¿Saben lo que me pasa? Que me voy a morir y no voy a leer todos los libros que quiero. Me dirán: «Pues claro, Brito. Como todo el mundo». Pero no me refiero a eso.

Hablo de los libros que ya me he comprado y que amenazan con partir mi «balda de pendientes». Para mitigar mi angustia lectora me ha dado por ir al cine —y para cumplir con las obligaciones nosopranescas, todo hay que decirlo—.

Si leen a menudo esta revista, sabrán que ninguno de sus redactores bebe los vientos por la calidad, variedad y versatilidad de las carteleras españolas. El nosopraner supremo, de hecho, niega la mayor y afirma que eso del cine en sala es demodé, antisocial, incómodo, del siglo pasado… Para nada acorde con lo que vale el precio de una entrada, vamos. A pesar de eso, me he jugado el tipo y me he ido a ver un taquillazo de estos palomiteros de pro. De súper héroes para mayor escarnio, que es un género que me encanta —con los riesgos que ello implica—. Además, parece ser que El Capitán América. Soldado de Invierno es la última aparición cinematográfica de Chris Evans, que se va a poner a cultivar un huerto de pimientos, o algo así. Aunque sólo sea por comprobar el canto de cisne del muchacho… corrimos el riesgo.

Y menudo riesgo, oigan. Que la película es un pestiño de marca mayor. A ver, que el cine de efectos especiales, con menos guión que el encefalograna de una ameba es lo que tiene. Además, el subgénero de superhéroes es particular, suele valer todo y no busca otra cosa que entretener y subirse a la parra a cada minuto, respetando los mínimos del cómic —que también ahí hay tela para un par de trajes. Pero eso se lo cuento otro día—. Aún así… hay límites. Y el plantel de actores, en teoría de primera división —con Robert Redford, que ahí es nada— no logra salvar los muebles.

[Tweet “El amigo Chris Evans es tan expresivo como Chuck Norris en sus mejores tiempos”]

Porque me aburrí muchísimo. Para empezar, el Capitán América es de los personajes más anacrónicos y de difícil encuadre, en el contexto del siglo XXI, de todo el Universo Marvel, me parece. Ha envejecido mal, el pobre. Ahora especialistas del cómic me rebatirán con mil argumentos, pero es una percepción personal. Eso del patriotismo, los valores de la «vieja Norteamérica», la guerra por la libertad, la causa justa, etc… como que no —con permiso del trío de las Azores—. La trama, a pesar de inverosímil, es del noveno arte, así que no hay mucho que objetar. Pero es aburrida, predecible, sin ningún tipo de aliciente y con personajes bastante planos; quizás el villano tiene un punto, pero sólo hasta mitad de metraje, por culpa de un giro argumental que resulta tan evidente que no merece ni el spoiler. El debate interno de Steve Rogers sobre la inutilidad de su lucha, su desajuste en una sociedad a la que no pertenece, parece que aporte algo de sutileza y complejidad. Pero es un espejismo.

[Tweet “Para que se hagan una idea, lo que más me gustó fueron los títulos de crédito finales”]

El amigo Chris Evans es tan expresivo como Chuck Norris en sus mejores tiempos. Eso si, su físico pletórico de ciclos y pesas arrancará algún suspiro y chorreo hormonal, pero por fortuna es su última película como actor. O la última en mucho tiempo, si no nos han mentido. Para que se hagan una idea, lo que más me gustó fueron los títulos de crédito finales. Y no porque rubricaran el final del suplicio, sino porque están francamente bien diseñados y montados, muy en la línea de títulos de los años 60. Muy moderno y muy hipster todo. Pero ya. La entrada sólo me costó 4€, imagino que Jean Cité no tendrá que decirme «haber elegido muerte», porque tampoco es para eso. Pero la película es mala de solemnidad.

A ver cuándo se atreven los productores y directores con personajes del cómic algo más complejos, sustanciosos y atrayentes. Aún estoy esperando un spin-off con el Rorschach más ácido, distópico y apocalíptico. Pero no tendrán narices. Supongo.