Hace varios días que se está poniendo en duda la veracidad e idoneidad de los datos recabados por los audímetros convencionales en un mundo cada vez más conectado y donde las posibilidades de ver contenidos a la carta se ha multiplicado exponencialmente. A esto se une el caso de series y programas que triunfan durante su emisión en las redes sociales y que, sin embargo, luego no recaban los puntos de audiencia que necesitan para subsistir o para renovar. ¿Es necesario un cambio? ¿Hay que actualizar las formas de medición? Probablemente sí, pero ese no es el problema. El problema es que vivimos en un engaño mediático desde hace décadas que ahora las redes están haciendo evidente.

Primer problema: ¿qué puñetas es un audímetro?

Reconozco que para mí es uno de los mayores misterios de la humanidad. ¿Qué es? ¿Quién lo tiene? ¿Cómo funciona? Supuestamente mide lo que ve cada espectador mientras está encendido, pero… mide realmente ¿qué? Si me quedo dormido delante de la tele ¿mi audímetro me sigue considerando espectador? Si tengo dos televisores en casa, ¿tengo que tener dos audímetros? Y, lo más importante, ¿lo que digan 4.000 hogares es representativo de lo que ve toda España peninsular e insular?

¿Qué pasa si al dueño del audímetro en vez de pulsar en su mando el uno decide mentir y poner que lo están viendo cuatro personas?

Por lo visto el cacharro funciona a través de un mando a distancia donde el usuario, cada vez que enciende la tele, tiene que poner cuánta gente está delante y qué rangos de edades tienen. No soy ningún experto en este tipo de metodología de análisis, pero así de entrada me suena un poco a cachondeo, no sé a ustedes. Pongamos por caso que cada panelista —que así se llama el sujeto portador del mando mágico— represente aproximadamente a 3.600 televidentes. Si el portador del mando mágico pone la tele para ver el baloncesto equivaldrían a 3.600 televidentes viendo el baloncesto con sus mismas características demográficas. Hasta aquí todo bien, pero ¿qué pasa si al panelista se le olvida poner cuánta gente está viendo la tele? ¿Y si no le indica al aparato que la abuela se ha ido a la cama? ¿Y qué pasa si al dueño del cetro de poder catódico le gusta MUCHO el baloncesto y en vez de pulsar en su mando el uno decide mentir y poner que lo están viendo cuatro personas? Ya no serían 3.600 televidentes, sino 14.400 televidentes los que contabilizaría el aparato, más de los que caben en el pabellón del Unicaja. ¿Ven por dónde voy?

¿Quiénes son los elegidos? ¿Cómo se controla que realmente vean lo que dicen ver? ¿Cómo se certifica que no están viendo la tele de la habitación desde la cama en vez de la del salón, donde está el audímetro? ¿Son notarios o algo así?

Luego está el tema de las plataformas vía satélite o cable. ¿Acaso se cuentan para el cómputo general? Siempre había pensado que sí, pero según informa la empresa que realiza las mediciones de audiencia en España el pasado 23 de febrero —de este año, ojito— acaban de firmar un acuerdo para realizar «la primera medición del consumo multiplataforma en España» con ONO. Acaban de firmar. La primera. ¿Y qué ha pasado antes? ¿No se ha medido nada? Me inquieta, no sé a ustedes.

Segundo problema: la mentira del share

Si navegan un poco por los artículos de televisión de este espacio encontrarán en más de uno el mismo ripio: el share es el número de Satán. Lo hemos comentado una y mil veces, y personalmente lo seguiré comentando hasta la saciedad. Creo que no hace falta definir el término: todos lo conocemos, todos lo hemos oído. El share, el numerito que incide en la inversión publicitaria en televisión; el dato que determina quién gana o pierde el pastel de audiencia en nuestro país. Las propias cadenas juegan a poner sus números en sus autopromos, como si ver quién la tiene más larga sirviera de algo para vender calzoncillos. Pero el caso es que es, en mi opinión, una gran mentira.

El share no mide la cantidad de gente que ve la televisión. El share mide la cantidad de gente que ve la televisión de entre todos los que tienen la tele encendida.

El share no mide la cantidad de gente que ve la televisión. El share mide la cantidad de gente que ve la televisión de entre todos los que tienen la tele encendida. Es un ratio, una división. Un reparto. ¿Ven ya la trampa? Si tienen la tele puesta 100 y nos ven 10, tenemos un 10% de share. Si tienen la tele puesta 10 y nos ven 2, tenemos un 20% de share. ¿Lo entienden ya? ¿Cómo es posible que dos sea el doble que diez? Pues a eso voy: una trampa.

Me dirán que lo importante no es sólo que te vean muchos, lo importante es que no vean a los demás. El problema es que esto degenera en una serie de malas prácticas encaminadas a trampear un poquito las cifras, como por ejemplo alargar los programas hasta entrada la madrugada: si consigues que tu audiencia siga viendo la tele cuando la audiencia de la competencia se va a la cama, tu share mete un subidón. Miren, por ejemplo, el curioso caso del pasado domingo, cuando los 3.544.000 espectadores de media que vieron el reportaje sobre el caso de la comandante Zaida Cantera en Salvados a las 21:30 le dieron un 17,1% de share, mientras que los 2.900.000 de media que tuvo el Debate del Gran Hermano VIP hasta pasada la una de la madrugada les otorgaron un 20,9% de share y el minuto de oro. Menos dan más. Muy lógico todo.

Eso nos aboca, como habrán adivinado, a una publicidad tardía, mamporrera y falaz.

Eso nos aboca, como habrán adivinado, a una publicidad tardía, mamporrera y falaz. ¿Acaso creen que cualquier anunciante en su sano juicio iba a querer poner el spot de su producto en medio de un bloque con otros treinta, que probablemente no ve nadie, y a las tantas de la noche? No. El engaño del share tiene tentáculos siniestros, y el primero de ellos es pensar que el numerito es lo más importante. Les pongo un ejemplo de lo contrario: en EEUU, que llevan décadas midiendo audiencias y saben bastante más que nosotros sobre el tema, se consideran otros factores. Si recuerdan, la serie musical Glee no llegaba apenas al mínimo de su cadena estadounidense y en número de espectadores quedaba muy lejos de los datos de Modern Family y Criminal Minds, que eran su principales competidoras. Pero Glee tenía una cosa que no tenían Modern Family ni Criminal Minds: las canciones que sonaban en la serie se convertían automáticamente en líderes de ventas en iTunes, el target adolescente de la serie hacía viral las actuaciones y los anunciantes daban palmas con las orejas. Todavía no ha sido cancelada. ¿Creen que podría pasar aquí lo mismo?

Pasará. Yo estoy convencido. Y basta que tres o cuatro grandes se den cuenta del asunto; basta que PlayStation, por poner un ejemplo a voleo, se percate de que invirtiendo una piltrafa en los anuncios patrocinados de Twitter durante la emisión de El Ministerio del Tiempo puede llegar a más clientes potenciales —que incluso pueden terminar comprando online en ese mismo momento— que dando un dineral a Telecinco para que pongan un spot a las tantas de la madrugada. Basta que empiecen a despreciar el share como dato engañoso sobre una audiencia pasiva, y empiecen a valorar las nuevas ventanas que canalizan una audiencia activa y dispuesta no sólo a ver, sino a ver y hacer click, que es, en nuestro siglo, el nuevo cetro de mando mediático. No les extrañe que esté pasando ya.

Tercer problema: ni lo público es público ni lo privado es privado

Se preguntarán si me he vuelto loco o si tengo algún problema de percepción. Está claro que lo que financiamos todos es público, y que lo que se nutre de la inversión privada es privado. Pues no. Sorry. Lo siento. No es así.

Las cadenas privadas actúan en virtud de una concesión pública, principalmente porque emiten su señal a través del espacio radioeléctrico. Y el aire es de todos. A cambio de explotar este asunto, la televisiones tienen que cumplir una serie de contraprestaciones para la sociedad entre las que están, entre otras, la de no verter mierda cuando haya niños de por medio o la de invertir en cine español. No es para menos, oiga. Que si tenemos a Atresmedia y Mediaset repartiéndose el pastel es porque no le dimos la licencia a otro grupo. ¿Acaso no nos habilita este hecho, como espectadores, a exigir a las cadenas un mínimo de calidad, imparcialidad informativa y contenidos para todos? ¿Acaso no nos da derecho a quejarnos cuando vemos que nos están pasando por encima?

A esto se suma una televisión pública que no parece saber a qué juega.

Personalmente tengo la impresión de que los límites de tiempo por publicidad por hora —que también está regulado, aunque les sorprenda— son sistemáticamente transgredidos; tengo la impresión de que las cadenas programan y contraprograman —algo que también está regulado, aunque no se lo crean— según les conviene a sus intereses comerciales; tengo la impresión de que tanto programas informativos como spots publicitarios transgreden una y otra vez los mínimos de lo que es aceptable en cuanto a amarillismo, presentación de roles de género y protección de la infancia. El otro día un amigo me contaba que en un informativo habían puesto imágenes de las cuentas de Twitter de terroristas islamistas, así, en abierto, por si algún radical no los encontraba. ¿Alguien sabe dónde está la hoja de reclamaciones?

A esto se suma una televisión pública que no parece saber a qué juega. Fíjense la ironía de este ejemplo: a pesar de tener un canal enterito y exclusivo para la emisión deportiva, los partidos de fútbol tochos por los que sigue pujando la pública se emiten en la La 1, jodiendo de paso la parrilla que estuviera programada, fuera cual fuera, como si existiera en la era de la pública sin publicidad algún oculto interés económico. El patrocinio cultural ese, supongo, que no es publicidad, no… no… El parecido del supermercado de Masterchef con el del Corte Inglés es pura casualidad.

Esta es, en mi opinión, la perversión absoluta del sistema. Porque claro, si tenemos a la pública trasteando en el juego de las privadas, el numerito del share se pone sobre el tapete, con todas sus trabas. La próxima semana mis paisanos andaluces no podrán ver el siguiente episodio de El Ministerio del Tiempo porque TVE ha programado el segundo debate electoral de esta comunidad en ese momento. Podían haberlo puesto en La 2, en el canal 24 horas…, pero han optado por hacerlo en La 1, dada la importancia electoral del tema. No me parece mal. O no debería parecerme mal. En la era del contenido a la carta y la multipantalla, realmente da lo mismo por dónde emitan las cosas ya que es el usuario el que puede elegir qué ver —si tiene los medios digitales y los conocimientos, que esa es otra, obviamente—. Pero claro, hay un problema: previsiblemente bajará el share de la serie, y si baja el share es probable que no sea renovada por una segunda temporada, porque parece que las series, a diferencia de los debates electorales, no se regulan según el principio de servicio público, promoción de la cultura, y tal.

Se regulan por la audiencia.

Por la audiencia basada en el share engañoso.

Por la audiencia basada en el share engañoso que miden audímetros poco fiables.

¿De verdad creen que esto funciona?