NOSOPRANO

NOSOPRANO

Revista de crítica audiovisual, review de cine, series y libros

Autor: César Brito

Wind River. No es lo que parece

En los lugares aislados, inhóspitos y fríos —en todos los sentidos― todo sucede de otra manera, a otro ritmo y con un foco diferente. En entornos como Wyoming, hogar de…

Título original: Wind River; Director: Taylor Sheridan; Guion: Taylor Sheridan; Música:Nick Cave, Warren Ellis; Fotografía: Ben Richardson; Reparto: Jeremy Renner, Elizabeth Olsen, Julia Jones, Graham Greene, Jon Bernthal, Matthew Del Negro

En los lugares aislados, inhóspitos y fríos —en todos los sentidos― todo sucede de otra manera, a otro ritmo y con un foco diferente. En entornos como Wyoming, hogar de las grandes llanuras de los nativos americanos y vecina de las increíbles Montañas Rocosas, vive Cory Lambert (Jeremy Renner). Cory es un veterano rastreador y cazador y, en busca de un depredador que está matando al ganado en la reserva india, encuentra el cuerpo sin vida de una adolescente, en mitad de un inquietante y calmo infierno de nieve. Al tratarse de un aparente asesinato, el FBI envía a una inexperta californiana, Jane Banner (Elisabeth Olsen) como único refuerzo de un ya de por sí parco cuerpo policial para resolver el caso. Lambert ejercerá de ayudante en la búsqueda del responsable, al mismo tiempo que se desquita por un doloroso episodio de su pasado, muy semejante a este asesinato aparentemente sin explicación.

Contado así… Wind River no deja de parecer un thriller más, de los cientos disponibles, con alguna cara conocida. Especialmente, la de Renner como reclamo, a rebufo del éxito de blockbusters palomiteros de superhéroes del Universo Cinematográfico Marvel (UCM). Pero no tiene nada que ver. Porque la película es un thriller, sí, pero el thriller es lo que menos importa. De hecho, parece más una excusa, un armazón secundario, para contar lo realmente mollar. No se trata del manido “Héroe atiende a mujer desvalida y atrapa a los malos, ejecuta una venganza y vive un momento de catársis personal”. Que también, pero no únicamente.

Wind River habla de soledad, de desesperanza, de pérdida y dolor. De supervivencia, no sólo fisiológica ante un entorno natural hermoso pero hostil, sino también ante los episodios vitales que te parten por la mitad y te transforman para siempre, sin posibilidad de desandar el camino, de seguir el rastro hacia quien una vez fuiste, en el pasado. Sin resultar un coup de force interpretativo de Renner, sí es muy meritorio su papel principal en este trabajo dirigido por Taylor Sheridan. Contenido, sereno y con diversas capas superpuestas y matices, da vida a un hombre devastado por el dolor, pero que ha aprendido a aceptarlo y continuar; un ser solitario que asimila el fracaso de su matrimonio como una cicatriz a la que es inevitable volver, para recordar cómo era la piel, antes de rasgarse. El resto del plantel de actores y actrices queda un poco desdibujado, aunque no lo considero una carencia capital, pues el protagonista, además de Renner es el entorno natural en el que se desarrolla la historia.

Los hermosísimos y vastos parajes nevados de Wind River esconden también una cara oscura: hastío, falta de horizontes, soledad y Naturaleza implacable, en el amplio espectro del término. Son lugares así los que sirven de escenario para lo mejor y lo peor del repertorio del ser humano. Sheridan ha sabido llevar a la pantalla toda esta variedad de mensajes sugeridos, más o menos explícitamente, sin desmerecer su trabajo como director. Se nota su inexperiencia tras las cámaras — es su ópera prima — casi tanto como su enorme talento como guionista. Ya sorprendió a propios y extraños con sus libretos para Sicario o Comanchería (ambas tremendamente recomendables) y con Wind River presenta su baza de cartas para ganar en la partida del Hollywood de los próximos cinco o diez años, si la cosa no se estropea.

A medio camino entre el western, la road movie y el thriller clásico para el gran público, Wind River es una buena apuesta para los espectadores que no quieran otra cosa que pasar un rato con una obra de ficción sin nada de pirotecnia y la dosis justa de tensión. Pero también para los rastreadores consumados, que buscan tramas, subtramas, retazos de historias susurradas apenas y que, además, gusten por las interpretaciones múltiples. Grata sorpresa.

Nota: 7.5/10

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Los 7 magníficos: el tiro por la culata

El pueblo de Rose Creek vive atemorizado por un tiránico potentado que, con la excusa de regentar una explotación minera cercana, hace y deshace a su antojo en el humilde…

Título original: The Magnificent Seven; Director: Antoine Fuqua; Guión: Richard Wenk, Nic Pizzolatto (Historia: Akira Kurosawa, Shinobu Hashimoto, Hideo Oguni); Música: James Horner, Simon Franglen; Fotografía: Mauro Fiore; Reparto: Denzel Washington, Chris Pratt, Ethan Hawke, Vincent D’Onofrio, Byung-hun Lee, Manuel García-Rulfo

El pueblo de Rose Creek vive atemorizado por un tiránico potentado que, con la excusa de regentar una explotación minera cercana, hace y deshace a su antojo en el humilde asentamiento de granjeros y ganaderos. Bartholomew Bogue, comprando a los representantes de la Ley e imponiendo sus deseos a fuerza de pistoleros a sueldo, pretende hacerse con todas las tierras próximas a la mina. Tras una masacre perpetrada por Bogue y sus hombres en plena calle, algunos lugareños buscan ayuda externa, contratando a sus propios mercenarios para hacer justicia y recuperar lo que es suyo.

Haría muy mal el espectador en visionar Los siete magníficos, de Antoine Fuqua, con la mirada puesta de reojo en el clásico western homónimo de John Sturges. El bueno de Antoine le lanza un único guiño-tributo colocando la inmortal composición de Elmer Bernstein en los títulos de crédito finales. Son más los elementos que separan ambas películas que los puntos de coincidencia. Y, quizás, deba ser así; no hay que rasgarse las vestiduras por ello, aunque duelan —mucho— los globos oculares. Se trata de dos films distantes en el tiempo pensados para públicos y momentos históricos totalmente diferentes.

No es que en los sesenta y setenta los westerns fueran arte y ensayo, precisamente

Y la tentación de despotrique es fuerte, no crean. La sobria apuesta de la década de los sesenta poco tendría que hacer con un público como el actual, más habituado a los montajes excesivos, las explosiones sin sentido y las propuestas argumentales algo más planas, carentes de intensidad y matiz, es cierto. No obstante, quien ha visto ambas cintas no puede dejar de pensar en el aciago momento en el que el cine mainstream perdió el norte para apostar, casi exclusivamente, por mantener «anestesiada» a la concurrencia durante más de dos horas sin más recurso que la huida efectista hacia adelante.

Divertimento algo absurdo y excesivo, simplón en las premisas de partida y de difícil legibilidad

Pero, como digo, la cultura cinematográfica del grueso del público va por otros derroteros, actualmente. Sabedor de ello, Fuqua no se mete en mayores dibujos y, con el mismo argumento de base planteado in illo tempore por William S. Roberts, propone un divertimento algo absurdo y excesivo, simplón en las premisas de partida y de difícil legibilidad, más allá de unas secuencias de acción, próximas al clímax final, algo caóticas y sin demasiada «chispa».

Un plantel de actores tan lleno de grandes nombres como carente de credibilidad y «alma» —mezcla multicultural aparte, que ahora voy a ello— no llega a lastrar el largometraje, pero no consigue empatizar en ningún momento con el espectador y puede llegar a sacarle de la butaca ocasionalmente. Por citar sólo dos ejemplos: a ratos el peso dramático parece recaer en un Denzel Washington fuera de sitio para alternar, sin orden ni concierto, con un sobreactuado Chris Pratt. Se desaprovecha totalmente un personaje con mucha arista y recorrido, como el de Goodnight Robiechaux (Ethan Hawke) para centrar el foco por momentos en un totalmente prescindible Billy Rocks (Byung-hun Lee).

Podría pensarse que esta última concesión en el reparto y la trama tiene más que ver con los responsables de esta revisión —la historia es de Akira Kurosawa, Shinobu Hashimoto y Hideo Oguni, con guión de Richard Wenk y Nic Pizzolatto— que con las exigencias de la propia historia que, bien mirada, no tiene por dónde cogerse.

Ni conflictos raciales, ni resortes motivacionales claros, ni tensiones internas en el grupo

Por muy benévolo que quiera uno ser con la propuesta de Fuqua no hay quien se crea que en el lejano Oeste del XIX un caza recompensas de color pudiera comandar con autoridad y acierto a una cuadrilla de justicieros compuesta por un jugador alcohólico, un delincuente mexicano, un trampero con querencias de predicador, un veterano de guerra con miedo a la muerte, un asiático que ni es vaquero ni es samurái pero lo intenta en ambos casos y, para rematar, un indio apache con cresta mohicana que pasaba por allí y, casualmente, se apunta a la fiesta porque se aburre.

Ni conflictos raciales, ni resortes motivacionales claros, ni tensiones internas en el grupo. Ni tan siquiera la tan socorrida tensión sexual no resuelta. Un pastiche apresurado que, no obstante, al público contemporáneo puede hasta gustarle, si no es demasiado exigente. Duele casi tanto pensar en el clásico de Sturges como en la excelsa obra del propio Kurosawa, «Los siete samuráis» de la que ambas películas beben directamente. En esta ocasión el tiro les ha salido por la culata a todos. Y es una pena.

Nota: 4,5

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The OA: Un WTF de proporciones épicas

Ya les anticipo que no sé muy bien qué decir sobre esta producción original de Netflix sin «reventarles» la experiencia. No por ausencia de recursos, sino por una incapacidad total…

Netflix, 2016-. Creadores: Brit Marling y Zal Batmanglij. Música: Rostan Batmanglij. Reparto: Brit Marling, Emory Cohen, Scott Wilson, Phyllis Smith, Jason Isaacs, Alice Krige.

Ya les anticipo que no sé muy bien qué decir sobre esta producción original de Netflix sin «reventarles» la experiencia. No por ausencia de recursos, sino por una incapacidad total —lo confieso— para definir qué demonios es exactamente The OA. Quizás por ello ha nacido en/para el entorno digital, donde todos los usuarios somos —reconózcanlo conmigo— más extraños que un perro verde.

Asumámoslo, ésta serie no tendría cabida en ningún otro lugar más allá de una plataforma de video on demand, totalmente fuera de los límites de los canales de distribución tradicionales. Aún sin poder definir exactamente a qué se enfrentarán si se atreven con ella, sí que puede aventurarse que The OA es lo suficientemente extravagante, indie y formalmente distinta como para seducir al perfil de público objetivo de Netflix, si es que ese perfil existe. Y también al público, digamos «de mente abierta».

Sinopsis para salir del paso

Hay que establecer unos mínimos, así que ¿De qué va The OA? La serie comienza con una secuencia de vídeo aficionado desde el interior de un coche, en la que podemos ver a una mujer cruzando entre el tráfico de un puente y lanzándose al mar, una vez salvada la barandilla del puente en cuestión. La mujer sobrevive y descubrimos que se trata de Praire Johnson (Brit Marling), una joven ciega que había desaparecido sin dejar rastro hace siete años. El caso es que Praire, además de ser protagonista de una misteriosa desaparición, presenta a su regreso unas extrañas cicatrices de las que no quiere hablar y, aún más misteriosamente, ha recuperado la visión.

Praire vuelve a su pueblo con sus padres adoptivos —que es adoptada lo descubriremos en un flashback más adelante—, donde todo el mundo se empeña en referirse a ella como «milagro», mientras ella insiste en que su nombre no es Praire, sino OA. Aunque sus padres y la policía la presionan para que dé cuenta de sus siete años de ausencia, ella guarda silencio y se empeña en buscar, en secreto, a cinco personas con características especiales para embarcarse en una —de nuevo— misteriosa misión.

Misterios y rarezas. ¡Cuidado, súper spoilers!

Sí, The OA es rara de cojones. Y no puedo decir, como le ha sucedido a otros muchos, si me ha gustado. Sí y no. Y todo lo contrario. Formalmente, sobre todo en su piloto y en el primer tramo de la temporada, es arriesgada —el primer capítulo dura 70 minutos y los créditos aparecen a cañón en el minuto 57, lo que lo convierte en una experiencia bastante inmersiva—, aunque aprovecha muy bien la utilización y ubicación adecuada de flashbacks, para mantener la tensión y la incertidumbre.

Saltamos del 2016 a 1987 para tratar de entender el background del personaje principal; compartimos la angustia, dentro de una relación algo disfuncional, de los padres adoptivos y la hija recién recuperada, que no puede confesarles sus padecimientos vividos en cautiverio; entendemos cómo se han forjado los nudos de dependencia y afecto de una familia y cómo un trauma los hace estallar por los aires; tratamos de averiguar cuál será el papel de cada uno de los «elegidos» y, sobre todo, las características de la misión en la que se embarcarán,… hay muchos mimbres para mantenerte enganchado mientras te preguntas «pero ¿qué coño…? ¿A dónde me quieres llevar?». Me gustó mucho ese aura de «ya sabemos que no lo entiendes, pero lo entenderás», que sobrevuela cada capítulo.

Me mantuve firme en mi intención de aguantar el tipo, a pesar de mis propias dudas y de las muchas rarezas, hasta el final.

El caso es que, según avanzas en la temporada, no terminas de comprender del todo lo que está sucediendo y llegas a sentir cierta ansiedad, por no estar desentrañando las pistas adecuadamente o por ser demasiado estúpido para interpretarlas. Que te las desvelan, pero no del todo. Y de una forma un tanto extraña. No sabes exactamente si la historia está relacionada exclusivamente con la esfera mística y sobrenatural; si los protagonistas encerrados con Praire son realmente ángeles o están sugestionados; si se trata de la historia de una auténtica misión de rescate en plan thriller clásico o si los adolescentes reclutados por OA tendrán un papel más allá del de pasivos espectadores. Tampoco se clarifican del todo los detalles de la investigación, ni se profundiza en los motivos del Dr. Hunter. Y claro… ves el grand finale y piensas… «¿En serio? ¿Me estás vacilando?».

Me mantuve firme en mi intención de aguantar el tipo, a pesar de mis propias dudas y de las muchas rarezas, hasta el final. Pero me sacó totalmente de la historia que la clave de los «poderes» de los cautivos del Dr. Hunter —excelente, Jason Isaacs— fuera una especie de danza mística, en plan tai-chi con esteroides, histriónica y totalmente ridícula hasta el punto de no poder tomarla en serio. Las relaciones forjadas en cautividad son interesantes pero hay personajes, más allá de OA y Homer, que no se desarrollan. No digamos nada del hecho de que el desenlace se limite al aborto de un tiroteo en un instituto, gracias a esta especie de danza absurda; ni tampoco de que la misma no valiera de otra cosa que de distracción, para que otro se encargara del tirador, además de para la —sigo sin comprender la motivación— muerte de Praire/OA.

Quizás el cliffhanger final sea el avance de una segunda temporada donde todas las incógnitas y personajes tengan mayor y mejor desarrollo y la tónica general siga siendo la de «ya sabemos que no lo entiendes, porque no eres tan rarito, profundo e indie como Marling y Batmanglij pero lo terminarás ‘comprando’. Todo encajará». El sabor en esta primera —quien sabe si única— temporada fue tremendamente agridulce, en mitad del descoloque. He de reconocerlo.

Puedes odiar y sentirte atraído por The OA a partes iguales y de manera simultánea mientras la visionas

Ya, ya sé que con todo esto que les cuento no les aclaro mucho y está todo bastante deslavazado. Es un batiburrillo consciente, porque no quiero entrar demasiado en detalle. Y porque es el juego de equilibrismo que propone The OA y que yo les traslado, ya que forma parte de la apuesta: tienen que ver la serie y sacar sus propias conclusiones, si es que quieren.

Las cosas buenas y (un intento de) conclusión

A pesar de sus —muchas, pero muchas— piruetas de intelectualoide modernito, The OA tiene muchos aspectos positivos. Si dejamos de lado el tai-chi absurdo y los altibajos en el ritmo, lastrado por una excesivamente intensita y contenida Brit Marling en algunos episodios, en esta extraña apuesta de Netflix hay mucho que rascar.

La trascendencia a la propia vida, lo que hay más allá de la muerte, la lucha por encajar en un colectivo del que no te sientes parte —ya sea un instituto o una familia que no es la sanguínea—, las obsesiones llevadas al extremo, la espiritualidad, el amor —que lo hay en gran cantidad, a su propia manera— la pérdida, el compañerismo, el egoísmo, el sacrificio y la entrega… Hay incluso retazos de complejo de Edipo en algún momento. Mucha materia prima para darle vueltas al coco.

En resumen, que puedes odiar y sentirte atraído por The OA a partes iguales y de manera simultánea mientras la visionas. De cualquier modo, considero que es una espléndida noticia que, gracias a una total libertad creativa, favorecida por una nueva forma de consumir lo audiovisual, gracias a unos episodios más largos, a unas producciones y financiaciones más ambiciosas, etc. nos encontremos ocasionalmente con apuestas distintas a las que podemos disfrutar habitualmente en «el redil». Posiblemente The OA no sea el bombazo que fue Stranger Things, pero no dejará indiferente a nadie. Si estás en el mundillo «seriéfilo» tendrás que verla, por lo menos para tener algo de lo que hablar y poder ponerla a caldo con criterio. ¡Por cierto! Mensajito para los del «entretenimiento de siempre»: Los de Internet han venido para quedarse. Y se están comiendo la tostada, vosotros veréis.

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The fear of 13

En el hipotético caso de que vivas en una cueva, acabes de aterrizar de tus vacaciones en Raticulín o de que el mundo de lo audiovisual y la sociología contemporánea…

2015. Dir. David Sington. Cinematography by Clive North (director of photography), Nickolas Dylan Rossi, Original Music by Philip Sheppard

2015. Dir. David Sington. Cinematography by Clive North (director of photography), Nickolas Dylan Rossi, Original Music by Philip Sheppard

En el hipotético caso de que vivas en una cueva, acabes de aterrizar de tus vacaciones en Raticulín o de que el mundo de lo audiovisual y la sociología contemporánea te la traigan más al fresco que a Leticia Sabater la dignidad y la vergüenza ajena, te informo yo: la nostalgia lo peta. En todo, sobre todo con aquello que recuerda la década de los ochenta. Los últimos en llegar al babyboom son ahora los reyes del mambo y casi todo lo que triunfa se hace pensando en ellos, sobre todo en despertar sus más tiernos recuerdos y remover sus referentes de infancia. Mira el follón con Stranger Things, orgía ochentera donde las haya, si no.

Pues, en cierto sentido, el documental «The fear of 13» es una historia de los ochenta, pero de una parcela en concreto: de su sistema penitenciario. Si esperabas ponerte tierno, no obstante, olvídate porque no van por ahí los tiros. Aunque la historia sea de los ochenta el producto final es inequívocamente del siglo XXI. Aunque eso vendrá después, me estoy adelantando. Vamos por partes.

La historia

Nicholas (Nick) Yarris es un convicto condenado a muerte en Pensilvania por violación y asesinato. Tras más de veinte años en prisión, en una carta dirigida al juez, pide que se interrumpan todos los procesos de apelación y se ejecute su sentencia en un plazo inferior a sesenta días. Yarris quiere que lo maten. El juez, quizás en un intento por entender los motivos de esta dramática decisión, autoriza una entrevista en la que pueda contar su visión del asunto.

El documental «The fear of 13» posiblemente no sea el resultado directo de esa entrevista, pero sí un testimonio en primera persona muy cercano a ella, donde se conoce una versión de los hechos y sólo una: la del condenado. De hecho, la única cara que se ve en el encuadre es la de Nick Yarris, su voz, la única que oirás. El resto de personajes y protagonistas en la historia no aparecen o, si lo hacen, es de manera sugerida, dramatizada y en ningún caso de un modo que pueda distorsionar o distraer del relato. Porque el director, David Sington, no quiere que te salgas del camino, quiere atraparte desde el primer segundo con una historia. Y lo consigue, maldita sea. Todo, en este film, está al servicio de la historia.

El género y el storytelling

Sólo hay una cosa más difícil que hacer documentales y esa es hacer buenos documentales. Si tienes dudas, piensa que la BBC no participa en producciones a la ligera y esta es una de ellas. Y se nota. Los recursos narrativos no son ilimitados, pero con ellos tienes que contar una historia y ser fiel a la verdad, sin que aquello termine pareciendo una (mala) película de serie B. El caso de «The fear of 13» me parece paradigmático de cómo se puede contar una buena historia, con una tensión típica de los thrillers de ficción y una estética cuidada al detalle que, en realidad, aporta al resultado final en lugar de distraer. Por momentos, los planos son tan cuidados y de una fuerza expresiva de tal calibre, que te da pena que la película continúe.

Eso es algo que me gusta de los buenos documentales: que el director me lleve de la mano, pero que no me lo enseñe todo de golpe o excesivamente masticado

Cuando tienes un solo personaje, una única voz, y el resto de elementos deben complementar la historia de manera artística, sin añadir nada de ruido ni restar atención al espectador, tu única salida es el montaje, como punto clave de tu storytelling. Y hay que resaltar el excelente trabajo en la edición y el montaje de Robert Stenberg, David Fairhead y Horacio Queiro, además de un superlativo montaje de sonido a cargo de Vince Watts. La historia no comienza con la infancia de Yarris, ni mucho menos; el espíritu que guía «The fear of 13» no es el reporteril o meramente testimonial, sino el cinematográfico en el sentido más lúdico del término. Se trata de un documental que se disfruta como una (buena) película de otro género. El montaje expone diferentes retales de la experiencia vital de un condenado a muerte, dentro y fuera del sistema penitenciario, pero los va uniendo conforme avanza el documental de la manera que Sington desea, para ejercer de lazarillo.

Y eso es algo que me gusta de los buenos documentales: que el director me lleve de la mano, pero que no me lo enseñe todo de golpe o excesivamente masticado. Que me dirija por el camino, pero que me deje mirar a mí, que sea yo quien descubra todos los matices de la historia, que participe de la aventura que implica que me la cuenten. Que sí, puede parecer ácida y dura de tragar, pero que termina siendo muy hermosa, que habla de amor, desarrollo personal, auto conocimiento y redención. Que se asoma a la soledad, la muerte y la vida y que contiene infinitas más sorpresas de las que pueden adivinarse en el primer minuto. La historia de Nick Yarris está fechada en los ochenta, pero está creada por un (realmente competente) equipo cinematográfico del siglo XXI y pensada para el espectador del nuevo milenio. Tremendamente recomendable.

Nota: 9 sobre 10

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Eye in the sky: la guerra de los funcionarios

La coronel Katherine Powell (Helen Mirren) es la encargada de coordinar una operación de inteligencia militar, con varias fuerzas internacionales implicadas, para apresar a un grupo de terroristas en Kenia….

Director: Gavin Hood. Guión: Guy Hibbert. Reparto: Helen Mirren, Aaron Paul, Alan Rickman, Barkhad Abdi, Jeremy Northam, Iain Glen Música: Paul Hepker, Mark Kilian. Fotografía: Haris Zambarloukos

Director: Gavin Hood. Guión: Guy Hibbert. Reparto: Helen Mirren, Aaron Paul, Alan Rickman, Barkhad Abdi, Jeremy Northam, Iain Glen Música: Paul Hepker, Mark Kilian. Fotografía: Haris Zambarloukos

La coronel Katherine Powell (Helen Mirren) es la encargada de coordinar una operación de inteligencia militar, con varias fuerzas internacionales implicadas, para apresar a un grupo de terroristas en Kenia. En mitad de la operación —pensada únicamente para capturar a potenciales enemigos—, las circunstancias cambian y todas las partes involucradas, militares y políticas, deben decidir si la misión debe convertirse sobre la marcha en una acción de asesinato selectivo, sopesando muy bien los denominados «daños colaterales», las responsabilidades y los peligros para la población civil.

Con esta deliberadamente escueta sinopsis —para evitar spoilers innecesarios— puede parecer que Eye in the sky, dirigida por Gavin Hood, es una película bélica más, de las que la industria cultural, comercial, militar y cinematográfica de Estados Unidos nos tiene tan abundantemente surtidos. No hay más que ver el éxito en taquilla de estrenos como 13 Hours o Lone Survivor para entender que la rentabilidad de la guerra en el cine está asegurada.

No obstante, la película de Hood, con guión de Guy Hibbert, es británica, no americana. Y, lo que más me ha sorprendido, da una vuelta de tuerca argumental y de desarrollo en su planteamiento que no es común en el género. Se trata de una propuesta de cine bélico donde, paradójicamente, prácticamente no hay tiros, explosiones ni sangre salpicando la pantalla. No verán disparos con balas trazadoras, muertes dramáticas a cámara lenta ni misiones suicidas en aras de un patriotismo épico. Se trata más bien de una película de despachos, drones y conexiones vía satélite.

Porque la guerra del siglo XXI es principalmente tecnológica y no tanto de trincheras. Y esa es una de las principales virtudes de Eye in the sky: situar al espectador ante las características, frías y funcionariales, de los conflictos bélicos contemporáneos. En la guerra de hoy —sobre todo desde el punto de vista hegemónico de las potencias occidentales— la víctima está a miles de kilómetros de distancia y la decisión de disparar o permanecer impasible está en una sala de crisis, enmoquetada, con té y biscotes, no tanto en una zanja de un país tercermundista y polvoriento. O no únicamente, al menos. Los soldados deciden sobre las vidas de los demás, delante de una consola y un ordenador mientras dura su turno, nada más. Como lisérgicas y extrañas cajeras del Mercadona, para que me entiendan.

A Helen Mirren la acompañan el tristemente desaparecido Alan Rickman o el tótem seriéfilo Aaron Paul

Otro de los tremendos aciertos de la película es utilizar la guerra como escenario, no como protagonista. Todo el peso, toda la tensión dramática, el auténtico conflicto es de índole moral y filosófica: ¿se puede sacrificar una única vida inocente, a sabiendas de que lo es, para salvaguardar la seguridad de muchas más personas? ¿Es más importante una muerte segura que ochenta muertes probables? ¿Tiene una única vida el valor suficiente como para insertarla en ecuaciones de probabilidad y estimaciones de daños? ¿son todas las guerras políticamente aceptables o sólo algunas? ¿existe cobertura legal para una guerra? ¿cuál es la responsabilidad individual de una acción bélica? ¿y la política e institucional?

Preguntas de semejante calado, si bien pueden encontrarse con recurrencia en la literatura —y no en toda la literatura, por desgracia; desde luego, no en la de hoy en día— no son habituales en el cine mainstream. El resto de confrontaciones y la escenificación del mamoneo político, la refracción de responsabilidad, la utilización interesada de las cadenas de mando y decisión… no hacen más que complementar acertadamente una propuesta fílmica más que interesante. También contribuye al buen sabor de boca un elenco apropiado. A Helen Mirren la acompañan el tristemente desaparecido Alan Rickman o el tótem seriéfilo Aaron Paul, por citar sólo las caras más conocidas. Todos y cada uno de ellos aportan un empaque y una solvencia interpretativa muy de agradecer.

El director mantiene un ritmo y una tensión a lo largo de toda la película dignos de los thrillers clásicos más celebrados y, sin ninguna duda, se convierte para un servidor en una de las películas bélicas mejor resueltas de los últimos diez años y, con un poco de suerte, en un referente del género para las décadas venideras. Sin duda… la guerra hoy es lo que, con crudeza y habilidad, nos lanza a la cara Gavin Hood. Extremadamente recomendable.

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The Player: cómo chotearse de los espectadores

Advierto, para ser honesto con los lectores de esta página, que 1) escribo esta reseña en mitad un calentón-cabreo de proporciones bastante curiosas 2) que, a pesar de no ser…

The Player

2015, NBC. Creada por John Rogers y John Fox. Reparto: Philip Winchester, Wesley Snipes, Charity Wakefield .

Advierto, para ser honesto con los lectores de esta página, que 1) escribo esta reseña en mitad un calentón-cabreo de proporciones bastante curiosas 2) que, a pesar de no ser especialista en estas lides, me considero lo suficientemente dotado en intelecto para no hacérmelo encima —al menos en condiciones normales— por lo que soy capaz de distinguir un producto malo de uno digno. En ocasiones hasta sé diferenciar las buenas apuestas de ficción y entretenimiento televisivo de las ventosidades mentales de algunas productoras y 3) no pretendo insultar ni ofender a nadie, a pesar de las líneas precedentes y de las que siguen.

Es cierto que la ociosidad navideña, el exceso de tiempo libre y la patética oferta televisiva generalista en estos días son ingredientes que suele cargar el diablo, ataviado con cornamenta de reno. Y también es cierto que no hay que ser un amante de Søren Kierkegaard o del cine de arte y ensayo para saber, de antemano, lo que es The Player: una serie de acción, sociedades secretas, misterios misteriosos y clichés en línea y en batería como si no hubiera un mañana.

Con su protagonista dotado de habilidades que nadie sabe de dónde salen, con su tecnología que hace «magia», su inteligencia artificial cuasi omnisciente, sus chicas guapas, sus estereotipos machistas, sus malos muy malos, sus tramas delirantes y toda la pesca. Hay hasta sudorosos torsos masculinos al viento cálido del desierto de Nevada, no se me quejen de paridades. ¡Y sale Wesley Snipes! —uno de mis brutos de acción descerebrada favoritos—. En teoría, ni se puede esperar mucho ni se puede ser demasiado exigente con The Player. Pero con determinados límites, que es a lo que voy.

Les pongo en antecedentes: la trama se centra en Alex Cane (Phillip Winchester), un ex-operativo militar de los duros como el turrón de almendra, de los de tener más cadáveres en el armario que Belén Esteban en un día malo. Un antihéroe pillado con pinzas, que es como Heidi de buenazo pero con un pasado (muy) oscuro, que se redime de sus pecados gracias a su mujer, quien lo trae por el «buen camino». A pesar de su evidente lozanía, Cane ya ha pasado por el ejercito, el FBI y cuanta agencia de inteligencia se imaginen. Joven pero con más experiencia que un legionario en su trigésimo reenganche ¿Incongruente? Esperen, que estamos empezando.

Joven pero con más experiencia que un legionario en su trigésimo reenganche

Cane se gana la vida como consultor de seguridad en la ciudad de Las Vegas, trabajando para famosos, casinos, jugadores y tal. De buenas a primeras —tan de sopetón como suena— la mujer de Alex es asesinada y nuestro pobre exmilitar convertido a segurata VIP se ve inmerso en los tejemanejes de una sociedad súper secreta —¿seriously?—. Esta sociedad, que responde al original nombre de «La Casa» está financiada por las fortunas más indecentemente inmensas del planeta. Los ricos, como son muy ricos, controlan TODAS las tecnologías de comunicaciones del mundo desde que éstas se implantaron y, gracias a una inteligencia artificial que sólo ellos poseen —contengan la risa, que no he terminado, no sean impacientes— pueden infiltrarse en cada cámara de seguridad, ordenador, teléfono, satélite, televisor, videoconsola, tamagotchi y chisme electrónico o red que quieran.

Con este inmenso poder y esta «inteligencia» equiparable casi a una deidad ¿salvan el planeta? ¿lo dominan? ¿infiltran vídeos de Falete en tanga en el YouTube? No. Lo que hacen es —ahora, ahora viene— PREDECIR delitos y crímenes horribles y, sin intervenir ni influir para nada en ellos, apostarse las inmensas fortunas que poseen —o parte de ellas—, porque se aburren del tute y el cinquillo de siempre, comprobando en tiempo real si nuestro «Jugador» (el amigo Cane) es capaz de evitar esos crímenes o no.

Las «partidas» son propuestas por un «Supervisor» (Wesley Snipes) que vela porque se sigan las reglas: no desvelar la existencia del juego a nadie y contar únicamente con los recursos, habilidades y entendederas del «Jugador» recurriendo a la asistencia puntual de la «Crupier» (Charity Wakefield). Esta muchacha no es que reparta cartas, precisamente. Además de haber pasado también por dos o tres fuerzas especiales diferentes es experta en tecnología y lo mismo te abre una puerta blindada en Pernambuco desde Las Vegas que te hackea un teléfono tecleando sobre una mesa inteligente de cristal líquido o manoteando en un holograma —tal cual—.

No todo es malo, ojo. Se han dejado una pasta y el asunto encargado por NBC no es de serie B, precisamente. Las secuencias de violencia no escatiman en crudeza, en ocasiones; las coreografías de lucha están bien llevadas, cuando Snipes entra en escena la cosa remonta un poco y tiene sus exteriores, sus localizaciones molonas, su post producción y tal y cual. Vamos, que hay medios. Pero es una pena que algo que podría ser hasta medio digno —a pesar de su sospechoso parecido con «Person of interest»— se vaya al traste por bizarradas como todas las descritas más arriba y por auténticos insultos a la inteligencia del espectador medio.

Total… los espectadores son imbéciles

¿Exagero? A ver, no sé. Hagan como yo: véanse los tres primeros capítulos, aguantando las ganas de ciscarse en todo con estas memeces que les he contado. Y, mientras se repiten a sí mismos «no puede ser tan mala, no puede ser tan mala,…» comprueben cómo en el minuto 9:06 del capítulo cuatro, en una de estas tramas marcianas, a un desgraciado le descerrajan un tiro entre ceja y ceja y el finado, ante la compungida cara de circunstancias del protagonista… ¡¡Respira!! Sí, amigos. Con una bala de 9 mm. en el cerebro y la pancita se le mueve arriba y abajo con cada inspiración, como a mí las tripas al ver semejante mamarrachada. No un microsegundo, de refilón en un plano largo. No. En un par de primeros planos y en una secuencia de varios segundos. Total… los espectadores son imbéciles.

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The Martian: ¡Vaya sorpresa!

Hay dos clases de personas: quienes se leen todos los prólogos e introducciones de los libros y quienes huyen de ellos como de la peste. Esto último también sucede con…

The Martian

Weir, Andy (2014). «El Marciano», Barcelona: Ediciones B.

Hay dos clases de personas: quienes se leen todos los prólogos e introducciones de los libros y quienes huyen de ellos como de la peste. Esto último también sucede con muchos lectores de periódicos —aún quedan algunos— que se saltan las esquelas, en un pueril intento por no recordar la ineludible visita de La Parca.

Si son ustedes de la primera clase, a buen seguro han leído más de una vez ejemplares en los que las introducciones de las obras eran tan buenas como las obras que introducían o presentaban, cuando no mucho mejores. Es cierto que muchos de esos «entrantes» no dejan de ser, muchas veces, hagiografías exageradas o meros ejercicios de mercadotecnia editorial de la peor calaña. Sin embargo, guardo buen recuerdo de juventud de excelentes colecciones de literatura clásica de Austral —por poner un ejemplo— en las que las introducciones eran casi tan extensas como el propio libro, pero constituían un excelente y completo ensayo, una contextualización perfecta de la obra que iba a leerse, la vida del autor y su tiempo, etc. Un complemento perfecto sin el cual, la obra introducida sería mucho menos «redonda».

A profanos en ciencia ficción como servidor, sí puede servirles como toma de contacto y chequeo del estado de salud del género.

No quiero decir con esto que la introducción que Miquel Barceló hace a El Marciano, de Andy Weir, sea un sesudo estudio sobre el Universo, los planetas y la carrera espacial. Sin embargo, a profanos en ciencia ficción como servidor, sí puede servirles como toma de contacto y chequeo del estado de salud del género.

Tras leerle, no puedo hacer otra cosa que coincidir con Barceló. El género de la ciencia ficción —al menos en su concepción más clásica y purista— no vive precisamente su mejor momento. No por ausencia de calidad en las historias o carencia de autores de talento. Sencillamente, la tecnología de la que hablan muchas de esas obras tiene muy poco de fantástica, ensoñadora o supone un verdadero reto intelectual para quien lee. Es la misma tecnología que convive con nosotros día a día, entre el smartphone, la videoconferencia y la última tablet del mercado.

Afirma Barceló —y puede que no le falte razón— que es ésta una de las razones por la que muchos autores «tradicionales» de la ciencia ficción se han pasado al género de la fantasía histórica, al más puro estilo George R. R. Martin: no sólo la capacidad de sorpresa es mayor para el lector sin resultar mentalmente fatigosa. La retribución económica para quien vive de la escritura —en plena burbuja de dragones, tronos de mal asiento y corruptelas entre armaduras y espadas— tiene más enjundia.

La explosión global de la obra de Weir no hace más que reafirmarla en su condición de extraordinaria rareza.

En palabras de Barceló: «[…] de reflexionar sobre nuestro mundo y los posibles futuros que nos esperan, por el crecimiento poco controlado de la ciencia y la tecnología, nos abandonamos a un pasatiempo fantástico más o menos inteligente pero que deja de estimular la reflexión. Seguramente hemos perdido con el cambio. […]»

Por eso El Marciano, la obra de Andy Weir editada por Ediciones B dentro de su colección «Nova», resulta tan particular: por un lado, recuerda mucho a clásicos de la ciencia ficción en sus mejores años, al estilo de Isaac Asimov, Stanislaw Lem o tantos otros —sin pretender equiparar su genialidad—. Por otro, Weir es casi un desconocido que publica su ópera prima, sale al mundillo editorial y encuentra la alfombra roja y la limusina esperando. Con todos estos antecedentes, la explosión global —un best seller con todas las de la ley— de la obra de Weir no hace más que reafirmarla en su condición de extraordinaria rareza.

The Martian es un libro distinto. Y lo suficientemente bueno como para hacer levantar una ceja al lector más recalcitrante.

El hecho de que sea un buen libro, una historia muy entretenida y digna de tener en cuenta entre los descubrimientos de un servidor para este 2015, es prácticamente un milagro. Si me leen ustedes con frecuencia sabrán que no me prodigo en halagos fácilmente y que la ciencia ficción no está precisamente entre mis predilecciones, bien por ignorancia bien por dejadez. No obstante, la lectura de The Martian me ha sorprendido muy positivamente.

Recalé en sus páginas al abrigo de la —exagerada— promoción de su adaptación a la pantalla grande, dirigida por Ridley Scott y protagonizada por Matt Damon. Además de este bombo y platillo, el hecho de que fuera un éxito editorial global no ayudó a predisponerme positivamente, que digamos. Pero Weir utiliza un estilo narrativo fresco, francamente atractivo, directo y con reminiscencias de historias de aventuras clásicas como Robinson Crusoe de Daniel Defoe o La isla misteriosa de Julio Verne. Eso, en pleno siglo XXI y dedicándose a escribir ciencia ficción, es todo un logro. El Marciano es un libro distinto. Y lo suficientemente bueno como para hacer levantar una ceja al lector más recalcitrante.

Aunque The Martian resulta predecible conforme avanza la lectura, no puede negarse que tiene ritmo, es entretenida, arranca alguna que otra sonrisa

Weir consigue dotar a su personaje protagonista de una personalidad muy marcada, rayana en lo carismático —algo francamente difícil de lograr, en literatura— y con un sentido del humor que hace imposible no empatizar con él desde la primera página. Esencialmente, El Marciano es una historia de aventuras y supervivencia, aunque los detalles técnicos o puramente «científicos» de los que disfrutarán los aficionados a la ciencia ficción clásica están presentados y explicados de tal forma que no resulten un obstáculo para el público en general. Y esto sin que suponga una vía de agua en la flotabilidad de la historia y sin faltar al rigor que se espera de una buena obra de este género.

La escritura en formato de diario personal, que agarra por la pechera al lector desde el inicio y lo sumerge en la trama sin remedio, ocupa un tercio del libro para luego alternarse —con mucho equilibro, lo que es meritorio— con estructuras narrativas más estandarizadas en la ficción tradicional. Aunque The Martian resulta predecible conforme avanza la lectura, no puede negarse que tiene ritmo, es entretenida, arranca alguna que otra sonrisa —lo de el protagonista carismático, no lo olviden— y satisface plenamente, si lo que se necesita es un poco de evasión pero no se conforma uno con cualquier «superventas».

También puede decirse que la obra en su conjunto es muy «cinematográfica», lo que explica que la 20th Century Fox se hiciera con los derechos antes de que Ridley Scott pudiera decir «Nostromo». Si la película hará justicia a la obra de Weir o no es algo que podremos comprobar a partir del 16 de Octubre de este año. Pero, de entrada, el libro es de notable alto.

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Dejadme sola y yo haré música

La imagen es inestable, como en esas bazofias mockumentary de terror. Cuesta un par de segundos darse cuenta de que se trata de un vídeo casero auténtico, con mucho grano…

Amy

2015. Director: Asif Kapadia

La imagen es inestable, como en esas bazofias mockumentary de terror. Cuesta un par de segundos darse cuenta de que se trata de un vídeo casero auténtico, con mucho grano y evidencias del paso de los años. La cinta es, quizás, de los 90. Algarabía y caras adolescentes, una de ellas vagamente familiar, en una fiesta de cumpleaños donde no parece haber ningún adulto.

La cara familiar mira a cámara procurando seducir, jugueteando con un chupa-chups y con una sonrisa que ilumina casi todo el encuadre. Cuando aún estamos tratando de rebuscar en la memoria dónde hemos visto esa cara, la voz de la camarógrafa, apenas una niña, explica fuera de cuadro que es su decimotercer cumpleaños y que lo está celebrando con sus amigos, a quienes enfoca sentados en las escaleras de acceso al segundo piso, y a quienes presenta citando sus nombres de pila.

Jugueteando todos con los chupa-chups y haciendo el imbécil, como todos los púberes, bromean con la portadora de la cámara y se arrancan en un improvisado Cumpleaños Feliz. La tonadilla es tímida y desacompasada, al principio, pero enseguida consiguen cantar juntos. A pesar de ello, una voz entre las demás resalta de manera palpable. Es una voz rotunda, sedosa y con ese desgarro que sólo tienen las viejas divas del jazz de los años 40 y 50. Te llega dentro, te golpea y te remueve hasta la médula espinal.

Esa voz, de pronto lo llena todo, acalla a las demás y se queda sola, acaparando todo el protagonismo, anacrónica y hermosa hasta el límite de lo aceptable. Única. Los dos segundos que siguen al final del Cumpleaños Feliz son de un silencio absoluto, un silencio que pesa como el plomo. Esa voz extraterrestre y fuera del tiempo, en un cumpleaños en la Inglaterra de mediados de los noventa, es la de una carismática Amy Winehouse con 15 años. Así comienza el documental sobre la cantante, dirigido por Asif Kapadia, con el sencillo título de Amy.

La cinta pretende relatar la breve y triste biografía de la malograda artista británica, utilizando sus propias declaraciones y las de sus familiares y amigos más cercanos, mezclándolas con fragmentos de vídeo caseros y de archivo —muchos inéditos—, actuaciones, entrevistas, fotografías… Un intento —inútil, quizás, dada su trascendencia pública— de mostrar, como preconiza el título en su versión española, a la chica detrás del nombre.

Kapadia busca homenajear y recordar a la artista, trasladar un testimonio personalista de lo que pudo ser y no fue

Es digna de elogio, por parte de Kapadia, la especial sensibilidad para relatar la historia, sin necesidad de ceñirse estrictamente a la linealidad clásica del planteamiento, nudo y desenlace. Ese tacto, que sólo está al alcance de unos pocos, para mantenerse lo más equidistante posible y contar lo que se pretende, simplemente uniendo las piezas de ese complejo puzzle que es una vida. No quiero decir con ello que el director sea objetivo, pues dudo que lo pretendiera. Kapadia busca homenajear y recordar a la artista, trasladar un testimonio personalista de lo que pudo ser y no fue, a todo el que quiera y sepa mirar.

Más allá de lo turbulento de su existencia, más allá de sus problemas de bulimia, drogas, alcohol, inseguridad, autoestima y carencias afectivas, Amy Winehouse fue una artista excepcional, una cantante fuera de serie como no escucharemos, posiblemente en décadas. Una outsider a la que Tony Bennet situó a la altura de grandes como Ella Fitzgerald, un juguete roto prematuramente en manos de una industria inmisericorde, víctima de sus propias decisiones y de una fama que la superó por completo. Por encima de las polémicas mediáticas, causadas por el malestar de su familia tras el visionado de la cinta, pues no sale bien parada, Amy es un producto merecedor de todos los elogios, tanto por su forma como por su fondo.

Además de recomendable para fans de la cantante, es una película muy apropiada para los jóvenes. En tiempos de reggaetón y electrolatino, no está de más recordar lo que es la música de verdad y, procurando evitar la mitomanía, lo que es (era) una artista con mayúsculas.

También nos lanza un indirecto dardo a todos nosotros, los consumidores del amarillismo de los medios de masas, que en su día asistimos impasibles e indiferentes —puede que cómplices— a la autodestrucción de un ser humano tremendamente frágil y que, no obstante, fue uno de los talentos musicales más destacados y arrolladores de nuestro tiempo. Amy, de Asif Kapadia, es toda una perla cultural —probablemente inmortal, como su protagonista— de finales del siglo XX y principios del XXI. Imperdible.

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Daredevil. Victoria por KO en el primer asalto

El pasado viernes Netflix estrenó la primera temporada de la serie Daredevil, una de las irrupciones en la ficción televisiva más esperadas por parte de los marvelitas y, especialmente, por…

El pasado viernes Netflix estrenó la primera temporada de la serie Daredevil, una de las irrupciones en la ficción televisiva más esperadas por parte de los marvelitas y, especialmente, por los seguidores del superhéroe invidente. La expectación no era nada de extrañar, habida cuenta del vergonzoso espectáculo perpetrado por Mark Steven Johnson y protagonizado —por decir algo— por Ben Affleck en la gran pantalla en 2003. Normal, con estos antecedentes, que los seguidores de la saga de Batman estén invocando a los peores augurios y cruzando los dedos de cara al próximo estreno de la película del murciélago en 2016.

Pero a lo que íbamos: el demonio rojo de Hell’s Kitchen. Con la última referencia en pantalla, ya citada, aún sangrante en la memoria de frikis y seguidores de todo el mundo —entre los que me incluyo—, no era nada difícil elevar un poco el listón. En ese sentido, puede decirse que la primera temporada cumple con creces con las expectativas: si eres fan del personaje de cómic no te va a decepcionar, a la serie le han metido la pasta suficiente como para que no dé vergüenza ajena y, lejos de un planteamiento demasiado fantasioso, está muy apegada a la «realidad»; se puede palpar perfectamente la atmósfera medianamente creíble de un Nueva York aún recuperándose de sus heridas.

Marvel: el universo que pretende edificar, a través de series y películas, tiene consistencia y deja la puerta abierta a referencias cruzadas, colaboraciones, spin-offs

¿Heridas? Sí, amigos. Con enorme acierto, los responsables de la producción y el guión han sabido intercalar referencias, más o menos veladas, a la invasión Chitauri que era parte esencial de la historia en Los Vengadores y, también en la misma línea que en Daredevil, tiene protagonismo en otra serie: Agentes de SHIELD. Nueva York aún se resiente por el destrozo de proporciones titánicas que pudimos ver en la película dirigida por Joss Whedon en 2012. De esta manera se confirma el ambicioso y creo que atinado plan de Marvel: el universo que pretende edificar, a través de series y películas, tiene consistencia y deja la puerta abierta a referencias cruzadas, colaboraciones, spin-offs y todo aquello que se precise. En ese sentido, Daredevil es un ingrediente más de la ensalada de superhéroes que se avecina en los próximos años para la pequeña y la gran pantalla, aunque con un sabor propio bien definido.

El casting me parece desigual. Al igual que Matt Murdock (Charlie Cox) no siempre me convence —sin llegar al patético ejercicio de Affleck—, los malos del negociado , Wilson Fisk/Kingpin (Vincent D’Onofrio) y, sobre todo, Wesley (Tobby Leonard Moore) están más que notables. Si bien los secundarios comienzan la temporada como acompañamiento o comparsa, sin demasiada «chicha», conforme avanzan los capítulos, éstos ganan en complejidad y peso en la trama, planteando conflictos relacionales que dan mucha riqueza y vaticinan desarrollos interesantes en el futuro, sobre todo en el caso de Karen Page (Deborah Ann Woll). Son también dignos de elogio los diálogos de trasfondo moral-religioso del protagonista con el padre Lantom (Peter McRobbie). Para aquellos que esperen ver a Daredevil con su «uniforme de gala» y sus atavíos tal y como aparecen en el cómic, un aviso-spoiler: esto no sucede hasta el último capítulo. En esta primera temporada se trata la forja del héroe en su versión más humana, con aditamentos y vestuario más de tienda on-line que de otra cosa. Esto es positivo, porque centra la atención en las motivaciones del personaje y lo humaniza en extremo y, por otro lado, mantiene viva la expectación sobre la aparición de Daredevil en su forma icónica y más reconocible.

Han devuelto al superhéroe la dignidad que le habían robado hace unos años en las salas de cine

Técnicamente se nota el dinero que han metido Marvel TV y ABC Studios en la producción. En algún capítulo concreto, en alguna secuencia concreta, se notan los efectos digitales de pegote pero son la excepción y no la regla. Las escenas de acción están correctamente coreografiadas y, dentro de unos límites razonables, también resultan creíbles. La iluminación y su uso como elemento narrativo esencial es incontestable, creando el clima oscuro que la historia, el personaje y la serie requieren y dándole un «sabor» a los capítulos muy del gusto de los fans de Daredevil.

Aunque la trama de la primera temporada parece cerrada —supongo que a la espera de conocer la aceptación por parte del público— no es descartable (lo estoy deseando) que exista una segunda. Los mimbres son sólidos, en este primer intento y, por encima de todo, han devuelto al superhéroe la dignidad que le habían robado hace unos años en las salas de cine. Por gustarme, hasta me gustan los títulos de crédito iniciales. En resumen: es exactamente lo que esperaba y, por momentos, supera la expectativa. Que Ben Affleck se aplique, si no quiere que le queme vivo, el próximo año. Y un último mensaje a televisiones y productoras patrias: Daredevil es una serie ideada, producida, y filmada para ser distribuida EXCLUSIVAMENTE en Internet. Por si quieren tomar nota, digo.

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Ciutat Morta: si se quiere… se puede

Tras la emisión del programa Salvados. Los olvidados, el 28 de Abril de 2013, la repercusión y revuelo generado por la opinión pública fue de tal calado que la lucha…

Tras la emisión del programa Salvados. Los olvidados, el 28 de Abril de 2013, la repercusión y revuelo generado por la opinión pública fue de tal calado que la lucha de los afectados y familiares de las víctimas del accidente de metro de Valencia —43 muertos y 47 heridos, el 3 de Julio de 2006— fue rescatada del ostracismo, revitalizándose y perviviendo hasta el día de hoy. Tras la emisión en Canal 33 de Ciudad muerta, documental de Xavier Artigas y Xapo Ortega, un año y medio después de su estreno en salas, puede ocurrir algo parecido.

Sucedió también en 2006, el 4 de febrero. En el desalojo de un teatro okupado, un agente de la guardia urbana de Barcelona resulta gravemente herido por una maceta arrojada desde los tejados del teatro. En la carga policial son golpeados y detenidos, entre otros, tres jóvenes de origen sudamericano. A pesar de que se encontraban a nivel de calle en el momento del suceso y de que no estaban relacionados directamente con el incidente, son trasladados a dependencias policiales y apalizados sin contemplaciones. Tras este primer repaso, se les transporta a un centro médico para ser tratados de sus heridas. En ese mismo centro médico se encontraban dos jóvenes a la espera de ser atendidos tras sufrir un accidente de bici esa misma noche en otro punto de Barcelona. Debido a su vestimenta y apariencia —además de otros factores—, son detenidos igualmente e incluidos en el mismo «paquete» que los anteriores.

Comienza aquí una sucesión de irregularidades y corruptelas policiales, judiciales y políticas de esas que no podemos creer ni en las más bizarras y retorcidas fantasías. Los jóvenes dan con sus huesos en la cárcel a la espera de juicio, acusados de tentativa de homicidio: el agente de la guardia urbana herido se encuentra en estado vegetativo. Una de las ocupantes de la bicicleta accidentada, Patricia Heras, no soporta ni la situación ni el sistema que la ha engullido sin preguntar y, tras salir a la calle bajo un tercer grado, en Abril de 2011, se suicida precipitándose por un balcón.

La bola de nieve se ha hecho inmensa, ha comenzado a rodar y va a ser difícil pararla,
con suerte

Aunque el «caso del 4F» tuvo una repercusión tangencial y soterrada en Cataluña, se trata de otra de esas causas que merecen ser tratadas con rigor periodístico, ser conocidas por el conjunto de todos los españoles y señaladas como un oneroso error de un sistema que se resquebraja. Y como bien apunta Clara Morales, en el diario El País, no fue su paso por el Festival de Cine de San Sebastián, ni su Biznaga de Plata al mejor documental en el Festival de Málaga lo que ha dado relevancia a Ciudad muerta. Ha sido la televisión y la polémica que acompañaba su emisión.

La televisión pública catalana, incapaz de obviar la viralización del documental en la red, a pesar de la medida cautelar del juzgado nº25 de Barcelona —que censuró un fragmento de unos seis minutos y a pesar de programarlo un sábado a las 22.00 en su segunda cadena particular, asistió a un éxito de audiencia sin precedentes  —más de medio millón de espectadores—. La bola de nieve se ha hecho inmensa, ha comenzado a rodar y va a ser difícil pararla, con suerte. El «fenómeno Ciudad muerta» me hace llegar a una serie de conclusiones:

1) En el contexto sociopolítico actual, el buen periodismo de investigación y el género documental bien llevado —Documentos TV, dónde vas, triste de ti— es necesario y esperado por los ciudadanos como agua de mayo. Y si se quiere… se puede.

2) La televisión, si se hace bien, es una poderosísima herramienta para despertar conciencias y señalar problemas, además de permitirnos ver a Kiko Rivera revolcándose en un yacuzzi. Si se combina adecuadamente con Internet… es imparable y…

3) la mentira tiene las patas muy pero que muy cortas y el sistema, aunque se niegue a aceptar la evidencia, tiene fallos. Y un sistema que no funciona es necesario cambiarlo.

PD: He tratado de ver el documental de marras a través de una plataforma legal de pago. La calidad del streaming era tan deficiente que he tenido que recurrir a vías alternativas. Filmin, espero que me devolváis el dinero.

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Antonio Sempere: «Estoy desolado con el futuro que le espera a la televisión pública»

El cliché muestra al crítico de cine como alguien malhumorado, enfadado con el mundo y contrariado, porque (casi) todo aquello que ve no alcanza los mínimos exigibles de su proverbial…

El cliché muestra al crítico de cine como alguien malhumorado, enfadado con el mundo y contrariado, porque (casi) todo aquello que ve no alcanza los mínimos exigibles de su proverbial y exigente criterio. Antonio Sempere es justo lo contrario a esa falsa estampa: afable, sonriente, abierto, buen conversador… excelente y cariñoso amigo de quien se gana sus afectos.

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Boyhood: una película para enmarcar

Es esclarecedor y gratificante comprobar que, por muy inabarcable que parezca una tarea, con coherencia y compromiso puede solventarse con acierto. Además de una excepcional película, conmovedora, madura, inteligente y…

Es esclarecedor y gratificante comprobar que, por muy inabarcable que parezca una tarea, con coherencia y compromiso puede solventarse con acierto. Además de una excepcional película, conmovedora, madura, inteligente y rotunda en su sencillez —que no simplicidad—, Boyhood, de Richard Linklater, es una prueba de fe ciega en un proyecto.

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No son ciegos, pero no quieren ver

Para muchos de ustedes puede que no seamos más que un grupo de freaks que escriben una revista digital sobre cultura audiovisual y literatura en el siglo XXI. Les garantizo,…

Para muchos de ustedes puede que no seamos más que un grupo de freaks que escriben una revista digital sobre cultura audiovisual y literatura en el siglo XXI. Les garantizo, no obstante, que muchos de los redactores están más que capacitados para escribir sobre cosas de las que saben. Y mucho.

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Lucy: Cómo hacer cine puesto de speed

Debo confesar que me da un poco de penita, Scarlett Johansson, la verdad. Ahora mismo vive un momento de popularidad y éxito profesional envidiable, es cierto. Pero, al mismo tiempo……

Debo confesar que me da un poco de penita, Scarlett Johansson, la verdad. Ahora mismo vive un momento de popularidad y éxito profesional envidiable, es cierto. Pero, al mismo tiempo… se me presenta en la imaginación como uno de esos monitos de hojalata que, después de darle cuerda, se dedican a dar saltitos y a tocar los platillos mecánicamente y sin descanso.

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Escribir a golpe de güija

Decir que todo en esta vida se mueve por ciclos es una absoluta perogrullada, pero es una verdad como un templo. ¡Pasa hasta con el fútbol, figúrense! Y la literatura…

Decir que todo en esta vida se mueve por ciclos es una absoluta perogrullada, pero es una verdad como un templo. ¡Pasa hasta con el fútbol, figúrense! Y la literatura no está exenta de modas, impulsos y corrientes temáticas y estilísticas. Algunas pasan sin pena ni gloria, afortunadamente —como la de la literatura pseudo científica y pseudo histórica—. Otras no obstante, a pesar de sufrir momentos de menor fuste, permanecen.

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Enrique Vila-Matas, Premio Formentor de las Letras 2014

El escritor Enrique Vila-Matas recibió el sábado el Premio Formentor de las Letras 2014 en reconocimiento al conjunto literario de su obra. Marta Buadas entregó el premio junto a Simón…

El escritor Enrique Vila-Matas recibió el sábado el Premio Formentor de las Letras 2014 en reconocimiento al conjunto literario de su obra. Marta Buadas entregó el premio junto a Simón Pedro Barceló, representando a las dos familias patrocinadoras del galardón.

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El gris sigue siendo blanco más negro

Cuando parece que se han calmado las cosas en la ciudad norteamericana de Ferguson (Missouri), en Europa muchos aún se sorprenden —sobre todo algunos medios— de la virulencia e intensidad…

Cuando parece que se han calmado las cosas en la ciudad norteamericana de Ferguson (Missouri), en Europa muchos aún se sorprenden —sobre todo algunos medios— de la virulencia e intensidad que ha alcanzado un conflicto racial a gran escala, desencadenado por un caso aislado. Sensacionalistas como somos, creemos que los Estados Unidos de América son, realmente, el «hogar de los valientes», la tierra de los grandes sueños y oportunidades, el lugar de donde vienen las «buenas películas».

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A «Chef» se le pasa el arroz

Que me dirán que si soy insoportable e igual tienen razón. Pero es que «lo que no puede ser, no puede ser. Y además… es imposible»

Que me dirán que si soy insoportable e igual tienen razón. Pero es que «lo que no puede ser, no puede ser. Y además… es imposible»

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Begin Again: ¡Mamá, quiero ser artista!

No se puede uno fiar de las productoras y su aleteo pirotécnico-promocional; tampoco de la crítica especializada y sus embelesados halagos.

No se puede uno fiar de las productoras y su aleteo pirotécnico-promocional; tampoco de la crítica especializada y sus embelesados halagos.

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Fallece Alex Angulo, un «titán» modesto del cine español

En NOSOPRANO hemos recibido con impacto la noticia del fallecimiento del actor español Alex Angulo, en la tarde del domingo, tras sufrir un accidente de tráfico al salirse de la…

En NOSOPRANO hemos recibido con impacto la noticia del fallecimiento del actor español Alex Angulo, en la tarde del domingo, tras sufrir un accidente de tráfico al salirse de la vía el vehículo que conducía, en el punto kilométrico 114,300, a la altura de la localidad riojana de Fuenmayor, en sentido Logroño-Zaragoza. Según ha confirmado la Delegación de Gobierno de La Rioja en un comunicado de prensa, el accidente se ha producido alrededor de las 17.30 horas de este domingo y no se ha podido hacer nada por salvar su vida.

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Tokarev o el ocaso de un “Meme”

Que Paco Cabezas intente triunfar en Hollywood me parece bien, que para eso está el talento en este país: para exportarlo. Ya que en casa no lo valoran…

Que Paco Cabezas intente triunfar en Hollywood me parece bien, que para eso está el talento en este país: para exportarlo. Ya que en casa no lo valoran…

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Libro de cine para regalar: Merecido bofetón

Voy a hacer dos cosas que no es bueno hacer, en este negocio: una, extenderme más de lo debido a riesgo de aburrirles. Además, lo haré escribiendo a calzón quitado,…

Voy a hacer dos cosas que no es bueno hacer, en este negocio: una, extenderme más de lo debido a riesgo de aburrirles. Además, lo haré escribiendo a calzón quitado, lo que me expone más de lo conveniente. Y dos, vincular lo «profesional» con lo personal aunque esté tirando piedras contra mi propio tejado. Pero más se perdió en Cuba y, si no arriesgas, ¿Para qué juegas? Soy así de inconsciente. Quienes me conocen, lo saben.

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Capitán América: menos mal que me salió barato

¿Saben lo que me pasa? Que me voy a morir y no voy a leer todos los libros que quiero. Me dirán: «Pues claro, Brito. Como todo el mundo». Pero…

¿Saben lo que me pasa? Que me voy a morir y no voy a leer todos los libros que quiero. Me dirán: «Pues claro, Brito. Como todo el mundo». Pero no me refiero a eso.

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