B&b

Cuando me contaron el argumento de B&b me interesó. Pero luego la vi.

Una redacción de una revista de moda y actualidad de los noventa que afronta la reconversión digital, el cambio en el consumo de información por parte de los lectores, la dura competencia actual en el entorno de la red…; un asesinato en exclusiva en el primer episodio, la posibilidad de dar un giro a la temática de la revista, los periodistas al pie de la noticia… y una mujer al timón de la plantilla que ve su liderazgo cuestionado por la llegada de un nuevo jefe. Oye, no sonaba mal. ¡Parecía interesante!

El problema vino cuando la vi y descubrí que, a pesar de tener presentes todos estos temas y conflictos, pasa sobre ellos sin detenerse lo más mínimo, con total y absoluta superficialidad, casi como si fueran sólo «contexto». Sí, contexto. Coyuntura. Caldo de cultivo. Nada de relevancia real. Lo importante va por otro lado. ¿Por dónde? Bueno, para encontrar el quid de la serie antes hay que revisar un poco a sus personajes. Veamos.

Centrándonos sólo en los principales, por un lado tenemos a Candela, directora en funciones de la revista que preside Óscar. El puesto de Candela lo ocupa Pablo a su llegada en el primer episodio. Por debajo, formando parte del equipo de redacción, tenemos a Susana, Vero, Clara, Sonia y César, que es contratado con la llegada de Pablo. El fotógrafo es Mario —sí, aparentemente una revista de moda cuya redacción siempre está llena de modelos semidesnudas sólo tiene un fotógrafo—, el becario es Juan y la secretaria es Martina. A la vez, se nos presenta también la trama de Carmen, limpiadora, y de Hugo, que encuentra trabajo como chofer. ¿Complicado? Esperen, esperen…

Candela es hermana de César, que es marido de Susana, y tiene una hija —Sonia— de una relación antigua con Pablo, su nuevo jefe, que descubre la paternidad en el primer capítulo. Pablo está saliendo con Clara, que es la hija de Óscar, el dueño de la revista. Éste, a su vez, es el empresario para el que trabaja Carmen y también Hugo, que es hijo de Carmen, y que tontea con la otra hija de Óscar, Caye, al tiempo que éste se acuesta con Martina, la secretaria, que resulta ser prima de Hugo y vivir con Carmen. Juan, el becario, comparte piso con el fotógrafo Mario y está enamorado de Vero, la cual tiene un hijo enfermo y se prostituye en su tiempo libre —que parece ser mucho— para pagarle un complicado tratamiento. ¿Lo han entendido? ¿No? ¿Adivinan al menos de qué va la serie? Claro: la trama familiar.

Y ya volvió, una vez más. Ya estamos otra vez hablando de familia. Problemas de familia en el seno de la familia. Adulterios, líos de faldas, engaños y mentiras. ¿Revista de moda y actualidad de capital? Ni de coña. El contexto de la revista parece que está básicamente para no establecer la serie en un patio/bloque de vecinos, que ya hay muchas ambientadas ahí en nuestra parrilla. Bueno, por eso y también por tener alguna justificación para enseñar cacha: aproximadamente cada quince minutos aparece una teta o, en su defecto, un culo en pantalla —femenino siempre, por supuesto—, normalmente sin mayor justificación que la de «anda, mira, unas modelos de lencería que pasaban por aquí y, claro, como no tenemos vestuarios ni baños ni ningún sitio donde cambiarse, pues tienen que venir en tanga de casa las pobres».

¿Es culpa mía haber esperado un The Newsroom a la española? Seguramente sí. Claro. Obvio. Si es que no aprendo. Ya van por el cuarto episodio y todavía estoy esperando a saber quién era el asesino del primero. Los avances de la trama no es que aventurasen nada diferente, a pesar de contar con un buen plantel de intérpretes —mejor Carlos Iglesias y Luisa Martín que los protagonistas, para mi gusto—, y de disponer de una premisa potente, a priori. La factura visual es la habitual multicámara de toda la vida, eso sí, con algún que otro exterior y algún que otro plano de ventanas falseados con croma —de los que se notan—. Los personajes verbalizan a tutiplén y no faltan los desayunos familiares en torno a la mesa de la cocina. Ya saben. Lo de toda la vida.

Endogamia. No encuentro un término mejor para explicarlo. Endogamia televisiva. Y no sólo por los cruces de unos con otros en la propia trama —¿qué redacción periodística tiene a todos sus miembros relacionados consanguínea, marital o sexualmente entre sí?—, sino por la propia ficción. Los Serrano, Los Hombres de Paco, Médico de Familia… todos los clásicos retozando unos con otros, mezclándose y disfrazándose en un vano intento de ofrecer, una vez más, lo mismo con otro nombre. Hay incluso bar, no se lo pierdan, imagino que por ser fieles al formato, o al género, o a la herencia, o a como sea que quieran llamar a esos rasgos genéticos que, como la filoxera, contaminaron nuestra producción hace veinte años y que nunca terminamos de extirpar.

Aunque lo cierto es que dos décadas dan para mucho. El niño de Aquellos maravillosos años ya peina canas y consume por YouTube. Hubo traslado para eludir a Velvet —elegí bien aquella noche—, ¿podrá con la trama familiar de Con el culo al aire? Lo dudo, y no me entiendan mal: entre una producción familiar y postmoderna y la misma noventera y snob no hay color. Y ya lo siento, oye, con el potencial que tenía, tú.