No se puede uno fiar de las productoras y su aleteo pirotécnico-promocional; tampoco de la crítica especializada y sus embelesados halagos.

Quizás las suspicacias haya que tenerlas también con los colaboradores de NOSOPRANO y, con la afirmación, esté desmontándole a Jean Cité el chiringuito, pero es lo que pienso sinceramente. Por ser benevolente, confiado y pánfilo me he comido una castaña de proporciones épicas. Arrastrando conmigo, para mayor vergüenza y escarnio, a una sufrida espectadora que, por afecto, no me hizo tragar la entrada, remojada en guacamole, entre colleja y colleja al son de «te lo dije». Pero a lo que vamos. Begin Again es anunciada a bombo y platillo como la «sorpresa» del verano. Se le aplican calificativos como «enternecedora», «divertida» y —pásmense— «imprescindible».

¿De qué va? Pues de Gretta (Keira Knightley), una vaporosa muchachita que, enamorada de su noviete músico, guapo, rico y famoso (Adam Levine), abandona el Reino Unido para hacer las américas con él y terminar de deslumbrarse con su éxito. Llega a Nueva York de la mano de la superestrella, en calidad de «socia», sin pasar de mujer florero con algunas dotes como letrista. En un momento dado, su noviete la deja por otra, centrado como está en los oropeles de las grandes giras y los baños de masas de adolescentes hormonadas —maldita sea, qué sorpresa—. Resultado: se ve tirada en la calle, con las lacerantes punzadas del desamor encima y con muchas ganas de pillar las de Villadiego con el rabo entre las piernas.

En plena depre post-ruptura conoce, de manera circunstancial, a Dan (Mark Ruffalo): un alcóholico y depresivo productor independiente que no se acopla a las necesidades del mercado musical actual; un «outsider» que se ve expulsado de su propia productora por llevar la de Cristo sin descubrir a nadie pero que, aún así, ve el talento de Gretta y su autenticidad como letrista, músico, niña mona y todo lo necesario. Total, que la convence para grabar un disco en la calle, huyendo de las perversas garras del mercado mainstream, con músicos de esos que les gusta tanto lo suyo que no les importa no cobrar, con las calles de Nueva York como escenario, huyendo de la policía por tocar en el metro sin permiso… Todo muy en plan Bricomanía, con un portátil, cuatro micros y poco más. Vamos, muy creíble todo. Paso de contarles más, no por evitar el spoiler. Es que igual, con lo leído hasta ahora, ya se hacen una idea de toda la peli. Desenclace incluído.

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Porque la película de John Carney es previsible, pastelosa, irreal e infantiloide hasta decir basta. Aunque en los primeros cinco minutos apunta a interesante, se desploma enseguida en una sucesión de tópicos, lugares comunes y fantasías que, a cualquier espectador inteligente —sea músico o no— pueden resultarle incluso insultantes. Como ejercicio de lucimiento personal de Knightley no está mal, porque está muy mona, muy «casual» y muy encantadora y todo lo que quieran. Pero la última media hora es una tortura diabética de escándalo. Ojalá que no vayan a verla muchos adolescentes con dotes musicales, o tendremos en breve los callejones plagados de cables, pies de micro, bafles y portátiles. Apple, eso sí. Que hasta para ser músico independiente y transgresor hay que respetar unos mínimos. A todas y cada una de las secuencias se las ve venir desde Cuenca. Fui capaz de anticipar el formato y la tipología de títulos de crédito, no les digo más. Y eso que no soy especialmente avispado. Por no salvarse, no se salva ni la banda sonora —que manda narices—, con canciones escritas y compuestas por el propio Carney. ¡Ay, Manolete! Si no sabes torear… etc. etc.

Si quieren ver una película auténtica sobre músicos independientes les recomiendo Inside Llewyn Davis, de los hermanos Coen —de la que ya he hablado aquí— o, si se atreven con el género documental, Searching for Sugar Man, de Malik Bendjelloul. Menos dulces, pero más reales. Para su tranquilidad confieso que, en aras de un completo resarcimiento con mi acompañante, me hice doblete con una interesante muestra de cine experimental austríaco. Que las collejas siguen lloviendo. Pero menos.♦