NOSOPRANO

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Revista de crítica audiovisual, review de cine, series y libros

Los futbolísimos: misterio en el campo de fútbol

El mundo de Pakete se está viniendo abajo. El equipo de fútbol de su colegio, donde juega él con su pandilla de amigos y amigas, corre un grave peligro. Si…

Título original: Los futbolísimos; Dirección: Miguel Ángel Lamata Guion: Pablo Fernández, Miguel Ángel Lamata (Libro: Roberto Santiago); Fotografía: Teo Delgado; Música: Fernando Velázquez; Reparto: Julio Bohigas-Couto, Carmen Ruiz, Joaquín Reyes, Milene Mayer, Jorge Usón, Toni Acosta

El mundo de Pakete se está viniendo abajo. El equipo de fútbol de su colegio, donde juega él con su pandilla de amigos y amigas, corre un grave peligro. Si no logran remontar en la liguilla de centros educativos, la jefa de estudios ha amenazado con sustituirlo por otra actividad más cultural, como por ejemplo un coro. Y eso sería terrible, pues el protagonista no solo perdería el espacio para desarrollar su principal afición, sino que daría al traste con el pilar principal que sostiene la estructura de su grupo de amigos. Y además, correría el riesgo de que Helena —con hache—, la chica que le gusta aunque él diga que no, se marchase a otro colegio. Animados y convencidos de que trabajando juntos lograrán impedirlo, Pakete y su equipo se proponen no volver a perder ninguno de los partidos que faltan por disputarse. Pero él es francamente malo tirando penaltis, y además una serie de sucesos extraños empiezan a interponerse en su camino: los árbitros de cada encuentro caen misteriosamente dormidos en mitad de los partidos.

Adaptación de la primera entrega de una saga literaria infantil, Los Futbolísimos está estructurada como una comedia de enredos más que un relato de aventuras deportivas. Efectivamente hay partidos de fútbol, si bien no son la parte realmente importante de la trama. Más que la competición, el interés radica en la investigación que llevan a cabo los muchachos a costa de los adultos del relato para esclarecer qué está provocando la inminente narcolepsia de los colegiados y qué implicación tiene en ello el malvado Gordillo, el árbitro suplente.

El filme presenta valores encomiables como la amistad, la solidaridad y la capacidad para sobreponerse a los entuertos

La dirección acentúa el tono paródico de la obra imprimiendo a la historia un ritmo acelerado y plagado de movimientos de cámara, chistes visuales y un montaje adornado con no pocos efectos y trucajes. El problema, no obstante, es precisamente que los intérpretes no acompañen el virtuosismo de la puesta en escena, ni los pequeños ni los mayores.

Los primeros, a pesar de interpretarse prácticamente a sí mismos, carecen por completo de toda naturalidad, sonando a menudo encorsetados por un guion demasiado literario. Los segundos, en cambio, llevan sus interpretaciones hacia el histrionismo, sin duda conscientes de que la película está dirigida fundamentalmente a un público muy, muy pequeño.

Y ahí el quid de la cuestión. El filme presenta valores encomiables como la amistad, la solidaridad y la capacidad para sobreponerse a los entuertos; allana el camino para que las nuevas generaciones se interesen por el séptimo arte y, en suma, se trata de una pieza divertida y alocada que sin duda disfrutarán los espectadores —siempre que tengan menos de diez años—.

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Mission Impossible: Fallout: lo mismo, y por muchos años

Incombustible. No hay una palabra mejor para definir la franquicia de Misión Imposible. Sin contabilizar sus orígenes seriales en la televisión de los sesenta, ya van seis entregas cinematográficas estrenadas…

Título original: Mission: Impossible – Fallout; Dirección: Christopher McQuarrie Guion: Christopher McQuarrie, Bruce Geller; Fotografía: Rob Hardy; Música: Lorne Balfe; Reparto: Tom Cruise, Rebecca Ferguson, Henry Cavill, Simon Pegg, Ving Rhames, Vanessa Kirby

Incombustible. No hay una palabra mejor para definir la franquicia de Misión Imposible. Sin contabilizar sus orígenes seriales en la televisión de los sesenta, ya van seis entregas cinematográficas estrenadas en sala desde mediados de los años noventa, que se dice pronto. Todas ellas tienen dos elementos en común: están protagonizadas por Tom Cruise, y son en todo caso superproducciones. Eso sí, la calidad, como siempre, es un elemento más relativo aunque, en el caso de no ocupa, parece dar un pasito adelante.

La última entrega aborda una nueva trama de espionaje internacional sin demasiado fundamento más allá que poner a los protagonistas ante la siempre imponderable cuestión de la vida o la muerte a escala planetaria. El interés, como de costumbre, reside en la suplantación, el engaño, la intriga y la acción, especialmente la acción.

No hay entrevista en que no pregunten a Tom Cruise, normalmente de una forma más o menos sutil, si no considera que ha perdido la cabeza con eso de querer realizar él mismo sus escenas peligrosas, especialmente ahora que bordea los sesenta. La respuesta suele ser siempre la misma, y suele desvelar entre líneas siempre el mismo razonamiento: la autenticidad es la razón de ser de todo; el motivo que termina llenando las salas. No es extraño que incluso hayan aprovechado la rotura de tobillo del protagonista durante el rodaje como truco publicitario. En Mission Impossible: Fallout, además de las carreras frenéticas por los tejados de Londres o las persecuciones en moto por las principales avenidas de París —sin casco y en dirección contraria—, el actor se cuelga de helicópteros en vuelo manteniendo tomas de plano máster.

El personaje de Cruise tiene una profundidad y un sentido a medio camino entre lo melodramático de Bourne y lo robótico de Bond

No obstante, en esta ocasión además hay un elemento de interés: hay historia o, al menos, toda la historia que se puede destilar de una franquicia cuyo principal componente es la peripecia. El personaje de Cruise tiene una profundidad y un sentido a medio camino entre lo melodramático de Bourne y lo robótico de Bond. Un medio camino que, de alguna manera, le aporta realismo. Se trata de un personaje que tiene un pasado, un acervo y una historia junto a su equipo; y que además no se desenvuelve mal en la comedia.

La última entrega de Missión Impossible no pasará a la historia por su trascendencia cinematográfica, pero al menos es fiel cumplidora de lo que promete, presenta una narración digna para su envoltorio, y es además digna deudora de su pasado televisivo. Los propios títulos de crédito ya lo declaran al emular los mejores pasajes que están por venir. Y ahí, en el respeto a su esencia, reside su principal interés y su principal virtud. Ethan Hunt sigue siendo el mismo, y por muchos años.

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La Forêt: giros en el bosque

Un pequeño pueblo casi escondido en mitad del bosque. Una joven desaparece sin dejar rastro. Sus amigas de instituto ocultan secretos. De pronto aparece el cadáver de la chica asesinada…

La Forêt (France 3, 2017-). Guion: Delinda Jacobs; reparto: Suzanne Clément, Samuel Labarthe, Alexia Barlier, Maxime Rennaux, Gilles Vandeweerd, Jade Boulanger, Damien Marchal

Un pequeño pueblo casi escondido en mitad del bosque. Una joven desaparece sin dejar rastro. Sus amigas de instituto ocultan secretos. De pronto aparece el cadáver de la chica asesinada en un recóndito paraje al tiempo que otra de sus amigas también desaparece. En esta ocasión se trata de la hija de una de las agentes de policía local. Mientras la profesional, presa de una intensa inquietud, trata a duras penas de llevar la investigación para esclarecer el asesinato y encontrar a su hija antes de que corra la misma suerte, su marido, padrastro de la desaparecida, tratará por todos los medios que no se descubra la relación secreta que tenía con la primera víctima. Es La Forêt.

De nuevo una miniserie francesa que se erige sobre unos robustos cimientos. La historia, que puede recordar a Broadchurch, tiene todos los ingredientes básicos del buen policiaco: crimen, una comunidad de ambiente enturbiado por los secretos, y una creciente y opresiva sensación de peligro. Pero además hay otro elemento: un punto de misterio que roza lo sobrenatural.

Una de las profesoras del instituto donde estudian las menores desaparecidas fue encontrada en mitad del bosque en su niñez. Nadie supo de dónde venía ni quiénes eran sus padres. El médico del pueblo que la trató cuando fue encontrada terminó adoptándola y criándola. Ella, que carece de recuerdos de aquella época, siente que tiene una conexión especial y casi mágica con el bosque, por lo que decide prestar su ayuda en la investigación sin ser consciente hasta qué punto esclarecer esta historia terminará por dar luz a sus propios orígenes.

Relatada con una medida dosificación de la información, la construcción de la ficción tiene en sus intérpretes y su contundente puesta en escena los principales pilares de su calidad.

Relatada con una medida dosificación de la información, la construcción de la ficción tiene en sus intérpretes y su contundente puesta en escena los principales pilares de su calidad. El entramado argumental va proponiendo piezas y pistas de un rompecabezas que, como en los buenos relatos de intriga, no se puede ver completo hasta el final. Aunque la deriva sobrenatural de algunas escenas harán levantar la ceja a los forofos más puristas del género, lo cierto es que incluso aquella termina por estar bien integrada en la trama, que presenta los suficientes giros como para mantener la intriga a lo largo de sus seis episodios.

De hecho, quizá lo más criticable de la serie, escrita y dirigida por Delinda Jacobs, sea precisamente el juego de trampas y pistas falsas que propone al espectador a lo largo de todo su recorrido, lo cual, por otra parte, forma parte del encanto de este tipo de ficciones.

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Blackwood: el terror sin susto

Puedo afirmar con conocimiento de causa que Rodrigo Cortés es un maestro de cine. Su sabiduría y ojo analítico roza la erudición, como ha demostrado y demuestra en la multitud…

Título original: Down a Dark Hall; Dirección: Rodrigo Cortés; Guion: Mike Goldbach, Chris Sparling (Novela: Lois Duncan); Fotografía: Jarin Blaschke; Música: Víctor Reyes; Reparto: AnnaSophia Robb, Uma Thurman, Isabelle Fuhrman, Noah Silver, Rosie Day, Kirsty Mitchell, Taylor Russell

Puedo afirmar con conocimiento de causa que Rodrigo Cortés es un maestro de cine. Su sabiduría y ojo analítico roza la erudición, como ha demostrado y demuestra en la multitud de manifestaciones culturales en las que participa de continuo. Su artesanía, igualmente, queda manifiesta en sus obras, que creo que hablan por sí mismas. Ahora, seis años después de su último largometraje, regresa con una pieza de encargo en la que deja su impronta, orientándola hacia una deriva que, si bien resuelve con holgura, quizá no sea del todo la apropiada para el material original.

El internado Blackwood es un lugar especial para chicas problemáticas. Ubicado en una suntuosa mansión de vetustas hechuras en mitad del bosque, está dirigido con mano de hierro por Madame Duret, quien impone una disciplina centrada en explotar las habilidades artísticas de sus residentes. No obstante, como pronto empieza a descubrir Kit, la protagonista, hay algo que no pinta bien en el programa educativo de la jefa del internado. Las alumnas, presas de algún tipo de embrujo, sucumben a periodos de actividad frenética en las artes en que son duchas a los que siguen instantes de pura amnesia mientras diversas manifestaciones sobrenaturales tienen lugar en la mansión. Preocupada por el funesto final que se vislumbra tanto para sus compañeras como para ella, Kit decide investigar la causa y origen de sus males.

El director dota de profundidad a un contenido de consumo adolescente

El director dota de profundidad a un contenido de consumo adolescente —una novela juvenil de Lois Duncan, autora, entre otros, de trabajos también llevados al cine como Sé lo que hicisteis el último verano—, y huye todo cuanto puede de la dinámica de «sustos y portazos» en la que parece haber caído la mayor parte del cine de terror actual. Ahora bien, lo cierto es que con tan poca sustancia la sopa le ha quedado un poco insípida, con una premisa y situaciones que vacila entre lo gótico y lo moderno; entre lo sobrenatural y lo realista, y entre lo sutil y lo sobreverbalizado hasta el punto de que el espectador no puede sino salir de la sala preguntándose qué gran película de sustos y portazos podría haber hecho Rodrigo Cortés.

Título original: Down a Dark Hall; Dirección: Rodrigo Cortés Guion: Mike Goldbach, Chris Sparling (Novela: Lois Duncan); Fotografía: Jarin Blaschke; Música: Víctor Reyes; Reparto: AnnaSophia Robb, Uma Thurman, Isabelle Fuhrman, Noah Silver, Rosie Day, Kirsty Mitchell, Taylor Russell

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El Alienista: drama aparente

La cadena TNT ha dado luz verde al proyecto El ángel de la oscuridad, adaptación de la obra de Caleb Carr y continuación de El Alienista. Con este movimiento todo…

The Alienist (TNT, 2018-). Guion: Hossein Amini, Kristina Lauren Anderson, Cary Joji Fukunaga (Novela: Caleb Carr). Reparto: Daniel Brühl, Luke Evans, Dakota Fanning, Martin McCreadie, Anson Boon, Ted Levine, Sean Young

La cadena TNT ha dado luz verde al proyecto El ángel de la oscuridad, adaptación de la obra de Caleb Carr y continuación de El Alienista. Con este movimiento todo parece indicar que, al menos en términos comerciales, los responsables de la primera temporada de la serie han quedado satisfechos con el resultado. El resto de los telespectadores, en cambio, quizá no lo estén tanto.

El Alienista es una de tantas historias de crímenes protagonizadas por el clásico profiler a la caza del asesino serial, como True Detective, como Mindhunter, como Ripper Street… entre otras muchas. No obstante, presenta algunas particularidades que la hacen ligeramente diferente: en primer lugar, su ambientación y ubicación en el Nueva York decimonónico finisecular; en segundo lugar, la cuadrilla investigadora; y, en tercer lugar, lo poco habitual y novedoso de las víctimas del asesino.

La ambientación

El Nueva York de finales del XIX —probablemente como cualquier otra ciudad de finales del XIX— propone un entorno interesante cargado de conflictos de clase y raza; pugna entre ley civil y natural; incipientes avances tecnológicos que se adivinan revolucionarios; y un crisol de dogmas y tradiciones que ha sido retratado, y con maestría, en otros títulos como The Knick. La ciencia forense está todavía en pañales; los métodos policiales se circunscriben al ámbito de la fuerza bruta, y el rol de los psiquiatras y psicólogos en la investigación criminal todavía no se ha inventado, por lo que el alienista —que es una suerte de antecesor de los profesionales de la salud mental— encuentra de entrada las miradas despectivas y reticentes del cuerpo de policía de la ciudad.

La ambientación de la serie obra una auténtica maravilla en este sentido. Rodada en Budapest, la diseñadora de producción Mara LePere-Schloop —colaboradora habitual del productor Cary Joji Fukunaga y responsable, entre otros, del laberíntico entorno íntimo del villano de Múltiple (M. Night Shyamalan, 2016)— logró aprovechar los interiores de diversos edificios históricos, así como recrear un set de enormes proporciones para dar vida y luz con realismo al Nueva York de 1890, lo que ha evitado previsiblemente el abuso de cromas y otros falseamientos.

El equipo

La segunda particularidad destacable de la serie es su protagonismo. A la labor del doctor-alienista Laszlo Kreizler hay que sumar una desvencijada cuadrilla conformada por un dibujante alcohólico y putero del New York Times; una secretaria de la comisaría de policía que dirige el futuro presidente Theodore Roosevelt —la primera mujer en un puesto así—; y dos médicos de origen judío poco o nada respetados en el ámbito de la apenas existente investigación forense.

Los intérpretes se muestran solventes en estos roles. Especialmente Luke Evans y Dakota Fanning, que aportan entereza, presencia y carácter a sus papeles y que terminan por eclipsar a un sobreactuado Daniel Brühl, quizá de apariencia demasiado juvenil para el rol protagónico. El trasfondo de cada uno de ellos enriquece el relato con temas tangenciales a la historia principal, como el rol de la mujer en el ámbito profesional y en sociedad, o la importancia de la posición social y la reputación en el opresivo entorno finisecular.

Las víctimas

En tercer lugar, las víctimas del asesino en serie que persiguen durante la primera temporada de diez episodios suponen también una novedad, aunque solo a medias. El género de los serial killers, tanto en su vertiente cinematográfica como televisiva, nos tiene acostumbrados a la victimización femenina. Es habitual que sean mujeres jóvenes quienes sucumban a la cruenta acción de los destripadores ficcionales mientras los investigadores masculinos tratan de dar caza al monstruo. En esta ocasión, en cambio, las víctimas son niños varones, si bien con una particularidad: todos ejercen la prostitución travestidos.

De este modo, El Alienista se adentra en un terreno tan turbio y grotesco como inexplorado. El recorrido que nos proponen los directores Jakob Verbruggen, Jamie Payne, James Hawes o el español Paco Cabezas por el Nueva York decimonónico va desde las suntuosas mansiones de clase alta —interesante la participación de Sean Young en este ámbito— hasta los burdeles clandestinos de los arrabales, donde vemos como los niños vestidos con ropas y maquillaje femeninos se ofrecen a los pederastas que frecuentan tales lugares, y que son tanto rufianes como caballeros de noble cuna.

Los problemas

Ahora bien, la serie, a pesar de estos ingredientes, presenta no pocos problemas. A la ya citada sobreactuación del protagonista hay que unir todo un elenco de secundarios tan planos y arquetípicos que conforman en conjunto un enorme y aburridísimo cliché. La deriva de las situaciones, además de predecible, queda verbalizada en exceso, especialmente la referente al vínculo romántico entre los integrantes del elenco principal. Y la presentación estética de los acontecimientos cae en el morbo gratuito, recreándose en la truculencia —cadáveres de niños con los ojos arrancados— y lo sangriento, como si la pátina de la ambientación de época fuera un salvoconducto para el gore.

Según se ha conocido, más que una segunda temporada, la adaptación de la segunda novela, que llegará probablemente en 2019, seguirá una tesitura distinta —la llaman «secuela»—, aunque con la misma terna de protagonistas y, probablemente, la misma ambientación. Vinculado al proyecto, de nuevo, Cary Joji Fukunaga, pero muy de lejos —producción ejecutiva— y sin que quede claro si finalmente dirigirá algún episodio.

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Mary Shelley: juego de camas

En 1931 James Whale dirigió la que probablemente sea la adaptación más icónica de Frankenstein. Aunque ha habido infinidad de sucesivas versiones, el monstruo de aquélla, interpretado por Boris Karloff,…

Título original: Mary Shelley; Dirección: Haifaa Al-Mansour Guion: Emma Jensen, Haifaa Al-Mansour; Fotografía: David Ungaro; Música: Amelia Warner; Reparto: Elle Fanning, Douglas Booth, Bel Powley, Maisie Williams, Joanne Froggatt, Tom Sturridge

En 1931 James Whale dirigió la que probablemente sea la adaptación más icónica de Frankenstein. Aunque ha habido infinidad de sucesivas versiones, el monstruo de aquélla, interpretado por Boris Karloff, ha quedado configurado en la memoria del Mundo como un estereotipo emblemático; como una marca registrada. La película, que se basaba en una adaptación teatral, no ocultaba su germen originario y en los créditos iniciales se alude a la novela gótica escrita al frío del año sin verano por Mary Wollstonecraft Godwin. Ahora bien, en tales créditos iniciales no se menciona en ningún momento el nombre de la autora. En vez de eso se alude a ella como «la señora de Percy B. Shelley», cayendo en una invisibilización que, según se nos narra en el filme de Haifaa Al-Mansour, acompañó a la escritora también en vida.

Mary Shelley es una película irregular. Por un lado, pretende establecer un paralelismo en absoluto metafórico entre la autora y su obra. Para ello, retrata a una protagonista adelantada a su tiempo en muchos aspectos y, por consiguiente, del todo incomprendida. Además de escaparse con el poeta Shelley —que ya por entonces estaba casado—, la protagonista sufre el escándalo y el oprobio por su relación abierta, a lo que se une la desolación de la muerte de su primer hijo. Frankenstein o el moderno Prometeo será para ella una forma de exorcizar sus propios traumas reflejando sobre el monstruo toda la soledad y la incomprensión que ella misma experimenta.

No obstante, el filme también pretende, por otro lado, ser una suerte de melodrama romántico adolescente

En este sentido, tanto la sensibilidad de la directora y guionista —no olvidemos que fue la primera mujer cineasta de Arabia Saudi— como la sutil elegancia interpretativa que imprime Elle Fanning al personaje suponen sendos aciertos que dotan a la película de profundidad.

No obstante, el filme también pretende, por otro lado, ser una suerte de melodrama romántico adolescente. Si bien es cierto que los personajes históricos son retratados en su juventud —de hecho no hay otra forma de retratarlos con fidelidad, Lord Byron murió con 36 años, Percy B. Shelley, con 29—, la trama, las relaciones y el enamoramiento de unos con otros casi roza en lo estético y lo narrativo los niveles de la saga Crepúsculo, lo cual resta enjundia al resultado final y provoca que el espectador que esté interesado en lo sustancial del hito literario se termine aburriendo con la superficialidad de tanto juego de camas.

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Misterio en Hanging Rock: la ambientación y el tedio

En 1967 la autora Joan Lindsay publicó una novela que ha pasado a ser uno de los grandes clásicos de la literatura australiana. Llevada al cine en 1975 por Peter…

Picnic at Hanging Rock (Amazon Video, 2018). Australia. Guion: Alice Addison, Beatrix Christian (Novela: Joan Lindsay). Reparto: Natalie Dormer, Lola Bessis, Lily Sullivan, Harrison Gilbertson, Emily Gruhl, James Hoare, Madeleine Madden, Jonny Pasvolsky.

En 1967 la autora Joan Lindsay publicó una novela que ha pasado a ser uno de los grandes clásicos de la literatura australiana. Llevada al cine en 1975 por Peter Weir, Picnic at Hanging Rock, ha sido, tanto en su versión literaria como fílmica, una fuente de inspiración para cineastas tan dispares como Sofia Coppola —Las vírgenes suicidas (1999)— o Rodrigo Cortés —Blackwood (2018)—. Ahora la historia se ha hecho serie de la mano de Amazon Studios, hemos podido verla en Cosmopolitan TV, y tiene como jefa de cartel la cara conocida de Natalie Dormer, una de tantas actrices que han pasado por el universo de Juego de Tronos con mejor o peor suerte.

La historia, ambientada en 1900, tiene los tintes de un juego de misterio. Las alumnas de un elitista internado de señoritas se disponen a hacer una excursión al paraje real de Hanging Rock, una formación rocosa a ochenta kilómetros de Melbourne. Cuando llegan al lugar, el ambiente se ve enrarecido por lo que parece algún tipo de acción sobrenatural que paraliza todos los relojes. Varias alumnas y una de las profesoras deciden entonces subir a lo alto de las rocas. No se vuelve a saber nada más de ellas.

Aunque la investigación sobre la desaparición de las muchachas supone el eje central de la narración, lo cierto es que para el relato esta cuestión pasa a un plano enteramente secundario en favor de las subtramas de relación de las chicas entre ellas, los vínculos emocionales que las unen, el despertar sexual y la opresión victoriana que encarna la villana del cuento, Mrs. Appleyard, jefa del internado, a quien da vida Dormer.

Se pierde en el circunloquio expresivo, abandonándose en los devaneos oníricos y alargando en suma todo lo posible cuestiones de trazo corto

La serie, a pesar de tener solo seis episodios, trata de alargar el relato todo lo posible, introduciendo más elementos sobre el turbulento pasado de Appleyard y confiriéndole el rol protagónico. De hecho, ella es la encargada de abrir la narración con un prólogo donde queda patente, entre otras cuestiones, su impostura y villanía. La desaparición, acaecida en el primer episodio, da pie a una colección de flashbacks donde se va relatando los detalles de la intimidad de las alumnas, los secretos de unas y otras, y dejando patente en cualquier caso su deseo de liberación.

Este desvío del protagonismo, así como el poco recorrido de la aventura, hacen la serie aburrida y tediosa. La estética, influenciada a su vez por el estilo visual y los anacronismos estilísticos de las películas de Sofia Coppola, se pierde en el circunloquio expresivo, abandonándose en los devaneos oníricos y alargando en suma todo lo posible cuestiones de trazo corto. Igualmente, tampoco ayuda el casting, que pone a veinteañeras a interpretar a adolescentes y a treinteañeras, como la propia Dormer, en el papel de anticuadas institutrices, dando la impresión, al final, de que alumnas y profesoras tienen todas la misma edad.

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Ocean’s 8: la feminización del robo

Cantaba Marilyn Monroe en Los caballeros las prefieren rubias (1953) que los diamantes son los mejores amigos de una chica. Gary Ross lleva al extremo la afirmación en la nueva…

Título original: Gary Ross; Dirección: Gary Ross Guion: Olivia Milch, Gary Ross; Fotografía: Eigil Bryld; Música: Daniel Pemberton; Reparto: Sandra Bullock, Cate Blanchett, Anne Hathaway, Helena Bonham Carter, Mindy Kaling, Rihanna, Awkwafina, Sarah Paulson, Dakota Fanning, Eric West

Cantaba Marilyn Monroe en Los caballeros las prefieren rubias (1953) que los diamantes son los mejores amigos de una chica. Gary Ross lleva al extremo la afirmación en la nueva entrega de la saga Ocean’s planteando una repetición paso por paso de todos los elementos que conformaban las anteriores, si bien con la única particularidad de que, en esta ocasión, la cuadrilla la componen exclusivamente mujeres —o, al menos, eso es lo que parece—.

Esclavos de algún tipo de maldición familiar semejante a las de las antiguas tragedias griegas, todos los miembros de la familia Ocean parecen condenados a vivir los mismos acontecimientos una y otra vez. Al igual que ya hiciera su hermano Danny, Debbie Ocean (Sandra Bullock), aprovechando el primer permiso que tiene en su condena por robo, decide organizar un golpe mucho mayor. Para ello, lo primero que hace es reclutar un grupo de especialistas y urdir un complejo plan para robar un collar de diamantes. No obstante, como ya le pasó a su hermano, de pronto una ex pareja entra en el juego, complicando toda la operación. Finalmente, una serie de giros inesperados intercederán en la narración para, del mismo modo que ya hiciera Danny, lograr sorprender al púbico a pesar de lo predecible de toda la yincana.

Lo único que se le exige a este tipo de películas es una ingeniosa parafernalia capaz de asegurar el entretenimiento y, a ser posible, alguna sorpresa final.

Si algo puede definir a la saga Ocean’s es la trivialidad. No es necesario ni una trama compleja ni personajes abonados con sesudos trasfondos. De hecho, ni siquiera hace falta conocer sus nombres. Lo único que se le exige a este tipo de películas es una ingeniosa parafernalia capaz de asegurar el entretenimiento y, a ser posible, alguna sorpresa final. Con estos requerimientos, lo cierto es que el film cumple sobradamente su cometido, si bien con la repetición de un patrón al que se sigue de forma milimétrica sin aportar más frescura que la derivada de las interpretaciones de las mujeres implicadas en el entuerto, las cuales brillan más en los roles secundarios que los principales.

Ocean’s 8 se une a la ola de títulos de protagonismo femenino que refríen obras precedentes donde eran los hombres quienes llevaban la narración; una tendencia que parece querer surfear la moda del #metoo al tiempo que asegurar el tiro repitiendo fórmulas exitosas en el pasado en lugar que plantear personajes originales femeninos que no tengan ya de entrada el handicap de la inevitable comparación de sexos.

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La Mantis: Hannibal se hizo mujer

Y de pronto un día nos abrieron de par en par las puertas y las ventanas, y la corriente que entró nos sacudió el polvo de años con un ímpetu…

La Mante (TF1, 2017). Francia. Creadores: Alice Chegaray-Breugnot, Grégoire Demaison, Nicolas Jean, Laurent Vivier; Reparto: Carole Bouquet, Fred Testot, Jacques Weber, Pascal Demolon, Manon Azem, Elodie Navarre

Y de pronto un día nos abrieron de par en par las puertas y las ventanas, y la corriente que entró nos sacudió el polvo de años con un ímpetu imparable, haciéndonos conscientes, más que de otra cosa, de la roña que teníamos encima. La Mantis es una serie de producción francesa que podemos ver gracias a ese balcón abierto de par en par que ha supuesto Netflix. Se trata solo de seis episodios para una temporada cerrada, pues los franceses, que inventaron el cine, saben perfectamente que es mejor hacer un producto digno que estirar los presupuestos hasta donde no se puede llegar. Y, efectivamente, se trata de un trabajo digno, con una factura visual más que destacable; con un tono y ritmos bien engarzados en la trama; con una interpretación preñada de sutilezas y una tensión que invita episodio tras episodio a devorar el siguiente. Pero, sin embargo, no por ello es una serie perfecta. De hecho, peca en la exageración; cae en una solución enrevesada; adula a sus referentes con vehemencia y exhibe sus trampas sin sonrojo. Pero es digna, y al final eso es lo importante.

La obra, firmada por los guionistas Alice Chegaray-Breugnot, Grégoire Demaison, Nicolas Jean y Laurent Vivier, arranca con una premisa inmejorable para los forofos del thriller. Un imitador está copiando al detalle los crímenes de la asesina Jeanne Deber, conocida como «La Mantis», que lleva más de veinticinco años en prisión. Los gendarmes están desconcertados pues, entre otras cosas, parece que el imitador conoce detalles nunca publicados de los truculentos escenarios de los crímenes de La Mantis, pues los recrea a la perfección. Por ello, deciden pedirle ayuda directamente a la villana con la esperanza de que ella misma, desde la prisión, pueda guiarles hacia quien imita sus elaborados asesinatos contra hombres. Y la villana acepta, pero con una complicada condición: quiere que el policía al mando de la investigación sea su hijo, que es del cuerpo. El problema es que su hijo la repudió en su adolescencia y no ha vuelto a hablar con ella desde que fue capturada.

Hay mucho de El Silencio de los Corderos, entre otros referentes a menudo maltratados por el ansia de los realizadores

La trama se desenvuelve, por tanto, en tres niveles distintos. Por un lado, la clásica captura del asesino serial que va aumentando su colección de cadáveres masculinos en cada episodio. Por otro, la entereza física y psicológica del joven policía, que advierte como el caso hace mella en su estabilidad conyugal y, por último, en el conflicto entre él mismo y La Mantis, a quien detesta, y que sin embargo no es más que una madre que ansía sobre todas las cosas recuperar a su hijo y que se lleva, no cabe duda, el aplauso a la interpretación de Carole Bouquet.

Hay mucho de El Silencio de los Corderos, entre otros referentes a menudo maltratados por el ansia de los realizadores; hay muchas ganas de querer rizar el rizo más de lo aconsejable, y el final se torna una sorpresa de esas que solo se sostienen sobre un esfuerzo ímprobo de ingenuidad por parte de los espectadores. Pero es disfrutable; está retratada con cariño hacia la estética y con un pensado manejo del lenguaje; sabe sembrar la intriga a fuego lento entre unos episodios y otros, y supone una vez más un ejemplo contundente y rotundo de las cosas que se hacen por ahí mientras nosotros seguimos sin sacudirnos el polvo.

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Jawbone: una película de boxeo (casi) sin boxeo

Ayer vi «Jawbone», película dirigida por Thomas Napper y protagonizada por un soberbio Johnny Harris, acompañado por unos estupendos Ray Winstone y Michael Smiley. Si te gusta el boxeo como…

Dirección: Thomas Napper; Guion: Johnny Harris; Música: Paul Weller; Fotografía: Tat Radcliffe; Reparto: Johnny Harris, Ian McShane, Ray Winstone, Michael Smiley, Atul Sharma, Margaret Wheldon, Dean Williams, Marilyn May James, Anna Wilson-Hall

Ayer vi «Jawbone», película dirigida por Thomas Napper y protagonizada por un soberbio Johnny Harris, acompañado por unos estupendos Ray Winstone y Michael Smiley. Si te gusta el boxeo como deporte y eres aficionado/a a las películas que versan sobre lo que pasa dentro y fuera del ring… deberías verla. Pero te advierto: si tienes en mente la producción arquetípica del género, protagonizada por Silvester Stallone —sí, hablo de «Rocky» —, quizás deberías enfrentarte a la peli con una mente fresca y otros ojos. Rocky y casi todas las películas similares que le siguieron con los años, siendo estupendos productos de entretenimiento, han hecho bastante daño a este deporte, propagando clichés, roles y escenarios que se han repetido hasta la náusea, despojándolos de todo sentido y carga dramática.

No quiero decir con esto que lo que se muestra en estas películas sea una mentira integral. Es cierto que al mundo del boxeo le rodea un cierto halo de sordidez. También de superación y ruleta rusa emocional. Existen entrenadores y preparadores carismáticos, cambios de vida y dirección, gracias a la práctica del boxeo. Pero, como en todo deporte, si nos paramos a pensarlo. Pero claro, carece de la épica de dos personas queriendo matarse a golpes. Incomparable, en términos de dinámica e impacto visual.

Es cine (negro) inglés de pura cepa, impregnado de húmeda y fría suciedad urbana, trufada con ese duro acento del sur de Londres, seco y hermoso como un uppercut a tiempo

Pero Jawbone es más que eso. O, mejor dicho, no es SÓLO eso. De hecho, no existen largas secuencias coreografiadas de intercambios de golpes, escenas épicas a cámara lenta, recuperaciones milagrosas desde la lona, ni nada parecido. Las (pocas) secuencias de lucha estrictamente hablando se sitúan al final del metraje, en una sucesión casi cacofónica visualmente. Así son las peleas de verdad, si las vemos dentro del ring: un caos controlado donde no siempre hay belleza estética, si no se está atento para encontrarla.

La película de Napper habla de otras cosas, no sólo de boxeo. Habla de derrota, de descenso a los infiernos, de adicción, inseguridad, pobreza (prácticamente indigencia), carencia de asideros emocionales y pérdida de sentido vital. Y también de una búsqueda desesperada de salvación. Es cine (negro) inglés de pura cepa, impregnado de húmeda y fría suciedad urbana, trufada con ese duro acento del sur de Londres, seco y hermoso como un uppercut a tiempo. Es cierto que recurre a ciertos lugares comunes y clichés del género, pero tratados con cierta elegancia, con plena consciencia de sí mismos y de que, sin ellos, el espectador no tendría una brújula con la que orientarse en el viaje. Quizás un efecto secundario inevitable de las producciones ochenteras y subsiguientes, de las que te hablaba antes.

El discurso de Jawbone se centra en el personaje principal, Jimmy McCabe. Un campeón juvenil de boxeo que, en un momento dado, pierde el rumbo de su vida y no vuelve a recuperarlo nunca. Siendo ya un ex-boxeador maduro, poco más que la sombra de una promesa hace tiempo olvidada, se ve a si mismo enredado en el alcoholismo y la pobreza, sin poder tomar las riendas de su existencia y sin ningún referente que le pueda valer de guía, más allá del gimnasio de barrio donde se formó, en su día. A él trata de volver, con la bolsa de deporte cargada de pecados, errores y sueños truncados. No con el ánimo de redimirse y alcanzar la gloria, sino de encontrarse a sí mismo y asirse a algo que le devuelva la dignidad. Aunque sea de manera temporal y precaria.

Un film elegante y sutil, sin sensiblería y no del todo predecible. Una delicia para aficionados, pero también una estupenda manera de ver una apuesta cinematográfica diferente y un contenido y sereno trabajo actoral con momentos de auténtica grandeza, por parte de Johnny Harris, que pueden reconciliar con la calidad del cine europeo —si obviamos el Brexit—, aunque no nos interese lo más mínimo lo que ocurre dentro de las doce cuerdas.

Nota: 8/10

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Jefe: canalla sin redención

César es el jefe de una gran empresa. También es putero, cocainómano, alcohólico y malencarado. Trata con despotismo a todos sus subordinados; es jactancioso con los colegas y, por lo…

Título original: Jefe; Dirección: Sergio Barrejón Guion: Natxo López, Marta Piedade; Fotografía: Antonio J. García; Música: Jimmy Barnatán; Reparto: Luis Callejo, Juana Acosta, Carlo D’Ursi, Josean Bengoetxea, Bárbara Santa-Cruz, Dalila Carmo, Maika Barroso, Adam Jezierski, Sergio Quintana, Teo Planell, Diana Lázaro

César es el jefe de una gran empresa. También es putero, cocainómano, alcohólico y malencarado. Trata con despotismo a todos sus subordinados; es jactancioso con los colegas y, por lo que se deduce de su situación conyugal, su propia familia le odia. Tanto es así que su esposa le ha echado de casa y pedido el divorcio, y su hijo no quiere ni hablarle. Cuando la situación por la que atraviesa su empresa se torna complicada, César opta por atrincherarse en su despacho armado con litros de whisky y otros tantos gramos de cocaína. Así, en sus horas bajas, es como da con Ariana, una limpiadora colombiana del turno de noche. Ella le adentrará en el panorama nocturno y oculto de su propia oficina, abriéndole un mundo desconocido sobre las virtudes y miserias de sus propios empleados. De alguna forma surgirá entre ellos una suerte de relación de carácter indeterminado —acaso romántica, acaso amistosa…— que acabará por ser balsámica para los problemas de ambos y que, de alguna forma, llegará a salvarles la vida.

Jefe consigue que el público vaya de la mano de un personaje que nunca deja del todo de ser despreciable.

Siete años después de la realización del cortometraje La Media Pena, Barrejón y López unen de nuevo sus esfuerzos junto a la guionista Marta Piedade para llevar al formato largo la misma premisa del ejecutivo en apuros y al borde del abismo que encuentra sentido a su vida por la irrupción de una trabajadora de la limpieza. El resultado es satisfactorio.

Aunque se aprecia cierta liviandad a la hora de abofetear al público como pide una historia así; y se antoja la obra un poco a trasmano entre los géneros, pues navega a medio camino entre varios; lo cierto es que Jefe consigue algo que explicado racionalmente sonaría por completo imposible en un drama de corte realista: que el público vaya de la mano de un personaje que nunca deja del todo de ser despreciable.

Es cierto que hay detalles que de alguna forma le redimen a ojos del respetable; y es cierto que sus contrincantes y antagonistas resultan exagerada y visceralmente más despreciables que él. No obstante, su grosería, machismo y mala leche irán en su ADN desde el comienzo hasta el final, en parte gracias a una interpretación magistral de Luis Callejo. Igualmente brillan en pantalla las interpretaciones femeninas de Juana Acosta y Bárbara Santa-Cruz en un papel secundario pero tan carismático que termina adquiriendo un peso sustancial.

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Marie-Francine: materia prima y ejecución

Es bien sabido que no hay mejor materia prima para la comedia que una situación dramática. Los personajes desvalidos y sobrepasados por las circunstancias de su existencia conforman, en la…

Título original: Marie-Francine; Dirección: Valerie Lemercier Guion: Sabine Haudepin, Valerie Lemercier; Fotografía: Laurent Dailland; Reparto: Valerie Lemercier, Denis Podalydès, Patrick Timsit, Philippe Laudenbach, Xavier Lemaître, Hélène Vincent

Es bien sabido que no hay mejor materia prima para la comedia que una situación dramática. Los personajes desvalidos y sobrepasados por las circunstancias de su existencia conforman, en la mayoría de las ocasiones, las mejores piezas para construir la carcajada. Ahora bien, no se trata de que, como público, disfrutemos o nos divierta sencillamente la desgracia y el sufrimiento ajeno per se. Además de la situación, es necesario que el narrador tenga el fino y delicado talento de saber contarla con gracia.

Si bien el filme cuenta con un material lo suficientemente dramático y absurdo como para configurar una buena comedia, no se puede decir lo mismo de la habilidad de la narradora para llevarla a buen término

La nueva comedia escrita, dirigida y protagonizada —por partida doble— por Valerie Lemercier tiene, de entrada, ganada la primera premisa de toda buena comedia: el drama. A sus cincuenta años, Marie-Francine se queda de golpe sin trabajo y sin marido, circunstancias que la obligan a regresar a la casa familiar y convivir con sus septuagenarios padres. Si ya de por sí la convivencia resulta complicada, la situación se agrava con la actitud de los progenitores, que la siguen tratando como si fuera una adolescente en el día a día, y que ansían sobre todas las cosas que se marche lo antes posible, si puede ser, con un buen marido. Con dificultades para encontrar un trabajo con arreglo a su profesión —bióloga celular—, y amargada por las constantes citas con divorciados que le organizan sus padres, Marie-Francine termina montando una tienda de cigarrillos electrónicos donde, paradójicamente, comienza a fumar. Afortunadamente la puerta de atrás de su tienda coincide con la trasera de un restaurante cuyo jefe de cocina se encuentra en su misma situación…

No obstante, si bien el filme cuenta con un material lo suficientemente dramático y absurdo como para configurar una buena comedia, no se puede decir lo mismo de la habilidad de la narradora para llevarla a buen término. Además de lo hilarante de algunas situaciones, tan ilógicas como mal llevadas, la película cae en un vaivén de tono y ritmo. La falta de carisma del personaje principal ahoga al espectador en el desconcierto; las peripecias se resuelven prácticamente en el mismo instante en que se plantean; los chistes de trazo grueso infantilizan las situaciones y las alejan del público al que se dirige la obra, y la resolución, por supuesto feliz y ligera, se termina sosteniendo sobre concepciones bastante anticuadas.

Salva la papeleta el trabajo doble de la actriz-directora, que interpreta a la protagonista y a su hermana gemela, la selección musical que sirve de contrapunto al relato y, muy especialmente, la relación de los padres, probablemente el corazón de la obra en torno al cual debería haber girado todo el filme.

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Jurassic World El Reino Caído: Ausencia de madre

Cuando Michael Crichton visitó uno de los parques de atracciones de la Disney en su juventud pocos podrían aventurar que la experiencia deviniera décadas después en sagas cinematográficas millonarias. Es…

Título original: Jurassic World: Fallen Kingdom; Dirección: J.A. Bayona Guion: Colin Trevorrow, Derek Connolly (Personajes: Michael Crichton); Música: Michael Giacchino, Fotografía: Óscar Faura; Reparto: Chris Pratt, Bryce Dallas Howard, James Cromwell, Rafe Spall, Toby Jones, Justice Smith, Daniella Pineda, Ted Levine, Geraldine Chaplin, Jeff Goldblum

Cuando Michael Crichton visitó uno de los parques de atracciones de la Disney en su juventud pocos podrían aventurar que la experiencia deviniera décadas después en sagas cinematográficas millonarias. Es sabido que la visita le inspiró para su película Westworld (1973), escrita y dirigida por él mismo, cuyo argumento sostiene la actual serie de HBO: un parque de atracciones con autómatas semejantes a humanos que terminan rebelándose. La premisa, como es obvio, es similar —con dinosaurios en vez de androides— a la del éxito literario que llevó a la pantalla Spielberg en 1993 y que ahora, casi veinticinco años después, sigue generando activos con su quinta continuación.

Abandonados a su suerte en la última entrega, los dinosaurios-probeta de Jurassic World, el parque temático, se han convertido en un asunto controvertido por la inminencia de una erupción volcánica que amenaza su existencia. La sociedad está dividida entre quienes abogan por dejar que la lava devuelva el orden al ecosistema y los vuelva a extinguir y quienes pugnan para ofrecerles la misma protección que a cualquier otra especie en vías de extinción. Esto atrae al tiempo el interés de ecologistas, pero también de cazadores —y especuladores— furtivos, que encuentran en las criaturas una excelente oportunidad para lucrarse.

Sólo la niña parece tener un hálito de interés, un trasfondo bien pertrechado y una historia real que contar. Lástima que la protagonista no sea ella.

A los mandos de la dirección se encuentra en esta ocasión J. A. Bayona, y la pieza no está exenta de envergadura. Ambientada a dos tiempos entre la remota isla de los dinosaurios y la mansión del magnate que financia toda la expedición para salvarlos, se podría decir que encontramos en pantalla dos partes perfectamente diferenciadas: por un lado, la aventura en sí en mitad de la selva; por el otro, un relato gótico de mansiones, monstruos y niños perdidos. Y la conjunción resulta del todo complicada.

Aunque siempre solvente entre los visillos del terror y el misterio, la película de Bayona en esta ocasión peca de un guion demasiado intrascendente para la carga emotiva que pretende trasladar a sus imágenes. La correcta puesta en escena, y la peripecia sostenida en base a las persecuciones de los lagartos gigantes, hacen de la película un episodio entretenido de comienzo a fin. No obstante, una suerte de villanos desdibujados pugna en banalidad con la pareja protagonista, cuyo afán e interés es difuso desde el primer instante en que vuelven a cruzar sus miradas. Sólo la niña parece tener un hálito de interés, un trasfondo bien pertrechado y una historia real que contar. Lástima que la protagonista no sea ella.

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La chica en la niebla: el gran carnaval

Una adolescente ha desaparecido durante una noche de niebla en un pequeño pueblo de montaña. Rápidamente al lugar se traslada el veterano investigador Vogel, conocido por sus mediáticos casos. Nada…

Título original: La ragazza nella nebbia; Dirección y guion: Donato Carrisi; Fotografía: Federico Masiero; Reparto: Toni Servillo, Alessio Boni, Lorenzo Richelmy, Jean Reno, Galatea Ranzi

Una adolescente ha desaparecido durante una noche de niebla en un pequeño pueblo de montaña. Rápidamente al lugar se traslada el veterano investigador Vogel, conocido por sus mediáticos casos. Nada más llegar logra hacerse con la confianza de la familia de la desaparecida, que vive según las estrictas normas de su comunidad religiosa. El trato que dispensa el investigador a los policías locales denota experiencia y saber hacer. Se le presenta como un hombre seco, adusto y profesional. No obstante, su primer paso en la investigación es filtrar una exclusiva a la prensa, con la que resulta que siempre ha estado conchabado. Pronto el apacible pueblo de montaña se convierte en un hervidero de periodistas que pondrán sus ojos en el profesor Martini, docente en el instituto de la desaparecida. El profesor, sin mediar mayor prueba que su presencia circunstancial en torno a la muchacha en varios vídeos —de nuevo filtrados por el inspector jefe—, termina por ser señalado como culpable por toda su comunidad. Solo cuando el veterano policía se confiese ante el psicólogo del lugar se desvelará la verdad de sus intenciones, así como la resolución del caso en una sucesión de giros narrativos por completo impredecibles.

En una suerte de mortal hacia atrás con tirabuzón, el autor propone una resolución tan rocambolesca que termina pasándose de la raya

Donato Carrisi lleva él mismo a la pantalla su novela, éxito de ventas en Italia, sabiendo mantener en todo momento lo fundamental de todo thriller que se precie: giros inesperados y una atmósfera envolvente. En efecto, el director logra entretejer un enrevesado tamiz que propicia algo novedoso e interesante en cada escena, al tiempo que presenta una atmósfera densa y plagada de personajes que no dudan en mentir para obtener su propio beneficio. Los primeros, sin duda, los protagonistas del relato, que pasan todo el metraje caminando sobre el hilo de la ambigüedad, la moral y la vileza.

El problema viene conforme va avanzando el tercer acto y se resuelve el misterio. En una suerte de mortal hacia atrás con tirabuzón, el autor propone una resolución tan rocambolesca que se podría afirmar que, en su afán de sorprender al respetable termina pasándose de la raya. No obstante, es potestad del espectador aceptar o no la resolución que plantea el autor pues, al fin y al cabo, todos los relatos de misterio se intrincan en mayor o menor medida.

Queda, por otro lado, el buen hacer de una cuidada puesta en escena, así como una solvente interpretación de todos los implicados. El ritmo y la deconstrucción del relato contribuye a generar el misterio, y la crítica en absoluto soterrada a la perniciosa acción del sensacionalismo mediático en este tipo de casos configuran una película bien construida, reseñable y disfrutable para aquellos que sean aficionados al misterio.

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Han Solo: las llaves del Halcón

Han Solo siempre fue un personaje instrumental. Ya desde el instante de su primera aparición, allí medio perdido en una taberna del planeta Tatooine en la primera película rodada de…

Título original: Solo: A Star Wars Story; Dirección: Ron Howard; Guión: Lawrence Kasdan, Jonathan Kasdan (Personaje: George Lucas);Música: John Powell; Fotografía: Bradford Young; Reparto: Alden Ehrenreich, Emilia Clarke, Woody Harrelson, Donald Glover, Thandie Newton,Paul Bettany

Han Solo siempre fue un personaje instrumental. Ya desde el instante de su primera aparición, allí medio perdido en una taberna del planeta Tatooine en la primera película rodada de la saga Star Wars quedaba clara su misión: sencillamente estaba allí de acompañante; de comparsa aventurera del verdadero protagonista de la historia. Solo, patrón del legendario Halcón Milenario, no tenía más función que llevar al joven Luke en dirección a un planeta recóndito sin hacer demasiadas preguntas y a cambio de un buen botín, aunque finalmente terminase salvándole el pellejo a su cliente. Las siguientes películas no hicieron sino reforzar esta trayectoria, bien convirtiéndolo en un marmolillo decorativo al que rescatar, o bien haciendo de él el interés romántico de la coprotagonista de la saga.

Tan instrumental era el personaje, que John Williams ni siquiera se molestó en componerle ni una pieza, ni un arreglo, nada. Han Solo no tuvo nunca partitura igual que tampoco tuvo nunca trasfondo. Un contrabandista sin más, con sus deudas y sus problemas de contrabandista; un personaje deliberadamente ambiguo que, en el fondo, era sencillamente un cacho de pan. Por no tener, no tenía siquiera aspiraciones ni sueños y, si los tenía, en su cinismo tampoco es que importasen demasiado.

Si todos queríamos ser Luke, todos queríamos un Solo a nuestro lado. Y ahí está el problema.

Sin embargo, había una cosa que sí tenía Han Solo, y que probablemente estuviera por encima de todas las demás. Tenía carisma. Harrison Ford, en su parquedad, logró hacer del personaje un tipo simpático; un tipo con entidad, presencia y la arrogancia de quien se cree de vuelta de todo; un tipo, en definitiva, que no necesitaba las tribulaciones de Luke y su genealogía midicloriana para que quisiéramos lanzarnos con él al hiperespacio o a donde fuera. Si todos queríamos ser Luke, todos queríamos un Solo a nuestro lado. Y ahí está el problema.

El último spin off surgido del afán de Disney por amortizar su inversión nos ha traído una precuela de todo lo que Solo podría significar. La película, dirigida por Ron Howard, se adentra en la juventud del héroe y le dota de motivación, de amoríos, de principios y de trasfondo. Incluso le dota, por fin, de banda sonora. Le ha dado una aventura propia sin sables láser ni caballeros Jedi cuya peripecia es por completo disfrutable. En efecto, el film le ha concedido al personaje todo aquello de lo que carecía, pero ha cometido el pecado imperdonable de arrebatarle el carisma que le hacía único.

Más allá de la peripecia, las persecuciones y los disparos, el personaje queda condenado a una estampa, a una pose, a una chaqueta de cuero. Todos los secundarios le eclipsan, incluida la androide —especialmente la androide—, y la verdad es que, para esto, mejor volver al original.

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Deadpool 2: la sátira como estertor

Traumatizado y perseguido, el superhéroe Deadpool es definitivamente capturado y puesto en aislamiento con un collar que inhibe sus poderes regeneradores, por lo que el cáncer masivo que sufre comienza…

Deadpool

Título original: Deadpool 2; Dirección: David Leitch; Guión: Rhett Reese, Paul Wernick, Ryan Reynolds (Cómic: Rob Liefeld, Fabian Nicieza);Música: Tyler Bates; Fotografía: Jonathan Sela; Reparto: Ryan Reynolds, Josh Brolin, Zazie Beetz, Morena Baccarin,

Traumatizado y perseguido, el superhéroe Deadpool es definitivamente capturado y puesto en aislamiento con un collar que inhibe sus poderes regeneradores, por lo que el cáncer masivo que sufre comienza a hacer mella en su salud. Durante su cautiverio comparte celda con un niño mutante que tiene un problema de sobrepeso y de autoestima que lo está volviendo cada vez más inestable —y más peligroso—. Tanto es así que, al igual que sucede en otras sagas, de pronto irrumpe un villano intertemporal con la intención de matar al impúber ahora antes de que pueda causar mayores daños. Este viajero en el tiempo, que responde al nombre de Cable, tratará por todos los medios de llevarse por delante al muchacho. Pero Deadpool no está dispuesto a permitirlo. Así, una vez recuperados sus poderes, intentará conformar un nuevo grupo de mutantes que le ayude a salvar al pequeño tanto de Cable como de sí mismo. O algo así más o menos.

Sí. Más o menos. Pues la película, como ya sucediera con su antecesora, navega entre la sátira y la parodia argumental. Su desarrollo, aunque más o menos bosquejado sobre una trama reconocible, sigue una deriva casi improvisada que va de lo caótico a lo estrafalario. No se puede —o no se debe— tratar de encontrarle ni sentido ni respeto hacia nada, ni siquiera la diégesis ni la suspensión de la incredulidad del espectador. Deadpool encadena un chiste tras otro, rompiendo a placer la cuarta pared o haciendo bromas metatextuales. Él mismo es el primero en criticar la desidia de los guionistas —entre los que está el propio actor protagonista—; él mismo se encarga de vapulear a productores y creadores de toda la industria comiquera; él mismo se mofa de sí, de su género y de la fiebre superhéroica en la que estamos viviendo y, como los bufones en la Edad Media, él mismo expone bajo la capa de lo chistoso las crudas verdades de lo que representa.

Dicen que los géneros cinematográficos empiezan a dar síntomas de agotamiento cuando se derivan hacia la amargura crepuscular o hacia la parodia de sí mismos

Dicen que los géneros cinematográficos empiezan a dar síntomas de agotamiento cuando se derivan hacia la amargura crepuscular o hacia la parodia de sí mismos, y no olvidemos que hace menos de un mes que Los Vengadores Infinity War doblegaban la pantalla con una historia de tintes negativos. Deadpool, en su cachondeo, refresca los panteones de superhéroes al tiempo que los banaliza y pervierte, y quizá esto suponga, definitivamente, el comienzo del fin de una etapa cinematográfica que nos ha dejado a los espectadores un puñado de buenas películas, y a los realizadores un récord de taquilla tras otro.

En cualquier caso, se trata de un film cuyo malintencionado y soez humor es muy disfrutable; especialmente si se va al cine con la intención de no pensar demasiado.

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La mujer que sabía leer: romance seminal

En 1919 la escritora octogenaria Violette Alhaud escribió una obra con tintes autobiográficos que no fue publicada hasta 2006. Ella misma consignó por escrito la demora: según su testamento, el…

Título original: Le semeur; Dirección: Marine Francen; Guión: Marine Francen, Jacqueline Surchat, Jacques Fieschi; Música: Frédéric Vercheval; Fotografía: Alain Duplantier; Reparto: Geraldine Pailhas, Pauline Burlet, Iliana Zabeth, Alban Lenoir, Françoise Lebrun

En 1919 la escritora octogenaria Violette Alhaud escribió una obra con tintes autobiográficos que no fue publicada hasta 2006. Ella misma consignó por escrito la demora: según su testamento, el manuscrito, oculto en un sobre, quedaba en manos de un notario que no podría abrirlo hasta 27 años después de su muerte. Entonces debía pasar directamente al descendiente de la autora que tuviera mayor edad con una sola condición: debía ser de sexo femenino. El relato se titulaba El hombre semen.

La película coescrita y dirigida por Marine Francen lleva a la pantalla la novela de Alhaud, que desde 2006 se ha convertido en una pieza de culto en Francia. El film narra la historia de un pequeño pueblo perdido en las montañas de la Provenza que sufre la represión del gobierno de Napoleón III quien, tras su ascenso al poder, inicia una purga contra todos los partidarios de la República a los que encarcela o envía a Argel. Esta persecución afecta especialmente a los habitantes del lugar, que ven como de la noche a la mañana son arrestados todos los hombres del pueblo. Solas, sin sus maridos, hermanos e hijos, las mujeres se tienen que hacer cargo de todas las labores de labranza y pastoreo, que son las principales actividades productivas de la localidad. Preocupadas por su futuro y el de su sociedad, las mujeres pactan que compartirán al primer hombre que aparezca por allí; que si algún hombre se acerca al lugar sería para todas. Por supuesto, un hombre aparece.

A pesar de su potente detonante y de una logradísima ambientación, la película pierde fuerza al apostar más por la estética que por la narrativa

Bregada en el oficio como ayudante de dirección de autores tan particulares como Olivier Assayas y Michael Haneke, Marine Francen apuesta por una película de corte íntimo y cercana a lo ensayístico. Filmada en cuatro tercios, el filme acompaña a la protagonista, Violette —caracterización de la autora de la novela original— en el trance de enamorarse del forastero y tener que compartirlo con las demás. Los celos se unirán al secreto que oculta el reticente semental, que en realidad está buscando una ruta de escape hacia la frontera.

A pesar de su potente detonante y de una logradísima ambientación, la película pierde fuerza al apostar más por la estética que por la narrativa. La parsimonia con que se desarrolla; los instantes oníricos; la recurrente metáfora de la siembra y la siega…, ralentizan en exceso la película y terminan por disolver la carga dramática que tan bien se apunta tanto en el conflicto romántico de la pareja como en sus consecuencias cuando, terminado el segundo acto, regresan los hombres oriundos del pueblo.

Pese a todo, resulta una propuesta interesante que conviene no dejar pasar en la cartelera.

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Mi querida confradía: sacristía con techo de cristal

Después de más de treinta años de servicio y entrega a la hermandad de la virgen de su pueblo, Ronda, Carmen ansiaba resultar elegida hermana mayor de la cofradía. Por…

Dirección: Marta Díaz de Lope Díaz; Guión: Marta Díaz de Lope Díaz, Zebina Guerra;Música: Javier Rodero; Fotografía: Vanesa Sola; Reparto: Gloria Muñoz, Pepa Aniorte, Carmen Flores, Juan Gea, Rocío Molina,Joaquín Núñez, Alejandro Albarracin, Manuel Morón, Rosario Pardo

Después de más de treinta años de servicio y entrega a la hermandad de la virgen de su pueblo, Ronda, Carmen ansiaba resultar elegida hermana mayor de la cofradía. Por ello, cuando en su lugar es elegido un hombre menos devoto se lleva un disgusto tan grande que, presa de la rabia, busca la manera de echarle laxantes en la copa en cuanto tiene ocasión. No obstante, una confusión con las pastillas trae consigo la tragedia: en lugar de laxantes le echa en el vaso varios diazepanes, lo que provoca que el hombre pierda por completo el conocimiento en el suelo de su cuarto de baño.

Angustiada por la circunstancia, Carmen urdirá la manera de disimular su crimen y ocultar el cuerpo yaciente —no llega a matarlo— de su archienemigo, pero una avalancha de problemas se agolparán de pronto a su puerta: la ruptura de su hija con su marido, la crisis previa a la salida en procesión de la cofradía, la ausencia del recién elegido hermano mayor y, no menos importante, la petición de ayuda de su vecina, a la que no le salen bien las torrijas.

La guionista y directora Marta Díaz de Lope Díaz teje en su debut en el largometraje un sainete costumbrista bien llevado en tono y forma. El crescendo narrativo de la película conjuga el realismo de la tradición más andaluza con cierto punto de crítica hacia las costumbres patriarcales no solo en la Semana Santa malagueña, sino en cualquier ámbito pues, al fin y al cabo, el film no se puede entender sino como una metáfora apenas exagerada de una realidad todavía el vigor: la limitación por razón de género a diversos cargos de poder.

El punto fuerte de la pieza lo compone sin duda el enredo de una historia llevada a hombros principalmente por tres mujeres en apenas tres espacios

El punto fuerte de la pieza lo compone sin duda el enredo de una historia llevada a hombros principalmente por tres mujeres en apenas tres espacios. La fuerza visual de planos cuidados al milímetro exprime al máximo la carga expresiva de la propuesta que, aunque la circunda, huye todo cuanto puede de la parodia exagerada para quedarse en un tono ácido y crítico que, más que apoyarse en el estereotipo, lo aprovecha, acertando con puntería en la realidad de los pueblos del sur.

Es precisamente cuando se arrima a la parodia cuando la historia flaquea, perdiendo humor sin quererlo en los momentos en que los intérpretes juegan la baza de la impostura y la exageración, como en el caso del alcalde y su impostado guardaespaldas, que sí parecen más cercanos a los platós de las sitcom que a la serranía de Ronda.

Pese a ello, la película es más que disfrutable, en especial la soberbia interpretación de Carmen Flores en su rol de vecina, a la sazón, Biznaga de Plata como Mejor Actriz de Reparto en el pasado Festival de Cine de Málaga.

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Vengadores Infinity War: diamantes para la eternidad

La última entrega de la factoría Marvel es el destino donde confluyen los dieciocho filmes que, desde hace una década, vienen conformando el que probablemente sea el canon cinematográfico más…

Título original: Avengers: Infinity War; Dirección: Anthony Russo, Joe Russo; Guión: Christopher Markus, Stephen McFeely (Cómic: Jack Kirby, Jim Starlin);Música: Alan Silvestri; Fotografía: Trent Opaloch; Reparto: Robert Downey Jr., Chris Hemsworth, Benedict Cumberbatch, Chris Evans,Mark Ruffalo, Scarlett Johansson, Chris Pratt, Tom Holland, Josh Brolin,Elizabeth Olsen

La última entrega de la factoría Marvel es el destino donde confluyen los dieciocho filmes que, desde hace una década, vienen conformando el que probablemente sea el canon cinematográfico más taquillero de la historia. También es el eje que da inicio a una nueva continuidad de anunciados estrenos probablemente igual de taquilleros. No solo se trata del título donde cruzan sus tramas todas las piezas individuales que han ido escalando en taquilla año tras año, también es la clave de bóveda donde se unen las sagas que han conformado el complejo tapiz de superhéroes: Iron Man, Capitán América, Hulk, Thor, Spiderman, Doctor Strange, Guardianes de la Galaxia y el resto de secundarios de Los Vengadores uno y dos, además de la recientemente estrenada Black Panther.

El hilo conductor que permite la conjunción de tan diversos y dispares elementos son las llamadas «gemas del infinito», excusa dramática que ha ido salpimentando las entregas previas con mayor o menor relevancia. Según la historia, el malvado Thanos, hercúleo villano de tez morada y gigantes proporciones, ansía poseer las cinco gemas que andan desperdigadas por el universo para provocar una hecatombe que dé al traste con la mitad de la vida en el cosmos. Se trata de una empresa que lleva tiempo intentando —varias películas— a través de sus secuaces, pero la incompetencia de éstos han terminado provocando que opte él personalmente por hacerse cargo del asunto.

Por supuesto, la facilidad con la que cada gema cae en sus malvadas manos resulta tan pasmosa que hasta roza el despropósito. Alguna de ellas, que antaño inspiraron películas completas, son tomadas por el villano directamente en off. Alguna otra, perdida hace eones, simplemente aparece en su camino de la mano de algún fortuito cameo. Pocas son las que tiene que pelear y, en cualquier caso, tampoco es eso lo realmente importante.

La facilidad con la que cada gema cae en sus malvadas manos resulta tan pasmosa que hasta roza el despropósito

Porque si algo interesa al público que ha roto los records de taquilla en su primer fin de semana de estreno son fundamentalmente los cruces dramáticos entre unos héroes y otros. Iron Man salvando al Doctor Strange; Thor aventurándose en el espacio con el mapache de los Guardianes; Hulk peleando mano a mano con el Soldado de Invierno y todas las huestes de Wakanda. La mixtura, la amalgama.

El filme teje a la perfección el choque entre caracteres y hace las delicias de los iniciados. Aquellos que, por contra, se acerquen de nuevas al relato se sentirán irremediablemente defraudados, como invitados a una fiesta donde no conocen a nadie.

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Isla de perros: sofisticado estilo, magistral técnica, historia naive

En un municipio del archipiélago japonés se decide por decreto desterrar a todos los perros a una isla lejana, pues se les acusa de transmitir una terrible enfermedad. La corporación…

Título original: Isle of Dogs; Dirección: Wes Anderson; Guión: Wes Anderson (Historia: Wes Anderson, Roman Coppola, Kunichi Nomura, Jason Schwartzman);Música: Alexandre Desplat; Fotografía: Tristan Oliver

En un municipio del archipiélago japonés se decide por decreto desterrar a todos los perros a una isla lejana, pues se les acusa de transmitir una terrible enfermedad. La corporación municipal está encabezada por el último miembro de una estirpe de detractores de los perros y amantes de los gatos, que desoye todas las recomendaciones de los científicos y que, de hecho, manda deportar en primer lugar a su propio perro guardaespaldas. Sin embargo, su sobrino de doce años, que es el mejor amigo del can, decide secuestrar una avioneta y lanzarse él solo al rescate. Sin más ayuda que la de una pandilla de perros exiliados, el pequeño emprenderá un viaje a lo largo de la isla para lograr dar con su mascota y traerla de nuevo a casa.

Wes Anderson es sin duda un director y guionista con un marcado estilo propio. A lo largo de toda la obra, filmada con la técnica del stop-motion empleando modelos de alguna clase de plastilina, resulta imposible no encontrar los trazos característicos de su cine de planos detallistas, composiciones de perfecta simetría y rupturas de la cuarta pared. No obstante, en esta ocasión añade además a su obra reminiscencias del cine japonés, del que toma prestado el estilo, los tiempos, el ritmo y la banda sonora, lo cual supone un acierto de cara a aportar coherencia a la narración, si bien condena la película a cierta parsimonia y previsibilidad solo compensada por el toque de humor, los chistes y gags visuales, el empleo del metalenguaje, la ironía, y un manejo magistral del montaje.

El film presenta, igualmente, a través de una elaborada fábula distópica, una lectura política que pone en entredicho los mimbres del poder

La pandilla de perros exiliados conforman, sin lugar a dudas, el corazón de la pieza, dejando incluso eclipsada la trama principal. Se trata de un grupo de canes de distinta procedencia que, al compartir destierro en la isla, han conformado una suerte de clan donde las decisiones fundamentales se toman de manera democrática; donde todos expresan sus pensamientos con una labia sofisticada —los ladridos están doblados al español, lo hablado en japonés no—, y cuyo viaje en compañía del héroe supone una fuente de desavenencias que pone en juego la propia identidad de los personajes.

El film presenta, igualmente, a través de una elaborada fábula distópica, una lectura política que pone en entredicho los mimbres del poder. Los líderes corruptos de este pueblo confabulan una trama de dominación de trazo grueso basada en la manipulación mediática, el exterminio e incluso el asesinato. La aniquilación canina no es más que la búsqueda de un enemigo externo frente al cual lograr la adhesión de las masas. Por ello termina resultando sorprendente el final almibarado y hasta naive de la película, a la que parece no importarle dejar cabos sueltos siempre y cuando se logre cerrar con una sonrisa del público.

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La casa torcida: psicópatas de alta alcurnia

No es descabellado afirmar que las novelas de la escritora Agatha Christie son, en su mayoría, meramente instrumentales. Las tramas de intriga bosquejadas por la autora, sin duda originales y…

Título original: Crooked House; Dirección: Gilles Paquet-Brenner; Guión: Julian Fellowes (Novela: Agatha Christie); Música: Hugo de Chaire; Fotografía: Sebastian Winterø; Reparto: Glenn Close, Terence Stamp, Christina Hendricks, Gillian Anderson, Max Irons,Stefanie Martini

No es descabellado afirmar que las novelas de la escritora Agatha Christie son, en su mayoría, meramente instrumentales. Las tramas de intriga bosquejadas por la autora, sin duda originales y enrevesadas, centran su interés fundamentalmente en la necesidad de resolución del enigma. Los personajes viven por y para dar justificación a tal conflicto, y su trasfondo se ciñe enteramente a él, como las piezas de un juego de mesa o los jugadores de un deporte de equipo: sin el tablero, sin la cancha, carecen de sentido y función. Esto, sin embargo, no es óbice para que tales libros puedan ser disfrutados con deleite por todos los lectores, en parte porque todos los jugadores que posiciona la británica sobre la pista saben cumplir perfectamente su función en el partido.

La nueva adaptación de la autora que llega a las salas —la segunda en un año después del Orient Express de Kenneth Branagh—, está dirigida por Gilles Paquet-Brenner y sigue la estela de las versiones cinematográficas clásicas que llevaron a la pantalla los textos de Christie en los setenta y ochenta. El film reúne un plantel de artistas conocidos —Glenn Close, Terence Stamp, Christina Hendricks, Gillian Anderson…—; sitúa la trama en una localización de alta cuna acotada en tiempo y espacio pretéritos —una endogámica familia de la nobleza británica a mediados del siglo pasado—; y ubica el misterio en torno al asesinato de un potentado en el interior de una laberíntica mansión. No obstante, a pesar de cumplir con el canon, la versión de Paquet-Brenner se aleja del nivel de sus predecesoras por faltas que van más allá de prescindir del mayordomo.

El principal problema de La casa torcida es que los jugadores de este partido han salido al campo completamente desganados.

El principal problema de La casa torcida es que los jugadores de este partido han salido al campo completamente desganados. La historia, sumida entre el artificio fotográfico y la pose exagerada, asienta el peso de su recorrido sobre las espaldas de un detective inexperto y sin muchas luces que, además, no es capaz de generar el menor apego ni química con la audiencia. Su falta de carisma choca con la impostura del resto de secundarios y termina por acrecentarla, llegando a rozar por instantes la parodia. No ayuda, igualmente, la acuciada necesidad del guión por delegar en los diálogos el interés narrativo de las acciones y descubrimientos, lo que ralentiza el devenir de algunos pasajes.

Solo Glenn Close y su afilada mirada logran aportar al juego de intriga un poco de interés y sospecha, manejando con astucia la ambigüedad de un personaje que eclipsa por completo al protagonista en cuanto comparten plano.

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Campeones: los discapacitados sin diagnosticar

«La discapacidad va a tenerla siempre, pero al menos ya está empezando a lidiar con ella» afirma uno de los personajes de la última película coescrita y dirigida por Javier…

Título original: Campeones; Dirección: Javier Fesser; Guión: David Marqués, Javier Fesser; Música: Rafael Arnau; Fotografía: Chechu Graf; Reparto: Javier Gutiérrez, Juan Margallo, Luisa Gavasa, Jesús Vidal, Daniel Freire,Athenea Mata, Roberto Chinchilla, Alberto Nieto Ferrández, Gloria Ramos, Itziar Castro

«La discapacidad va a tenerla siempre, pero al menos ya está empezando a lidiar con ella» afirma uno de los personajes de la última película coescrita y dirigida por Javier Fesser. Este diagnóstico no sería en absoluto reseñable en el contexto del tema de la obra, pero el caso es que quien lo pronuncia es precisamente un discapacitado, y el sujeto sobre quien va dirigido no lo es. O, al menos, no está diagnosticado como tal. Esta frase, comentada medio de soslayo, supone la condensación de todo el espíritu del film.

El argumento es conocido y se intuye nada más ver el trailer, pues la película pertenece a ese subgénero de filmes deportivos que están todos cortados con el mismo patrón: entrenador antipático y arrogante recibe cura de humildad teniendo que hacerse cargo por mandato judicial de un equipo de discapacitados intelectuales, los cuales terminan regalándole al protagonista una enseñanza de vida trascendental. Sin embargo, lo interesante no es tanto su desarrollo argumental como las verdades que, soterradas bajo la premisa del humor, exponen con crudeza las bajezas morales de la sociedad.

El humor huye del chiste fácil y logra crear comedia en la situación, en el choque de fuerzas y, sobre todo, en el patetismo que imprime Javier Gutiérrez

El menosprecio hacia los discapacitados, a menudo manifestado tanto en el trato despectivo como en tono condescendiente, articulan el verdadero conflicto de la historia. El protagonista, que comienza refiriéndose a ellos con términos despectivos como «subnormales» o «mongólicos», termina por ser testigo de cómo la propia sociedad ningunea, rechaza o explota a los discapacitados en el día a día al tiempo que se queda maravillado de la fuerza con la que ellos afrontan la vida, en muchos aspectos, con más «capacidad» que él.

El humor huye del chiste fácil y logra crear comedia en la situación, en el choque de fuerzas y, sobre todo, en el patetismo que imprime Javier Gutiérrez al personaje que interpreta en circunstancias en las que se enfrenta tanto al singular planteamiento del mundo que le proponen los discapacitados como en su relación con su madre o con la jueza que le sentencia a trabajos sociales.

La película, no obstante, no llega a ser redonda. Sobran del metraje abundantes escenas dramáticas encaminadas únicamente a enternecer al espectador con instantes alejados de la premisa principal. Igualmente, el relato se vuelve a menudo sobreexplicativo, con exceso de diálogos que redundan con palabras sobre escenas ya narradas con imágenes, o que simplemente verbalizan las conclusiones temáticas a las que el espectador ha llegado por sí mismo.

Con todo, se trata de un film necesario y acertado en su planteamiento.

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The Deuce: el ecosistema del porno

Cuando Travis Bickle regresa de Vietnam con veintiséis años no puede dormir por las noches, así que decide hacerse taxista nocturno. El hombre que le hace el contrato detecta nada…

HBO: 2017, Guion: David Simon, George Pelecanos, Richard Price, Reparto: James Franco, Maggie Gyllenhaal, Margarita Levieva, Gbenga Akinnagbe, Dominique Fishback, Gary Carr, Lawrence Gilliard Jr., Emily Meade, Michael Rispoli, Chris Bauer, Don Harvey, David Krumholtz, Chris Coy, Natalie Paul, Pernell Walker, Ralph Macchio

Cuando Travis Bickle regresa de Vietnam con veintiséis años no puede dormir por las noches, así que decide hacerse taxista nocturno. El hombre que le hace el contrato detecta nada más verlo que algo no anda bien en su cabeza, pero al fin y al cabo ambos sirvieron como marines en Indochina. Travis se encuentra en su turno con gente de toda ralea y cada mañana le toca limpiar las manchas de sangre y semen del asiento de atrás.

Porque Travis es, ante todo, un hombre limpio; tan limpio como el agua de lluvia que de vez en cuando empapa las mismas calles que él trabaja; limpio, como su conciencia.

Por eso cuando una prostituta de doce años entra en su coche huyendo y es rápidamente interceptada por su chulo, Travis decide comprarse una Smith & Wesson Modelo 29, cañón Magnum calibre 44, además de una S. & W. Modelo 36 de cañón corto cromado, una Scort creyendo que es una Colt de 25, y una Astra Constable pensando que se trata de una 380 Walther semiautomática.

Para limpiar.

Más de cuarenta años separan el clásico de Martin Scorsese Taxi Driver de la última producción de David Simon sobre los orígenes de la industria del porno en Estados Unidos. El protagonismo, la historia y el relato tampoco tienen nada que ver. No obstante, hay algo que une de manera incuestionable ambas ficciones: las calles que retrata la segunda son las mismas que recorre Travis con su coche en la primera, con la particularidad de que, en el film de Scorsese, no son una recreación.

La pornografía estadounidense, hoy día la mayor del mundo y localizada fundamentalmente a lo largo del valle de San Fernando en California —no muy lejos de Hollywood—, nació como industria profesional y sistematizada en el mismo underground neoyorkino donde confluían el arte y la estética de los protegidos de Warhol con las drogas, la subcultura, la mafia italoamericana y los prostíbulos. En este contexto, los tres kilómetros y medio de la calle 42 en Manhattan tienen especial relevancia. No solo se trata del epicentro del distrito teatral, a tiro de piedra de Broadway, Hell’s Kitchen y Times Square, sino que concentra en los setenta la zona de sex shops, peep shows y prostitución callejera probablemente más preeminente de la ciudad. La calle, concretamente el segmento delimitado por los cruces con la 6ª y la 8ª avenidas, era conocida en el argot popular como The Forty-Deuce o, sencillamente, The Deuce.

No es ambientación, es ecosistema

Si David Simon fuera cocinero seguramente seguiría los pasos de esa vieja escuela que entiende la sacralidad de la realización de buenos «fondos» como pieza maestra en la gastronomía. El fondo es una base importante en salsas y caldos. Su elaboración requiere, sobre todo, tiempo, pues se trata de algo que, para que realmente adquiera sustancia, ha de elaborarse a fuego lento. Las obras de Simon en cierto sentido siguen la misma lógica. En las primeras cucharadas de prueba apenas se aprecian resquicios de sabor, suenan a historia insípida y casi aguada. No obstante, conforme va avanzando la elaboración, las esencias de la materia prima se van condensando hasta el punto de poder engrandecer otros platos derivados; otras tramas, incluso secundarias. Eso sí, el arte del fondo requiere pericia, experiencia y una materia prima selecta a base de buen vino, buenas especias y, a menudo, espinas y huesos. Muchos huesos.

Y mientras, las víctimas de la trata siguen sufriendo el mismo destino en una suerte de inalterable maldición divina.

Los primeros episodios de The Deuce nos introducen en un ecosistema complejo. Los últimos, también. Las tramas horizontales que se van pergeñando apenas sugieren una deriva ni un objetivo concreto. No hay protagonistas claros ni conflictos definidos. Y, sin embargo, algo hay. Hay sustancia. La historia se mueve entre los tejemanejes de Vincent y el bala perdida de su hermano gemelo, que montan un bar en la zona con el auspicio medio indirecto de la mafia local; la relación entre las prostitutas, los proxenetas y los clientes que habitan la calle; la vida de Candy, que ha decidido ir por libre sin la salvaguarda de ningún chulo; la historia de Lori, una joven llegada a Nueva York desde Minnesota; o Abby, que deja la universidad para ser camarera de Vincent; o Darlene, que se trae a la calle a una chica de su pueblo a la que arruina la vida… La serie retrata también el ir y venir de los policías corruptos del barrio, los de la comisaría del distrito, los de antivicio, los honrados a su pesar y los que no lo son ni queriendo. También cuenta la historia de Sandra, una joven periodista que quiere denunciar la prostitución de la zona; o los problemas de Chris, camarero de Vincent, que anhela montar su propio bar gay.

Dos hechos añaden presión a la olla donde se cuece todo. Por un lado, el cambio en la legalidad del porno que, siguiendo la estela de Europa, deja de ser perseguido. De pronto los locales especializados empiezan a integrar cabinas de visionado, por lo que muchos clientes optan por invertir unas monedas para lo que antes se dejaban varios billetes. Por otro, la nueva política policial aspira a sacar a las prostitutas de la calle, lo que motiva a un tiempo el auge de los burdeles de la mafia y la obsolescencia de la supuesta protección que brindaban los proxenetas, gremio que empieza a ver próxima su extinción.

Y mientras, las víctimas de la trata siguen sufriendo el mismo destino en una suerte de inalterable maldición divina. El primer episodio termina con un enfático plano del pasillo de un hotel de mala muerte y paredes de papel, habitual refugio de meretrices y clientes. El último plano de la temporada remeda encuadre y composición, si bien varía la localización: ahora se trata del pasillo de un burdel cuyas paredes ni siquiera llegan al techo. Todo ha cambiado para seguir igual.

El porno como salvación

Y luego está el porno, probablemente el más interesante de todos los temas que aborda la serie, mitad por lo novedoso de la propuesta mitad por el empaque de quien la personifica. Pues, no nos engañemos, la historia de Vincent y su hermano, encarnados por partida doble por James Franco, y su ascenso a partir de los asideros de la mafia local ya la hemos visto en más de una ocasión —y con mejores elencos, dicho sea de paso—. En cambio, la incursión de la pornografía en el escenario público suena a una premisa novedosa. Que además se construya a partir del punto de vista de una directora sugiere una refrescante variación sobre los precedentes que se puedan rastrear sobre el tema.

Maggie Gyllenhaal, que además de interpretar también produce la serie, realiza un trabajo de altura, solvencia y valentía. La entidad que otorga al personaje de Candy, prostituta que encuentra en la pornografía una vía de expresión, supone con diferencia lo mejor que presenta la serie. Y lo de mayor interés. Pues Candy no solo va a encontrar en el cine para adultos una manera de salir de la calle, también va a descubrir una vocación artística, una profesión que la terminará salvando tanto en lo físico como en lo emocional. Y ahí está, quizá, la mayor controversia que se desprende de esta primera temporada.

La pornografía de alguna manera se presenta en su origen como una actividad inocua ejercida por nerds con super-ochos, comprensivas directoras, y apenas financiada muy de lejos por los lazos mafiosos

En el último episodio los personajes principales asisten al estreno de la famosa Garganta Profunda (Deep Throath, 1972), el primer filme pornográfico en ser estrenado y distribuido en salas convencionales. Candy y su socio son invitados en calidad de cineastas, pues ya han realizado diversas películas X, alguna incluso con actrices vocacionales que han acudido a ellos epatadas por el aura del celuloide. En su calidad de VIP acceden a ver el estreno junto a Linda Lovelace, protagonista del mítico film, mientras que el proxeneta que les suministraba a las actrices habituales de sus producciones —y que obligaba a todo el equipo, cámaras incluidos, a pagarle su correspondiente tributo— se queda fuera del cine, viendo desmoronarse simbólicamente su estatus y su poderío.

Aunque no puede acusarse a David Simon de perseguir ninguna premisa moralizante en ningún sentido, lo cierto es que la pornografía de alguna manera se presenta en su origen como una actividad inocua ejercida por nerds con super-ochos, comprensivas directoras que susurran sus instrucciones al oído de las actrices, y apenas financiada muy de lejos por los lazos mafiosos. Una actividad que, de hecho, parece suponer una salvación para prostitutas como Lori, la chica que vino desde Minnesota y que termina invitando en las cabinas para que los clientes la admiren en pantalla. Una alternativa a todas luces mucho mejor y más glamurosa que aquel pasillo del burdel cuyas paredes no llegaban al techo y que es comparado por las primeras trabajadoras que entran en él con un establo. Incluso Lovelace es representada exultante como primera pornstar, con un vestido largo de blanco virginal entre flashes y autógrafos a su llegada al estreno de Deep Throath. La misma Lovelace que años después, en la vida real, renegó de todo su trabajo y afirmó haberlo hecho bajo coacción; y la misma película cuyos millonarios derechos regaló el director a la mafia a cambio solo de mil dólares por miedo a quedarse sin piernas.

En todo caso, nunca se sabe por dónde nos pueden llevar. Es David Simon, y tiene todo el tiempo del mundo.

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Ready Player One: empacho de melancolía

Inmersos en un futuro gris y anodino, la humanidad de 2045 vive enganchada a un videojuego de realidad virtual que permite a sus jugadores evadirse de lo mundano y sobrellevar…

ready player one

Título original: Ready Player One; Dirección: Steven Spielberg; Guión: Ernest Cline, Zak Penn (Novela: Ernest Cline);Música: Alan Silvestri; Fotografía: Janusz Kaminski; Reparto: Tye Sheridan, Olivia Cooke, Ben Mendelsohn, Mark Rylance, Simon Pegg,T.J. Miller, Hannah John-Kamen

Inmersos en un futuro gris y anodino, la humanidad de 2045 vive enganchada a un videojuego de realidad virtual que permite a sus jugadores evadirse de lo mundano y sobrellevar la existencia a través de las peripecias de un avatar cibernético. El gurú creador de este juego muere dejando un huevo de pascua escondido en él que permite, a quien lo encuentre, heredar toda la fortuna del inventor así como el control de la maquinaria. Un grupo de chavales se embarca en la aventura para evitar que una corporación se haga con el trofeo e inunde el pasatiempo de publicidad. Para lograrlo, deberán desvelar los tres acertijos póstumos que el creador dejó escondidos en la historia y que basan su solución en la vasta cultura pop desde los sesenta.

Con una factura visual preciosista y abigarrada que alterna entre lo granuloso, desaturado y titubeante del mundo real y la exuberancia digital del mundo mágico dentro del videojuego, Spielberg trae una historia de aventuras juveniles llamada a encandilar tanto a los más pequeños como a sus cuarentones padres. Así, aunque la narrativa es más bien floja, más bien infantil y más bien vacua, realmente el relato no es sino una excusa para atiborrar al respetable de elementos pop con los que saciar su melancolía, como el Delorean de Regreso al futuro debidamente tuneado con las señales luminosas de El coche fantástico, participando en una carrera contra la moto de Akira, el Batmóvil de la serie de Adam West o la furgoneta de El equipo A mientras son perseguidos por el tiranosaurio de Parque Jurásico. Resulta obvio que pocos podrían haber realizado esta adaptación mejor que Spielberg quien, tanto en su labor como director como gracias a su aportación en el campo de la producción, ha contribuido probablemente más que nadie a nutrir de referentes el acervo colectivo popular.

Los olvidados por la propuesta probablemente sean los integrantes de la llamada generación millennial, que a duras penas podrán identificar todos los referentes que aparecen en el filme —salvo, seguramente, los más frikis— y que difícilmente lograrán empatizar con una carrera de obstáculos tan desganada como previsible, con personajes de planicie argumental y villanos maniqueos. A ellos les queda, en todo caso, la cercanía en edad con el inexpresivo protagonista, así como una peripecia más o menos entretenida y visualmente absorbente —mareante por momentos—, que pese a todo tiene diversos aciertos, como el homenaje a El Resplandor de Stanley Kubrick y su Hotel Overlook, en cuyas siniestras dependencias se desarrolla el mejor pasaje de la aventura.

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