Si hablamos de high concept, Charlie Brooker debe de ser uno de los mejores en su terreno. En Dead Set ya hizo amagos de su personalidad narrativa, y Black Mirror supuso un punto especial para todos los fans de la ciencia ficción. Esa mezcla entre sátira, drama y mala hostia futurista se ha ido repitiendo siempre, capítulo tras capítulo, y tras ver como la tercera temporada no termina de arrancar, nos ha llegado ese caramelito del cielo que se llama White Christmas. Eso sí, lo único blanco de esa Navidad es la cara que se le va a quedar a quien vea el episodio… y bueno, poco más.

El episodio nos sitúa en una cabaña donde dos hombres han convivido durante cinco años seguidos. En ella están una especie de Hitch más cabroncete que el original —hola, Jon Hamm—, y un tipo apocado y muy reservado —hola, Rafe Spall—. Mientras el bueno de Hamm prepara un estofado navideño, ambos hombres intiman y se cuentan sus secretos, cada uno más retorcido, así como sus penas, que nacen de una sociedad donde unas lentes especiales gobiernan por encima de todo nuestras relaciones sociales.

Vamos a entrar en materia. Este episodio bien podría haber sido el mejor de la serie por dos motivos. El primero es su tremenda estructura, la cual casi que va en consonancia con la dirección. Pocos casos se habrán visto de una sincronía parecida en la historia de la televisión, y es que el espectador —o sea, servidor y usted— va a poder quedarse más embobado imposible. Eso, cómo no, se une a un esqueleto tremendo de tres partes en el que las pequeñas piezas guían hacia su final. De hecho, si algo me ha ido impresionando con el paso de las horas es cómo es capaz de dosificar Charlie Brooker el guión.

Ahora siento deciros que empezarán a llover spoilers como soles.

Y es que es imposible no analizarlo todo en las tres partes que toca. Para empezar, tenemos la parte inicial, que presenta el universo del episodio y la realidad del date advisor de Hamm. A mi juicio, esa es sin duda la mejor parte del episodio y la menos convencional, así como la más inteligente. Funciona muy bien el recurso de darle voz al personaje y luego ver la realidad de lo que sucedió. Además, Brooker juega aquí muy bien con la tensión, pasando de la sexual a la más cruda, pues aquí putea a sus personajes de forma espléndida. Y por si fuera poco, llama mucho la atención la gama cromática del espacio, la cual ayuda mucho a crear el ambiente. Bueno, eso y los actores —hola, Natalia Tena—.

La gran cagada de White Christmas es, sin duda, su final

Se aterriza en la segunda parte. Aquí ya llegan las píldoras interesantes, introduciendo conceptos como los del bloqueo y los de la inteligencia artificial, donde aparece Oona Chaplin. Hay que decir que a partir de aquí hay un bajón de nivel, pero tiene su porqué, ya que sirve de lo mismo que ha servido el inicio, aunque se agradece la presentación del artilugio en términos de puesta en escena. Y es que Brooker ha sembrado los vientos para introducir, ya sí, la segunda parte, que es la de Rafe Spall.

Aquí la historia se vuelve mucho más convencional, usando los recursos que da el episodio para hablar de lo que sucede muchas veces. En este caso, Brooker ejecuta los mecanismos con orden y pulcro, desde el momento en que ilustra a la pareja hasta que se acaba de relatar la historia. No tiene tanto poder como la parte inicial, sí, pero se deja ver con facilidad y está bien ensamblada. Sin embargo, empiezan a verse fallos en ese armatoste, y es que servidor no puede creerse la forma en que se ejecuta el bloqueo inicial. He ahí, por desgracia, la primera trampa de Brooker, para que todo pueda ir hacia donde él quiere.

Pero ay, amigos, no todo lo bueno podía suceder. La gran cagada de White Christmas es, sin duda, su final. Duele mucho ver cómo unos 40-45 minutos tan bien tratados y sembrados acaban con varios detalles tan mal introducidos que parecen un deus ex machina. A ver, Charlie, ¿cómo demonios puede introducirse una persona en la mente artificial de otro? ¿Desde cuándo se puede ambientar un escenario artificial de esa forma? Si bien las referencias a películas como el final de Código Fuente están ahí, esas trampas resultan ya irremediables. Lo que podría haber sido el mejor capítulo de la serie se ha quedado, por desgracia, en un producto interesante. Sin embargo, de ese producto solo vemos dos cosas: uno de los esqueletos técnicos más poderosos de la década y un guión, por desgracia, que se queda atrás. Y si aún seguís sin creerme, dos o tres visionados bastarán.