Dentro de un rato, Canal + va poner una serie sobre sexo y medicina. No, no es Anatomía de Grey.

Masters of Sex narra la historia de la psicóloga Virginia E. Johnson y el ginecólogo William H. Masters, conocidos por ser los pioneros en el estudio de la sexualidad humana allá por los inocentes años cincuenta. Aquí pueden ver una foto de ambos en la portada de la revista Time.

Como habrán adivinado, esta serie de Showtime cumple lo que promete: tensión sexual por todas partes, desnudos por doquier y temática abiertamente picantona. Eso sí, no se esperen mucha seducción. Con tanto cable y sobre la mesa de operaciones, al final la cosa tiene de erotismo lo justito.

He podido ver los dos primeros episodios, y la verdad es que me han dejado un poco frío. Es cierto que la pareja protagonista tiene su aquel, aunque no por mucho más que la inversión de los roles habituales: ella es deshinibida, cálida y dueña de su sexualidad; él, frío, distante y sexualmente acojonado. De hecho, Masters es presentado como un personaje atrapado en un matrimonio de fuerte moral, esposa religiosa y camas separadas, por lo que la llegada a su hospital de una secretaria dos veces divorciada y con fama de sexualmente liberal parece anticipar que está ante lo que necesita. No olvidemos que, además de llevar acabo sus estudios clandestinamente, este señor ha diseñado y construido un consolador-vibrador-linterna. Ella, por su parte, vive como madre divorciada con dos pequeños, necesita el trabajo y, aunque le corroe el remordimiento de abandonar a sus hijos cada día en brazos de la babysitter, siente que su realización está fuera del ámbito doméstico. Por otros lares lo han descrito de la siguiente manera: él es un reprimido; ella es Don Draper.

Supongo que la cosa se pondrá más interesante a partir del episodio tres —algunos críticos estadounidenses enchufados postergan el punto interesante a partir del seis, lo cual no dice mucho de una serie de doce capítulos—. El caso es que hay material, las historias prometen —tanto la de los protagonistas como las de los secundarios— y la puesta en escena y ambientación es correcta en el buen sentido —ya saben que al otro lado del charco le suelen poner cuatro paredes a los escenarios, no como aquí…—.

Claro, la trama desemboca inevitablemente en el burdel de la ciudad ya que, según narra el libro en el que se basa la serie, las primeras que accedieron a los estudios del doctor fueron prostitutas —previo pago, por supuesto—. Y aquí viene la otra cosa que me molesta: la imagen banal e incluso cómica que se ofrece de la prostitución, aunque sean los cincuenta, recurriendo a un compendio de clichés acumulados que van desde la resabida hasta la inepta. Por si no se imaginan el puticlú les daré solo una pista: a Raymond Chandler —que ya escribía sobre pornografía y prostitución en los treinta, veinte años antes de que Masters pisara su primer burdel— le entraría la risa floja si lo viera.

La historia real de los protagonistas tiene una etapa, ya entrados los setenta, en la que montan una clínica donde hay un programa para «curar» o «revertir» la homosexualidad. De momento en lo que he visto de la serie solo hay una lesbiana, y su condición no parece molestar demasiado al doctor. Veremos si se atreven a entrar en ese tema o si queda sutilmente obviado entre electrodos y multiorgásmicas.