Dirección: Denis Villeneuve; Guión: Eric Heisserer (Relato: Ted Chiang); Música: Jóhann Jóhannsson; Fotografía: Bradford Young; Reparto: Amy Adams, Jeremy Renner, Forest Whitaker, Michael Stuhlbarg, Mark O’Brien, Nathaly Thibault

Referida a la capacidad del cine para transmitir ideas simbólicas y metáforas profundas, normalmente se atribuye a Frank Capra la frase «si quieres mandar un mensaje, prueba con Western Union». No es que el medio no sea proclive a la disertación o el ensayo, es que cuando la finalidad lírica del asunto se hace de manera evidente, resulta a menudo chocante. En este sentido, el filme Arrival mezcla con buena praxis diferentes temas con una finalidad tan dogmática como tramposa.

Cuando diversas naves extraterrestres aparecen sobre la superficie de La Tierra en distintos continentes, los Estados Unidos recurren a una experta lingüista para que trate de establecer contacto con los alienígenas. No obstante, el resto de naciones no tienen pretensiones tan comunicativas. La falta de cohesión entre los pueblos terrícolas supondrá el principal obstáculo a la hora de afrontar una visita interestelar que no deja claro, de entrada, si es o no bienintencionada.

El filme, dirigido con trazo firme por un Denis Villeneuve inspirado, tiene en la sólida interpretación de Amy Adams su principal punto fuerte. No cabe duda de que la película, tanto por su ritmo como por su acercamiento a la tesis que plantea, recupera el tono grandilocuente que ya diera a la ciencia ficción los trabajos de Spielberg y otros allá por los ochenta —o antes—. Y, sinceramente, el filme se deja degustar con el buqué de los buenos vinos, muy lejos de la tónica últimamente habitual del género en sus propuestas, tanto las de franquicias de rápido consumo como las de operísticas resonancias interestelares.

El problema reside en la trampa, por supuesto. Para quien no haya visto el filme digamos sencillamente que el juego audiovisual tontea con la recepción por parte del espectador del relato.

Para quienes la hayan visto ya, aquí el spoiler: sencillamente, el filme juega a engañar al respetable con el antes y el después, trastocando las normas espaciotemporales que se plantean al comienzo para lograr sus pretensiones moralistas. ¡Sorpresa! El flashback es lo contrario, y Amy Adams es capaz de solucionar los problemas del presente gracias a lo que le dicen en sus ensoñaciones en el futuro. Sí. La paradoja como resolución. Y qué mal que los humanos no nos entendamos mejor, y qué coraje ella que decide tener a su hija aun conociendo el porvenir…

Sin embargo, a pesar de lo moralista del tema y lo grandilocuente y tramposo del relato, el filme está a años luz —nunca mejor dicho— de lo habitual en este palo. Y quizá sólo por eso ya merezca una loable mención en el Panteón de las buenas películas.