2015. Guión: Ramón Campos, Gema R. Neira, Teresa Fernández – Valdés, Eligio R. Montero, Moisés Gómez, Adolfo Valor, Cristóbal Garrido, Mª José Rustarazo y Carlos Portela. Música Original: Federico Jusid. Dirección de fotografía: Dani Sosa. Montaje: Andrés Federico González y Julia Juanatey

2015. Guión: Ramón Campos, Gema R. Neira, Teresa Fernández – Valdés, Eligio R. Montero, Moisés Gómez, Adolfo Valor, Cristóbal Garrido, Mª José Rustarazo y Carlos Portela. Música Original: Federico Jusid. Dirección de fotografía: Dani Sosa. Montaje: Andrés Federico González y Julia Juanatey

Si hay algo complicado en nuestro país no cabe duda de que es hacer una serie sin bar. Hagan repaso mental. ¿Recuerdan alguna que, en los últimos años, no lo tuviera como escenario más o menos recurrente? Si acaso alguna histórica, y por los pelos. Se trata de un lugar fetiche, y no sólo por nuestra idiosincrasia ibérica: es un lugar idóneo para provocar cruces entre personajes sin necesidad de justificación dramática; es un entorno que permite, en un solo escenario, realizar apartes o jugar la baza del chismorreo verbalizado para recordar la trama a la audiencia; y además es una perita en dulce para todo tipo de product placement —que en nuestro país parece que se reduce básicamente a la cerveza y el embutido—. Hay que ser muy valiente para idear una serie en España sin ningún tipo de barra y, de un tiempo a esta parte, parece que en Bambú han dado muestra de ello. El último ejemplo, la segunda temporada de Bajo Sospecha.

Ambientada en un hospital, la segunda temporada de Bajo Sospecha recupera a los personajes de la primera —excepto el interpretado por Blanca Romero— en la investigación de un nuevo caso: la desaparición de una doctora francesa y el asesinato de una enfermera amiga suya. Para dar con la clave, el personaje interpretado por Yon González tendrá que infiltrarse haciéndose pasar por personal sanitario en una plantilla donde, como mandan los cánones de la franquicia —del género, más bien—, todos son sospechosos.

Para complicar el asunto, González no será el único infiltrado en el centro médico. Junto a él —más bien contra él— la policía francesa ha metido de tapadillo a su propio agente disfrazado de médico para descubrir el misterio de la desaparición. Mientras, en comisaría, una inspectora gala hace todo lo que puede por llevar el caso a su terreno con las camisas de seda prestadas de Stella Gibson en The Fall. Es decir, pasando por alto la laxitud del hospital en cuanto a su política contractual, no estamos ante una primera temporada repetida.

Si algo destaca de la nueva entrega de Bajo Sospecha es que, de entrada, el elenco femenino tiene un enorme peso dramático. No sólo la trama parece ir encaminada hacia ese espectro del conflicto —particularmente me inclino hacia una secuestradora, pero eso es cosa mía—, sino que, además, los nombres propios que completan el plantel son de los de levantarse a aplaudir: Ingrid Rubio, Olivia Molina, María Botto, Luisa Martín, Leticia Dolera, Concha Velasco… En frente, completan el reparto de los repescados de la primera temporada con Gonzalo de Castro, Unax Ugalde y un afectado José Luis García Pérez, entre otros. Esto por sí solo debería ser motivo suficiente para ponerse a ver la serie ya cenados.

Independientemente de si el camino llega a donde tiene que llegar podemos valorar desde prácticamente ya si nos está resultando placentero el viaje

Aunque la anécdota de que, al menos de momento, no tenga bar puede resultar baladí, los elementos que sí tiene no lo son en absoluto, comenzando por uno muy simple pero de importancia capital: tiene techos. No es broma. Techos. No sé si me explico del todo: hay techos porque hay escenarios reales además de los consabidos decorados. El hospital donde se desarrolla la trama parece, efectivamente, un hospital; el adosado donde vivía la víctima parece en pantalla, efectivamente, un adosado, igual que el garaje donde se comete el crimen… Dicho con otras palabras: hay realismo. Y no sólo eso, que todavía parece querer seguir siendo una de las marcas de la casa a pesar de Velvet, la fotografía es cuidada, tiene sentido dramático, está planteada con cariño y no escatima en exteriores. Y sí, este es otro motivo para cenar antes de que empiece.

Del guión todavía no se puede hablar. El problema de los thrillers es que deben tener un planteamiento tan bien hilado a priori que, en el momento de descubrir el pastel, la audiencia lo vea como algo sorprendente pero inevitable; algo inesperado hacia lo que todo ha estado irrefrenablemente dirigido. Suena a paradoja, y lo es. Por eso quizá haya que esperar hasta el final para poder valorar si el texto cumple el objetivo. Eso sí, independientemente de si el camino llega a donde tiene que llegar podemos valorar desde prácticamente ya si nos está resultando placentero el viaje. Y lo cierto es que, al menos a mí, sí me está resultando interesante, incluso más que la primera.

Recuerdo que, en su día, me chirrió bastante la presentación de los personajes de la anterior entrega entre otras cosas porque todos actuaban de forma marcadamente sospechosa en el momento en que se producía el delito. En esta ocasión se investigan hechos consumados, y los personajes no se esfuerzan por parecer sospechosos, simplemente tienen secretos e intereses que, según se adivina, iremos descubriendo.

Antena 3 no me conoce, y ese es, precisamente, su problema: que tampoco hace el más mínimo esfuerzo por conocerme

Sobre el asunto de la comentada ausencia de Blanca Romero estoy en desacuerdo a medias. Por un lado, comprendo que el personaje hierático y frío que interpretaba la actriz en la primera temporada no cuadra ni con el tono ni con la pretensión de la serie. Sin duda el cinismo y el toque canalla que aporta Yon González me gusta mucho más. No obstante, sí creo que una protagonista femenina habría dado muchísimo más juego en cualquier trama, desde la investigación criminal hasta la relación con el infiltrado francés pasando por los pulsos donde realmente pudieran convertirla en víctima propiciatoria del asesino/a.

El problema —siempre hay uno— en este caso no es culpa de los realizadores sino del continente. Antena 3 continúa pensando que por algún extraño motivo yo, en vez de ver la serie por internet, voy a preferir quitarme horas de sueño quedándome hasta las tantas de la madrugada en Bajo Sospecha, y que además voy a tragarme complacido bloques de publicidad de siete minutos y falsos comienzos entre resumen, trailer y avances de todo tipo. Por supuesto Antena 3 no me conoce, y ese es, precisamente, su problema: que tampoco hace el más mínimo esfuerzo por conocerme, ni a mí ni al resto de la audiencia a la que sigue haciendo comulgar con ruedas de molino. De hecho, fíjate lo poquito que me conoces, Antena 3, que hasta me planteo esperar a que la temporada llegue a Netflix para poder verla cuando y como me dé la gana. Como debe ser.