La tenista Billie Jean King entre 1966 y 1975 se alzó con doce títulos de Grand Slam: seis veces Wimbledon, cuatro US Open, una vez el Open de Australia y otra Roland Garros. En 1973, además, protagonizó el segundo partido de exhibición llamado “Batalla de los sexos” contra el tenista Bobby Riggs, de 55 años, que había sido número uno a finales de los años treinta y que atesoraba tres títulos de Grand Slam además de haber vencido el primero de esos encuentros contra la tenista Margaret Court. Ahora, los directores de Pequeña Miss Sunshine ponen en fotogramas la historia de este partido de tenis que estaba llamado a enfrentar hombre contra mujer, y de paso exploran diversos temas adyacentes como la situación de desigualdad en el ámbito deportivo en los setenta —no muy diferente a la actual—, o el descubrimiento que hace la protagonista de su propia homosexualidad.

A la mezcla de temas y conflictos que confluyen en pantalla se suma una igualmente dispar mezcla de tonos. Aunque el filme se vende en su trailer como una comedia ligera, lo cierto es que la película tantea poco ese ámbito —salvo quizá en las estrafalarias exageraciones de un Steve Carell desatado— para disfrazarse en ciertos momentos de un documentalismo crítico, de un tono cercano al drama social y, de pasada, del género de las películas deportivas, con su gran batalla final incluida.

Así, con todo, el filme parece que quiere contar tantas cosas y de maneras tan distintas, que termina pasando de puntillas por todas ellas. La apuesta por el retrato social de la desigualdad entre hombres y mujeres en el deporte queda desdibujada por la trama de adulterio homosexual y la relación de la protagonista con su marido y su amante; la épica deportiva se pierde por las premisas del buscavidas de Riggs, más preocupado en realidad por mantener viva la llama de su adicción al juego que de ser el adalid machista de la lucha de sexos; y la trama amorosa se relega, igualmente, en pos del relato deportivo del partido de marras y su trascendencia mediática. De hecho, apenas tiene trascendencia el villano interpretado por Bill Pullman o la asociada personificada con maestría por la comediante Sarah Silverman.

Salvan la obra un guión bien pergeñado que no deja en el olvido el interés de los espectadores, y unas interpretaciones del todo logradas, especialmente la de Emma Stone, que es capaz de transmitir de forma medida y sutil el dilema de la protagonista en los distintos ámbitos de su vida profesional y personal, otorgando al título de la película un doble sentido más que elocuente.