NOSOPRANO

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Revista de crítica audiovisual, review de cine, series y libros

Autor: Carlos Martínez

The Room: uno de los engaños del año

  Room era, hasta hace casi nada, una incógnita para todos aquellos que no habían leído la novela homónima de Emma Donoghe. Y, sin embargo, su propuesta ha conseguido una…

 

Room era, hasta hace casi nada, una incógnita para todos aquellos que no habían leído la novela homónima de Emma Donoghe. Y, sin embargo, su propuesta ha conseguido una dulce sorpresa: atraer al público a las salas y entrar en muchas quinielas de los Oscars, con una laureada Brie Larsson a la cabeza.

El caso es que, a priori, el último filme de Lenny Abrahamsson (Frank) tenía todos los elementos para interesar. La premisa es cuanto menos sugerente, con madre e hijo viviendo en un cubículo de tres metros y medio por tres metros y medio de tamaño. Allí tienen su universo cerrado y su cárcel particular, todo contado a través de los ojos de Jack, el niño.

La mezcla de géneros, para Room, es un bálsamo que ayuda a establecer tanto sus temáticas como su tono… aunque sea por poco más de treinta minutos. Durante ese lapso de tiempo se ve sin duda el despliegue técnico y literario de la película. La mezcla de tono entre thriller y cuento de hadas funciona a la perfección: en el caso del primero, por la dosificación de información, por contar al espectador como alguien inteligente y por la mezcla de colores apagados y poco saturados; por el otro, por el tono, en voz en off -logrado en ocasiones, porque en otras roza y supera el melodrama barato y la sobreexplicación dramática- de la historia, así como también de lo trabajados que están los altibajos emocionales de los dos personajes principales.

Todo ese notable esfuerzo para un trabajo de estas características se hunde una vez llega el clímax de los primeros compases de la historia. Y ahí surge el primer error: la falta de verosimilitud. El equilibrio de géneros, tan bien logrado hasta ese punto, se tambalea y surge el primer gran escollo de la historia. Ahí, Emma Donogue y Lenny Abrahamsson optan por la solución de cuento de hadas en pos de la verosimilitud. ¿Resultado? Una bisagra de enorme calidad estética —en forma de alfombra—, pero de discutible realismo. Y eso, cuando uno juega con el thriller realista ni que sea de refilón, tiene una definición muy clara: jugarle la trampa al espectador.

Por desgracia, ese esquema va repitiéndose e incluso amplificándose a posteriori. A medida que los minutos avanzan, el thriller va desapareciendo hasta casi ser una sombra, y el cuento de hadas melodramático es el único elemento que queda. Si bien la mecánica se entiende e incluso cuaja en más de una ocasión —el hecho de que el mundo se abra ante alguien que lo tenga totalmente cerrado—, no es tan comprensible que las derivas más dramáticas y chocantes tan solo existan de pasada.

Esa pereza —o complacencia por buscar tan solo el «buen trabajo», como diría el profesor de jazz de Whiplash- a la hora de profundizar en los rincones más turbios de la recuperación de un trauma acaba siendo una traición velada de buenrollismo y superación, justo la fórmula ideal y complaciente para que tanto público y Academia, engañados —o no— aplauda un esfuerzo casi nulo como es en el caso de esta película. Ni siquiera el excelente trabajo del cuerpo actoral —sobre todo Brie Larsson y Jacob Tremblay— o el tremendo oficio técnico consiguen ocultar tamaña cobardía que, como siempre, se repite como uno de los mayores errores que se perdonan gracias a los nominaciones de los Oscars.

Room es, durante una hora, un trabajo muy sólido, lleno de matices y riqueza emocional a todas partes; y, durante la otra, es un ejercicio forzado de bisagras narrativas y huidas hacia adelante con algún matiz interesante que se pierde, al final, porque el guión, o bien la novela original de Emma Donoghe, sea un producto más cercano a un entretenimiento con ínfulas de reflexión y buenrollismo que no un trabajo que explore tanto los traumas como la verdadera superación de estos.

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Hijo de Saúl: una mirada nueva sobre el Holocausto

Pocos temas hay más trillados en la actualidad que el holocausto judío. No es extraño: desde la aparición de Shoah, y especialmente durante las décadas de los 90 y de los 2000,…

Pocos temas hay más trillados en la actualidad que el holocausto judío. No es extraño: desde la aparición de Shoah, y especialmente durante las décadas de los 90 y de los 2000, ha habido varias perspectivas distintas sobre el mismo hecho histórico. Desde los documentales de Claude Lanzmann hasta las obras mil y una veces conocidas de El Pianista, La lista de Schlinder La vida es bella. Sin embargo, László Nemes ha conseguido lo que parecía imposible: renovar el tema con una mirada distinta a través de Hijo de Saúl.

Son of Saul es una clara antítesis formal de trabajos como La academia de las musas o la trilogía de Las mil y una noches (2015). Mientras los trabajos de José Luis Guerín o Miguel Gomes buscan la imagen más pura para relatar una ficción, el trabajo del director húngaro busca bajo la cinematografía de ficción una visión absolutamente documental. Y es esa perspectiva la que resulta tan fresca y tan natural que ha hecho que directores como Claude Lanzmann elogien al joven director, o incluso que filosófos como Georges Didi-Huberman dediquen un ensayo de 25 páginas al joven cineasta —se puede encontrar en el último número de Caimán Cuadernos de Cine— acuñando, para dicha cinta, la etiqueta de “cuento documental”.

La mayor proeza reside en dicha construcción del lenguaje cinematográfico, pero, pese a ello, no es el único elemento destacable en la película. Sin el artificio del guion, Hijo de Saúl jamás podría haber logrado ser algo más que un trabajo experimental. Por suerte, la construcción de la historia, al menos, tiene unos pilares sobre los que aguantarse, especialmente en lo que tiene que ver con Saúl y su universo como personaje.

Sin apenas un solo arreglo musical, el trabajo de Nemes se conforma con retratar el horror de los campos de concentración casi siempre fuera de plano

Otro de los factores que convierten a Hijo de Saúl en un trabajo redondo es su apartado sonoro. Sin apenas un solo arreglo musical, el trabajo de Nemes se conforma con retratar el horror de los campos de concentración casi siempre fuera de plano. Los gritos, los disparos y otros ruidos distintos actúan, de hecho, como buen retrato atmosférico de la situación, ayudando así a conrear un contexto conocido, pero no menos opresivo dentro de la película.

Sin embargo, el lucimiento viene sobre todo de la fotografía. Matyás Erdély es quien retrata con una belleza estética sin parangón la crueldad en sí misma. La mano derecha de Nemes, además, es la cámara-ojo perfecta. No solo sigue al protagonista en su tour de force particular, sino que también se esmera en conjuntar fondo y forma. Dos ejemplos de ello son la escena de los cerrajeros y el humo, o el clímax donde fuego, sangre y desnudos conviven en una pesadilla digna de Munch.

Sin embargo, no todo es brillantez en Hijo de Saúl. Las subtramas, por desgracia, no tienen tanta entidad como deberían. Algunos momentos sí tienen la finura y la sutileza que merece la película; otros, sin embargo, parecen hechos con brocha gorda, como si no importara matizarse. Eso, por desgracia, solo es el síntoma de algo peor: la película, por desgracia, no funciona del todo en el apartado emocional.

Su temor al efectismo del horror irónicamente resta la capacidad de turbar

El fracaso parcial de Nemes reside, por desgracia, en la contención de sus formas. La película deja frío en ocasiones al espectador porque el director, por desgracia, busca el máximo rigor posible dentro de su trabajo. Su temor al efectismo del horror —acertado dentro de esta clase de trabajos— es a veces tan excesivo que irónicamente resta la capacidad de turbar de verdad al espectador. Solo la secuencia final representa la obra brillante que podría haber sido Hijo de Saúl, tan efectiva en lo técnico como desgarradora en lo estético.

El trayecto de Saul Aüslander es un trabajo meritorio, dándole la vuelta a la tortilla a un subgénero tan manido como es el del Holocausto judío. No hay duda de que el molde de la historia era el necesario, de que las bases están y funcionan con precisión. Sin embargo, es una pena ver que Nemes podía haber hecho mucho más, puesto que Hijo de Saúl es, por desgracia, el bosquejo de una posible obra maestra de la década. Y, sin embargo, es irónico que un trabajo decente como este merezca un reconocimiento similar al que recibió Amor de Haneke en los Oscars de su año. ¿Por qué no?

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El Club, una dura mirada sobre la Iglesia

Pablo Larraín es, desde hace un tiempo, uno de los nombres a seguir en el mundo del cine latinoamericano. Tras el éxito por medio mundo —y me estaré quedando corto— de…

Chile, 2015. Director: Pablo Larraín. Guión: Guillermo Calderón, Daniel Villalobos, Pablo Larraín. Fotografía: Sergio Armstrong. Reparto: Roberto Farias, Antonia Zegers, Alfredo Castro, Alejandro Goic, Alejandro Sieveking, Jaime Vadell, Marcelo Alonso

Chile, 2015. Director: Pablo Larraín. Guión: Guillermo Calderón, Daniel Villalobos, Pablo Larraín. Fotografía: Sergio Armstrong. Reparto: Roberto Farias, Antonia Zegers, Alfredo Castro, Alejandro Goic, Alejandro Sieveking, Jaime Vadell, Marcelo Alonso

Pablo Larraín es, desde hace un tiempo, uno de los nombres a seguir en el mundo del cine latinoamericano. Tras el éxito por medio mundo —y me estaré quedando corto— de No (2012) por su mirada sobre las elecciones que derrocaron a Augusto Pinochet, El Club inspecciona dentro de una de las mayores máculas de la Iglesia católica: las casas de retiro donde se recluían los religiosos acusados por pedofilia, tráfico de bebés u otra clase de delitos.

El argumento nace ya con un detonante potente cuando se nos presenta al padre Matías Lezcano, que rompe la armonía que existía dentro de la casa para siempre: tras negar sus fechorías, recibe la visita de una de sus víctimas que recita sin pudor todo aquello que el cura le obligó a hacer. Tras dejarle una pistola en sus manos, Lezcano baja a encontrarse con su víctima para espantarla… o eso creemos, porque acto después se suicida. Y eso, cómo no, tendrá sus consecuencias cuando un jesuita decida investigar a los habitantes de la casa.

Lo que más llama la atención de El Club es su puesta en escena. Destaca ante todo la paleta de colores apagados —tanto azules como amarillos—, así como también la colocación de la cámara con planos muy cerrados —como es el caso de las entrevistas— en contraste con los más abiertos o incluso generales dedicados por ejemplo a las discusiones en la mesa. El resultado es una atmósfera dura y fría, muy cercana al estilo de rodar de Michael Haneke con sus dramas, o también propio de la tradición literaria de plumas como la de Juan Rulfo, donde hay tanta concisión en las palabras como crudeza en el fondo argumental.

Otro punto notable de la película son los personajes. Ese es, sin dudar, el aspecto mejor trabajado, y se nota que está a la altura del mejor cine de este año. No solo ninguno de los intérpretes deja indiferente, sino que también se consigue desde el guion crear empatía tanto con alguno de los curas —con todo su historial repugnante detrás— como con otros personajes tan turbios como ellos. La interpretación soberbia de la gran mayoría de los actores y actrices ayuda en este apartado.

Larraín construye sin tapujos una historia muy cercana a la tradición literaria más sobria y seca, y el resultado es una obra casi redonda

Sin embargo, y como siempre, hay problemas que impiden que El Club sea una gran película. Y el primero, aunque sea una cruel ironía, tiene que ver con el guion. Sí, es cierto que el último trabajo de Pablo Larraín sabe aprovechar bien los puntales de su historia y tiene una estructura seria y bien trabajada pero, por desgracia, el error está en sus formas. La película en algunos momentos toma al espectador por alguien demasiado avispado y comete el error de ser demasiado sutil en vez de especificar con algo más de claridad lo que está sucediendo en pantalla. Este hecho no afecta en general al transcurso de la película, pero sí puede generar algo de frustración en un espectador que podría ya estar entregado a la causa.

En resumen, El Club es una película turbia y sórdida que golpea sin miramientos la actitud pasiva de la Iglesia católica en sus fueros más internos. Larraín construye sin tapujos una historia muy cercana a la tradición literaria más sobria y seca, y el resultado es una obra casi redonda o incluso mejor, donde hay más pequeños desajustes pero no problemas de peso. El aficionado que busque un drama duro ya sabe qué ver antes de que se acabe el año.

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La Visita: Shyamalan vuelve a las andadas

M. Night Shyamalan llevaba unos años sin dar en el clavo. Desde su aventura con Airbender, el último guerrero, el director de origen indio parecía falto de la eficacia con la que antes culminaba…

La Visita

2015. Título original: The Visit (Sundowning) Dirección y guion: M. Night Shyamalan Fotografía: Maryse Alberti Reparto: Kathryn Hahn, Peter McRobbie, Ed Oxenbould, Olivia DeJonge y Deanna Dunagan

M. Night Shyamalan llevaba unos años sin dar en el clavo. Desde su aventura con Airbender, el último guerrero, el director de origen indio parecía falto de la eficacia con la que antes culminaba sus ideas. Por eso, quizás, este año había expectación al ver el tráiler de La Visita, una película en apariencia sencilla en la que parecía que volvía a sus orígenes para encontrar un nuevo rumbo en su carrera cinematográfica. Y, la verdad, los fans de su cine pueden estar de enhorabuena.

Revestida con la técnica del found footage y con más de un recurso del documental, Shyamalan reconstruye una versión moderna del clásico cuento de Hansel y Gretel mediante la visita de dos adolescentes a casa de sus abuelos, los cuales habían rehuido el contacto con su hija durante 15 años. Ese básico esqueleto argumental le da las teclas necesarias al director para implantarle su sello de autor.

El último trabajo de Shyamalan, y en eso radica la sencillez, cumple los patrones básicos del archiconocido viaje del héroe, pero en este caso la caverna, como en el cuento de Hansel y Gretel, es en apariencia más afable y en realidad mucho más grotesca; de hecho, esta misma palabra define y resume muy bien la esencia de la película.

En La Visita lo que más brilla de todo es la dirección y la fotografía. El bueno de Shyamalan, como dice el director Rodrigo Cortés, ejerce de maestro de orquesta y dirige con virtuosismo, haciendo fácil un trabajo de cámara muy complejo. Fijaos, si no, en el contraste entre los momentos de cámara en manos y los que pertenecen a entrevistas, o también los zooms y primeros —primerísimos, incluso— planos a los personajes. No hay nada que quede al azar y, a su misma vez, es imposible pensar que el proyecto no pueda ser más fresco, más natural.

Otro punto original —y además novedoso— dentro de la nueva película de Shyamalan reside en su mezcla de géneros. Siguen presentes los numerosos momentos de drama y de terror —con el sello del suspense, norma del director por delante—, pero además aparece un nuevo elemento que otorga frescura a La Visita: el humor más o menos negro, el cual ayuda a distender los nudos de angustia que produce la película con el paso de los minutos.

La Visita es una película que combina momentos de genialidad con otros de tan solo buen trabajo

El guion, que juega con todos esos elementos y trabaja con mucha precisión la estructura dramática, comete un desliz en su uso de los momentos graciosos. Sí, hay veces en que ese recurso agiliza la historia y le da muchísimo ritmo, pero en otras ocasiones eso juega a su contra, restando impacto al clímax de la historia, el cual en cotas de terror podía haber dado muchísimo más de sí.

La Visita es una película que combina momentos de genialidad con otros de tan solo buen trabajo. El resultado, sin embargo, es una pieza que le permite a Shyamalan dejar atrás una mala racha que duraba demasiado para alguien de su calado. El director puede decir que ya ve el futuro con otros ojos, pero no hay que engañarse: su último trabajo es tan solo un trabajo más que aceptable que abre la puerta a un futuro esperanzador para algo más que sus acérrimos fans.

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Un día no tan perfecto

Fernando León de Aranoa es de esos directores cuya forma de relatar historias crea odio o admiración. No es de extrañar: desde su conocida Barrio, su cine siempre ha orbitado entre…

Un día perfecto

Dirección: Fernando León de Aranoa Guión: Fernando León de Aranoa y Diego Farias (novela de Paula Farias) Fotografía: Alex Catalán Música: Arnau Bataller Reparto: Benicio del Toro, Tim Robins, Mélanie Thierry, Olga Kurylenko

Fernando León de Aranoa es de esos directores cuya forma de relatar historias crea odio o admiración. No es de extrañar: desde su conocida Barrio, su cine siempre ha orbitado entre el drama y el humor con el mensaje social como fondo de armario. Por eso, ver cómo el director español se rodeaba de un cast extranjero para su largometraje Un día perfecto iba a generar sus expectativas; más, aún si cabe, si la película viajaba luego al festival de Cannes.

Bajo una comedia con bastantes dosis de mala leche —necesaria en cualquier película de este género—, Aranoa dibuja junto a Paula y Diego Farias una historia que engloba a un grupo de cooperantes internacionales al final de la guerra de los Balcanes. La cinta ya arranca generando interés al estilo de las comedias de los Coen, con una dosis de humor negro excelente. Ver a Benicio del Toro ordenando que un coche saque a un muerto obeso en el fondo de un pozo —en vano— es, sin duda, una imagen que genera muchas risas. Quizás esa es la primera virtud de Un día perfecto: rebosa ritmo a raudales y siempre hay acciones, siempre pasan cosas, siempre hay movimiento.

Pero Aranoa no trata de desdibujar esa polaridad de géneros. Si bien hay momentos cómicos muy poderosos como el de las vacas, también hay el polo opuesto en todo lo que atañe a los horrores de la guerra. Aranoa no se recrea, pero tampoco oculta el lado más oscuro de un mundo temporal en el cual cada uno hace lo que puede para sobrevivir. Esa dualidad moral interactúa de lleno con todo el mundo dibujado en esta película, fluyendo con naturalidad mientras transcurre la acción.

Otra virtud excelente es que Aranoa jamás recae en sentimentalismos baratos ni desperdicia a sus personajes clave. Todos los personajes de la película, además de peculiares, aportan sus mejores y sus peores momentos. Los actores también nutren de riqueza al relato, destacando el dúo protagonista: tanto Benicio del Toro como Tim Robbins —sobre todo el segundo, en un personaje agradecido para la comedia— llevan todo el peso de una historia que a veces hace reír y otras hiela la sangre.

Pero, con todo eso, la película cuenta con sus fallas. La primera de ellas es el final, el cual, resultando muy bonito, no acaba siendo tan efectivo como parece a la vista y más antes del final de la historia. Quizás entra ahí la parte de opinión personal, puesto que esa manifestación de «justicia divina» choca de lleno con una cinta que rebosa de mala uva, de agriedad. A algunos les gustará esa forma de resolver la trama, pero otros se quedarán extrañados.

Una gran dosis de entretenimiento gracias a una ácida representación de los horrores de la guerra

Otro defecto que tiene la película es, irónicamente, en el uso de los personajes. Si bien hay cuatro o cinco personajes fundamentales, da la sensación de que hay otros que funcionan como bisagras para que Un día perfecto fluya sin problemas. Nikola me parece un personaje importante para el desarrollo, pero personajes como el de Katja o incluso el de Sergi López son prescindibles para el desarrollo de la trama. Los personajes más secundarios o «invisibles», irónicamente, tienen mucha más presencia que algunos de estos dos antes mencionados.

También hay fallos de ejecución en la banda sonora. La selección tiene algún fallo que otro, aunque por suerte también hay algún puntazo. El mayor acierto, sin duda, es el Sweet Dreams de Marilyn Manson o la inclusión de un tema de ¿ska? —¿puede ser—, pero otros casos funcionan solo como recurso y acaban volviéndose olvidables, lo cual repercute a reducir el nivel de una película a priori poderosa.

En conclusión, Un Día Perfecto consigue crear una gran dosis de entretenimiento gracias a una ácida representación de los horrores de la guerra y de las miserias que padecen día a día los miembros que se dedican a la ayuda humanitaria. Pese a ello, la película tiene más costuras de las que parece, aunque por suerte no impiden que el visionado final se disfrute.

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Blind, la locura audiovisual del año

Cuando fui el lunes al cine, una de mis ideas era ver una película intimista y Blind, la película del Eskil Vogt, entraba en apariencia dentro de los cánones. Sin embargo,…

Blind

2014. Dirección y guion: Eskil Vogt; Reparto: Ellen Dorrit Petersen, Henrik Rafaelsen, Vera Vitali

Cuando fui el lunes al cine, una de mis ideas era ver una película intimista y Blind, la película del Eskil Vogt, entraba en apariencia dentro de los cánones. Sin embargo, las apariencias engañan: la película del director noruego sí tiene más dinamita de la que parece.

Para no desgranaros el argumento, he aquí una muestra de lo que os viene. En Blind la protagonista es una ciega que vive junto a su marido en un piso de nivel. Sin embargo, ella no sale, apenas se mueve, y decide quedarse en casa y dedicarse a disfrutar de la vida dentro de ella, evadiéndose de sus propios problemas.

El argumento, que en principio no parece tener mucha miga, se mezcla con dos personajes más: por un lado está una chica sueca que se muda con su exmarido a Noruega para poco después quedarse soltera y aislada del mundo que la rodea; por el otro está Eidan, un solitario individuo que se refugia en el porno hasta tal punto que acaba creando un entorno repleto de obsesiones. Ahí es, sin duda, cuando empieza la verdadera miga del largometraje.

Lo que en apariencia es un drama intimista se convierte en una historia de vidas cruzadas que, a su vez, se convierte en una locura narrativa. La puesta en escena que Eskil Vogt monta está a la altura de los Michel Gondry o Cristopher Nolan, donde un argumento en apariencia sencillo se convierte en una paranoia constante. Al final, si el espectador entra en la película, incluso no sabe ni dónde ni en qué punto se encuentra, o si está en los terrenos de la realidad o de la ficción.

Ese prodigio, tan extraño en los días que corren, no es un artificio vacuo, sino que además construye y acompaña un fondo importante, donde temas como la soledad, la marginalidad, la depresión o la autodestrucción cobran una gran importancia en un final donde todo artificio se desmonta y queda la realidad. Ese, por desgracia, es el fallo de la cinta: Vogt acaba abandonando el esqueleto para crear un final que, aunque lógico, acaba creando una decepción sobre toda esa puesta en escena tan brillante que construye alrededor de su historia.

Es ese ambiente de metaficción y de ruptura del espacio-tiempo del relato, sin embargo, lo que puede provocar también una enorme frustración; al fin y al cabo, el ejercicio visual que propone el guionista de Oslo, 31 de agosto puede acabar frustrando debido a la enorme cantidad de minielipsis, pantallas en negro y rupturas en todos los términos, aunque por suerte el relato se mantiene dentro de lo que quiere contar y nunca, dentro del concepto del que habla —la ceguera— se dan historias lacrimógenas ni soluciones fáciles, sino que se opta por una forma compleja que le da un fondo innovador a un relato que para nada resulta facilón a la vista.

En resumidas cuentas, Blind es al drama lo que Gondry y sus primeras películas fueron a la comedia romántica, pero considero que Eskil Vogt no solo se ha lucido a la hora de construir ese relato, si no que ha dado un paso más allá y ha demostrado que las propuestas más rupturistas no tienen para nada que alejarse de una propuesta sencilla, interesante y llena de matices dramáticos.

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Juego de Trileros

Normalmente, es mi compañero Jean Cité quien solía hablar de la serie Juego de Tronos. No le culpo: al fin y al cabo, la serie tiene sus fallas y hay gente que…

Normalmente, es mi compañero Jean Cité quien solía hablar de la serie Juego de Tronos. No le culpo: al fin y al cabo, la serie tiene sus fallas y hay gente que no soporta verlas en pantalla. Sin embargo, creo que es la primera vez que escribiré sobre la última temporada del producto de estrella. Siento decirlo, me sabe mal, pero si tuviéramos que titular esa temporada en concreto la respuesta sería sencilla: Juego de Trileros.

¿Por qué ese título? Bueno, quien haya visto la temporada y leído los libros sabrá el encaje de bolillos que han tenido que hacer el dúo formado por David Benioff y D. B. Weiss. Y, pese a ello, el resultado no ha podido ser más decepcionante. La temporada, que apuntaba momentos muy álgidos, ha contado con un reparto muy desigual. De hecho, los seis primeros episodios han sido, como ha mencionado antes Jean Cité en otros artículos, el aburrimiento hecho diálogo. Sin embargo, repasémoslo todo con la calma.

El primer problema de la quinta temporada de Juego de Tronos es que el significado de diálogos como acción en algunas tramas ha sido inexistente. O peor: algunas de esas historias corales no avanzaba. Un ejemplo claro es la trama de Arya, la cual apenas ha tenido alguna clase de evolución en seis capítulos. Solo los dos primeros y los dos últimos han sido realmente relevantes. ¿El resto? Bueno, pues aprendiendo el oficio, siendo sutiles, pasando el rato entre tortazo y tortazo… En resumen, un desastre durante la parte intermedia de la temporada.

Si bien el guion está construido de perlas en términos de estructura dramática, la estrategia emocional empleada ha sido insuficiente o incluso pobre

Otra trama sin sentido ha sido la de Brienne. De hecho, el personaje —uno de mis favoritos— solo ha servido para los dos últimos capítulos. ¿Qué más hace? Visita a Sansa, búsqueda de esta y conversar con Podrick. El plano de Brienne observando un castillo a lo lejos debe de ser uno de los mayores momentos de vergüenza ajena en toda la serie.

Otro asunto en el que han sido unos trileros es en términos de producción y ejecución de escenas, y ahí podemos mirar los escenarios de Dorne y el campamento de Stannis. Dorne ha pecado de ambas cosas, de hecho; el I am Obara Sand, who do you fight for? quedará para la historia como uno de los peores momentos de la serie. Bueno, toda la escena de pelea, de hecho. Además, y hablando de peleas mal resueltas, podemos incluir a medias la subtrama de Meereen, la cual ha pecado también del mismo defecto. Por suerte, y pese a su irregularidad, hay bastante trama y toda bien configurada en un apogeo final fantástico.

La parte del campamento de Stannis es otra prueba de que no se ha sabido encajar la historia al metraje acordado. Si bien el guion está construido de perlas en términos de estructura dramática, la estrategia emocional empleada ha sido insuficiente o incluso pobre, y la escena de la pira, que debería habernos helado la sangre y sacado una lagrimilla, ha quedado a medio gas. Pregunta: ¿alguien ha visto a Stannis dudas y sufrir con el dilema después de decirle a su hija lo mucho que la quiere?

En definitiva, tenemos ante nosotros la peor temporada de la historia de Juego de Tronos

Esos, sin duda, son los puntos flojos de la serie. Podríamos hablar también de Sansa, pero al menos ha habido evolución —fingida— y algo de acción dramática por su parte. Y ni hablar mal, por supuesto, de Desembarco del Rey y del Muro, que son de largo las mejores subtramas de toda la temporada.

Ahora pasemos a los buenos puntos. Pese al efectismo de trileros de los últimos tres episodios y el aburrimiento casi establecido en el acto intermedio de la temporada, hay que decir que la serie sigue teniendo la misma esencia y algunos personajes no solo han ganado carisma sino también profundidad e incluso cambios de muy buen calado como Melissandre, Stannis o Theon/Hediondo. También cabe decir que las muertes efectistas al menos no son un vacío insustancial para abrir la boca del espectador, sino que saben cuándo y cómo usarse.

Y, sobre todo, hemos visto que el grupo de guionistas no se ha perdido por los cerros de Úbeda o han dirigido la serie hacia donde querían sin respetar a sus personajes. Ahí está, ante vosotros, el tremendo despliegue realizado en Casa Austera, preludio de una de las declaraciones de intención de la serie: los elementos fantásticos están ahí. ¿Qué por qué lo digo? Bueno, yo creo en la siguiente temporada.

En definitiva, tenemos ante nosotros la peor temporada de la historia de Juego de Tronos. Son unos diez capítulos decepcionantes en su mayoría con el espíritu inicial de la serie, pero siguen siendo, se quiera o no, la misma serie, con el mismo trasfondo y con muchas, pero que muchas tramas abiertas para dos temporadas que, de estar bien manejadas, prometen mucho. Esperemos —y crucemos los dedos— para que esta sea la única temporada de Juego de Trileros.

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La casa del tejado rojo: ñoña pero bonita

Los que me conozcan saben que si hay un género al que atizo es el romántico. Suele pecar de facilón, de no saber cuidar a sus personajes y de finales…

Los que me conozcan saben que si hay un género al que atizo es el romántico. Suele pecar de facilón, de no saber cuidar a sus personajes y de finales donde abundan las lagrimillas y poco la estructura lógica. Por suerte, hay excepciones dentro de este género, en el que el guion es cuidado hasta el más mínimo detalle y los personajes son verosímiles en su forma de actuar. A ese grupo pertenece La Casa del Tejado Rojo, de Yoji Yamada.

El primer impacto de la película se produce desde su estructura. Empezamos con el funeral de una tía abuela, Taki, la cual nunca ha tenido hijos. Su sobrino, Takeshi, quiere que escriba sobre su vida y ella accede. A partir de aquí se produce el «doble relato»: por un lado, la historia de ella como sirvienta con dieciocho años, en la casa del tejado rojo y con sus propietarios; por el otro, la mujer, ya mayor, con su sobrino al lado. ¿Fórmula usada? Hasta la saciedad y desde los inicios de la novela epistolar. Eso sí, funciona con sentido.

Un ejemplo claro es el guion. Se juega con un doble relato —el presente y el contado por Taki—, sirviendo este también como una doble historia. Así, el guion tiene dentro de sí varias utilidades. La primera de ellas es, cómo no, la identificación con el papel de la sirvienta en la historia del pasado, jugando con la sorpresa hasta que finalmente se confirma quiénes tendrán una historia de amor, aunque también sirve mucho para ver esa historia de culpa y redención dentro de un contexto tan espinoso como era el Japón de los años treinta y cuarenta, donde el machismo era el pan de cada día y el adulterio era una infamia.

Yoji Yamada se encarga de añadir unas pinceladas de humor que ayudan al relato a hacerse más llevadero

Otra virtud de la historia, y que pertenece al guion también, es su dosificación de elementos. Si bien aquí el drama y el romance son las notas predominantes, Yoji Yamada se encarga de añadir unas pinceladas de humor que ayudan al relato a hacerse más llevadero en sus tramos iniciales. A pesar de ello, algunos de estos descansos son más paródicos que otros, pareciéndose más a las películas de Studio Ghibli y similares en forma. Sin embargo, eso no resta en calidad al largometaje, si no que le dota de una ingenuidad naíf que contrasta bien con el desenlace amoroso en la famosa casa del tejado rojo.

Otro elemento destacable es la dirección. Cada plano tiene un recurso y una intención muy marcados, y la cámara sabe muy bien dónde enfocar el drama y sobre quiénes. Se nota mucho sabiendo que viene de estrenar Una familia de Tokio —remake de Cuentos de Tokyo de Yasujiro Ozu— y salir airoso de una historia así requiere una gran dosis de sensibilidad cinematográfica. Y, si bien no podemos comparar los géneros de ambas cintas, sí queda claro la enorme sutileza con la cual La Casa del Tejado Rojo describe una historia sencilla y sin demasiados alardes.

La Casa del Tejado Rojo es una película romántica más que idónea para pasar un buen rato

A pesar de ello, y ya que hablamos de sencillez, hay que decir que la película tiene varios errores graves. El primero y más llamativo de ellos es la producción. Si nos centramos en la parte del pasado, resulta llamativo fijarse en los escenarios de cartón-piedra que rodean la casa del tejado rojo. Quitando los motivos que pudiera haber, esa torpeza resulta muy incómoda para una historia que se toma mínimamente en serio. Es, a día de hoy, como los cromas de las cintas a las que se les acaba el presupuesto. Y eso duele a la vista.

Pero el otro error forma parte del guion. Pese a que se sostiene con una fuerza tremenda durante casi todo el metraje, el hecho de eliminar el papel del amante de la historia presente resulta una puñalada en el estómago, y más cuando se ha introducido un dato dramático sobre la posible muerte del diseñador de dibujo. Dejar fuera ese cabo suelto, guste o no, también baja mucho el nivel de la obra, aunque Yamada elige bien sus piezas y sabe encarar bien los últimos minutos, donde a la abuela se le acaba concediendo el perdón con un buen cierre.

En definitiva, La Casa del Tejado Rojo es una película romántica más que idónea para pasar un buen rato, sobre todo si el espectador no quiere sentirse que le toman el pelo. No es para todos los paladares al ser una película nipona, sí, pero su sutileza en la forma y su delicadeza respecto a las emociones de sus personajes la convierten, a día de hoy, en una obra válida para echarle un vistazo.

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Calvary: De pardillos va el juego

He de reconocer que no sabía nada de Calvary, segundo largometraje de James Michael McDonough. Sin embargo, el tráiler y la premisa que tenían eran tan llamativas que no pude…

He de reconocer que no sabía nada de Calvary, segundo largometraje de James Michael McDonough. Sin embargo, el tráiler y la premisa que tenían eran tan llamativas que no pude evitar echarle un vistazo. Al fin y al cabo, si hay algo que considero muy difícil de realizar es una comedia negra, y más con esas características.

Para ponernos en situación, la acción empieza, cómo no, en un confesionario, donde el padre James Lavelle —tremendo Domhall Gleeson— recibe una amenaza de muerte de uno de sus pueblerinos. Según él, matar a un cura amable es la mejor venganza para acabar con su trauma, que no es otro que otro cura —fijaos en la ironía del asunto— que le violó de niño. Si bien he hecho un spoiler, creo que tampoco es tan grande cuando la escena, construida desde un diálogo mordaz, define la perfección.

Y es que seamos honestos. La película tiene la virtud de tener un envoltorio tremendo. Los diálogos son graciosos y están llenos de sarcasmo e ironía, y cada personaje es, valga la redundancia, tan o peor personaje que el anterior. Vamos, justo lo que pide una comedia negra. Y en medio, cómo no, está el payaso blanco, ese curra llamado Brendan Gleeson que se come la pantalla.

Otra virtud increíble es la banda sonora de Pattrick Cassidy. No solo me parece soberbia al escucharla, sino que también se usa de fábula. Sabe dónde se la necesita y acude sin pretensiones, acompañando al largometraje sobre todo en su viraje hacia el drama. Los actores, elenco tremendo aparte —reconocerán al Meñique de Juego de Tronos, pero ojo a Chris O’Dowd o a Domhall Gleeson—, también ayudan a sostener una cinta con una apariencia sólida.

Calvary es una buena comedia negra que satiriza la sociedad profunda irlandesa y la misma Iglesia Católica

Sin embargo, y como me ha pasado con las últimas películas, Calvary peca de tener un contenido peor que su estética. Al contrario que Nightcrawler o Whiplash, no se debe a un mensaje vacío ni a la falta de chicha, sino a que el guión parece llevar a sus personajes donde quiere llevarlos. Eso se nota mucho en el cambio drástico que rompe entre las dos partes de la película, donde el humor negro da paso al drama existencial del protagonista. Da rabia en esta clase de ocasiones, pues a pesar de estar bien hilado ese salto que se produce en algunos de los personajes queda algo confuso y drástico por querer ser muy sutil.

Eso, en un tour de force donde el peso cómico le da una riqueza tremenda, mancha un poco los resultados de mostrar una sociedad decadente, provista de un egoísmo tremendo en el que solo unos pocos, los más mayores, son los más tolerantes de todos, mientras el resto, como dice la hija, son unos auténticos gilipollas. Y eso el guión no lo aprovecha, y en vez de ser sutil en su tono y en su deriva pega un cambio innecesario en una cinta que se había tomado en serio sin haber sido pretenciosa.

Aún así, y a pesar de mis prejuicios, Calvary es una buena comedia negra que satiriza la sociedad profunda irlandesa y la misma Iglesia Católica, buscando reflexionar sobre el ser humano, las culpas y los remordimientos. El resultado es decente, la verdad, pero tengo la certeza de que la cinta podría haber acabado siendo una de las mejores películas del año.

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Nightcrawler, valiente pero fallido

Dan Gilroy, guionista de El Legado de Bourne, había sido periodista durante bastantes años. Quizá ese fue el motivo y el germen por el cual nació su primera película como…

Dan Gilroy, guionista de El Legado de Bourne, había sido periodista durante bastantes años. Quizá ese fue el motivo y el germen por el cual nació su primera película como director, Nightcrawler, un thriller muy valiente con sus dosis de sátira que habla, cómo no, de los merodeadores —¿o mejor mercenarios?— de noticias de sucesos y accidentes, cada cual, si se puede, más escabroso que el anterior.

La apuesta convenció a Jake Gyllenhal, quizás el primer y gran bastión de la película, quien interpreta a un joven sin escrúpulos llamado Louis Bloom. Es curioso ver lo bien construido que está y lo mezquino y retorcido que puede llegar a ser. De hecho, las primeras escenas lo retratan a la perfección. Ahí se ve como el tipo, que es casi un delincuente de poca monta, roba alambre cerca de las vías del tren, apaliza a un guardia de seguridad que iba a denunciarle y, poco después, marcha a una ferretería para vender el alambre y ya de paso venderse al jefe del local. Este inicio, más allá de definir al personaje al milímetro, es una herramienta tremenda para generar interés en el espectador y de retratar con ironía el mundo actual.

Pero, ¿hay algo más válido en la cinta? Pues sí. Como me resultó Whiplash, la película rezuma intensidad y ritmo por los cuatro costados. No es para menos si vemos que quien está al mando de la nave tiene una dilatada experiencia en el thriller y en la acción, y eso se nota. Raramente Nightcrawler pierde interés durante casi todo el metraje. Desde el momento en que Louis Bloom coge la cámara, la acción va a más y más. Gilroy juega con el peligro para eliminar el arco de transformación de este personaje. ¿Para qué, si Louis Bloom es un ser mezquino y odioso pero lleno de carisma? En ese sentido, la película acierta de pleno.

Otro acierto enorme, o suerte para el director, fue que Jake Gyllenhal aceptó el primero al ver el guion. El actor es un experto a la hora de detectar thrillers valientes e interesantes, y después de las cintas de Denis Villenueve alguno se preguntaba qué haría si encarnase a un personaje psicótico. Bien, ahí tenía la respuesta delante de sus narices con Nightcrawler, sí, pero el mayor precedente de ese papel se encontraba en el videoclip de Time to Dance de The Shoes. El largometraje también consigue un buen resultado con el resto de actores, casi todos cumpliendo un muy buen papel. Destacan por encima del resto Rene Russo como Nina y Riz Ahmed como Rick —y un papelón a sus espaldas como fue ser protagonista en la comedia Four Lions—.

Sin embargo, la película también peca de bastantes errores. Pese a su valentía, la parte de la sátira se difumina con el paso de los minutos hasta hacerse inexistente hacia el final. Gilroy ejecuta su propuesta cinematográfica con un final que deja descolocado o incluso frío al espectador. En ese momento, el ritmo se vuelve brusco de golpe y pierde toda la frescura y la acidez que se llevaban registradas en los 95 minutos anteriores. Y duele decirlo, la verdad, pero al César lo que es del César.

En general, Nightcrawler es un thriller interesante, valiente y mucho más atrevido que muchas de las cintas que se han presentado a los Oscars. Y a pesar de ello, peca de una ejecución final pésima que acaba lastrando un mensaje potencial interesante y a la vez muy perverso: que los canallas son los que gobiernan el mundo y se marchan de rositas. ¿Merece un Oscar? No, pero Dan Gilroy acaba de descubrirse como un futuro interesante para el buen cine comercial.

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La oveja negra de Hollywood no es tan especial

Una sala. En ella, un chico improvisando con la batería como loco. Aparece J. K. Simmons, investido como el sargento Hartman del jazz. El chico toca para regalarle los oídos,…

Una sala. En ella, un chico improvisando con la batería como loco. Aparece J. K. Simmons, investido como el sargento Hartman del jazz. El chico toca para regalarle los oídos, el sargento se va haciéndole un corte de lo lindo y, sin venir a cuento, vuelve para recoger la chaqueta y se va. Ese no solo es el principio, sino también el tono de Whiplash, un corto que ya había existido en las manos del mismo director Damien Chazelle.

Si algo tiene la película indudablemente es ritmo. Es una de las virtudes de la cinta y se demuestra. Según Chazelle, se basó en el género bélico y lo trasladó hacia el ritmo de una batería. El encuentro, en ese sentido, funciona bien: sabe cuándo frenarse, cuándo acelerar y sobre todo qué plano y qué diálogo emplazar en cada frase. Además, para nada se corta con los elementos de ese género: la sangre, el cara a cara, la tensión dramática… La fórmula mil veces sabida siempre funciona, aunque esta vez sea trasladada en su versión más cercana a la primera parte de La Chaqueta Metálica. De hecho, no se puede descartar el hecho de que Chazelle planteó el guión de largometraje junto con el del corto, y el resultado es un ritmo impecable y bien pulido.

A pesar de lo cliché que puede resultar el profesor de jazz —buenos días, Sargento Hartman—, el duelo funciona con coherencia y es el elemento que permite captar nuestra atención

El guión juega a un tour de force en el que el protagonista las pasa canutas y es absorbido por el espíritu espartano de su profesor, quien no duda en tirarle un plato en la cabeza al mínimo error. No obstante, y a pesar de lo cliché que puede resultar el profesor de jazz —buenos días, Sargento Hartman—, el duelo funciona con coherencia y es el elemento que permite captar nuestra atención.

Sin embargo, hasta ahí se acaban sus virtudes. Si bien la cinta tiene ritmo y una idea que funciona muy bien, da la sensación de que las tramas secundarias, por lo general, son un pegote narrativo más o menos acondicionado para la idea que generó el corto. La subtrama del padre se entiende, es coherente y encaja durante casi todo el metraje, pero la relación del chico con su pareja no tiene sentido más allá de una o dos escenas. ¿Por qué demonios se le ocurre al señor Chazelle introducir esa subtrama hacia el final de una manera tan torpe? Esos pequeños detalles pueden ser tolerados, pero en mi caso pasaron factura.

Aún así, hay que decir que tres partes de la película son muy notorias. La primera es el inicio, que pese a partir de una forma abrupta atrapa el interés de los espectadores y les mete en ese tono entre thriller, cine bélico y drama con métodos cuasi espartanos de por medio. El segundo se produce entre la mitad y el final de la película, donde se produce una explosión tremenda en uno de los conciertos. Y la tercera, dentro de todo el final, pues aunque mal concebido en su forma sí cobra sentido en la estructura narrativa y culmina con un clímax que a buen recaudo no dejará indiferente a nadie.

Como apunte complementario, cabe decir que Milles Teller, actor de otra cinta decente como es The Spectacular Now, borda su actuación tanto o más que J. K. Simmons. Y es que, dentro de ese descenso a los infiernos que representa Whiplash, se esconde una película que vale para pasar el tiempo. Sin embargo, y como el batería cuando toca Caraban, el largometraje juega a un swing a doble tiempo el cual solo puede alcanzar alguna vez que otra. Si esperaban una perla del cine independiente, muy probablemente sean convencidos… a medias.

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Mommy, Dolan y Edipo

Xavier Dolan-Tadros puede sentirse orgulloso de haberse ganado el corazón de los académicos más exquisitos. Todas sus películas han sido seleccionadas por el festival de Cannes. No es para menos: el enfant terrible,…

Xavier Dolan-Tadros puede sentirse orgulloso de haberse ganado el corazón de los académicos más exquisitos. Todas sus películas han sido seleccionadas por el festival de Cannes. No es para menos: el enfant terrible, pese a repetir hasta la saciedad los mismos temas desde su opera prima Yo Maté a Mi Madre —donde él actúa, por cierto—, es capaz de darle una vuelta inusual a sus obras. Siempre encuentra nuevos filones, nuevas formas de expresión artísticas, nuevas formas de sorprender. Y, pese a tener las mismas señas que en toda su carrera, se puede afirmar con tranquilidad que Mommy es, a día de hoy, el mejor de sus largometrajes.

La película ya cuenta, per se, con una premisa a la par o más interesante que la de Lawrence Anyways. En este trabajo, el argumento nace de una Canadá ficticia en la que los menores de edad con problemas de conducta son un problema. Por eso, el partido ganador de las elecciones de 2015 propone una ley especial, la S-18, en la cual los progenitores pueden deshacerse de ellos mediante unos hospitales psiquiátricos. En ese entorno conocemos a Diane, una madre cuarentona con mucho sarcasmo acumulado, algo de encantos de mujer en reserva, un hijo problemático con TDAH de paquete y cero estudios. Por el otro lado está Steve, el chico en cuestión, un personaje situado entre los arranques de ira, la adolescencia de cualquier chico de su edad y un carácter tan sensible como atrevido. Ellos dos coexisten en un entorno entre la dulzura, la ironía y la violencia hasta que, en un episodio concreto de la película, Kyla, la vecina de al lado, irrumpe para echarles una mano. Y una vez llegue todo cambia.

Lo que llama la atención de Mommy es que la forma se adapta al contenido de fondo, y ambos están a la par. De hecho, el problema que siempre ha tenido Dolan con su filmografía es que, pese a su tremenda habilidad como director, sus historias quedaban algo rezagadas en cuanto al fondo y a la profundidad. Incluso en Lawrence Anyways, su trabajo anterior, se podía notar como había partes en las que, pese a la preciosidad de los planos, el espectador podía sentir que a la película le sobraba metraje o se hacía pesada en determinados momentos. Este no es el caso de Mommy. De hecho, incluso el formato 1:1 —para que nos entendamos, como una pantalla de móvil— sirve exactamente para su propósito, que es añadir atmósfera a la cinta. Se nota un cuidado especial en ese aspecto, y se agradece que todo este pensado al más mínimo detalle.

No es solo el formato lo que llama la atención

Pero no es solo el formato lo que llama la atención. También el uso de la música es más efectivo que el de sus anteriores trabajos, logrando con ello dar atmósfera y profundidad a sus escenas. Además, da el metraje justo y necesario a cada uno de sus elementos y, es más, ¿alguien habría pensado que una escena de un baile con una canción de Celine Dion iba a funcionar tan bien para contextualizar el lado bueno y las relaciones de los tres personajes protagonistas? Yo no, sin duda, y es esa concreción lo que hace que Mommy esté por encima del resto. Es más, cada escena muestra una pequeña sección más de los personajes, por mínima que sea.

Pero, como todo, hay partes que la distancian de ser una obra maestra. La primera es la de no responder a ciertas preguntas sobre Kyla, dejando a ese personaje más como un espectador de la realidad que le toca que no como alguien con una entidad poderosa. ¿Por qué no se menciona nada de su vida, o si se hace se muestra tan poco? Personalmente, el personaje de Kyla merecía la misma clase de brocha sutil y eficaz que la que se otorga a Diane y a Steve, y eso que Suzanne Clement interpreta una de las escenas más brillantes del largometraje. Enseñar algo más de Kyla no habría hecho daño, sobre todo cuando hablamos de su pasado.

Se aprecian algunas referencias —¿podría ser?— a una película como Los 400 golpes

El otro punto flojo es su final. Se aprecian algunas referencias —¿podría ser?— a una película como Los 400 golpes, sobre todo si hablamos de la última parte. Lo que sí va a mal, aún así, es que, como siempre, el final parece no terminar nunca una vez se llega a una de las carreras más potentes de lo que llevamos de siglo. Si bien hay ciertos retazos de Diane que sí interesan al espectador, es posible que al resto no le interese tanto por muy atractivo que sea la forma que nos ofrece.

Sin embargo, lo más preocupante es el futuro de Dolan-Tadros en sí mismo. Desde Yo Maté a Mi Madre, el director canadiense no ha parado de hablar casi siempre de los mismos temas. Aunque solo sea en parte, la temática maternal siempre ha estado presente en su filmografía, y como espectador y admirador de su carrera, se levanta la leve angustia de pensar que Dolan ya ha llegado a contar todo lo que podía contar en esa materia. Las preguntas que quedan en el horizonte son varias. ¿Podrá Dolan superar el nivel de Mommy, que de por sí ya es muy alto? ¿Está empezando a agotar todo lo que tiene que contar? ¿Llegará a transformarse como contador de historias antes de que la gente se canse de él a medio-largo plazo?

Está claro que, con tan solo 25 años, hay mucho que le queda al enfant terrible de América por contar. Por suerte, y mientras tanto, tenemos a Mommy, que es una de las mejores películas del año pasado y de lo que llevamos de década. Y es que pocas veces, en el mundo del cine, se ha visto un talento tan brillante como el de Dolan-Tadros para dar nuevos recursos y significados a un tema tan universal como es el de las relaciones entre madre e hijo.

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Black Mirror: Ay negra, negra Navidad

Si hablamos de high concept, Charlie Brooker debe de ser uno de los mejores en su terreno. En Dead Set ya hizo amagos de su personalidad narrativa, y Black Mirror supuso un punto…

Si hablamos de high concept, Charlie Brooker debe de ser uno de los mejores en su terreno. En Dead Set ya hizo amagos de su personalidad narrativa, y Black Mirror supuso un punto especial para todos los fans de la ciencia ficción. Esa mezcla entre sátira, drama y mala hostia futurista se ha ido repitiendo siempre, capítulo tras capítulo, y tras ver como la tercera temporada no termina de arrancar, nos ha llegado ese caramelito del cielo que se llama White Christmas. Eso sí, lo único blanco de esa Navidad es la cara que se le va a quedar a quien vea el episodio… y bueno, poco más.

El episodio nos sitúa en una cabaña donde dos hombres han convivido durante cinco años seguidos. En ella están una especie de Hitch más cabroncete que el original —hola, Jon Hamm—, y un tipo apocado y muy reservado —hola, Rafe Spall—. Mientras el bueno de Hamm prepara un estofado navideño, ambos hombres intiman y se cuentan sus secretos, cada uno más retorcido, así como sus penas, que nacen de una sociedad donde unas lentes especiales gobiernan por encima de todo nuestras relaciones sociales.

Vamos a entrar en materia. Este episodio bien podría haber sido el mejor de la serie por dos motivos. El primero es su tremenda estructura, la cual casi que va en consonancia con la dirección. Pocos casos se habrán visto de una sincronía parecida en la historia de la televisión, y es que el espectador —o sea, servidor y usted— va a poder quedarse más embobado imposible. Eso, cómo no, se une a un esqueleto tremendo de tres partes en el que las pequeñas piezas guían hacia su final. De hecho, si algo me ha ido impresionando con el paso de las horas es cómo es capaz de dosificar Charlie Brooker el guión.

Ahora siento deciros que empezarán a llover spoilers como soles.

Y es que es imposible no analizarlo todo en las tres partes que toca. Para empezar, tenemos la parte inicial, que presenta el universo del episodio y la realidad del date advisor de Hamm. A mi juicio, esa es sin duda la mejor parte del episodio y la menos convencional, así como la más inteligente. Funciona muy bien el recurso de darle voz al personaje y luego ver la realidad de lo que sucedió. Además, Brooker juega aquí muy bien con la tensión, pasando de la sexual a la más cruda, pues aquí putea a sus personajes de forma espléndida. Y por si fuera poco, llama mucho la atención la gama cromática del espacio, la cual ayuda mucho a crear el ambiente. Bueno, eso y los actores —hola, Natalia Tena—.

La gran cagada de White Christmas es, sin duda, su final

Se aterriza en la segunda parte. Aquí ya llegan las píldoras interesantes, introduciendo conceptos como los del bloqueo y los de la inteligencia artificial, donde aparece Oona Chaplin. Hay que decir que a partir de aquí hay un bajón de nivel, pero tiene su porqué, ya que sirve de lo mismo que ha servido el inicio, aunque se agradece la presentación del artilugio en términos de puesta en escena. Y es que Brooker ha sembrado los vientos para introducir, ya sí, la segunda parte, que es la de Rafe Spall.

Aquí la historia se vuelve mucho más convencional, usando los recursos que da el episodio para hablar de lo que sucede muchas veces. En este caso, Brooker ejecuta los mecanismos con orden y pulcro, desde el momento en que ilustra a la pareja hasta que se acaba de relatar la historia. No tiene tanto poder como la parte inicial, sí, pero se deja ver con facilidad y está bien ensamblada. Sin embargo, empiezan a verse fallos en ese armatoste, y es que servidor no puede creerse la forma en que se ejecuta el bloqueo inicial. He ahí, por desgracia, la primera trampa de Brooker, para que todo pueda ir hacia donde él quiere.

Pero ay, amigos, no todo lo bueno podía suceder. La gran cagada de White Christmas es, sin duda, su final. Duele mucho ver cómo unos 40-45 minutos tan bien tratados y sembrados acaban con varios detalles tan mal introducidos que parecen un deus ex machina. A ver, Charlie, ¿cómo demonios puede introducirse una persona en la mente artificial de otro? ¿Desde cuándo se puede ambientar un escenario artificial de esa forma? Si bien las referencias a películas como el final de Código Fuente están ahí, esas trampas resultan ya irremediables. Lo que podría haber sido el mejor capítulo de la serie se ha quedado, por desgracia, en un producto interesante. Sin embargo, de ese producto solo vemos dos cosas: uno de los esqueletos técnicos más poderosos de la década y un guión, por desgracia, que se queda atrás. Y si aún seguís sin creerme, dos o tres visionados bastarán.

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Las musarañas ríen y dañan al mismo tiempo

Dicen de las musarañas que son seres huidizos, los cuales cavan y cavan metros de túneles para protegerse. Quizás eso era lo que necesitaba el espectador, protegerse al mismo tiempo….

Dicen de las musarañas que son seres huidizos, los cuales cavan y cavan metros de túneles para protegerse. Quizás eso era lo que necesitaba el espectador, protegerse al mismo tiempo. Sin embargo, no ha hecho falta, pues Musarañas forma parte de lo mejor de cine español que llevamos este año. Y es que, se quiera o no, estamos ante una obra redonda.

Quizás me influencia el festival de cine de Sitges. Lo sé: la carne es débil y entre cinéfilos nos apoyamos. Pero, pensándolo bien, este largometraje ofrece, como bien ofrece Magical Girl, un cine de género a la española. Y la verdad es que aunque los parecidos con Misery van a producirse, el resultado final va más allá y adquiere una mezcla de genes interesante de los últimos tiempos de nuestro cine.

Repasemos sinopsis comercial de Musarañas. La historia enmarca a dos hermanas, una mayor y otra más pequeña, en la España de los años 50 y 60. En ese universo, Montse (Macarena Gómez), ha criado bajo las enseñanzas de Dios y una férrea disciplina a su hermana menor, papel interpretado por Nadia de Santiago, que cumple al empezar la película la mayoría de edad. Montse quiere mantener a su hermana a salvo a toda costa de los hombres, pero la irrupción del vecino de arriba, Carlos (Hugo Silva), obliga a Montse a replantear todos sus esquemas mientras acusa la agorafobia que sufre.

En quince minutos uno puede notar no solo lo exquisito que es el tono de la película, sino también la mano de Álex de la Iglesia. Y es que, se quiera o no, el humor negro del director —que no es su película, recordemos— está claramente ahí. Dicen los dos directores, Esteban Roel y Juan Fernando Andrés, que son grandes admiradores de su obra, y por lo que parece Sofía Cuenca también, pues en el guión se nota. Su virtud, aunque no lo parezca por el tráiler, es la de vascular a partes iguales entre el thriller psicológico con humor negro made-in Álex de la Iglesia. Eso sí, la mezcla, que podría ser fallida, es muy buena, tanto que puedes pasar de agobiarte a reírte en cuestión de segundos. ¿Recuerdan, si lo han oído, la gracia sobre Hiroshima que luego se vuelve un relato trágico? Pues aquí tiene sus dos tazas de café delicatessen.

Su virtud es la vascular a partes iguales entre el thriller psicológico con humor negro made-in Álex de la Iglesia

Ojo. Con eso no quiero decir que la película sea una obra maestra. De hecho, ni más lejos. Si bien la relación entre las dos hermanas es un tesoro y la construcción de Montse como personaje es fantástica desde el guion y desde la actriz, hay otros puntos sobre los que la película cojea más. El que chirría, por ejemplo, es el final. Si bien hay partes clavadas, la violencia desenfrenada en algunos momentos se pasa de rosca. Quizá entro en disonancia con el público general, pero a pesar de tener un arranque algo lento su final es el que más me preocupa, pues es lo que comúnmente se menciona como «ensalada de tiros». En este caso, creo yo, flojea más la película, pues si bien esa «explosión termonuclear» funciona, aquí se podría haber usado más humor negro o más sutileza para abordar la idea en lugar del gore.

Por suerte, todo ese bajón precede a una escena final donde se descubre todo el pastel. Y esta vale mucho la pena, tanto como para equilibrar la balanza de los últimos treinta minutos. Pero claro, eso si cuentan que a servidor se le escapó la lagrimilla. Sin embargo, hay que ser sincero: es una película que vale mucho para verla en Navidades, y que me parece junto a Loreak Magical Girl lo mejor del año. Lo puedo segurar, señorías: el poco metraje que tiene se pasa volando, y ojalá Macarena Gómez reciba una recompensa seria por ello.

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Vermut, trucos de magia y niñas de fuego

El año pasado vi una película que me pareció lamentable. No fui el único que coincidió en ello en un Master de Guión, y el pobre hombre que la dirigió…

El año pasado vi una película que me pareció lamentable. No fui el único que coincidió en ello en un Master de Guión, y el pobre hombre que la dirigió fue Carlos Vermut. Sin embargo, he de decir que, un año después, el director madrileño ha conseguido callarnos la boca.

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De perdidos a la trampa de Flynn

Hace nada tuve la oportunidad de ver Gone Girl, o como la llaman en España Perdida. La película prometía mucho al ser el grandísimo David Fincher, el cual merece presentación ninguna. Además, a…

Hace nada tuve la oportunidad de ver Gone Girl, o como la llaman en España Perdida. La película prometía mucho al ser el grandísimo David Fincher, el cual merece presentación ninguna. Además, a bombo y platillo repartían publicidad y se presumía por ello una película interesante sobre el seguimiento de una mujer desaparecida. Pero como siempre, no es oro todo lo que reluce y menos cuando es la publicidad la que predomina sobre el boca a boca, por lo que me limité a ir al cine para analizarla.

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El niño y los hombres

Hace nada tuve el privilegio de ver «una de las películas españolas del año»: El Niño. Bueno, así lo vendía Mediaset a bombo y platillo. Sin embargo, la respuesta fue muy divergente.

Hace nada tuve el privilegio de ver «una de las películas españolas del año»: El Niño. Bueno, así lo vendía Mediaset a bombo y platillo. Sin embargo, la respuesta fue muy divergente.

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Lucy, o la gran monada de Luc Besson

Lucy fue el nombre que el ser humano que se le dio al primer homínido de la historia, y Luc Besson, como buen amante de lo excéntrico, se aprovecha de…

Lucy fue el nombre que el ser humano que se le dio al primer homínido de la historia, y Luc Besson, como buen amante de lo excéntrico, se aprovecha de la evolución y de los falsos mitos. Por eso, no es baladí que ni el personaje de Scarlett Johansson ni el título de la película sean el mismo que el de ese primer homínido: Lucy.

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Fargo, la cara B del original

Cuando a FX se le ocurrió la idea de resucitar Fargo, a más de uno le dio un infarto. ¿Cómo se podía haber tocado algo tan sagrado como la cinta…

Cuando a FX se le ocurrió la idea de resucitar Fargo, a más de uno le dio un infarto. ¿Cómo se podía haber tocado algo tan sagrado como la cinta de los Coen?

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La Casa de Hojas…o más bien del caos

Ha tardado una década en llegar a España. Venía laureada como una de las grandes novelas de terror. Y lo cierto es que, con un estilo original para el mercado…

Ha tardado una década en llegar a España. Venía laureada como una de las grandes novelas de terror. Y lo cierto es que, con un estilo original para el mercado de libros de toda la vida, Danielewski y su Casa de Hojas han dejado huella en Estados Unidos y vienen a hacerse con el de España.

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