Una de las cosas buenas de tener amistades en el mundo de la hostelería es que de vez en cuando te invitan a degustaciones y pruebas a las que de ordinario no podrías asistir. La más curiosa de todas las degustaciones es la cata de vinos. Se trata de un ritual que todos los invitados —tú incluido— siguen a menudo sin saber. Después de ir a alguno, he aprendido que tengo que levantar la copa, mirarla al trasluz, sorber un poco de vino… y luego escupir. No tengo ni idea de la finalidad última de cada una de esas florituras, pero las sigo a rajatabla —menos lo de escupir el vino, faltaba más—. Ahora bien, hay una norma que sí sé: no se cata igual un vino que un aceite que una cerveza, y por supuesto no se valoran en los mismos términos.

Esto me ha llevado a una reflexión. ¿Cómo se critica un musical? Hace poco he visto Los Miserables y me ha surgido la duda. ¿Se puede valorar de un musical lo mismo que de cualquier otro tipo de película? ¿En qué criterio hemos de basarnos para considerar si un musical es bueno, malo o regular?

Particularmente me da la impresión de que no se puede. Terminé de ver Los Miserables con una extraña sensación de ignorancia. Ignorancia absoluta. No había seguido el ritual, y me había tragado el vino sin detenerme en los matices. Ni astringencias ni bouquet ni nada. Como quien bebe agua, tú.

En el mundo de la escena conocen bien las diferencias. Los que saben de estos temas afirman que no se puede valorar lo mismo en una obra de teatro que en una ópera que en un ballet. Son códigos distintos. Por eso Shakespeare es intocable mientras que Montserrat Caballé, con su porte, puede interpretar a la delicada quinceañera Cio-Cio-San sin que ningún crítico se lleve las manos a la cabeza.

¿Se puede hacer una crítica de un musical igual que la crítica de un western o de cualquier otro género cinematográfico? Ya sé que comparten elementos del lenguaje, repertorio de angulaciones y tamaños de encuadre, ritmo audiovisual… pero el teatro y el ballet también comparten proscenio y no tienen nada que ver.

De entrada me parece que simplemente el montaje es una auténtica obra de ingeniería en los musicales. No solo por la sincronía de voces, coros y orquestas, sino por el hecho de que, a lo tonto, los actores y actrices tienen que cantar y eso, sin recurrir al autodoblaje, es algo complicado. Sé que es precisamente lo que molesta a mucha gente —diálogos cantados, ¡qué pesadez!—, pero quizá sea ahí donde reside el quid de la cuestión, o al menos uno de ellos.

Quiero decir que, a lo mejor, lo realmente importante de Los Miserables no es la historia, ni la verosimilitud de los personajes, ni las tramas… A lo mejor lo más importante de Los Miserables es que Russell Crowe llegue a ese Re sostenido mientras pone cara de cabreo, disimula su acento australiano y mete tripa dentro de una casaca francesa. ¿Quién sabe?

Dicho esto, creo que no tengo los conocimientos suficientes para hacer un comentario cabal de un musical como Los Miserables. Si desean una crítica cinematográfica, pueden encontrarla en cualquier parte —personalmente les recomiendo la del profesor Michi Huerta @michihuerta, que me consta que sabe de lo que habla—. No entiendo ni de corcheas ni de semifusas, y el pizzicato me pasa siempre tan desapercibido como los taninos y sulfitos en las catas esas a las que, me temo, van a dejar de invitarme.