Si La Isla del Tesoro tuviera en sus páginas una décima parte del erotismo que tiene Black Sails, probablemente mi adolescencia no habría sido la misma.

Pero no. No la tiene. La novela de Stevenson fue para mí lo mismo que para todos los chavales que se ven obligados a leerla en algún momento de su adolescencia: una historia sin mujeres. Así lo quiso hacer expresamente su autor. La presencia femenina se circunscribe a la madre del protagonista, y sólo en los capítulos iniciales. El resto de la historia es un relato de maduración en el que un chiquillo se embarca en la búsqueda de un legendario tesoro en compañía de una serie de hombres de diversa calaña. El peor, o el mejor, de todos ellos es sin duda Long John Silver, el protagonista de Black Sails. 

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John Silver es un personaje de una ambigüedad sorprendente y estimulante. En las páginas de la novela pasa de ser el mejor mentor del pequeño Jim a convertirse en su enemigo más peligroso, para posteriormente volver a formar parte de su equipo y volver a traicionarlo. El joven protagonista —y los jóvenes lectores, si me apuran— aprenden de su mano una valiosa lección de vida sobre la lealtad y la confianza. Y, por si fuera poco, Silver es el arquetipo sobre el que se han erigido todos los piratas literarios posteriores. Sin Silver no habría Jack Sparrow, créanme.

Black Sails desarrolla su acción unos veinte años antes de los hechos que se narran en La Isla del Tesoro. Si en la novela el motor de toda la trama es encontrar el tesoro escondido del fallecido capitán Flint, en la serie vamos precisamente junto al capitán Flint, con su tripulación, contramaestre y enemigos íntimos, en la búsqueda de su legendario tesoro —de origen español, claro—. John Silver es en la ficción un joven greñudo que se hace pasar por cocinero y que, según parece, ya apunta maneras en lo que al código pirata se refiere. Hasta ahí todo el parecido con la novela. La serie navega otras aguas.

Una producción aceptable —como es habitual—, una interpretación y fotografía que rozan el aprobado, y un guión que tiene la única virtud de hundir sus tentáculos en las profundidades de un océano literario apenas explorado, la propuesta que nos trae a España el canal TNT es un plato fresco, bien pergeñado y con buena presencia. Incluso los efectos digitales son creíbles, fíjense. La trama es fantasiosa e inverosímil, pero así son todas las de las de piratas: un asesinato repentino, la siempre inminente amenaza del motín, la premisa económica como motor de la historia, el pirata rival, la mujer pirata de la que nadie desconfía, duelos a espada en cubierta… ¡Tiene todos los tópicos! Pero pese a todo es, probablemente, la opción más llamativa de todo el panorama seriéfilo de la cadena. Lo más parecido tal vez sea Vikings, pero no tiene nada que ver. Black Sails es mucho menos realista, mucho menos detallista y tiene muchos más desnudos para goce y disfrute del espectador potencial.

Y ahí está la cosa a la que quería llegar. El sexo en Black Sails es tan gratuito que casi por momentos recuerda a las producciones pornográficas del corte filibustero que rondaron por ahí engañando en su día a quienes querían descargarse ilegalmente Piratas del Caribe. Para que se hagan una idea: todas, o prácticamente todas las mujeres que aparecen en Black Sails son prostitutas. Y bisexuales para más señas. Al igual que le pasa Juego de Tronos, todas son monísimas, todas son jovencísimas, y todas están recién salidas de la pelu, aunque vivan en una isla perdida del Caribe. El batir de sábanas es más que cotidiano: ellas con sus clientes, ellas entre ellas, ellas con la jefa, la jefa con su amante, su amante con John Silver, y John Silver con ellas, incluyendo una a la que apodan «Barbanegra», ya pueden imaginarse por qué.

Si Stevenson levantase la cabeza…♦