Es esclarecedor y gratificante comprobar que, por muy inabarcable que parezca una tarea, con coherencia y compromiso puede solventarse con acierto. Además de una excepcional película, conmovedora, madura, inteligente y rotunda en su sencillez —que no simplicidad—, Boyhood, de Richard Linklater, es una prueba de fe ciega en un proyecto.

De otro modo, habría resultado imposible desarrollarlo en 39 días de rodaje a lo largo de doce años —desde 2001 hasta 2013—, contando con los mismos actores a lo largo de un período que se adivina titánico, tanto para realizar una película como para cualquier empresa. Doce años con una película en la cabeza, siendo fiel a un guión y contando, como condición sine que non, con los mismos actores, sin los cuales el «alma» del film no existiría.

Boyhood narra la historia de Mason (Ellar Coltrane) y su familia: su padre biológico (Ethan Hawk), su madre (Patricia Arquette) y su hermana (Lorelai Linklater). La película abarca —literalmente— la infancia, preadolescencia y acceso a la mayoría de edad del protagonista principal, junto con la innumerable cantidad de situaciones y conflictos familiares, sociales y existenciales a los que se enfrenta, tanto él mismo como su entorno.

Este delicioso experimento fílmico parece sencillo en su planteamiento, pero está plagado de cargas de profundidad que pueden dejarte anclado a la butaca y rumiando durante horas o días. ¿Qué hay más hermoso, aparentemente simple pero extremadamente complejo, que la vida humana? ¿No es acaso la experiencia de vivir un camino aterrador, incierto e inevitable? Es en su condición de permanente improvisación, de viaje plagado de obstáculos, de aventura, donde radica su belleza. Y para eso está el cine en una de sus más valiosas vertientes, en mi opinión: para dar testimonio. Para estar presente en aquellos episodios desagradables, tiernos, hermosos, desequilibrantes e insondables de nuestra vida. Y contarlo. Para contar la vida, tal cual.

A lo largo de las casi tres horas de metraje podemos reflexionar sobre la pérdida de la inocencia, la forja y la destrucción de nuestros sueños y esperanzas, sobre la incertidumbre que implica vivir. Y sobre cómo hacerlo en familia y en sociedad; podemos comprobar cómo se hacen y deshacen infinidad de nudos y vínculos, cómo pasan a nuestro lado —para quedarse o seguir su camino— una ingente cantidad de referentes morales, experiencias y retos. Podemos, en definitiva, ser testigos de una vida cualquiera para compararla con las nuestras y evaluar cuál ha sido y cuál pude ser nuestro propio camino.

Ser testigos de una vida para compararla con las nuestras y evaluar nuestro propio camino

Fílmicamente —más allá de los retos organizativos y de producción que se adivinan— la película está planteada sin pretenciosidad, con el paso corto pero la vista larga. Sus planos son simples, las secuencias aseadas y bien construidas, los diálogos escogidos con tino, aportando significado y mensaje en cada línea, la banda sonora y la fotografía refrescante e inspiradora, por momentos.

El hecho de postergar el rodaje a lo largo de doce años me parece, lejos de un «ataque de director», un necesario ejercicio de coherencia, como les he dicho, para poder contar la historia de manera integral, centrándose en su mensaje de fondo —cómo es el tránsito vital de una persona en los años que definen a fuego su personalidad—. Es cierto que podemos comprobar cómo un personaje evoluciona, externa e internamente, con otros productos audiovisuales —piensen en el patrio Cuéntame, por ejemplo— pero ni de lejos con esta visión global y totalizadora de una misma historia. Y desde luego, no con esta madurez y significado.

No creo ser demasiado palmario si afirmo que la cinta de Linklater es una de las sorpresas agradables del año. Dignísima merecedora del león de plata del Festival Internacional de Berlín de 2014. Es hermosa, sin duda, aunque puede llegar a ser dura, sin ser excesivamente cruda. Posee delicadeza, sin llegar al sentimentalismo ñoño, cuenta con algún momento de «bajón» con algunas secuencias cliché pero, en esencia, lo considero un trabajo equilibrado y con muchísimo sentido. A aquellos que acusan al director de no hacer otra cosa que «pegar» una sucesión deslavazada de trazos inconexos y que, para eso, no hacía falta más de una década de trabajo les preguntaría: ¿acaso la vida, la suya misma, es tan simple como para un planteamiento, un nudo y un desenlace con final feliz? ¿Discurre, de hecho, por un carril previsible y unitario? Y de ser así, ¿Es acaso eso vivir?