300

Antes de ver 300, el origen de un imperio, tenía una idea preconcebida de cómo sería mi crítica. la iba a llamar «KFC cinematográfico».

Sin embargo, después del visionado de la secuela de las andanzas de Leónidas por las Termópilas, me he replanteado los términos en los que esta «crítica» se va a desarrollar. Y me centraré en su grado de bestialidad.

Gracias a —o por culpa de— cierta sobreprotección en mi infancia, desarrollé una fuerte intolerancia a la violencia. No soy capaz de ver por segunda vez películas como La lista de Schidler o Salvar al soldado Ryan. Cuando esta última sale en alguna tertulia, siempre digo lo mismo: yo no sufro tanto por la galería de intestinos y miembros cercenados que se exhiben en la famosa playa de Normandía, sino más bien esa última escena de violencia silenciosa y personalizada. Un horror sólo de pensarlo, vamos. Porque la violencia no me fascina, me hace tener un poco menos de fe en el ser humano.

Pero de un tiempo a esta parte empecé a valorar la violencia, pero como lo hace mi compañero Jean Cité con los desnudos. Si está justificada, si narrativa o estéticamente es interesante,  si lo que pretende es movernos o denunciar una situación, me sigue doliendo pero la justifico. A veces necesario que alguien nos habra los ojos y conocer lo que sucede y ha sucedido en el mundo. Así, sin tirar de hemeroteca, recuerdo magníficos films españoles como El Bola o Te doy mis ojos, donde esta violencia cumple una función perfecta, porque además está dosificada, y se le da la relevancia que merece. Una de mis series favoritas, Boardwalk Empire, también hace un perfecto uso narrativo de la violencia, porque retrata un mundo en el que la muerte, la tortura y los ajustes de cuentas eran el pan nuestro de cada día, sin dejar de ser terribles y tener consecuencias.

Y en estas me siento en el cine, me pongo mis gafas 3D y veo 300. Sería un estúpido si fuera buscando otra cosa  que no fuera violencia gratuita y salvaje en una película de estas características. Pero mi gran sorpresa fue que la violencia era tan tan tan salvaje, tan artificialmente retorcida, tan innecesariamente exagerada, que era inocua. Y, a riesgo de parecer un mojigato, eso es perverso.

Sobre la trama, la película es una precuela, una secuela, y una “paralelocuela”. A priori mola. Se nos descubren los porqués de aquella batalla y las consecuencias. El eje cronológico Maratón-Termópilas-Salamina como tres mitos épicos históricos de las guerras médicas vertebra la historia, y tenemos un nuevo héroe, Temístocles, personaje real que estuvo metido en el ajo. Dirección artístitica y efectos especiales copiados de la anterior… Hasta aquí todo bien.

¿O no? Debo reconocer que yo soy uno de esos snobs que cuando supo que la primera 300 se iba a rodar, se leyó un cómic del que nunca habían oído hablar, y luego echó pestes de la película porque era peor que la obra impresa. Pero es que era peor. Era exagerada, artificial, violenta de más, con monstruos del averno que rompían con el realismo del cómic… Lo que ocurría era que tenía una gran baza ganada: la historia de la que partía y su personaje principal, Leónidas, un macarra con frases para el recuerdo y cosas importantes por las que luchar y morir. David contra Goliat, que siempre funciona. Pero todo eso lo heredaba del cómic.

La película cayó en gracia, y su modo barroco y hortera se convirtió en el nuevo Matrix Style, con una serie de películas de las que destaco Immortals por ser uno de los mayores chascos que me he llevado en una sala de cine. Y ahora llega esta, con toda esa tradición recogida, pero sin ninguna gracia. Porque esta nueva película es un videojuego en el que se pasan pantallas, enemigos más grandes y más pequeños, pero no tiene nada de épico lo que hacen, no hay nada en juego —Ni argumento, pero esa es otra—. De hecho no se entiende bien a qué juegan estos dos ejércitos navales, cuando el malo malísimo Jerjes degoya niños y viola mujeres en Atenas. Ya no quedan inocentes que salvar, hay tíos musculosos luchando contra peleles descerebrados y una loca vengativa, el personaje de Eva Green, con una historia apasionante y que podía haberse explotado mucho más, y al final es una mala de Power Rangers. Pero es que el casting en general es horrendo.

Y todo esto salpicado de sangre deliberadamente irreal, para que no haga daño al público. La violencia aquí no tiene importancia: que esclavos mueran  aplastados por los barcos no importa, porque ganan los buenos. Soldados atenienses son atravesados, mutilados y aplastados… ¡Qué mas da! Si esto va de Temístocles pasando fases hasta enfrentarse al villano final. Violencia peligrosa, porque es violencia sin importancia. Y el espectador poco a poco va perdiendo la sensibilidad a medida que avanzan batallas que tampoco tienen una continuidad causal muy clara.  Y le da igual que salgan volando brazos o cabezas. Después de ocho mil…

Tarantino lo hace también. Pero Tarantino mide perfectamente qué violencia es diversión y locura irreal y qué violencia importa, sobre todo en sus dos últimas películas. Pero en la nueva producción de Zack Snyder, como pasó también con su última Superman o Watchmen, la violencia es solo un vector en el programa de FX.

Y luego pasa lo que pasa.

Por cierto. La película, aparte del espectáculo irracional, muy mala.