia dramática tanto a los héroes como a los villanos. Hulk, que ejerce de compañero de armas del protagonista, transgrede sus propios principios para convertirse en una versión circense de sí mismo; en un recurso cómico, en un chiste. Goldblum lleva al villano hasta la parodia del absurdo, jugando mitad en la horterada mitad en la idiotez. Y Thor sigue adoleciendo del problema que siempre ha presentado con el humor: es un personaje tan colmado de virtudes que difícilmente puede agarrarse a la comedia del desdichado a la que tan bien juegan en Guardianes de la Galaxia o en Spiderman Homecoming (Jon Watts, 2017).

Con todo, la película no deja de ser otra pieza del puzzle que está componiendo Marvel y así hay que entenderla, como una más.

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La Piel Fría: la bella, la bestia y los zombis

Una isla, un faro y un trabajo tranquilo y monótono: tareas durante el día y leer hasta que cae la tarde. Pinta bien, salvo por las hordas de monstruos que atacan por las noches.

Título original: Cold Skin; Dirección: Xavier Gens Guión: Eron Sheean, Jesús Olmo (Novela: Albert Sánchez Piñol); Música: Víctor ReyesFotografía: Daniel Aranyo; Reparto: David Oakes, Ray Stevenson, Aura Garrido, John Benfield, Iván González, Ben Temple

Comienzos de la I Guerra Mundial. Un joven meteorólogo llega a una pequeña isla en medio del Antártico para reemplazar al hombre que ocupaba el puesto y que ha dejado de dar señales de vida. En la isla apenas hay más que una cabaña y un faro donde vive un iracundo oficial, al parecer encargado de iluminar la costa cada noche. El agua dulce brota de un manantial subterráneo que se dibuja sobre el terreno flanqueado por llamativos círculos de piedra. Alguien parece haberlos colocado allí. El joven, que es dejado a su suerte con una buena provisión de víveres, trata de realizar su trabajo lo mejor posible sin molestar demasiado al habitante del faro que, pese a la soledad, no parece tener ganas de amigos. Como parte de su aprovisionamiento, el meteorólogo se ha llevado las obras completas de Stevenson y Dante. Todo parece indicar que va a resultar un destino tranquilo y monótono: apuntar las variables atmosféricas durante el día, hacer acopio de agua dulce, racionar sus víveres y leer hasta que cae la tarde. En definitiva, un destino ideal para alguien que parece estar huyendo de algo. Pero tras la primera noche descubre que no va a ser todo tan idílico.

Una horda fantasmal de criaturas marinas de aspecto antropomorfo atacan la cabaña del recién llegado. Mitad ser humano mitad anfibio, las criaturas emergen del fondo del mar y asedian con violencia al protagonista que, viéndose desprotegido tras las finas paredes de madera, opta por contraatacar con fuego. Como resultado, la casa termina ardiendo y al joven no le queda otra que buscar asilo en el interior del faro de piedra donde vive el antipático oficial. Como se adivina por las defensas que ha construido a su alrededor, el farero lleva años defendiéndose cada noche de envites similares disparando a las monstruosas criaturas desde lo alto de su atalaya. Sin embargo, cuando el meteorólogo es finalmente aceptado en el cobijo del faro, descubre algo inquietante: el oficial ha adoptado como mascota —y entretenimiento sexual— a una hembra de la especie atacante.

Ambientación y puesta en escena sumergen al espectador en una estilizada fantasía de corte y tono sobrenatural. La dirección, al servicio de la trama, dibuja un relato interesante y misterioso donde sorprende el trabajo de Aura Garrido en su papel de sirena anfibia de movimientos y reacciones animales. No obstante, a partir de la segunda mitad el filme se estanca en la reiteración, siempre igual, una y otra vez, de la misma circunstancia: el ataque y represión de unas bestias que tienen un matiz tan desechable como los zombies de tantas otras propuestas similares; y deja de lado, por consiguiente, las verdaderas facetas interesantes que se habían apuntado en el comienzo.

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