Estimados señores inquisidores de la tele: les escribo simplemente para avisarles, por si no lo saben ya, que se les está acabando el chollo. Todavía pueden aguantar un poco, es cierto, pero no se hagan ilusiones. Esto no es una moda pasajera ni una costumbre efímera. Las cosas han cambiado.

Sé que es duro de aceptar, sobre todo para quien, como ustedes, lleva tropecientos años en ese sillón. Lo sé. Pero no pueden decir que no se veía venir. Tarde o temprano iba a ocurrir, y ustedes debieron haberlo previsto en su día. No es por faltar, pero seguro que sabían que la bonanza de las tonterías se iba a acabar, y nada menos que por dos motivos.

El primero es simple: el público. Sé que han estado aprovechando la actitud pusilánime de la audiencia media española: eso de llegar a casa, poner la tele y elegir entre lo que hubiera, sin complicaciones. Que acababa un poco más tarde… no pasa nada. Estamos acostumbrados. Que nos aburre la multitrama infantil, juvenil y adulta… sin problemas, aguantamos estoicamente, como Numancia. El furgol es asín. Sabían que esas ideas radicales que venían de Estados Unidos, Francia, Inglaterra y otros países más civilizados, donde hace años que el público elegía lo que de verdad quería ver, pagaba por la televisión y exigía unos contenidos a la altura de sus expectativas estaban aun muy lejos de la mentalidad española. Siempre hemos sido tradicionalistas, conformistas y recelosos de luteranismos y costumbres extranjeras. Ya saben, «el sueño de la razón» y el «que vivan las cadenas».

Pero las cosas han cambiado. Todo culpa del puñetero internet, la segunda ventana y las emisiones online. Ahora el público se ha dado cuenta de que no tiene por qué tragarse la hora y media de sitcom enlatada cuando puede verla por la Red. Era de esperar, fíjense. Incluso Netflix, arma de Metistófeles, amenazó con venir a España como fue a otros países vecinos. Menos mal que le metieron ustedes miedo, que si no nos montan un tinglado bárbaro con contenidos a la carta, emisión en HD, producciones propias —muy potentes— y televisores Smart TV —objeto del demonio— que nos terminan de hundir el chiringuito porque la audiencia, la misma que hace años se contentaban con concursos de dos horas de parrilla presentados por Ramón García y Ana Obregón, se ha dado cuenta de que tiene capacidad de elegir. Y no de elegir entre lo que hay, no: de elegir lo que de verdad quiere ver.

Esto ha traído consigo el segundo motivo del cambio: los anunciantes. Éste duele un poquito más. Sabemos que durante años han estado aprovechando el tirón del anunciante tradicional, del ponme un anuncio ahí por medio donde haya más share, sea eso lo que sea, que yo te lo pago; del «si encuentra algo mejor» y del «es cosa de hombres». Ya. Los ings del rating, del marketing, de los studing de mercado, de los trending y el coolhuntering les sonaba a cuento chino, a bolo foráneo, luterano y reformista. Quita, quita esas hamburguesas que aquí se come jamón serrano.

Claro, el problema ha venido cuando los anunciantes se han percatado de que no era cuento chino, y que resulta que el público medio de Campamento de Verano no compra coches de alta gama. «¿Y dónde ponemos el anuncio ahora, tú? A lo mejor va a ser verdad que nuestro target —perdón por la nomenclatura gringa, pero es que el concepto lo inventaron unos señores con gafas de pasta hace cincuenta años en EEUU, qué quieren que yo le haga— está viendo Mad Men por el interné ese.» Menudo problemón, ¿verdad? Con lo dicharacheros que iban ustedes por Madrí pensando en su siguiente creación: el siguiente reality con famosillos de tres al cuarto; el programita de plató y sobremesa con Jorge Javier o alguno a la par; el Mujeres y Hombres de una, dos, tres o cuatro horas de emisión por tres perras gordas, cuando va de pronto la realidad y les da un sopapo que no se esperaban. «No, no, perdone. Yo quiero poner mi anuncio del Mercedes Clase S donde los vean posibles compradores, no adolescentes enamoradas de Rafa Mora».

Se adaptaron como pudieron. Hicieron un primer intento de emitir también online… pero del todo insuficiente. No es solo emitir, señores. La gente espera algo más. Dicen las malas lenguas que por esos mundos de Dios cuelgan las series en la Red por temporadas completas, para que la gente las vea a su gusto, a su ritmo o como quieran; dicen que hay realities con montaje y guiones y cámaras que se mueven en exteriores y que no permanecen semifijas detrás de un espejo como en Guadalix; dicen incluso que se rueda, edita y emite en HD real, como permite la TDT y esas cosas que les obligaron a implantar. Y lo peor no es eso, señores. Lo peor es que la audiencia española se está enterando y que, por primera vez en siglos, no suena descabellado lo que viene de fuera. Por eso les escribo esta misiva, por si no se habían dado cuenta de que, aunque están ustedes sentados donde siempre, los tiempos están cambiando.