Llevo mucho, mucho tiempo esperando Alatriste. De hecho, si se pasean por los recovecos de esta web descubrirán que llevo hablando de ella desde hace más de un año, lo que ha tardado Telecinco en sacarla a relucir. Tarde, mal y rápido, como si quisiera quitársela de encima, o al menos eso es lo que sugieren en otros artículos por ahí.

Nunca ha pintado bien. La propia elección del casting ya echaba para atrás; el proceso de producción rezumaba cartón piedra desde el primer tráiler, y los problemas y más problemas que han ido trascendiendo sobre la producción no han hecho sino manifestar la que, según parece, es crónica de un desastre anunciado. Por si fuera poco, la inevitable comparación con Isabel o con Águila Roja no le ha venido bien en ningún aspecto.

El problema que tengo es que recuerdo la lectura de El Capitán Alatriste con cariño; creo que como historia tiene ya un andamiaje levantado que más o menos parece estable en lo literario, y en lo fílmico conozco personalmente a varios de los guionistas que han participado en el proyecto. Por eso creo que la ocasión merece una de las críticas largas, de las de tres mil palabras y escena por escena.

Si no quieren leer tanto, no se preocupen. Se lo resumo: el guión se salva de la quema donde arrojaría todo el cartón piedra, el vestuario recién estrenado y los cientos y cientos de vatios de luz que han iluminado sin tino ni criterio diegético toda la propuesta. A los actores o, más concretamente, a quien o quienes han elegido el casting no los arrojaría a la pira por pura humanidad, pero les daría cuanto menos un golete al estilo de Charles Augustus Magnussen si pudiera. Y a ellos, a los otros, a los que han cocinado el desaguisado les sentaría con tranquilidad y les contaría lo que yo, como representante del espectador de comienzos de siglo, espero de una producción televisiva que me tome en serio.

Y de aquí en adelante echo el resto. Yo personalmente no me aguanto pero, si se atreven, allá ustedes.

Cuando vi en la cabecera de serie la imagen superpuesta de Aitor Luna, mal recortado y en la parte baja izquierda de la pantalla, sobre el fondo de un mapa del Madrid de los Austrias, ya intuí que la cosa no podía ir bien. No me tranquilizó ver su silueta desacompasada dando sablazos al estilo del Zorro. No. Definitivamente la cosa no iba bien.

El primer plano de la serie es un general de lo que se ambienta como el Madrid de 1623. Una calle apenas empedrada y un amasijo de transeúntes, bestias y puestos de todo tipo nos adelantan, ya desde la primerísima imagen, la aberración principal que nos acompañará durante toda la «aventura»: mientras que el amanecer —o atardecer, sigo sin tenerlo claro— luce al fondo del plano, los tenderetes reciben la iluminación a la inversa, como si Madrid, por obra y gracia de Pérez Reverte, tuviera dos soles. Vale, a lo mejor este no es el tono adecuado para una crítica tan larga. ¿Estoy demasiado tiquismiquis? Créanme, no lo sacaría a colación si no fuera un problema recurrente.

Como si Madrid, por obra y gracia de Pérez Reverte, tuviera dos soles

Conocemos a Íñigo, un adolescente que surge de pronto en medio de la multitud. No sabemos cómo ha llegado a Madrid un niño de su edad, pero tampoco importa. Su voz en off nos vocaliza forzadamente que su padre sirvió en los Tercios de Felipe IV y que su madre lo ha mandado a la capital al servicio de un capitán que otrora fuera compañero de armas de su progenitor. Deambula perdido por la calle madrileña como si nunca hubiera visto un caballo y espantando a algún pedigüeño que se le acerca —sí, a un niño, yo también me extrañé—, mientras pregunta por «un capitán del Tercio Viejo de Cartagena». En ese momento se le cruza Alatriste, pero claro, él no lo reconoce. La producción aprovecha para llevarnos entonces con el verdadero protagonista hasta que tiene el primer altercado.

Las primeras palabras de nuestro héroe son para discutir con un embozado. Ya he dicho en otros lugares que sigo sin ver al treintañero como el actor más adecuado para interpretar a un veterano de guerra venido de vuelta de todo. De hecho, en la escena en cuestión, la cosa pintaría muy diferente con un actor más maduro. El momento en que Aitor Luna se encara con el enmascarado que lo ha apartado de un empujón casi queda en prepotencia juvenil más que en un lance propio de un capitán del Tercio Viejo ese. Lo siento, Aitor. No lo haces mal, pero no das el tipo, igual que yo no doy para hacer de vigilante de la playa. Sorry.

El caso es que aparece el conde de Guadalmedina para salvar la situación, encomienda a Alatriste la protección del misterioso personaje —al que se dirige como «majestad»— y se los lleva a los tres al burdel más luminoso y colorista de todo Madrid. No es broma. Tienen hasta mujeres desnudas bailando con serpientes, lo que viene a confirmar la teoría de que la inmensa mayoría de realizadores no ha conocido otro prostíbulo que el de Abierto hasta el Amanecer. Quien lo niegue que lo demuestre.

No sorprende que una prostituta conociera los versos de Quevedo, sorprende que los conociera veinticinco años antes de que fueran escritos

Mientras, saltamos a otro emplazamiento donde nos cuentan los tejemanejes del Conde Duque de Olivares con un embajador inglés para casar a una de las infantas con el Príncipe de Gales, verdadero eje de la historia. En el diálogo que mantienen Olivares y el embajador queda claro el principal problema: la religión y el choque entre contrarreformistas y anglicanos. Está presente también el Secretario Real, Luis de Alquézar, un personaje que tendrá relevancia más adelante.

De vuelta al burdel descubrimos que el embozado es nada menos que el monarca, Felipe IV, que le recita a una prostituta los versos del soneto Amor constante más allá de la muerte. No se extrañen, es el Siglo de Oro. Incluso la prostituta los reconoce y le echa en cara que esos versos son de Quevedo. Sorprendente, ¿verdad? Pero no sorprende que una prostituta conociera los versos de Quevedo, sorprende que los conociera veinticinco años antes de que fueran escritos, porque ese soneto no se publicó hasta 1648. Ay, perdón. ¿Demasiado tiquismiquis otra vez? Cachis. Intentaré no volverlo a hacer. El caso es que mientras el rey disfruta del lupanar, Alatriste tiene una trifulca con quien no debe y termina dando con sus huesos en el calabozo. Y hasta aquí, todo prólogo. ¿Era necesario? Juzguen después de leer el artículo completo.

En la Corte, mientras tanto, las meninas bailan en lujosos salones. Al parecer, seríamos austeros y contrarreformistas, pero no escatimábamos en lujos. Allí conocemos a la malvada Angelica de Alquézar —sí, sobrina de Luis—, también niña, que le dice a la infanta que tiene para ella una carta de amor del príncipe inglés. Un gesto de la niña nos hace comprender que está conchabada con el embajador británico, por lo que el contenido de la carta parece ser cier… Disculpen, hago un inciso porque en este instante la producción se detiene en mostrarnos cómo llega el rey a palacio por la noche, cómo la reina Isabel —no esa Isabel, sino la Isabel de Borbón… bueno, esa tampoco, la primera Isabel de Borbón, la que en los libros llaman Isabel de Francia— cierra una ventana cabreada, y cómo conducen a Alatriste por la calle hasta la prisión. ¿Les ha parecido relevante el contenido de este inciso? En la serie tampoco lo es. Sigo: la carta viene a decir que el príncipe inglés se atreve a venir a España de incógnito para pedir la mano de la infanta. Angelica, la maligna, pone su cara de maldad absoluta.

Y llegan los ingleses. Bueno, tampoco es que lleguen del todo. La presentación se ciñe a una escena breve donde una pareja de mozuelos habla con subtítulos en torno a una fogata en el camino para decir que los españoles olemos a ajo. Como ven, la serie es una auténtica obra de su tiempo.

Pasamos de escena. Mañana siguiente —¿o es la tarde siguiente? no sabría decirlo, el sol, o soles, están en el mismo sitio que en la escena anterior—. El carruaje de Angélica sufre la escaramuza de una pandilla de pillos e Íñigo, que sigue en la misma calle preguntando aleatoriamente a todo el mundo si conoce a Alatriste, la rescata quedándose prendado al instante de sus ojos de bicha mala. La sigue después hasta su palacete, pero los pillos dan de nuevo con él. Discuten y sale a colación que el capitán está en la cárcel, pero no llega la sangre al río. Bah, no se me quejen, de alguna manera tenía el niño que dar con su patrón.

La presentación se ciñe a una escena breve donde una pareja de mozuelos habla con subtítulos en torno a una fogata en el camino para decir que los españoles olemos a ajo

Alatriste, mientras tanto, encuentra a un viejo amigo espontáneamente en la prisión mejor iluminada de toda la cristiandad en el siglo diecisiete. El espontáneo sale de la cárcel y da con Íñigo, pero le pega un empujón y se lo quita del medio. ¿Fundamento? Presentar al espontáneo, no hay otro motivo para esta escena. Más adelante tendrá su minuto de gloria, no se preocupen.

Pasamos a la parte noble de la trama. En la misa de palacio conocemos al Gran Inquisidor Emilio Bocanegra, que se atreve a hacer una homilía crítica con el rey en su propia cara. Allí están todos: los reyes, las infantas, el Conde Duque de Olivares, Luis de Alquézar… y su sobrina, la pérfida Angélica, que llega sola y empezada la misa —¿eso era normal en una menina? vale, vale, no insisto— y aprovecha para contarle a su tío el cotilleo que oyó anoche: que el Príncipe de Gales ha entrado de incógnito en España. Además, como es malvada y más lista que todos los adultos a su alrededor, convence a su tío para que se alíe con el Gran Inquisidor, que odia todo lo inglés como la peste. ¿Por qué lo hace? ¿Qué la motiva? Personalmente creo que pura y simple maldad, pero habría que ver la serie completa para estar seguros. Su tío obedece a la chiquilla y va corriendo a contarle a Bocanegra todo lo del inglés en la escena inmediata, si bien de pronto da información que nadie sabe de dónde ha sacado como la hora de la llegada del príncipe a Madrid o con quién va acompañado. Pero bueno, venga, vale, lo aceptamos. ¿No? La escena termina, de nuevo, con un primer plano de Angelica con su mirada de maldad absoluta.

Visitamos a Alatriste junto al teniente de algualciles Martín, otro viejo amigo, que le ofrece sacarle de prisión a cambio de que haga un trabajito. Al salir, Íñigo, que sigue esperando en la puerta —el niño considera que eso de que lo metan a uno en la cárcel es cosa de unas horas o, como mucho, unos días—, trata de acercarse a él pero se marcha antes de que pueda alcanzarle. En ese instante va a la prisión La Lebrijana, nuevo personaje femenino, también a ver al capitán y se encuentra con el niño. Alatriste, mientras tanto, es llevado a un lugar que sería misterioso y lóbrego si no estuviera más iluminado que el Santiago Bernabéu en jornada liguera.

Allí está encapuchado Luis de Alquézar con un secretario, pero es tontería, porque el sitio tiene tantísima luz que se ve perfectamente la cara de todos. De hecho, cuando Aitor Luna dice «los hombres de paz no suelen esconderse en las sombras» el encapuchado baja la cabeza y finge estar en la oscuridad. Todos fingen que están en la más absoluta oscuridad. La cosa es que le dan al capitán la seña precisa de a dónde van a llegar los ingleses de incógnito, sitio y hora —como ven, la información se va ampliando por momentos— y le encargan que les robe unos documentos con la ayuda de un espadachín italiano que se presenta a su espalda: Gualterio Malatesta —Pérez Reverte y eso de poner nombres—. La cosa es que, cuando el capitán se va, Alquézar se quita la capucha y le encarga a Malatesta que los mate a todos, tanto a los ingleses como a Alatriste.

Cuando Aitor Luna dice «los hombres de paz no suelen esconderse en las sombras» el encapuchado baja la cabeza y finge estar en la oscuridad. Todos fingen que están en la más absoluta oscuridad

Cae la noche y nos vamos a La Posada del Turco, donde está Íñigo con un cura y con Quevedo. Cuando entra por la puerta el capitán, el chavalín saluda, pero no se presenta y Alatriste dice que no es suyo tras el conveniente tortazo de La Lebrijana. Luego plano de situación digital de los que cantan por peteneras y estamos con Alatriste y Malatesta apostados en la «oscuridad» —hay más luz que un quirófano, hasta el italiano lo dice— esperando a los ingleses. Llegan, pelean, y de pronto el capitán nota algo que no cuadra. Termina interponiéndose entre los hijos de Gran Bretaña y el malvado italiano quien, al verse solo contra tres, huye.

Cargando con el problema de los ingleses, Alatriste acude al palacio de su amigo el conde de Guadalmedina, donde encuentra refugio para todos. El palacio es tan suntuoso que probablemente sea uno de los quebraderos de cabeza que está teniendo Vasile cada vez que le nombran la serie. Guadalmedina es como un Dorian Grey a la española, con melena ondulada y pelo en pecho.

Mientras tanto, el rapaz, como llaman a Íñigo, se marcha de la posada y va a espiar a su enamorada, la infame Angélica, porque es voyeur. Sí. LO ES. No obstante, el niño tiene la suerte, fíjense qué casualidad, de pillar justo la conversación de Alquézar con Malatesta sobre lo ocurrido. Por supuesto, Malatesta sabe que Alatriste se ha refugiado en el palacio de Guadalmedina, porque Malatesta lo sabe todo, y además confiesa que trabaja para Bocanegra —el Gran Inquisidor, no lo olviden— y que pretende matar a Alatriste. Sí. Íñigo se ha subido a la tapia en el instante justo.

Mientras tanto, Alatriste se está comiendo la comida y bebiendo el vino de Guadalmedina cuando de pronto descubre que alguien le está espiando desde detrás de una puerta del palacio. Abre con hombría y se encuentra a María de Castro, interpretada por la castiza Natasha Yarovenko, que está desnuda y habla con acento ruso, como las malas de James Bond. Por el diálogo y el magreo intempestivo se deduce que ambos ya tuvieron un affaire en el pasado, pero la producción, para remarcarlo, intercala dos planos de un flashback de lo que parece una relación tormentosa con trabucos de por medio, aunque ni los personajes, ni el tono, ni los colores, ni absolutamente nada cambia lo más mínimo, por lo que también ha podido ser un flashforward —adelantar el futuro—, una ensoñación del personaje, un fallo de montaje… Al final, Alatriste vuelve con La Lebrijana que, hasta nueva orden, parece ser la pareja oficial del capitán. Al menos se bañan juntos y tal.

Íñigo se marcha de la posada y va a espiar a su enamorada, la infame Angélica, porque es voyeur

Íñigo, mientras tanto, sigue en el tejado de los Alquézar espiando a la malvadísima Angélica. Ya les he dicho que es, sencillamente, voyeur. La niña, en su malignidad, lo ve y juega a desabotonarse el corpiño. Sí, hay seducción sexual a los ocho años en Alatriste. Pero entonces el chaval es descubierto, se cae, y el tío de Angélica le baja la excitación con varios latigazos.

En ese instante, casi movido por una fuerza mayor, Alatriste se despierta sobresaltado en su catre de la Posada del Turco. No puede dormir. No sabemos si por el encuentro con su antigua amante, por los recuerdos de su pasado en la guerra, por los acontecimientos de esa misma noche, o por una indigestión del atracón que se ha dado con la comida del conde. Decide bajar al salón principal de la posada donde descubre que, pese ser madrugada y estar cerrada, se han dejado todas las las velas y antorchas encendidas. Previendo el riesgo de que la posada se incendie mientras duermen, corre a apagarlas todas de inmediato… nah, nah, es broma. En realidad ve que están todas las velas y antorchas encendidas y se sirve un vino con toda tranquilidad. La Lebrijana se lo encuentra dormido en una silla y tienen otro diálogo intrascendente hasta que llega Íñigo malherido. Hasta ese momento el chaval no ha dicho quién es su padre. ¿Y por qué no lo ha dicho desde el comienzo? Porque no le ha dado la gana. Al reconocerlo, Alatriste empieza a aceptarlo y le pregunta por sus heridas. El niño opta por guardarse el secreto. ¿Por qué? Ha oído todo lo referente a Malatesta, a Bocanegra, eso de que quieren matar al capitán… pero no dice nada. Supongo que por vergüenza por ser un voyeur, claro. ¿No? Sí, tiene que ser eso. Es un niño. Mejor no prevenir al capitán de que van a matarlo, no sea que se enteren de su secretito.

Abre con hombría y se encuentra a María de Castro, interpretada por la castiza Natasha Yarovenko, que está desnuda y habla con acento ruso, como las malas de James Bond

Llega el día y acompañamos a María de Castro —recuerden, la amante del conde de Guadalmedina que antaño fue novia de Alatriste y que dicen que es actriz con acento ruso como una mala de James Bond— que va a ver a su hermana al único convento de jerónimas que no llevan el hábito marrón de su congregación —vale, vale, perdón, ya lo dejo, de verdad—. Allí le habla del encuentro con Alatriste y tal. Ya saben, la típica conversación que no pasaría el test de Bechdel. Aura Garrido defiende la escena, eso sí.

De vuelta en palacio, ya descubierto el pastel de los ingleses, tanto Alquézar como su sobrina, la malvadísima Angélica, logran malmeter, cada uno por su lado, entre la infanta y el Conde Duque de Olivares por el asunto del joven príncipe. Por su parte, de vuelta en la Posada del Turco, asistimos a un larguísimo diálogo de reconocimiento entre Alatriste y el pequeño —y el espontáneo, que está también por allí— en el que hablan de su padre, de batallitas en Flandes, de la amistad, de cuánto se querían, de qué buenos tiempos aquéllos, de cómo murió, de la bandera, y la patria y los tercios y perezrevertismos varios, hasta que el protagonista opta por irse a los ensayos del teatro en busca de Quevedo.

En el teatro se encuentra con su ex. Es de suponer que, o bien es la primera vez que va él al teatro o es ella la primera vez que trabaja allí, porque si no el encuentro se habría producido mucho antes. La cosa importa poco. Entre la pantomima del teatrillo, hueca, vacía, impostada y muy, muy mal llevada a cabo desde el nivel de la interpretación y la dirección —incluso se confunde si el diálogo es diálogo o forma parte de la pieza que están ensayando—, se hace pública la información del asunto de los ingleses y del problema en que se encuentra el capitán. Simultáneamente, la pérfida Angélica detiene su calesa frente a la puerta de la Posada del Turco y tontea con Íñigo, haciéndole un corte en la carta que a él parece gustarle. Además de voyeur, el niño tiene un puntito sado, ya ven.

Además de voyeur, el niño tiene un puntito sado, ya ven

En otro lugar, Bocanegra, el Gran Inquisidor, retuerce un rosario con ira mientras Alquézar se disculpa por el fracaso con lo de los ingleses. Bocanegra entonces manda a Alquézar asesinar a Herranz. ¿Y quién es Herranz? Un flashback —ahora sí— nos recuerda que se trataba del secretario aquel que contrató a Alatriste en la escena en la que todos hacían como si estuvieran en la oscuridad, con Alquézar encapuchado. Precisamente Alatriste va a la casa del susodicho, porque ha atado cabos con la ayuda de Quevedo —no sabemos ni cómo ni cuándo ni por qué— y allí se encuentra con un niño inquietante haciendo pompas de jabón junto al cadáver degollado del tal Herranz. Alguna simbología debe de tener, no digo que no, pero no la pillo. Alatriste opta entonces por quitarse de en medio, pero justo es asaltado en la posada por los alguaciles y Malatesta. ¿Cómo han dado con él? No importa. Es capturado y llevado preso sin acusación concreta, lo que en tiempos de la Inquisición podía significar cualquier cosa. Ea.

A estas alturas realmente no sé si veré el segundo episodio. Como ya comentaba al comienzo, más que el guión o la historia, lo que falla es precisamente lo que en otras piezas con guiones menores me terminan atrayendo: la factura visual. Y me temo que, en este caso, no tiene visos de mejorar.