NOSOPRANO

NOSOPRANO

Revista de crítica audiovisual, review de cine, series y libros

Categoría: CINE

Infiltrado en el KKKlan: o blanco o negro

En 1979 el agente de policía de Colorado Springs Ron Stallworth logró estar infiltrado durante nueve meses en el Ku Klux Klan. Este trabajo policial, ya de por sí meritorio,…

Título original: BlacKkKlansman; Dirección: Spike Lee; Guion: Spike Lee, Kevin Willmott, David Rabinowitz, Charlie Wachtel (Libro: Ron Stallworth); Música: Terence Blanchard;Fotografía: Chayse Irvin; Reparto: John David Washington, Adam Driver, Topher Grace, Laura Harrier, Ryan Eggold, Corey Hawkins, Robert John Burke, Paul Walter Hauser¡

En 1979 el agente de policía de Colorado Springs Ron Stallworth logró estar infiltrado durante nueve meses en el Ku Klux Klan. Este trabajo policial, ya de por sí meritorio, alcanza la categoría de hazaña si se tiene en cuenta la adscripción racial del protagonista. En efecto, el afroamericano Stallworth, con la colaboración de un compañero de raza blanca —a la sazón judío—, logró engañar no solo a los miembros rasos sino incluso a parte de la directiva de la asociación racista por antonomasia. Gracias a su trabajo pudieron ser identificados algunos miembros del Klan, además de evitarse algunas acciones criminales. El policía, ya retirado, publicó su aventura en forma de libro en 2014, despertando el interés del director y activista Spike Lee, que ahora la lleva al cine.

Infiltrado en el KKKlan es una película irregular. Por un lado, su logrado tono de comedia satírica apuntala una premisa dramática de enorme interés narrativo. Las geniales interpretaciones del dueto formado por Washington y Driver enriquecen un relato cuya puesta en escena desglosa con soltura cuantos recursos tiene a su disposición para retratar, desde la comedia, una época y un estilo muy concreto, realizando al tiempo numerosas referencias a la cultura blaxploitation del momento. Por ello, no puede resultar sino deliberadamente chocante la inserción de imágenes documentales de la más rabiosa actualidad como los discursos de Trump o las escenas del atropello por parte de un supremacista a los integrantes de una marcha pacífica el pasado año en Charlottesville.

La tesis del film se maneja en unos términos tan maniqueos que casi resultan panfletarios.

Por otro lado, la tesis del film, que sin duda aboga por la denuncia del auge del racismo que se está viviendo actualmente en numerosos países, con Estados Unidos a la cabeza, se maneja en unos términos tan maniqueos que casi resultan panfletarios. Mientras se retrata el activismo por los derechos civiles en términos de rigor histórico y desde la dignidad, el suprematismo de los integrantes del Klan está tan caricaturizado que, de alguna forma, se termina restando potencia al discurso contrario. Los miembros del Ku Klux Klan son construidos como un grupo radicalizado de paletos tan cortos de entendederas que realmente la disolución de su asociación no la provoca la injerencia de la policía ni el peso de la ley, sino sencillamente la torpeza de sus miembros.

A pesar de esto, el filme se configura como una pieza disfrutable dentro del panorama de estrenos, además de como una visión, particular y firmada por un director fiel a su trayectoria y estilo, del momento actual que viven los Estados Unidos.

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La sociedad literaria y el pastel de piel de patata: Melodrama british

La Isla de Guernsey, perteneciente al Reino Unido, está a 118 kilómetros de Inglaterra, pero tan solo a cincuenta de la cosa francesa. Durante la II Guerra Mundial, al igual…

Título original: The Guernsey Literary and Potato Peel Pie Society; Dirección: Mike Newell; Guion: Thomas Bezucha, Don Roos (Novela: Annie Barrows, Mary Ann Shaffer); Música: Alexandra Harwood;Fotografía: Zac Nicholson; Reparto: Lily James, Michiel Huisman, Glen Powell, Jessica Brown Findlay, Matthew Goode, Tom Courtenay, Penelope Wilton

La Isla de Guernsey, perteneciente al Reino Unido, está a 118 kilómetros de Inglaterra, pero tan solo a cincuenta de la cosa francesa. Durante la II Guerra Mundial, al igual que gran parte de Francia, la isla fue ocupada por el ejército de la Alemania nazi, que vio en ella un bastión de relevancia para la contienda. A lo largo de varios años, y empleando mano de obra esclava, los nazis fortificaron la costa con búnkeres; sembraron las playas con minas y barreras antitanque, y delegaron allí destacamentos fijos para asegurar el mayor control posible del Canal de la Mancha.

Alejados de sus hijos —pues los niños fueron evacuados de la isla antes de la invasión—, los habitantes del lugar se vieron de la noche a la mañana prisioneros en sus propias calles, bajo el ojo siempre amenazante del mando alemán que, entre otras cosas, les requisó todo el ganado para alimentar a sus soldados. Por ello, cuando en la ficción un grupo de vecinos fueron descubiertos por los alemanes tras haber compartido un cerdo asado que habían estado escondiendo, no se les ocurrió mejor mentira que decir que en realidad eran un club de lectura, y que lo que comían era un pastel hecho con pieles de patatas. Para mantener las apariencias y que el ejército invasor no sospechase durante la ocupación, por tanto, tuvieron que erigirse como un club de lectura de verdad.

El film se queda en lo predecible, tanto en su trama de investigación como en la otra, más intensa si cabe, sobre los dos triángulos amorosos que parece querer dibujar.

El filme de Mike Newell se sitúa en la inmediata posguerra, y ubica la acción en el momento en que una joven escritora londinense se interesa por los acontecimientos que dieron lugar a tan singular club de lectura. Embelesada por el relato que uno de los vecinos le hace de la historia a través de cartas, la escritora pospone su boda con su prometido americano y se traslada a la isla para escribir un artículo contando la valentía de los lugareños. No obstante, en cuanto empieza a investigar el pasado reciente de los protagonistas da con dos descubrimientos que desmoronan el plan inicial: por un lado, descubre que el club de lectura dio cobijo a una colaboracionista que mantuvo una relación con el enemigo y hasta tuvo una hija con un soldado alemán; por otro, se da cuenta de que está perdidamente enamorada del hombre con quien se cartea que, de hecho, es quien aparenta ser el padre de la criatura.

Con una apuesta firme por el melodrama, el relato está bien narrado y posee puntos de humor para aliviar el sentido trágico de la historia. No obstante, más allá de la corrección académica, el film se queda en lo predecible, tanto en su trama de investigación como en la otra, más intensa si cabe, sobre los dos triángulos amorosos que parece querer dibujar.

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La buena esposa: fabricante de reyes

Cuando al famoso escritor Joe Castleman le otorgan el premio Nobel de Literatura se pone a saltar de alegría junto a su esposa sobre la cama. Llevan casados cuarenta años,…

Título original: The Wife; Dirección: Björn Runge; Guion: Jane Anderson (Novela: Meg Wolitzer); Música: Jocelyn Pook;Fotografía: Ulf Brantas; Reparto: Glenn Close, Jonathan Pryce, Christian Slater, Max Irons, Annie Starke

Cuando al famoso escritor Joe Castleman le otorgan el premio Nobel de Literatura se pone a saltar de alegría junto a su esposa sobre la cama. Llevan casados cuarenta años, cuatro décadas que él ha pasado cosechando éxitos literarios bajo los cuidados siempre atentos de ella. Porque ella es, ante todo, «la esposa perfecta». No solo se encarga de organizar todos los detalles del viaje a Estocolmo, sino que además se podría decir que ella es la responsable de que su marido no se atiborre de chocolate y se tome las pastillas para el corazón; de que no tenga restos de comida en su barba; de recogerle la ropa que él va dejando tirada por las habitaciones; de acompañarle poniendo buena cara en los actos y demás agasajos a los tiene que acudir, o de satisfacer sus necesidades sexuales cuando él tiene ganas. Su absoluta entrega pasa incluso por perdonar las incontables infidelidades que su esposo ha cometido con el paso de los años. Todo, con tal de garantizar que él pudiera alcanzar el siempre ansiado éxito. Tanto es así, que de hecho ha sido ella quien ha escrito en la sombra todos los libros del Nobel de Literatura. La presencia durante el viaje de un periodista que parece haber descubierto la verdad, así como el enésimo intento por parte del autor de seducir a una joven fotógrafa, llevarán a la protagonista al borde de la crisis.

Glenn Close llena la pantalla a partir de una colección de sutilezas dispuestas con pericia milimétrica

La película dirigida por Björn Runge no presenta, de entrada, grandes logros estéticos ni narrativos. Su disposición se hace incluso predecible por momentos, y el afán por explicar todos y cada uno de los detalles priva a la pieza del interés que podría haberle otorgado un punto de ambigüedad. La obra está plagada de flashbacks que redundan en aquello que el espectador ya sabe, o ya se ha imaginado, sin contribuir a la narración más que con la certificación de lo evidente.

No obstante, aunque la presentación de la película pueda resultar tremendamente sencilla y de poca elaboración, lo cierto es que se trata de un plato compuesto por lo que los chefs llamarían «un producto de primera». Glenn Close llena la pantalla a partir de una colección de sutilezas dispuestas con pericia milimétrica. Si decimos que la información resulta redundante es precisamente porque la actriz ya se ha encargado de contarnos todo sin palabras, solo a base de miradas. No le quedan lejos el siempre solvente Jonathan Pryce y la propia Annie Starke, hija en la vida real de la actriz, que interpreta su mismo papel de joven y que logra adecuarse con elegancia al estilo de su madre —o más bien al contrario, pues las escenas de la hija se rodaron con anterioridad—. En cualquier caso, solo por el festival de la intérprete merece la pena pagar la entrada.

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First Man: La impotencia y el duelo

La carrera del treintañero Damien Chazelle podría compararse con el fulgurante ascenso del cohete Saturno V en la gesta del Apolo 11. Tras el éxito de crítica y público de…

Título original: First Man; Dirección: Damien Chazelle; Guion: Nicole Perlman, Josh Singer (Libro: James R. Hansen); Música: Justin Hurwitz;Fotografía: Linus Sandgren; Reparto: Ryan Gosling, Jason Clarke, Claire Foy, Kyle Chandler, Corey Stoll

La carrera del treintañero Damien Chazelle podría compararse con el fulgurante ascenso del cohete Saturno V en la gesta del Apolo 11. Tras el éxito de crítica y público de su segundo largometraje como director, Whiplash (2014), en 2017 Chazelle se convierte en el director más joven en lograr el Óscar por su tercera película, la multipremiada La la land (2016). Ahora, apoyado de nuevo frente a las cámaras por Ryan Gosling, y con el irrefutable talento —apenas aprovechado— de Claire Foy, el cineasta trae a la cartelera el biopic del primer hombre que pisó la Luna.

Neil Armstrong era piloto de pruebas cuando falleció de cáncer su hija pequeña. Por aquel entonces todavía los Estados Unidos seguían con pesadumbre la estela soviética en la carrera espacial. Armstrong logró entrar en el programa Gemini, antesala del ambicioso proyecto de ida y vuelta a la Luna, cuya principal misión consistía en lograr el acople de dos naves en el espacio. Superado el proceso, en 1967 dio comienzo el programa Apolo, con trágicos accidentes en sus primeras acciones. Armstrong perdió a varios compañeros y amigos en el trance de lograr la gesta de pisar el satélite. Finalmente, el 20 de julio de 1969, como es sabido, el Apolo 11 logró el alunizaje bajo su mando.

Observando el horizonte del Mar de la Tranquilidad, el mismo hombre que ha logrado la hazaña imposible de pisar la Luna sentirá la impotencia de no haber podido salvar la vida de su hija.

El filme de Chazelle persigue dos finalidades, la estética y la narrativa. Por un lado, ya desde los primeros acordes hace manifiestamente clara la pretensión de narrar la aventura espacial desde la perspectiva interior de su protagonista. En este sentido, contrariamente a lo que suele ser habitual en el género, no hay grandilocuentes planos de naves surcando el cosmos. En vez de ello, Chazelle opta por el plano subjetivo; la mirada cerrada y claustrofóbica del protagonista desde el interior de cabinas y naves que por los chirridos que emiten al quebrar los cielos se dirían de hojalata. La textura se vuelve rugosa y el plano trastabillante, sucio y desenfocado durante gran parte del metraje, casi como queriendo asimilar el peso de la atmósfera —la terrestre, pero también la emocional— sobre el personaje.

Por otro lado, desde el punto de vista narrativo, Chazelle trata de articular un relato paradójico que narra el éxito desde la absoluta pesadumbre. Apoyado en la ya habitual inexpresividad de su protagonista, el director consigue —o, al menos, intenta— confrontar la hazaña con el duelo; lo sublime del mayor de los éxitos con lo nefasto de la más oscura de las derrotas. De tal modo que, observando el horizonte del Mar de la Tranquilidad, el mismo hombre que ha logrado la hazaña imposible de pisar la Luna sentirá la impotencia de no haber podido salvar la vida de su hija.

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Cold War: amor libre

Terminada la II Guerra Mundial, un grupo de músicos recorre las zonas rurales de la devastada Polonia con el encargo de recuperar y potenciar el folclore local. Así, se dedican…

Título original: Zimna wojna; Dirección: Pawel Pawlikowski; Guion: Pawel Pawlikowski, Janusz Glowacki; Fotografía: Lukasz Zal; Reparto: Joanna Kulig, Tomasz Kot, Agata Kulesza, Borys Szyc, Cédric Kahn, Jeanne Balibar, Adam Woronowicz, Adam Ferency, Adam Szyszkowski

Terminada la II Guerra Mundial, un grupo de músicos recorre las zonas rurales de la devastada Polonia con el encargo de recuperar y potenciar el folclore local. Así, se dedican a visitar distintas regiones con un magnetófono para registrar las canciones tradicionales, a menudo cantadas en diferentes dialectos. Con ellas, el objetivo es crear una compañía musical con cantantes y bailarines adiestrados para llevar el folclore polaco no solo a todos los rincones del país, sino también al resto de teatros del malherido viejo continente. Esto, sin embargo, despierta el interés de los nuevos poderes fácticos en el lugar, y las autoridades no tardan en exigir a la agrupación la introducción en su repertorio de cánticos laudatorios y propagandísticos hacia la figura de Stalin y los ideales soviéticos.

En este contexto surgirá el amor entre el director de la compañía y una de las vocalistas, quienes darán rienda suelta a sus pasiones en encuentros furtivos. El pasado penitenciario de ella y su situación de casi libertad condicional la hacen especialmente gobernable por aquellos que ansían encontrar alguna tacha en la conducta del director que poder llevar ante las autoridades. Por ello, ambos amantes deciden aprovechar un concierto en Berlín Oriental para fugarse juntos y comenzar una nueva vida. No obstante, finalmente sólo el director ejecuta la fuga, quedando su amada en la Polonia soviética y postergando su romance hasta que, pasados los años, y ya con otras parejas y otras vidas, ambos vuelvan a reencontrarse en un café de París.

Nada parece oponerse de verdad a su amor más que ellos mismos, y esto convierte el final de la historia en algo tan pretendidamente trágico como narrativamente evitable.

Con una apuesta estética más que autoconsciente (formato casi cuadrado, blanco y negro, ausencia de banda sonora…), el director Pawel Pawlikowski sigue la estela que ya marcó hace dos años en la oscarizada Ida, y el resultado es francamente digno de destacar. Una fotografía impecable y una iluminación virtuosa en el blanco y negro cimentan una factura visual que apuesta por lo sintético, lo realista y lo concreto. La historia de amor se compone a partir de retazos en forma de escenas de precisión milimétrica en lo narrativo, y de extraordinaria belleza en lo visual. Nada sobra, y lo que falta se deja al buen entendimiento de los espectadores.

Sin embargo, pese a lo interesante de la premisa y la apuesta visual, la historia se antoja demasiado artificiosa, con personajes erráticos que parecen querer estar juntos pero que no hacen más que huir el uno del otro bajo el genérico y lejanamente apreciable paraguas de la Guerra Fría. Nada parece oponerse de verdad a su amor más que ellos mismos, y esto convierte el final de la historia en algo tan pretendidamente trágico como narrativamente evitable.

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Un pequeño favor: una comedia de intriga

Desde que enviudó, Stephanie se esfuerza como nadie para ser una madre perfecta. Además de atender todas las necesidades de su hijo y de vigilar su alimentación y lenguaje, se…

Título original: A simple favor; Dirección: Paul Feig; Guion: Jessica Sharzer (Novela: Darcey Bell); Fotografía: John Schwartzman; Música: Theodore Shapiro; Reparto: Blake Lively, Anna Kendrick, Henry Golding

Desde que enviudó, Stephanie se esfuerza como nadie para ser una madre perfecta. Además de atender todas las necesidades de su hijo y de vigilar su alimentación y lenguaje, se preocupa de participar en todas las actividades de la escuela, a las que siempre lleva sus mejores elaboraciones culinarias o, si es necesario, su tanque de helio para inflar globos en las fiestas —porque, al parecer, no se puede ser una buena madre si no se tiene en casa un tanque de helio para globos—. Su principal problema, sin embargo, es que no tiene más apoyo económico que la prestación que recibió del seguro de vida de su difunto y la escasa monetización que obtiene de su videoblog de consejos y trucos para padres. Por eso, cuando su hijo se hace amigo del hijo de Emily, Stephanie se topa de pronto con todo lo que ansía.

Emily es una sofisticada directiva de una firma de moda. Vive en un casoplón de diseño, tiene un vestidor plagado de zapatos y un marido que la adora. Su trabajo le deja tiempo para pasar las tardes tomando Martinis, y su actitud y resolución ante la vida parecen sugerir que siempre obtiene lo que se propone. Por eso a todos les resulta extraño que un buen día desaparezca sin dejar más rastro que una llamada de teléfono en la que le pide a su amiga Stephanie que recoja a su hijo del colegio.

Blake Lively, además de eclipsar a Anna Kendrick en todos los aspectos, logra aportar una trascendencia a su villana digna de la mismísima Barbara Stanwyck

Cuando la ausencia de Emily se prolonga, Stephanie comienza a investigar por su cuenta qué ha podido ocurrirle a su amiga. Así, mientras poco a poco va descubriendo los secretos más oscuros de su pasado, Stephanie irá paulatinamente usurpando su lugar tanto en la casa como en el corazón de su hijo… y de su marido.

Presentado como un thriller de investigación doméstica, la película navega entre el tono del misterio y la comedia sofisticada, encontrando en los diálogos inteligentes y la correcta dosificación de la información sus principales aciertos. No solo juega con los estereotipos tradicionalmente femeninos del género negro, sino que además consigue llevar desde el humor la sustancia de la intriga y del suspense. En este sentido, es imprescindible mencionar el acierto del personaje interpretado por Blake Lively quien, además de eclipsar a Anna Kendrick en todos los aspectos, logra aportar una trascendencia a su villana digna de la mismísima Barbara Stanwyck.

De hecho, el contrapunto paródico que imprime Kendrick a su interpretación lastra en parte el tono realista de toda la película, que termina proponiendo un final abrupto y una resolución demasiado simplona para lo que ha sido durante todo el metraje una enrevesada trama de engaños, secretos y mentiras.

Pese a ello, la ejecución es tan sugerente y atractiva, y está narrada con una energía tan lograda, que sin duda se trata de una comedia de intriga más que recomendable.

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Johnny English: espionaje analógico

Quizá el instante que mejor describe la última entrega de la trilogía protagonizada por el agente Johnny English sea cuando el actor Rowan Atkinson, enfundando en una armadura medieval, y…

Título original: Johnny English Strikes Again; Dirección: David Kerr; Guion: Robert Wade; Fotografía: Florian Hoffmeister; Música: Howard Goodall; Reparto: Rowan Atkinson, Olga Kurylenko, Emma Thompson

Quizá el instante que mejor describe la última entrega de la trilogía protagonizada por el agente Johnny English sea cuando el actor Rowan Atkinson, enfundando en una armadura medieval, y en el contexto de un castillo escocés, neutraliza a espadazos la amenaza que supone la inteligencia artificial de un teléfono móvil de última generación. La metáfora visual logra, quizá sin pretenderlo, actualizar un mito de lejanas resonancias al poner frente a frente a un caballero andante y a semejante quimera electrónica. Se completa, además, la conclusión obvia al ser precisamente Johnny English el paladín que obra la hazaña de salvar al mundo de los funestos males de la tecnología.

El argumento de esta nueva entrega no se complica demasiado. Un hacker ha accedido a la base de datos del MI7 y ha robado la identidad de todos los agentes secretos del servicio británico. Además, se está dedicando a causar el caos con atentados ciberterroristas de bajo perfil: cerrar todos los semáforos del mundo; dirigir el tráfico aéreo mundial al mismo aeropuerto, o hacer girar la gigantesca noria London Eye en modo centrifugado. El gobierno británico, para poder desenmascarar al hacker, sólo encuentra una solución: recurrir a alguno de los viejos agentes retirados cuya identidad secreta sigue siendo desconocida y, por supuesto, el primero disponible es el más torpe de todos.

Johnny English realiza un alegato en favor de lo analógico, rechazando de plano cualquier avance tecnológico que vaya más allá del motor de combustión

La misión de Johnny English recorrerá el itinerario habitual de cualquier película de la saga James Bond, a la que parodia. Estas etapas incluyen el restaurante de lujo, el yate de lujo y, por supuesto, el enfrentamiento con la malvada espía enemiga que, en esta ocasión, está precisamente interpretada por una auténtica «chica Bond»: Olga Kurylenko.

Sería absurdo exigirle a la tercera entrega de una saga paródica un estándar de calidad que fuera más allá que lograr al menos una sonrisa en los espectadores. Atkinson, sabio conocedor del género y maestro en el arte de reírse de uno mismo, adapta sus viejos gags de Mr. Bean para lanzárselos a un público previsiblemente más joven, y quizá sin demasiado acierto. En efecto, en la película hay instantes divertidos, pero tal vez sean los menos de entre una sucesión bastante previsible de chistes sin mucha gracia.

A pesar de todo, sí hay un elemento destacable que juega a la contra de todas las premisas tradicionales del género. Lejos de hacer uso, como es habitual, de las más modernas innovaciones tecnológicas, Johnny English realiza un alegato en favor de lo analógico, rechazando de plano cualquier avance tecnológico que vaya más allá del motor de combustión y resultando finalmente la clave de su éxito: sin móviles ni vehículos que pueda hackear, el villano terminará sucumbiendo al rudo y eficaz garrotazo medieval.

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Todos lo saben: localismo universal

El —ya— pasado verano, el canal Cosmopolitan ha traído la adaptación televisiva de la novela Picnic on Hanging Rock, de la escritora australiana Joan Lindsey. La historia aborda cómo una…

Título original: Todos lo saben; Dirección y guion: Asghar Farhadi; Fotografía: José Luis Alcaine; Música: Alberto Iglesias; Reparto: Penélope Cruz, Javier Bardem, Ricardo Darín, Eduard Fernández, Bárbara Lennie, Elvira Mínguez, Ramón Barea, Inma Cuesta

El —ya— pasado verano, el canal Cosmopolitan ha traído la adaptación televisiva de la novela Picnic on Hanging Rock, de la escritora australiana Joan Lindsey. La historia aborda cómo una misteriosa desaparición da al traste con el ecosistema humano de un colegio femenino a comienzos del siglo XX. Su fuerza o, al menos, gran parte de ella, reside en un intrigante final que —cuidado spoiler—, no soluciona el conflicto. Quizá porque no hace falta.

Todos lo saben, la última película estrenada por el director Asghar Farhadi, narra una historia lejanamente parecida. Laura (Penélope Cruz) viene a España desde su hogar en Buenos Aires para asistir a la boda de su hermana. Trae consigo a sus hijos y deja allí a su acaudalado marido (Ricardo Darín) que tiene que atender compromisos laborales. La boda se celebra en su localidad natal, un pequeño pueblo manchego que se ha volcado con la fiesta. Nada más llegar, Laura se reencuentra con su familia, con su avejentado padre y con un amor de juventud encarnado por Javier Bardem. La ceremonia y su posterior celebración sigue todas y cada una de las pautas tradicionales de cualquier boda española. Salvo, claro está, porque durante la fiesta la hija adolescente de Laura es secuestrada.

La desaparición de la joven y las condiciones del rescate sacarán a la luz las inquinas y rencillas ocultas bajo los adoquines de la localidad. Disputas antiguas, conflictos de lindes y emociones soterradas conformarán un melodrama enturbiado por cierto tono de thriller rural.

Quizá lo que más ha llamado la atención de Todos lo saben ha sido la extraordinaria capacidad de su director para retratar con tanto acierto la cultura y la atmósfera de un pequeño pueblo de la meseta castellana. Curiosamente, el ganador del Óscar Asghar Farhadi, actualmente uno de los principales exponentes del cine iraní, no habla ni una palabra de español. Y, sin embargo, el filme transpira realidad por los cuatro costados.

No cabe duda de que parte del mérito lo aporta el excelente elenco de intérpretes que se dan cita en la película.

No cabe duda de que parte del mérito lo aporta el excelente elenco de intérpretes que se dan cita en la película. Cruz, Bardem y Darín ofrecen un derroche interpretativo que no deja atrás al buen hacer de un plantel de secundarios de lujo. No obstante, el logro no reside solo en sus aportaciones. El director, que también firma el guion, ha sabido condensar el conflicto humano en un horror tan genuinamente local como innegablemente universal.

Y ahí el principal problema: en su afán de seguir los condicionantes del thriller, el drama se ve suspendido y entrecortado; abocado a un final resolutivo tan flojo y mal llevado, que el espectador sale preguntándose por qué no habrá hecho el director como hizo Joan Lindsey con el final de su Hanging Rock.

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La Monja: torpeza y encanto de la serie B

Según se desveló en Expediente Warren: The Conjuring (2013) y su secuela, el matrimonio Warren, especialista en la investigación de lo paranormal, tiene en el sótano de su casa una…

Título original: The Nun; Dirección: Corin Hardy Guion: Gary Dauberman (Historia: James Wan, Gary Dauberman); Fotografía: Maxime Alexandre; Música: Abel Korzeniowski; Reparto: Taissa Farmiga, Demian Bichir, Bonnie Aarons, Charlotte Hope, Ingrid Bisu, Jonas Bloquet

Según se desveló en Expediente Warren: The Conjuring (2013) y su secuela, el matrimonio Warren, especialista en la investigación de lo paranormal, tiene en el sótano de su casa una inmensa colección de objetos embrujados o demoníacos donde está, entre muchos otros, la ominosa muñeca Annabelle. Allí los custodian para que sus maldiciones no causen mayores daños. No obstante, quizá el más terrorífico de todos los objetos no lo conservan con el resto del catálogo, sino que luce colgado en una de las paredes de la oficina principal de los investigadores: la pintura de una monja malvada realizada por ellos mismos a partir de sus pesadillas. En la secuela del film, titulada Expediente Warren: El caso Enfield (2016), la pareja formada por Ed y Lorraine se tiene que enfrentar con este siniestro espectro que resulta ser, según logran averiguar, un demonio llamado Valak.

Después de deslindarse en historias paralelas a las principales, como los spin-of dedicados a la muñeca Annabelle, ahora la factoría del productor James Wan, director de ambos Expedientes, trae una nueva ramificación a su universo terrorífico. En La Monja se nos narra el origen del funesto demonio Valak y, para ello, la narración nos traslada a una abadía rumana en los años cincuenta que está erigida sobre un portal al mismísimo infierno. Cuando una de las monjas de clausura que habitan la abadía se suicida, el Vaticano opta por enviar al lugar a un exorcista sin más ayuda que la de una novicia con dones premonitorios y el apoyo de un labriego de la localidad.

La película presenta aciertos estéticos, como una ambientación gótica preñada de reminiscencias a los clásicos de serie B, así como a obras de la Hammer de los setenta

Dirigida por Corin Hardy, la película presenta aciertos estéticos, como una ambientación gótica preñada de reminiscencias a los clásicos de serie B, así como a obras de la Hammer de los setenta. Ayuda a ello el escaso empleo de efectos digitales y la apuesta por la acción real, siempre bordeando, como es patente, la linde entre lo artesano y lo ridículo. No obstante, lo bueno se queda ahí, pues la historia se reduce a una mera colección de clichés y sobresaltos previsibles que la sitúan muy por debajo de las piezas dirigidas por Wan.

Eso sí, el engarce del filme con el resto de títulos de la franquicia está sutilmente bien llevado, dejando al espectador con el interés tanto por revisionar las obras precedentes del mismo universo, como por las próximas entregas ya anunciadas, como The Crooked Man —otro spin-of salido de la colección de objetos franquiciables de los Warren—, el tercer capítulo de los Expedientes, o la intriga por saber qué relación puede haber entre la novicia Irene, interpretada por Taissa Farmiga, y Lorraine Warren, personaje que interpreta su hermana Vera Farmiga.

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Yucatán: timo en alta mar

Si algo dejó patente la novela picaresca del Siglo de Oro es que entre los timadores y la comedia hay una relación inquebrantable. No hace falta remontarse a Lubitsch para…

Título original: Yucatán; Dirección: Daniel Monzón Guion: Daniel Monzón, Jorge Guerricaechevarría; Música: Roque Baños; Reparto: Luis Tosar, Rodrigo de la Serna, Joan Pera, Stephanie Cayo, Toni Acosta, Adrián Núñez

Si algo dejó patente la novela picaresca del Siglo de Oro es que entre los timadores y la comedia hay una relación inquebrantable. No hace falta remontarse a Lubitsch para comprender que este vínculo no solo no se debilita, sino que incluso se fortalece cuando se aborda desde el lenguaje cinematográfico. El director Daniel Monzón y el guionista Jorge Guerricaechevarría lo saben bien. Después de construir la tensión del thriller con Celda 211 (2009) y el vértigo de la acción en El Niño (2014), ahora regresan ambos al género que, de alguna forma, los unió en El robo más grande jamás contado (2002), primera comedia en la que trabajaron juntos. El resultado de Yucatán, aunque con altibajos, supera la prueba.

Lucas y Clayderman son dos timadores profesionales que llevan más de un año enemistados. Ambos son especialistas en dar el golpe a los desprevenidos clientes de cruceros de lujo, pero en vista de sus diferencias decidieron no volver a verse, por lo que se repartieron el territorio: Atlántico para el primero, Mediterráneo para el segundo. El motivo de esta rivalidad viene de lejos, y tiene que ver, por supuesto, con una mujer a la que ambos aman: Verónica. Pero Lucas transgrede la linde y se cuela como polizón en el buque que trabaja Clayderman, que cubre la ruta desde Barcelona hasta Yucatán. El motivo, según afirma, es puramente amoroso: quiere reconquistar el corazón de Verónica, que es pareja del otro. No obstante, todos saben que en realidad su aliciente es otro: entre el pasaje del crucero viaja un anciano que ha obtenido más de cien millones de euros en la lotería. Ambos timadores competirán por hacerse con el botín de una presa tan jugosa, pero no lo tendrán nada fácil cuando Verónica, cansada de ser el trofeo que acompañe al ganador, decide lanzarse también a la caza de los millones del viejo.

En su recorrido cabe tanto el humor absurdo e inverosímil como el fondo emocional más auténtico

La comedia tiene siempre la virtud de conseguir una mayor transigencia por parte del espectador. Jack Lemmon y Tony Curtis solo precisan ponerse medias y aflautar la voz para que el público aceptemos que son perfectas damiselas en apuros junto a Marilyn Monroe, siempre que al final cumplan su parte del trato y proporcionen una buena carcajada.

En Yucatán sucede otro tanto de lo mismo. En su recorrido cabe tanto el humor absurdo e inverosímil como el fondo emocional más auténtico. Las trampas de los timadores van desde lo inmoral pero plausible hasta lo paródico y sobreactuado en un filme donde se mezcla el enredo con el romance —y con actuaciones musicales y de baile—.

Pero todo es perdonable, incluso el excesivo metraje y el vaivén de tonos. Los giros del relato y la cruda verdad que transpiran las interpretaciones de todos los personajes convierten esta película en una pieza absolutamente entretenida.

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Los futbolísimos: misterio en el campo de fútbol

El mundo de Pakete se está viniendo abajo. El equipo de fútbol de su colegio, donde juega él con su pandilla de amigos y amigas, corre un grave peligro. Si…

Título original: Los futbolísimos; Dirección: Miguel Ángel Lamata Guion: Pablo Fernández, Miguel Ángel Lamata (Libro: Roberto Santiago); Fotografía: Teo Delgado; Música: Fernando Velázquez; Reparto: Julio Bohigas-Couto, Carmen Ruiz, Joaquín Reyes, Milene Mayer, Jorge Usón, Toni Acosta

El mundo de Pakete se está viniendo abajo. El equipo de fútbol de su colegio, donde juega él con su pandilla de amigos y amigas, corre un grave peligro. Si no logran remontar en la liguilla de centros educativos, la jefa de estudios ha amenazado con sustituirlo por otra actividad más cultural, como por ejemplo un coro. Y eso sería terrible, pues el protagonista no solo perdería el espacio para desarrollar su principal afición, sino que daría al traste con el pilar principal que sostiene la estructura de su grupo de amigos. Y además, correría el riesgo de que Helena —con hache—, la chica que le gusta aunque él diga que no, se marchase a otro colegio. Animados y convencidos de que trabajando juntos lograrán impedirlo, Pakete y su equipo se proponen no volver a perder ninguno de los partidos que faltan por disputarse. Pero él es francamente malo tirando penaltis, y además una serie de sucesos extraños empiezan a interponerse en su camino: los árbitros de cada encuentro caen misteriosamente dormidos en mitad de los partidos.

Adaptación de la primera entrega de una saga literaria infantil, Los Futbolísimos está estructurada como una comedia de enredos más que un relato de aventuras deportivas. Efectivamente hay partidos de fútbol, si bien no son la parte realmente importante de la trama. Más que la competición, el interés radica en la investigación que llevan a cabo los muchachos a costa de los adultos del relato para esclarecer qué está provocando la inminente narcolepsia de los colegiados y qué implicación tiene en ello el malvado Gordillo, el árbitro suplente.

El filme presenta valores encomiables como la amistad, la solidaridad y la capacidad para sobreponerse a los entuertos

La dirección acentúa el tono paródico de la obra imprimiendo a la historia un ritmo acelerado y plagado de movimientos de cámara, chistes visuales y un montaje adornado con no pocos efectos y trucajes. El problema, no obstante, es precisamente que los intérpretes no acompañen el virtuosismo de la puesta en escena, ni los pequeños ni los mayores.

Los primeros, a pesar de interpretarse prácticamente a sí mismos, carecen por completo de toda naturalidad, sonando a menudo encorsetados por un guion demasiado literario. Los segundos, en cambio, llevan sus interpretaciones hacia el histrionismo, sin duda conscientes de que la película está dirigida fundamentalmente a un público muy, muy pequeño.

Y ahí el quid de la cuestión. El filme presenta valores encomiables como la amistad, la solidaridad y la capacidad para sobreponerse a los entuertos; allana el camino para que las nuevas generaciones se interesen por el séptimo arte y, en suma, se trata de una pieza divertida y alocada que sin duda disfrutarán los espectadores —siempre que tengan menos de diez años—.

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Mission Impossible: Fallout: lo mismo, y por muchos años

Incombustible. No hay una palabra mejor para definir la franquicia de Misión Imposible. Sin contabilizar sus orígenes seriales en la televisión de los sesenta, ya van seis entregas cinematográficas estrenadas…

Título original: Mission: Impossible – Fallout; Dirección: Christopher McQuarrie Guion: Christopher McQuarrie, Bruce Geller; Fotografía: Rob Hardy; Música: Lorne Balfe; Reparto: Tom Cruise, Rebecca Ferguson, Henry Cavill, Simon Pegg, Ving Rhames, Vanessa Kirby

Incombustible. No hay una palabra mejor para definir la franquicia de Misión Imposible. Sin contabilizar sus orígenes seriales en la televisión de los sesenta, ya van seis entregas cinematográficas estrenadas en sala desde mediados de los años noventa, que se dice pronto. Todas ellas tienen dos elementos en común: están protagonizadas por Tom Cruise, y son en todo caso superproducciones. Eso sí, la calidad, como siempre, es un elemento más relativo aunque, en el caso de no ocupa, parece dar un pasito adelante.

La última entrega aborda una nueva trama de espionaje internacional sin demasiado fundamento más allá que poner a los protagonistas ante la siempre imponderable cuestión de la vida o la muerte a escala planetaria. El interés, como de costumbre, reside en la suplantación, el engaño, la intriga y la acción, especialmente la acción.

No hay entrevista en que no pregunten a Tom Cruise, normalmente de una forma más o menos sutil, si no considera que ha perdido la cabeza con eso de querer realizar él mismo sus escenas peligrosas, especialmente ahora que bordea los sesenta. La respuesta suele ser siempre la misma, y suele desvelar entre líneas siempre el mismo razonamiento: la autenticidad es la razón de ser de todo; el motivo que termina llenando las salas. No es extraño que incluso hayan aprovechado la rotura de tobillo del protagonista durante el rodaje como truco publicitario. En Mission Impossible: Fallout, además de las carreras frenéticas por los tejados de Londres o las persecuciones en moto por las principales avenidas de París —sin casco y en dirección contraria—, el actor se cuelga de helicópteros en vuelo manteniendo tomas de plano máster.

El personaje de Cruise tiene una profundidad y un sentido a medio camino entre lo melodramático de Bourne y lo robótico de Bond

No obstante, en esta ocasión además hay un elemento de interés: hay historia o, al menos, toda la historia que se puede destilar de una franquicia cuyo principal componente es la peripecia. El personaje de Cruise tiene una profundidad y un sentido a medio camino entre lo melodramático de Bourne y lo robótico de Bond. Un medio camino que, de alguna manera, le aporta realismo. Se trata de un personaje que tiene un pasado, un acervo y una historia junto a su equipo; y que además no se desenvuelve mal en la comedia.

La última entrega de Missión Impossible no pasará a la historia por su trascendencia cinematográfica, pero al menos es fiel cumplidora de lo que promete, presenta una narración digna para su envoltorio, y es además digna deudora de su pasado televisivo. Los propios títulos de crédito ya lo declaran al emular los mejores pasajes que están por venir. Y ahí, en el respeto a su esencia, reside su principal interés y su principal virtud. Ethan Hunt sigue siendo el mismo, y por muchos años.

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Blackwood: el terror sin susto

Puedo afirmar con conocimiento de causa que Rodrigo Cortés es un maestro de cine. Su sabiduría y ojo analítico roza la erudición, como ha demostrado y demuestra en la multitud…

Título original: Down a Dark Hall; Dirección: Rodrigo Cortés; Guion: Mike Goldbach, Chris Sparling (Novela: Lois Duncan); Fotografía: Jarin Blaschke; Música: Víctor Reyes; Reparto: AnnaSophia Robb, Uma Thurman, Isabelle Fuhrman, Noah Silver, Rosie Day, Kirsty Mitchell, Taylor Russell

Puedo afirmar con conocimiento de causa que Rodrigo Cortés es un maestro de cine. Su sabiduría y ojo analítico roza la erudición, como ha demostrado y demuestra en la multitud de manifestaciones culturales en las que participa de continuo. Su artesanía, igualmente, queda manifiesta en sus obras, que creo que hablan por sí mismas. Ahora, seis años después de su último largometraje, regresa con una pieza de encargo en la que deja su impronta, orientándola hacia una deriva que, si bien resuelve con holgura, quizá no sea del todo la apropiada para el material original.

El internado Blackwood es un lugar especial para chicas problemáticas. Ubicado en una suntuosa mansión de vetustas hechuras en mitad del bosque, está dirigido con mano de hierro por Madame Duret, quien impone una disciplina centrada en explotar las habilidades artísticas de sus residentes. No obstante, como pronto empieza a descubrir Kit, la protagonista, hay algo que no pinta bien en el programa educativo de la jefa del internado. Las alumnas, presas de algún tipo de embrujo, sucumben a periodos de actividad frenética en las artes en que son duchas a los que siguen instantes de pura amnesia mientras diversas manifestaciones sobrenaturales tienen lugar en la mansión. Preocupada por el funesto final que se vislumbra tanto para sus compañeras como para ella, Kit decide investigar la causa y origen de sus males.

El director dota de profundidad a un contenido de consumo adolescente

El director dota de profundidad a un contenido de consumo adolescente —una novela juvenil de Lois Duncan, autora, entre otros, de trabajos también llevados al cine como Sé lo que hicisteis el último verano—, y huye todo cuanto puede de la dinámica de «sustos y portazos» en la que parece haber caído la mayor parte del cine de terror actual. Ahora bien, lo cierto es que con tan poca sustancia la sopa le ha quedado un poco insípida, con una premisa y situaciones que vacila entre lo gótico y lo moderno; entre lo sobrenatural y lo realista, y entre lo sutil y lo sobreverbalizado hasta el punto de que el espectador no puede sino salir de la sala preguntándose qué gran película de sustos y portazos podría haber hecho Rodrigo Cortés.

Título original: Down a Dark Hall; Dirección: Rodrigo Cortés Guion: Mike Goldbach, Chris Sparling (Novela: Lois Duncan); Fotografía: Jarin Blaschke; Música: Víctor Reyes; Reparto: AnnaSophia Robb, Uma Thurman, Isabelle Fuhrman, Noah Silver, Rosie Day, Kirsty Mitchell, Taylor Russell

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Mary Shelley: juego de camas

En 1931 James Whale dirigió la que probablemente sea la adaptación más icónica de Frankenstein. Aunque ha habido infinidad de sucesivas versiones, el monstruo de aquélla, interpretado por Boris Karloff,…

Título original: Mary Shelley; Dirección: Haifaa Al-Mansour Guion: Emma Jensen, Haifaa Al-Mansour; Fotografía: David Ungaro; Música: Amelia Warner; Reparto: Elle Fanning, Douglas Booth, Bel Powley, Maisie Williams, Joanne Froggatt, Tom Sturridge

En 1931 James Whale dirigió la que probablemente sea la adaptación más icónica de Frankenstein. Aunque ha habido infinidad de sucesivas versiones, el monstruo de aquélla, interpretado por Boris Karloff, ha quedado configurado en la memoria del Mundo como un estereotipo emblemático; como una marca registrada. La película, que se basaba en una adaptación teatral, no ocultaba su germen originario y en los créditos iniciales se alude a la novela gótica escrita al frío del año sin verano por Mary Wollstonecraft Godwin. Ahora bien, en tales créditos iniciales no se menciona en ningún momento el nombre de la autora. En vez de eso se alude a ella como «la señora de Percy B. Shelley», cayendo en una invisibilización que, según se nos narra en el filme de Haifaa Al-Mansour, acompañó a la escritora también en vida.

Mary Shelley es una película irregular. Por un lado, pretende establecer un paralelismo en absoluto metafórico entre la autora y su obra. Para ello, retrata a una protagonista adelantada a su tiempo en muchos aspectos y, por consiguiente, del todo incomprendida. Además de escaparse con el poeta Shelley —que ya por entonces estaba casado—, la protagonista sufre el escándalo y el oprobio por su relación abierta, a lo que se une la desolación de la muerte de su primer hijo. Frankenstein o el moderno Prometeo será para ella una forma de exorcizar sus propios traumas reflejando sobre el monstruo toda la soledad y la incomprensión que ella misma experimenta.

No obstante, el filme también pretende, por otro lado, ser una suerte de melodrama romántico adolescente

En este sentido, tanto la sensibilidad de la directora y guionista —no olvidemos que fue la primera mujer cineasta de Arabia Saudi— como la sutil elegancia interpretativa que imprime Elle Fanning al personaje suponen sendos aciertos que dotan a la película de profundidad.

No obstante, el filme también pretende, por otro lado, ser una suerte de melodrama romántico adolescente. Si bien es cierto que los personajes históricos son retratados en su juventud —de hecho no hay otra forma de retratarlos con fidelidad, Lord Byron murió con 36 años, Percy B. Shelley, con 29—, la trama, las relaciones y el enamoramiento de unos con otros casi roza en lo estético y lo narrativo los niveles de la saga Crepúsculo, lo cual resta enjundia al resultado final y provoca que el espectador que esté interesado en lo sustancial del hito literario se termine aburriendo con la superficialidad de tanto juego de camas.

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Ocean’s 8: la feminización del robo

Cantaba Marilyn Monroe en Los caballeros las prefieren rubias (1953) que los diamantes son los mejores amigos de una chica. Gary Ross lleva al extremo la afirmación en la nueva…

Título original: Gary Ross; Dirección: Gary Ross Guion: Olivia Milch, Gary Ross; Fotografía: Eigil Bryld; Música: Daniel Pemberton; Reparto: Sandra Bullock, Cate Blanchett, Anne Hathaway, Helena Bonham Carter, Mindy Kaling, Rihanna, Awkwafina, Sarah Paulson, Dakota Fanning, Eric West

Cantaba Marilyn Monroe en Los caballeros las prefieren rubias (1953) que los diamantes son los mejores amigos de una chica. Gary Ross lleva al extremo la afirmación en la nueva entrega de la saga Ocean’s planteando una repetición paso por paso de todos los elementos que conformaban las anteriores, si bien con la única particularidad de que, en esta ocasión, la cuadrilla la componen exclusivamente mujeres —o, al menos, eso es lo que parece—.

Esclavos de algún tipo de maldición familiar semejante a las de las antiguas tragedias griegas, todos los miembros de la familia Ocean parecen condenados a vivir los mismos acontecimientos una y otra vez. Al igual que ya hiciera su hermano Danny, Debbie Ocean (Sandra Bullock), aprovechando el primer permiso que tiene en su condena por robo, decide organizar un golpe mucho mayor. Para ello, lo primero que hace es reclutar un grupo de especialistas y urdir un complejo plan para robar un collar de diamantes. No obstante, como ya le pasó a su hermano, de pronto una ex pareja entra en el juego, complicando toda la operación. Finalmente, una serie de giros inesperados intercederán en la narración para, del mismo modo que ya hiciera Danny, lograr sorprender al púbico a pesar de lo predecible de toda la yincana.

Lo único que se le exige a este tipo de películas es una ingeniosa parafernalia capaz de asegurar el entretenimiento y, a ser posible, alguna sorpresa final.

Si algo puede definir a la saga Ocean’s es la trivialidad. No es necesario ni una trama compleja ni personajes abonados con sesudos trasfondos. De hecho, ni siquiera hace falta conocer sus nombres. Lo único que se le exige a este tipo de películas es una ingeniosa parafernalia capaz de asegurar el entretenimiento y, a ser posible, alguna sorpresa final. Con estos requerimientos, lo cierto es que el film cumple sobradamente su cometido, si bien con la repetición de un patrón al que se sigue de forma milimétrica sin aportar más frescura que la derivada de las interpretaciones de las mujeres implicadas en el entuerto, las cuales brillan más en los roles secundarios que los principales.

Ocean’s 8 se une a la ola de títulos de protagonismo femenino que refríen obras precedentes donde eran los hombres quienes llevaban la narración; una tendencia que parece querer surfear la moda del #metoo al tiempo que asegurar el tiro repitiendo fórmulas exitosas en el pasado en lugar que plantear personajes originales femeninos que no tengan ya de entrada el handicap de la inevitable comparación de sexos.

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Jawbone: una película de boxeo (casi) sin boxeo

Ayer vi «Jawbone», película dirigida por Thomas Napper y protagonizada por un soberbio Johnny Harris, acompañado por unos estupendos Ray Winstone y Michael Smiley. Si te gusta el boxeo como…

Dirección: Thomas Napper; Guion: Johnny Harris; Música: Paul Weller; Fotografía: Tat Radcliffe; Reparto: Johnny Harris, Ian McShane, Ray Winstone, Michael Smiley, Atul Sharma, Margaret Wheldon, Dean Williams, Marilyn May James, Anna Wilson-Hall

Ayer vi «Jawbone», película dirigida por Thomas Napper y protagonizada por un soberbio Johnny Harris, acompañado por unos estupendos Ray Winstone y Michael Smiley. Si te gusta el boxeo como deporte y eres aficionado/a a las películas que versan sobre lo que pasa dentro y fuera del ring… deberías verla. Pero te advierto: si tienes en mente la producción arquetípica del género, protagonizada por Silvester Stallone —sí, hablo de «Rocky» —, quizás deberías enfrentarte a la peli con una mente fresca y otros ojos. Rocky y casi todas las películas similares que le siguieron con los años, siendo estupendos productos de entretenimiento, han hecho bastante daño a este deporte, propagando clichés, roles y escenarios que se han repetido hasta la náusea, despojándolos de todo sentido y carga dramática.

No quiero decir con esto que lo que se muestra en estas películas sea una mentira integral. Es cierto que al mundo del boxeo le rodea un cierto halo de sordidez. También de superación y ruleta rusa emocional. Existen entrenadores y preparadores carismáticos, cambios de vida y dirección, gracias a la práctica del boxeo. Pero, como en todo deporte, si nos paramos a pensarlo. Pero claro, carece de la épica de dos personas queriendo matarse a golpes. Incomparable, en términos de dinámica e impacto visual.

Es cine (negro) inglés de pura cepa, impregnado de húmeda y fría suciedad urbana, trufada con ese duro acento del sur de Londres, seco y hermoso como un uppercut a tiempo

Pero Jawbone es más que eso. O, mejor dicho, no es SÓLO eso. De hecho, no existen largas secuencias coreografiadas de intercambios de golpes, escenas épicas a cámara lenta, recuperaciones milagrosas desde la lona, ni nada parecido. Las (pocas) secuencias de lucha estrictamente hablando se sitúan al final del metraje, en una sucesión casi cacofónica visualmente. Así son las peleas de verdad, si las vemos dentro del ring: un caos controlado donde no siempre hay belleza estética, si no se está atento para encontrarla.

La película de Napper habla de otras cosas, no sólo de boxeo. Habla de derrota, de descenso a los infiernos, de adicción, inseguridad, pobreza (prácticamente indigencia), carencia de asideros emocionales y pérdida de sentido vital. Y también de una búsqueda desesperada de salvación. Es cine (negro) inglés de pura cepa, impregnado de húmeda y fría suciedad urbana, trufada con ese duro acento del sur de Londres, seco y hermoso como un uppercut a tiempo. Es cierto que recurre a ciertos lugares comunes y clichés del género, pero tratados con cierta elegancia, con plena consciencia de sí mismos y de que, sin ellos, el espectador no tendría una brújula con la que orientarse en el viaje. Quizás un efecto secundario inevitable de las producciones ochenteras y subsiguientes, de las que te hablaba antes.

El discurso de Jawbone se centra en el personaje principal, Jimmy McCabe. Un campeón juvenil de boxeo que, en un momento dado, pierde el rumbo de su vida y no vuelve a recuperarlo nunca. Siendo ya un ex-boxeador maduro, poco más que la sombra de una promesa hace tiempo olvidada, se ve a si mismo enredado en el alcoholismo y la pobreza, sin poder tomar las riendas de su existencia y sin ningún referente que le pueda valer de guía, más allá del gimnasio de barrio donde se formó, en su día. A él trata de volver, con la bolsa de deporte cargada de pecados, errores y sueños truncados. No con el ánimo de redimirse y alcanzar la gloria, sino de encontrarse a sí mismo y asirse a algo que le devuelva la dignidad. Aunque sea de manera temporal y precaria.

Un film elegante y sutil, sin sensiblería y no del todo predecible. Una delicia para aficionados, pero también una estupenda manera de ver una apuesta cinematográfica diferente y un contenido y sereno trabajo actoral con momentos de auténtica grandeza, por parte de Johnny Harris, que pueden reconciliar con la calidad del cine europeo —si obviamos el Brexit—, aunque no nos interese lo más mínimo lo que ocurre dentro de las doce cuerdas.

Nota: 8/10

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Jefe: canalla sin redención

César es el jefe de una gran empresa. También es putero, cocainómano, alcohólico y malencarado. Trata con despotismo a todos sus subordinados; es jactancioso con los colegas y, por lo…

Título original: Jefe; Dirección: Sergio Barrejón Guion: Natxo López, Marta Piedade; Fotografía: Antonio J. García; Música: Jimmy Barnatán; Reparto: Luis Callejo, Juana Acosta, Carlo D’Ursi, Josean Bengoetxea, Bárbara Santa-Cruz, Dalila Carmo, Maika Barroso, Adam Jezierski, Sergio Quintana, Teo Planell, Diana Lázaro

César es el jefe de una gran empresa. También es putero, cocainómano, alcohólico y malencarado. Trata con despotismo a todos sus subordinados; es jactancioso con los colegas y, por lo que se deduce de su situación conyugal, su propia familia le odia. Tanto es así que su esposa le ha echado de casa y pedido el divorcio, y su hijo no quiere ni hablarle. Cuando la situación por la que atraviesa su empresa se torna complicada, César opta por atrincherarse en su despacho armado con litros de whisky y otros tantos gramos de cocaína. Así, en sus horas bajas, es como da con Ariana, una limpiadora colombiana del turno de noche. Ella le adentrará en el panorama nocturno y oculto de su propia oficina, abriéndole un mundo desconocido sobre las virtudes y miserias de sus propios empleados. De alguna forma surgirá entre ellos una suerte de relación de carácter indeterminado —acaso romántica, acaso amistosa…— que acabará por ser balsámica para los problemas de ambos y que, de alguna forma, llegará a salvarles la vida.

Jefe consigue que el público vaya de la mano de un personaje que nunca deja del todo de ser despreciable.

Siete años después de la realización del cortometraje La Media Pena, Barrejón y López unen de nuevo sus esfuerzos junto a la guionista Marta Piedade para llevar al formato largo la misma premisa del ejecutivo en apuros y al borde del abismo que encuentra sentido a su vida por la irrupción de una trabajadora de la limpieza. El resultado es satisfactorio.

Aunque se aprecia cierta liviandad a la hora de abofetear al público como pide una historia así; y se antoja la obra un poco a trasmano entre los géneros, pues navega a medio camino entre varios; lo cierto es que Jefe consigue algo que explicado racionalmente sonaría por completo imposible en un drama de corte realista: que el público vaya de la mano de un personaje que nunca deja del todo de ser despreciable.

Es cierto que hay detalles que de alguna forma le redimen a ojos del respetable; y es cierto que sus contrincantes y antagonistas resultan exagerada y visceralmente más despreciables que él. No obstante, su grosería, machismo y mala leche irán en su ADN desde el comienzo hasta el final, en parte gracias a una interpretación magistral de Luis Callejo. Igualmente brillan en pantalla las interpretaciones femeninas de Juana Acosta y Bárbara Santa-Cruz en un papel secundario pero tan carismático que termina adquiriendo un peso sustancial.

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Marie-Francine: materia prima y ejecución

Es bien sabido que no hay mejor materia prima para la comedia que una situación dramática. Los personajes desvalidos y sobrepasados por las circunstancias de su existencia conforman, en la…

Título original: Marie-Francine; Dirección: Valerie Lemercier Guion: Sabine Haudepin, Valerie Lemercier; Fotografía: Laurent Dailland; Reparto: Valerie Lemercier, Denis Podalydès, Patrick Timsit, Philippe Laudenbach, Xavier Lemaître, Hélène Vincent

Es bien sabido que no hay mejor materia prima para la comedia que una situación dramática. Los personajes desvalidos y sobrepasados por las circunstancias de su existencia conforman, en la mayoría de las ocasiones, las mejores piezas para construir la carcajada. Ahora bien, no se trata de que, como público, disfrutemos o nos divierta sencillamente la desgracia y el sufrimiento ajeno per se. Además de la situación, es necesario que el narrador tenga el fino y delicado talento de saber contarla con gracia.

Si bien el filme cuenta con un material lo suficientemente dramático y absurdo como para configurar una buena comedia, no se puede decir lo mismo de la habilidad de la narradora para llevarla a buen término

La nueva comedia escrita, dirigida y protagonizada —por partida doble— por Valerie Lemercier tiene, de entrada, ganada la primera premisa de toda buena comedia: el drama. A sus cincuenta años, Marie-Francine se queda de golpe sin trabajo y sin marido, circunstancias que la obligan a regresar a la casa familiar y convivir con sus septuagenarios padres. Si ya de por sí la convivencia resulta complicada, la situación se agrava con la actitud de los progenitores, que la siguen tratando como si fuera una adolescente en el día a día, y que ansían sobre todas las cosas que se marche lo antes posible, si puede ser, con un buen marido. Con dificultades para encontrar un trabajo con arreglo a su profesión —bióloga celular—, y amargada por las constantes citas con divorciados que le organizan sus padres, Marie-Francine termina montando una tienda de cigarrillos electrónicos donde, paradójicamente, comienza a fumar. Afortunadamente la puerta de atrás de su tienda coincide con la trasera de un restaurante cuyo jefe de cocina se encuentra en su misma situación…

No obstante, si bien el filme cuenta con un material lo suficientemente dramático y absurdo como para configurar una buena comedia, no se puede decir lo mismo de la habilidad de la narradora para llevarla a buen término. Además de lo hilarante de algunas situaciones, tan ilógicas como mal llevadas, la película cae en un vaivén de tono y ritmo. La falta de carisma del personaje principal ahoga al espectador en el desconcierto; las peripecias se resuelven prácticamente en el mismo instante en que se plantean; los chistes de trazo grueso infantilizan las situaciones y las alejan del público al que se dirige la obra, y la resolución, por supuesto feliz y ligera, se termina sosteniendo sobre concepciones bastante anticuadas.

Salva la papeleta el trabajo doble de la actriz-directora, que interpreta a la protagonista y a su hermana gemela, la selección musical que sirve de contrapunto al relato y, muy especialmente, la relación de los padres, probablemente el corazón de la obra en torno al cual debería haber girado todo el filme.

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Jurassic World El Reino Caído: Ausencia de madre

Cuando Michael Crichton visitó uno de los parques de atracciones de la Disney en su juventud pocos podrían aventurar que la experiencia deviniera décadas después en sagas cinematográficas millonarias. Es…

Título original: Jurassic World: Fallen Kingdom; Dirección: J.A. Bayona Guion: Colin Trevorrow, Derek Connolly (Personajes: Michael Crichton); Música: Michael Giacchino, Fotografía: Óscar Faura; Reparto: Chris Pratt, Bryce Dallas Howard, James Cromwell, Rafe Spall, Toby Jones, Justice Smith, Daniella Pineda, Ted Levine, Geraldine Chaplin, Jeff Goldblum

Cuando Michael Crichton visitó uno de los parques de atracciones de la Disney en su juventud pocos podrían aventurar que la experiencia deviniera décadas después en sagas cinematográficas millonarias. Es sabido que la visita le inspiró para su película Westworld (1973), escrita y dirigida por él mismo, cuyo argumento sostiene la actual serie de HBO: un parque de atracciones con autómatas semejantes a humanos que terminan rebelándose. La premisa, como es obvio, es similar —con dinosaurios en vez de androides— a la del éxito literario que llevó a la pantalla Spielberg en 1993 y que ahora, casi veinticinco años después, sigue generando activos con su quinta continuación.

Abandonados a su suerte en la última entrega, los dinosaurios-probeta de Jurassic World, el parque temático, se han convertido en un asunto controvertido por la inminencia de una erupción volcánica que amenaza su existencia. La sociedad está dividida entre quienes abogan por dejar que la lava devuelva el orden al ecosistema y los vuelva a extinguir y quienes pugnan para ofrecerles la misma protección que a cualquier otra especie en vías de extinción. Esto atrae al tiempo el interés de ecologistas, pero también de cazadores —y especuladores— furtivos, que encuentran en las criaturas una excelente oportunidad para lucrarse.

Sólo la niña parece tener un hálito de interés, un trasfondo bien pertrechado y una historia real que contar. Lástima que la protagonista no sea ella.

A los mandos de la dirección se encuentra en esta ocasión J. A. Bayona, y la pieza no está exenta de envergadura. Ambientada a dos tiempos entre la remota isla de los dinosaurios y la mansión del magnate que financia toda la expedición para salvarlos, se podría decir que encontramos en pantalla dos partes perfectamente diferenciadas: por un lado, la aventura en sí en mitad de la selva; por el otro, un relato gótico de mansiones, monstruos y niños perdidos. Y la conjunción resulta del todo complicada.

Aunque siempre solvente entre los visillos del terror y el misterio, la película de Bayona en esta ocasión peca de un guion demasiado intrascendente para la carga emotiva que pretende trasladar a sus imágenes. La correcta puesta en escena, y la peripecia sostenida en base a las persecuciones de los lagartos gigantes, hacen de la película un episodio entretenido de comienzo a fin. No obstante, una suerte de villanos desdibujados pugna en banalidad con la pareja protagonista, cuyo afán e interés es difuso desde el primer instante en que vuelven a cruzar sus miradas. Sólo la niña parece tener un hálito de interés, un trasfondo bien pertrechado y una historia real que contar. Lástima que la protagonista no sea ella.

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La chica en la niebla: el gran carnaval

Una adolescente ha desaparecido durante una noche de niebla en un pequeño pueblo de montaña. Rápidamente al lugar se traslada el veterano investigador Vogel, conocido por sus mediáticos casos. Nada…

Título original: La ragazza nella nebbia; Dirección y guion: Donato Carrisi; Fotografía: Federico Masiero; Reparto: Toni Servillo, Alessio Boni, Lorenzo Richelmy, Jean Reno, Galatea Ranzi

Una adolescente ha desaparecido durante una noche de niebla en un pequeño pueblo de montaña. Rápidamente al lugar se traslada el veterano investigador Vogel, conocido por sus mediáticos casos. Nada más llegar logra hacerse con la confianza de la familia de la desaparecida, que vive según las estrictas normas de su comunidad religiosa. El trato que dispensa el investigador a los policías locales denota experiencia y saber hacer. Se le presenta como un hombre seco, adusto y profesional. No obstante, su primer paso en la investigación es filtrar una exclusiva a la prensa, con la que resulta que siempre ha estado conchabado. Pronto el apacible pueblo de montaña se convierte en un hervidero de periodistas que pondrán sus ojos en el profesor Martini, docente en el instituto de la desaparecida. El profesor, sin mediar mayor prueba que su presencia circunstancial en torno a la muchacha en varios vídeos —de nuevo filtrados por el inspector jefe—, termina por ser señalado como culpable por toda su comunidad. Solo cuando el veterano policía se confiese ante el psicólogo del lugar se desvelará la verdad de sus intenciones, así como la resolución del caso en una sucesión de giros narrativos por completo impredecibles.

En una suerte de mortal hacia atrás con tirabuzón, el autor propone una resolución tan rocambolesca que termina pasándose de la raya

Donato Carrisi lleva él mismo a la pantalla su novela, éxito de ventas en Italia, sabiendo mantener en todo momento lo fundamental de todo thriller que se precie: giros inesperados y una atmósfera envolvente. En efecto, el director logra entretejer un enrevesado tamiz que propicia algo novedoso e interesante en cada escena, al tiempo que presenta una atmósfera densa y plagada de personajes que no dudan en mentir para obtener su propio beneficio. Los primeros, sin duda, los protagonistas del relato, que pasan todo el metraje caminando sobre el hilo de la ambigüedad, la moral y la vileza.

El problema viene conforme va avanzando el tercer acto y se resuelve el misterio. En una suerte de mortal hacia atrás con tirabuzón, el autor propone una resolución tan rocambolesca que se podría afirmar que, en su afán de sorprender al respetable termina pasándose de la raya. No obstante, es potestad del espectador aceptar o no la resolución que plantea el autor pues, al fin y al cabo, todos los relatos de misterio se intrincan en mayor o menor medida.

Queda, por otro lado, el buen hacer de una cuidada puesta en escena, así como una solvente interpretación de todos los implicados. El ritmo y la deconstrucción del relato contribuye a generar el misterio, y la crítica en absoluto soterrada a la perniciosa acción del sensacionalismo mediático en este tipo de casos configuran una película bien construida, reseñable y disfrutable para aquellos que sean aficionados al misterio.

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Han Solo: las llaves del Halcón

Han Solo siempre fue un personaje instrumental. Ya desde el instante de su primera aparición, allí medio perdido en una taberna del planeta Tatooine en la primera película rodada de…

Título original: Solo: A Star Wars Story; Dirección: Ron Howard; Guión: Lawrence Kasdan, Jonathan Kasdan (Personaje: George Lucas);Música: John Powell; Fotografía: Bradford Young; Reparto: Alden Ehrenreich, Emilia Clarke, Woody Harrelson, Donald Glover, Thandie Newton,Paul Bettany

Han Solo siempre fue un personaje instrumental. Ya desde el instante de su primera aparición, allí medio perdido en una taberna del planeta Tatooine en la primera película rodada de la saga Star Wars quedaba clara su misión: sencillamente estaba allí de acompañante; de comparsa aventurera del verdadero protagonista de la historia. Solo, patrón del legendario Halcón Milenario, no tenía más función que llevar al joven Luke en dirección a un planeta recóndito sin hacer demasiadas preguntas y a cambio de un buen botín, aunque finalmente terminase salvándole el pellejo a su cliente. Las siguientes películas no hicieron sino reforzar esta trayectoria, bien convirtiéndolo en un marmolillo decorativo al que rescatar, o bien haciendo de él el interés romántico de la coprotagonista de la saga.

Tan instrumental era el personaje, que John Williams ni siquiera se molestó en componerle ni una pieza, ni un arreglo, nada. Han Solo no tuvo nunca partitura igual que tampoco tuvo nunca trasfondo. Un contrabandista sin más, con sus deudas y sus problemas de contrabandista; un personaje deliberadamente ambiguo que, en el fondo, era sencillamente un cacho de pan. Por no tener, no tenía siquiera aspiraciones ni sueños y, si los tenía, en su cinismo tampoco es que importasen demasiado.

Si todos queríamos ser Luke, todos queríamos un Solo a nuestro lado. Y ahí está el problema.

Sin embargo, había una cosa que sí tenía Han Solo, y que probablemente estuviera por encima de todas las demás. Tenía carisma. Harrison Ford, en su parquedad, logró hacer del personaje un tipo simpático; un tipo con entidad, presencia y la arrogancia de quien se cree de vuelta de todo; un tipo, en definitiva, que no necesitaba las tribulaciones de Luke y su genealogía midicloriana para que quisiéramos lanzarnos con él al hiperespacio o a donde fuera. Si todos queríamos ser Luke, todos queríamos un Solo a nuestro lado. Y ahí está el problema.

El último spin off surgido del afán de Disney por amortizar su inversión nos ha traído una precuela de todo lo que Solo podría significar. La película, dirigida por Ron Howard, se adentra en la juventud del héroe y le dota de motivación, de amoríos, de principios y de trasfondo. Incluso le dota, por fin, de banda sonora. Le ha dado una aventura propia sin sables láser ni caballeros Jedi cuya peripecia es por completo disfrutable. En efecto, el film le ha concedido al personaje todo aquello de lo que carecía, pero ha cometido el pecado imperdonable de arrebatarle el carisma que le hacía único.

Más allá de la peripecia, las persecuciones y los disparos, el personaje queda condenado a una estampa, a una pose, a una chaqueta de cuero. Todos los secundarios le eclipsan, incluida la androide —especialmente la androide—, y la verdad es que, para esto, mejor volver al original.

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Deadpool 2: la sátira como estertor

Traumatizado y perseguido, el superhéroe Deadpool es definitivamente capturado y puesto en aislamiento con un collar que inhibe sus poderes regeneradores, por lo que el cáncer masivo que sufre comienza…

Deadpool

Título original: Deadpool 2; Dirección: David Leitch; Guión: Rhett Reese, Paul Wernick, Ryan Reynolds (Cómic: Rob Liefeld, Fabian Nicieza);Música: Tyler Bates; Fotografía: Jonathan Sela; Reparto: Ryan Reynolds, Josh Brolin, Zazie Beetz, Morena Baccarin,

Traumatizado y perseguido, el superhéroe Deadpool es definitivamente capturado y puesto en aislamiento con un collar que inhibe sus poderes regeneradores, por lo que el cáncer masivo que sufre comienza a hacer mella en su salud. Durante su cautiverio comparte celda con un niño mutante que tiene un problema de sobrepeso y de autoestima que lo está volviendo cada vez más inestable —y más peligroso—. Tanto es así que, al igual que sucede en otras sagas, de pronto irrumpe un villano intertemporal con la intención de matar al impúber ahora antes de que pueda causar mayores daños. Este viajero en el tiempo, que responde al nombre de Cable, tratará por todos los medios de llevarse por delante al muchacho. Pero Deadpool no está dispuesto a permitirlo. Así, una vez recuperados sus poderes, intentará conformar un nuevo grupo de mutantes que le ayude a salvar al pequeño tanto de Cable como de sí mismo. O algo así más o menos.

Sí. Más o menos. Pues la película, como ya sucediera con su antecesora, navega entre la sátira y la parodia argumental. Su desarrollo, aunque más o menos bosquejado sobre una trama reconocible, sigue una deriva casi improvisada que va de lo caótico a lo estrafalario. No se puede —o no se debe— tratar de encontrarle ni sentido ni respeto hacia nada, ni siquiera la diégesis ni la suspensión de la incredulidad del espectador. Deadpool encadena un chiste tras otro, rompiendo a placer la cuarta pared o haciendo bromas metatextuales. Él mismo es el primero en criticar la desidia de los guionistas —entre los que está el propio actor protagonista—; él mismo se encarga de vapulear a productores y creadores de toda la industria comiquera; él mismo se mofa de sí, de su género y de la fiebre superhéroica en la que estamos viviendo y, como los bufones en la Edad Media, él mismo expone bajo la capa de lo chistoso las crudas verdades de lo que representa.

Dicen que los géneros cinematográficos empiezan a dar síntomas de agotamiento cuando se derivan hacia la amargura crepuscular o hacia la parodia de sí mismos

Dicen que los géneros cinematográficos empiezan a dar síntomas de agotamiento cuando se derivan hacia la amargura crepuscular o hacia la parodia de sí mismos, y no olvidemos que hace menos de un mes que Los Vengadores Infinity War doblegaban la pantalla con una historia de tintes negativos. Deadpool, en su cachondeo, refresca los panteones de superhéroes al tiempo que los banaliza y pervierte, y quizá esto suponga, definitivamente, el comienzo del fin de una etapa cinematográfica que nos ha dejado a los espectadores un puñado de buenas películas, y a los realizadores un récord de taquilla tras otro.

En cualquier caso, se trata de un film cuyo malintencionado y soez humor es muy disfrutable; especialmente si se va al cine con la intención de no pensar demasiado.

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La mujer que sabía leer: romance seminal

En 1919 la escritora octogenaria Violette Alhaud escribió una obra con tintes autobiográficos que no fue publicada hasta 2006. Ella misma consignó por escrito la demora: según su testamento, el…

Título original: Le semeur; Dirección: Marine Francen; Guión: Marine Francen, Jacqueline Surchat, Jacques Fieschi; Música: Frédéric Vercheval; Fotografía: Alain Duplantier; Reparto: Geraldine Pailhas, Pauline Burlet, Iliana Zabeth, Alban Lenoir, Françoise Lebrun

En 1919 la escritora octogenaria Violette Alhaud escribió una obra con tintes autobiográficos que no fue publicada hasta 2006. Ella misma consignó por escrito la demora: según su testamento, el manuscrito, oculto en un sobre, quedaba en manos de un notario que no podría abrirlo hasta 27 años después de su muerte. Entonces debía pasar directamente al descendiente de la autora que tuviera mayor edad con una sola condición: debía ser de sexo femenino. El relato se titulaba El hombre semen.

La película coescrita y dirigida por Marine Francen lleva a la pantalla la novela de Alhaud, que desde 2006 se ha convertido en una pieza de culto en Francia. El film narra la historia de un pequeño pueblo perdido en las montañas de la Provenza que sufre la represión del gobierno de Napoleón III quien, tras su ascenso al poder, inicia una purga contra todos los partidarios de la República a los que encarcela o envía a Argel. Esta persecución afecta especialmente a los habitantes del lugar, que ven como de la noche a la mañana son arrestados todos los hombres del pueblo. Solas, sin sus maridos, hermanos e hijos, las mujeres se tienen que hacer cargo de todas las labores de labranza y pastoreo, que son las principales actividades productivas de la localidad. Preocupadas por su futuro y el de su sociedad, las mujeres pactan que compartirán al primer hombre que aparezca por allí; que si algún hombre se acerca al lugar sería para todas. Por supuesto, un hombre aparece.

A pesar de su potente detonante y de una logradísima ambientación, la película pierde fuerza al apostar más por la estética que por la narrativa

Bregada en el oficio como ayudante de dirección de autores tan particulares como Olivier Assayas y Michael Haneke, Marine Francen apuesta por una película de corte íntimo y cercana a lo ensayístico. Filmada en cuatro tercios, el filme acompaña a la protagonista, Violette —caracterización de la autora de la novela original— en el trance de enamorarse del forastero y tener que compartirlo con las demás. Los celos se unirán al secreto que oculta el reticente semental, que en realidad está buscando una ruta de escape hacia la frontera.

A pesar de su potente detonante y de una logradísima ambientación, la película pierde fuerza al apostar más por la estética que por la narrativa. La parsimonia con que se desarrolla; los instantes oníricos; la recurrente metáfora de la siembra y la siega…, ralentizan en exceso la película y terminan por disolver la carga dramática que tan bien se apunta tanto en el conflicto romántico de la pareja como en sus consecuencias cuando, terminado el segundo acto, regresan los hombres oriundos del pueblo.

Pese a todo, resulta una propuesta interesante que conviene no dejar pasar en la cartelera.

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Mi querida confradía: sacristía con techo de cristal

Después de más de treinta años de servicio y entrega a la hermandad de la virgen de su pueblo, Ronda, Carmen ansiaba resultar elegida hermana mayor de la cofradía. Por…

Dirección: Marta Díaz de Lope Díaz; Guión: Marta Díaz de Lope Díaz, Zebina Guerra;Música: Javier Rodero; Fotografía: Vanesa Sola; Reparto: Gloria Muñoz, Pepa Aniorte, Carmen Flores, Juan Gea, Rocío Molina,Joaquín Núñez, Alejandro Albarracin, Manuel Morón, Rosario Pardo

Después de más de treinta años de servicio y entrega a la hermandad de la virgen de su pueblo, Ronda, Carmen ansiaba resultar elegida hermana mayor de la cofradía. Por ello, cuando en su lugar es elegido un hombre menos devoto se lleva un disgusto tan grande que, presa de la rabia, busca la manera de echarle laxantes en la copa en cuanto tiene ocasión. No obstante, una confusión con las pastillas trae consigo la tragedia: en lugar de laxantes le echa en el vaso varios diazepanes, lo que provoca que el hombre pierda por completo el conocimiento en el suelo de su cuarto de baño.

Angustiada por la circunstancia, Carmen urdirá la manera de disimular su crimen y ocultar el cuerpo yaciente —no llega a matarlo— de su archienemigo, pero una avalancha de problemas se agolparán de pronto a su puerta: la ruptura de su hija con su marido, la crisis previa a la salida en procesión de la cofradía, la ausencia del recién elegido hermano mayor y, no menos importante, la petición de ayuda de su vecina, a la que no le salen bien las torrijas.

La guionista y directora Marta Díaz de Lope Díaz teje en su debut en el largometraje un sainete costumbrista bien llevado en tono y forma. El crescendo narrativo de la película conjuga el realismo de la tradición más andaluza con cierto punto de crítica hacia las costumbres patriarcales no solo en la Semana Santa malagueña, sino en cualquier ámbito pues, al fin y al cabo, el film no se puede entender sino como una metáfora apenas exagerada de una realidad todavía el vigor: la limitación por razón de género a diversos cargos de poder.

El punto fuerte de la pieza lo compone sin duda el enredo de una historia llevada a hombros principalmente por tres mujeres en apenas tres espacios

El punto fuerte de la pieza lo compone sin duda el enredo de una historia llevada a hombros principalmente por tres mujeres en apenas tres espacios. La fuerza visual de planos cuidados al milímetro exprime al máximo la carga expresiva de la propuesta que, aunque la circunda, huye todo cuanto puede de la parodia exagerada para quedarse en un tono ácido y crítico que, más que apoyarse en el estereotipo, lo aprovecha, acertando con puntería en la realidad de los pueblos del sur.

Es precisamente cuando se arrima a la parodia cuando la historia flaquea, perdiendo humor sin quererlo en los momentos en que los intérpretes juegan la baza de la impostura y la exageración, como en el caso del alcalde y su impostado guardaespaldas, que sí parecen más cercanos a los platós de las sitcom que a la serranía de Ronda.

Pese a ello, la película es más que disfrutable, en especial la soberbia interpretación de Carmen Flores en su rol de vecina, a la sazón, Biznaga de Plata como Mejor Actriz de Reparto en el pasado Festival de Cine de Málaga.

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