Hace tiempo que Tim Burton trata de alejarse de Tim Burton, y es una lástima. En la primera escena de Big Eyes acompañamos a la protagonista en su escapada de la prototípica urbanización modular de clase media que otrora fuera laberinto para Eduardo Manostijeras, casi como si el director quisiera sentar desde la primera imagen que lo nuevo, lo de ahora, trata de huir de lo que en su día lo encumbró. Aunque la estética de su nueva película juega con un cromatismo exagerado y el tema rememora uno de los tópicos del director, lo cierto es que se queda en un realismo descafeinado carente de la magia de sus viejas producciones.

Big Eyes narra la historia real de la pintora Margaret Ulbrich quien, tras escapar con su hija pequeña de su primer marido, encuentra en las bulliciosas calles del San Francisco de los cincuenta el refugio para desarrollar su vocación artística: pintar cuadros de estilo naíf sobre niños desamparados con grandes y expresivos ojos. No tarda en encontrar al buscavidas Walter Keane, con quien se casa en un suspiro. Keane se convierte en su apellido y también en la firma de sus cuadros, lo que permite a Walter hacerse pasar por el autor de las obras y generar una fortuna con la aquiescencia de su sumisa esposa durante años.

El film sobrevuela sobre el concepto de qué es arte —en plena ebullición del movimiento Pop y el concepto Kitsch en la década de los sesenta—, si bien el conflicto principal es la paulatina invisibilización femenina en la sociedad del sueño americano. Keane acepta que su marido se lleve la gloria, además de por la recompensa económica, porque es consciente de que, en la época, el arte hecho por mujeres no se toma en serio. De cara a la galería adopta el rol de esposa complaciente que en ocasiones, «de vez en cuando», pinta; aunque la realidad es que está sometida a un ritmo de producción estajanovista. Esto la sume en una reclusión forzosa y una espiral de mentiras que poco a poco van minando su espíritu. En cuanto su marido empieza a maltratarla con amenazas y recriminaciones se divorcia de nuevo y reclama judicialmente lo que siempre ha sido suyo.

Las escenas carecen de ritmo, la interpretación se hace monótona e incluso roza la parodia en algunos momentos

La obra de Margaret Keane toca de cerca a Burton. Además de ser coleccionista confeso de sus cuadros, es sabido que llegó a encargarle a la artista un retrato de la que fuera su novia durante años, Lisa Marie. Por eso sorprende que se haya aproximado a este biopic con tanta desgana. Las escenas carecen de ritmo, la interpretación se hace monótona e incluso roza la parodia en algunos momentos. La ejecución, aunque colorista, resulta mecánica y fría. La contención de Amy Adams es digna de mención, pero no así los exagerados aspavientos de Christoph Waltz, a los que tampoco ayuda en absoluto el doblaje. El guión de Scott Alexander y Larry Karaszewski hace el esfuerzo de enfocar el conflicto desde la perspectiva femenina, pero no se acerca ni de lejos a la calidad de anteriores trabajos como Ed Wood o Man on the Moon.

En definitiva, un Tim Burton que reniega de su magia. Descafeinado de sobre.


Artículo originalmente aparecido en el semanario Tribuna Universitaria de Salamanca el 8 de enero de 2015. Leer edición impresa.