NOSOPRANO

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Revista de crítica audiovisual, review de cine, series y libros

Categoría: CRITICAR POR CRITICAR

Netflix: droga legal

A diferencia del resto de artes, el cine sólo se produce en el individuo. Mientras que la música, aun cuando nadie la oye, sigue provocando vibraciones en el espacio capaces…

A diferencia del resto de artes, el cine sólo se produce en el individuo. Mientras que la música, aun cuando nadie la oye, sigue provocando vibraciones en el espacio capaces de hacer retumbar las ventanas; o la pintura, aun cuando nadie la ve, sigue refractando los colores en distintas longitudes de onda, el cine, si no hay una persona que lo vea —gracias a la persistencia retiniana y el fenómeno Phi— no existe. Si no hay nadie mirando, la ilusión cinematográfica se traduciría tan sólo en una sucesión mecánica de imágenes expuestas a una determinada cadencia por segundo. Dicho de otra forma, el cine es una reacción fisiológica que sólo se produce en el organismo de quien lo consume, como la embriaguez del alcohol o el subidón de la droga.

¿Se imaginan que para emborracharnos todos optásemos por llenar de ginebra la piscina municipal?

Sin embargo, pese a ser algo tan extremadamente individualista, la tradición sostenida sobre la lacra tecnológica ha generalizado la idea de que el cine es algo colectivo. Comenzando por los barracones de las ferias, cuando los pases de cine costaban menos de cinco centavos, la única forma de disfrutar del cine era en el espacio compartido, lo cual es, si me permiten, bastante antinatural. ¿Se imaginan que para emborracharnos todos optásemos por llenar de ginebra la piscina municipal? ¿Se imaginan que para colocarnos optásemos por quemar marihuana en el botafumeiro de Santiago de Compostela?

Es cierto que quien sólo ha conocido el consumo colectivo puede encontrar cierto aire romántico en la idea de la sala, en cohabitar el espacio con el prójimo, en compartir el vicio. Es cierto que la sala de cine se niega a sucumbir a las inclementes fauces del tiempo como ya hiciera antaño su más análogo establecimiento —el fumadero de opio—. Nostálgicos de todo cuño y adolescentes siguen acudiendo a la cita de vez en cuando y soportándose en la oscuridad, unos con su idea de disfrutar del cine colectivo y otros con la pretensión de hacer manitas bajo el amparo de una industria que trata, en vano, de perpetuar un sistema con múltiples ventanas de explotación, lo cual no es sino el método institucionalizado para cobrar a la gente varias veces por el mismo producto. Primero en la sala, luego on demand y, si quieres más, en un soporte cuya obsolescencia programada te llegará en pocos años —lo dice uno que conserva doscientos VHS cogiendo polvo—. Afortunadamente los tiempos están cambiando.

Por menos de lo que cuestan dos alquileres en otras plataformas, Netflix te deja jugar con su catálogo completo durante todo un mes

Desde hace ya bastante tenemos los medios y la tecnología para devolver al cine y la televisión al que, por derecho, es su espacio natural: el consumo libre, como el de los libros, como el de la música. Y en ese contexto Netflix es, probablemente, el mayor baluarte de barra libre audiovisual de nuestro tiempo.

Hay otras, es verdad; es cierto que el catálogo no es tan amplio como podía esperarse, y es notorio que llega tarde y de forma sesgada, sin poder emitir siquiera sus propias series de forma completa por los compromisos creados con otros sujetos en la industria. Es verdad. Pero, no obstante, Netflix sigue simbolizando algo a lo que los demás no llegan; sigue siendo emblema de aquello que otorga a la industria cinematográfica su razón de ser hoy por hoy.

La sensación de libertad cuando navegas por el servicio es tan grande que por un momento casi crees que se trata de piratería

Netflix implica libertad. Por menos de lo que cuestan dos alquileres en otras plataformas, Netflix te deja jugar con su catálogo completo durante todo un mes. Te lo ofrece, te lo sirve y te lo promociona con estilo y bajo una premisa tan sencilla como atrayente: tú mandas. Puedes ver lo que quieras cuando quieras. Nada de estar sometido a horarios, pases, programaciones o alquileres; nada de tener que pagar equis o dos equis en función de que quieras ver un estreno o una peli de culto; nada de contenidos «Premium», pases VIP o tener que contratar el fútbol. Y nada de complicaciones. Te registras y empiezas a ver lo que te da la gana donde te da la gana: ordenador, tablet, móvil o incluso la tele. Punto. Tú eliges.

La sensación de libertad cuando navegas por el servicio es tan grande que por un momento casi crees que se trata de piratería. Eso, o que los otros te llevan engañando mucho tiempo, claro. Sólo en el contenido de documentales originales he dedicado ya más tiempo que a las series —y ya saben que soy de series— y me he quedado con la impresión de que, primero, tienen cosas que no se encuentran en otro sitio y, segundo, tienen en su tarifa plana lo mismo por lo que en otros sitios te cobran tres o cuatro euros de alquiler, o te obligan a suscribirte, hacerte usuario premiumdesos o contratar una línea de teléfono. Pero es que, además, Netflix se preocupa por conocer tus gustos y, ojo al dato, producir lo que te interesa. Es el Walter White de los videoclubs online: te da lo que quieres y, si no lo tiene, te lo hace.

La cosa es que, una vez conquistado este espacio, ¿cuánto tardarán las compañías emergentes en dar al traste con la marquetería de las ventanas? Ya Netflix ha hecho algunos tientos de estrenar alguna película antes de que llegue a salas, ganándose el rechazo de toda la cadena de la industria. Es lógico, porque «la industria» se vería perjudicada. Quitando la sala y las ventanas de la ecuación al final sólo se beneficiarían los creadores y, claro, eso daría al traste con todo.

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El parapeto biensonante

Cuando era pequeño participé en una obra de teatro en el colegio. Me tocó hacer el personaje de centurión romano, ataviado con una coraza de plástico, una falda de tablas…

Cuando era pequeño participé en una obra de teatro en el colegio. Me tocó hacer el personaje de centurión romano, ataviado con una coraza de plástico, una falda de tablas y un casco que parecía el cepillo de una escoba. Como siempre fui un alumno aplicado, opté por prepararme a fondo el personaje viendo películas de romanos tipo Quo vadis, Ben Hur y otras del palo. El resultado de mi preparación no fue del todo el esperado. Mi madre, la más fiel y sincera de las fans, detectó de inmediato el problema y me lo dijo con sus dulces palabras de madre: «pareces un actor de doblaje antiguo». Y eso es lo que creo que le pasa a la inmensa mayoría de actores y actrices en nuestro país.

Muchos actores y actrices en España sufren un grave caso de «doblajitis»

No quiero ofender a nadie, pero reconozcámoslo: los tiempos de los Alfredo Landa, Terele Pávez, Paco Rabal, Lola Herrera o Fernando Fernán Gómez han pasado a la historia. Por algún motivo que no alcanzaba a explicarme, el abanico actoral nacional, salvando honrosas excepciones que seguro que todos compartimos es, en mi opinión, de lo más raquítico. Cuando me pongo a ver alguna serie dramática española —en el humor pasa menos, curiosamente— detecto personajes guapísimos y maravillosísimos, pero impostados hasta el infinito y vuelta. Artificiales, ya sea en la corte de Isabel la Católica o dando vida, como yo en mis pinitos interpretativos, a legionarios de la antigua Roma en las series que hemos tenido sobre el tema. Ya lo he comentado otras veces. Si alguien se toma el trabajo de repasar mi Twitter no se sorprenderá de que yo estuviera convencido de la fabricación robótica de al menos uno de los personajes de la extinta Bajo sospecha; o que crea que incluso el mismo Rodolfo Sancho estaría de acuerdo en que el Curro Jiménez de su padre tenía un porte más natural que el suyo haciendo de bandolero.

El tema es que, a raíz del artículo que dediqué a la ausencia y vituperio del acento andaluz en la ficción nacional, me sensibilicé bastante con este punto que, probablemente de manera inconsciente, había dado por perdido. De pronto empecé a descubrir matices en determinados instantes televisivos que me sacaban de la artificialidad y me golpeaban con una bofetada de realidad que era de lo más reconfortante. Casi sin quererlo, María León, Verónica Sánchez, Alba Flores, entre otros, me empezaban a transmitir en la pequeña pantalla detalles que sólo había intuido recientemente en algunas piezas cinematográficas como El Niño, Musarañas o La Isla Mínima. Tenían acentos, y transmitían verdad.

Obsesionado con el asunto, empecé a elaborar una descuidada y personal teoría vinculando ambos factores —acentos, verdad interpretativa— y he llegado a la conclusión, probablemente equivocada, injusta y falaz, de que hay muchos actores y actrices en España que sufren un grave caso de «doblajitis». Por si no están familiarizados con el diagnóstico, este maravilloso cortometraje les dará una clave de a qué me refiero.

Hagamos un ejercicio de imaginación y tratemos de aventurar de dónde sacaron la inspiración, qué referentes tuvieron, aquellos míticos actores españoles que elevaron la televisión —y el cine— a las alturas durante el siglo pasado. ¿Qué referente tuvieron los Larrañaga o Chico a la hora de convertirse en intérpretes? ¿Quién enseñó a actuar a Paco Rabal? Pues probablemente, más que el cine esporádico de la posguerra fuera el teatro y, con mayor ahínco, la propia vida. Me imagino el panorama de un Antonio Ferrandis —alias Chanquete— de treinta y dos años haciendo su primera película allá por el 53 sin más experiencia como actor que las tablas de varias compañías dramáticas. Faltaban todavía tres años para que se fundase RTVE. Frente a eso, los nuevos intérpretes veinte y treinañeros que pueblan nuestras emisiones catódicas en la actualidad ¿qué referentes interpretativos han tenido? Estoy convencido que el cine y, sobre todo, la televisión. Perdón. Corrijo: el cine y la televisión doblados.

A nuestro oído de carretera comarcal no le suena rara la artificialidad, porque es extranjero, tiene glamour, y viene de Hollywood

El doblaje es antinatural, y ejerce una influencia antinatural. Que me perdonen mis amigos actores de doblaje, pero lo es. No sólo imprime un pegote equivalente a pintarle a la Gioconda un traje de fallera encima, sino que supone además una deformación que impone unos matices contrarios, la mayoría de las veces, al espíritu de las propias obras. Un garrulo balbuceante como John McClane en la película Die hard —que literalmente significa algo así como «Morir difícil»— se convierte en un inspirado héroe con la meliflua e interesante voz de Ramón Langa en una saga que aquí se tituló con el épico sobrenombre de La Jungla de Cristal. Claro, a nuestro oído de carretera comarcal no le extraña; no le suena rara la artificialidad, porque es extranjero, tiene glamour, y viene de Hollywood. Obviamente, para nuestra mentalidad de siesta de domingo por la tarde antes de la partida en el bar, un policía al azar de Nueva York tiene que tener, por fuerza, una dicción mucho mejor que la de cualquier Guardia Civil de Logroño, aunque la intención del que hizo la película estuviera, de hecho, más cerca de convertir en héroe nacional a alguien como éste último.

La doblajitis que aceptamos en el doblaje de Bruce Willis canta por soleares cuando la intenta Miguel Ángel Silvestre

El doblaje impone una vocalización tan perfecta y artificiosa que no deja resquicio para el más mínimo rasgo de procedencia. Y eso que, como es sabido, pocas cosas son más identitarias que un acento. En la comarca donde nací cada pueblo tiene el suyo —y en Nueva York pasa exactamente igual, oiga—, pero de cara a la ficción casi parece que no hablar un español neutro y bien vocalizado es un crimen. De ahí la impostura de nuestros intérpretes. Parece que se esfuerzan, oye, por ser actores de doblaje; por borrar de su impronta cualquier elemento que pueda recordarle al espectador que su personaje nació, creció y vivió en un lugar real.

Pero claro, el problema es que la doblajitis que aceptamos en el doblaje de Bruce Willis por su aura de glamour exótico canta por soleares cuando la intenta Miguel Ángel Silvestre; la dicción de profesora de español que toleramos en el doblaje de Julia Roberts, la novia de América, tan lejana y exuberante, no nos la tragamos en Megan Montaner. Al menos, yo no. No pongan esa cara, es el mismo fenómeno por el que no hacen anuncios de perfumes en español, ni siquiera cuando la marca suena tan hispana como Cawrolina Hewrrewra. Me parece, y esto es no es más que mi opinión, que cuando lo nuestro quiere sonar como lo que viene de fuera; cuando queremos fulminar lo propio tras el parapeto de lo biensonante, es que algo estamos haciendo mal.

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Guionista, no leas Twitter

No lo hagas. No leas Twitter, que ahí opina la gente. ¿Para qué lo vas a leer? Solo vas a sufrir. Twitter está lleno de gente tóxica. De gente mala….

No lo hagas. No leas Twitter, que ahí opina la gente. ¿Para qué lo vas a leer? Solo vas a sufrir. Twitter está lleno de gente tóxica. De gente mala. ¿Qué vas a sacar con eso, guionista? Es cierto que al final los tuiteros son tu público activo; son los que, además de ver tu trabajo, se toman el tiempo de comentarlo y criticarlo. Es verdad. Pero son malos y maleducados. Son troles. No saben.

No lo hagas. No leas Twitter, que ahí opina la gente

Los tuiteros son como el comensal tocacojones que le devuelve al cocinero el filete porque está poco hecho. ¡Qué sabrán ellos lo que está bien! ¡Qué sabrán ellos lo que les gusta! Si acaso escribieran… Nada. Es cierto que al final son el público más fiel, el que de verdad sigue la serie; el que mira con más atención tu trabajo. El público que es exigente porque espera algo de ti. Es verdad que, en última instancia, escribes para ellos. Pero son malvados. Y crueles. Son criticones. No los leas.

Van a minar tu moral sacándote los colores de los errores que dicen que has cometido. Nunca los aciertos. Los aciertos se los regalan a Los Misterios de Laura, al Ministerio del Tiempo, a Sin Identidad y a otras series que nunca son la tuya. Porque además de ser malos la tienen tomada contigo. Vale que alguno te valora bien, pero los tóxicos son más. O duelen más. No los leas. No sufras.

Vale más un espectador con audímetro dormido frente a la tele que catorce mil tuiteros cabreados

Además, tampoco sirven para nada. Al final el dato que es bueno es el del share, aunque esté mal medido y mediado por la programación de la competencia. Es el que importa. Vale más un espectador con audímetro dormido frente a la tele que catorce mil tuiteros cabreados opinando sobre los diálogos que tú has escrito. Piénsalo, es por el que de verdad te pagan. Los tuiteos, ruido. ¿Qué más te da a ti lo que opine el público de tu trabajo? Na. El público está para mirar y punto; para ser contado al peso, no para opinar. El feedback está sobrevalorado.

Leer los tuiteos solo podría servirle a los guionistas —a los mediocres, a ti no, por supuesto— para detectar errores; para tener un enfoque cualitativo de por qué no se está conectando con la audiencia; para encontrar los fallos y valorar qué quiere de verdad la gente que de verdad te ve. Podría ser, pero para eso hace falta capacidad autocrítica y da pereza. Mejor nos quedamos con el share. Ese es el feedback bueno: silente, cuantitativo y pata negra. El numerito que te hunde, pero que no se queja; que no te saca los colores. El número aséptico que no te insulta ni vierte improperios viscerales como los tuiteros maleducados. Quédate mejor con eso, que es balsámico.

No leas el Twitter o, si lo lees, finge total desconocimiento. Así nadie puede recriminarte que sabías lo que estaba mal —si eso pudiera darse—; serás impermeable a las críticas de los errores —si pudiera haber alguno—, y podrás seguir echándole la culpa del fracaso al programador, a la cadena, a la hora, al fútbol o a los realities de la competencia.

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La gracia y el ceceo

Háganme un favor, vean este fragmento de El Ministerio del Tiempo y traten de encontrar el fallo garrafal que tiene. Se trata de un supuesto encuentro entre Velázquez y Picasso…

Háganme un favor, vean este fragmento de El Ministerio del Tiempo y traten de encontrar el fallo garrafal que tiene. Se trata de un supuesto encuentro entre Velázquez y Picasso donde ambos hablan de pintura, de sus influencias y demás. Miren, miren:

¿Lo han notado? ¿Se han dado cuenta? Exacto. Ninguno de los dos actores es fiel al personaje que encarna sencillamente porque ninguno de los dos tiene acento andaluz. En efecto, Velázquez era sevillano y Picasso malagueño. ¿No hubiera sido lo más lógico poner actores que de verdad marcasen sus respectivos acentos? Por supuesto esto sólo es un detalle nimio y sin mayor importancia que en nada empaña la propuesta de TVE, pero no me negarán que da que pensar.

Pocos rasgos hay más característicos de una procedencia —con su aparejada cultura y forma de entender la vida— que la forma de hablar, la forma de expresarse. Los distintos acentos siempre me han parecido un elemento que enriquece nuestro lenguaje y le dota, en cierta forma, de identidad. Sin embargo, casi da la impresión de que en nuestro doblado panorama cinematográfico y televisivo los acentos son el coco, el mal a combatir. La pátina inescrutable que imprime el infame doblaje nos priva de ser capaces de diferenciar el magnífico trabajo que hacen los actores y actrices extranjeros cuando se enfrentan con personajes marcados con una clara procedencia. Los ejemplos son abundantísimos, desde el británico Hugh Laurie hablando con acento norteamericano en House hasta el neoyorkino Viggo Mortensen hablando con acento ruso en Promesas del Este o austriaco en Un método peligroso. Recuerden el profundo acento de Cillian Murphy en Peaky Blinders, o cualquiera de las interpretaciones de Gary Oldman, cada una con un acento diferente adecuado a la procedencia del personaje. ¿No consiste en eso, precisamente, ser actor? Echen un ojo a Anne Hathaway imitando el acento cockney, propio de algunos distritos londinenses, y valoren el hecho de que sea natural de Brooklyn:

Aquí parece que no tenemos de eso. Pese a ser un país repleto de lenguas, dialectos y dejes idiomáticos en nuestro panorama televisivo y cinematográfico parece haberse impuesto el vallisoletano universal, como si el resto no existiera o no tuvieran cabida. Es cierto que el año pasado ha sido especialmente pródigo con el andaluz en obras como El Niño, La Isla Mínima o los Ocho apellidos vascos, pero descontando eso es raro oír a personajes haciendo honor a su procedencia… salvo en la telerealidad, claro. Y eso es lo más sangrante.

El andaluz que se oye en la televisión actual parece estar irrefrenablemente ligado con cierto grado de analfabetismo, cierto grado de mofa y cierto grado de condescendencia, y no lo digo por el antediluviano acento forzado de La Juani en Médico de Familia. No tienen más que poner un rato algún programa «culto» de la televisión actual como Mujeres Hombres y Viceversa o los Gipsy Kings para encontrar algún deje periférico. Recuerden este —por otra parte maravilloso— momento televisivo de los últimos años:

Curioso, cuando menos, tratándose de una de las comunidades autónomas que más premios Nobel nos ha dado. Tiene gracia, oye, que la tierra que vio nacer a más poetas de la Generación del 27 se vincule una y otra vez, y más que nada, con la gracia y el ceceo; con la juerga y el jaleo. Y con la incultura. No me dirán que no tiene su cosa, sobre todo ahora que la ola de los Ocho apellidos vascos, además de la secuela, nos va a traer con la corriente una serie cómica nueva sobre un vasco en Sevilla —Allí abajo, se llama, metáfora geográfica de, no me negarán, connotación peyorativa—. ¿Les parece normal? ¿Les parece justo? No tenemos acentos en la ficción nacional salvo cuando es para hacer gracia. Si sale Dani Rovira en B&b es de graciosillo andalú, pero si sale Picasso no, claro. Si sale Picasso le ponemos a hablar español neutro, porque Rovira es de Málaga pero Picasso… Picasso es español, tú.

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Ciutat Morta: si se quiere… se puede

Tras la emisión del programa Salvados. Los olvidados, el 28 de Abril de 2013, la repercusión y revuelo generado por la opinión pública fue de tal calado que la lucha…

Tras la emisión del programa Salvados. Los olvidados, el 28 de Abril de 2013, la repercusión y revuelo generado por la opinión pública fue de tal calado que la lucha de los afectados y familiares de las víctimas del accidente de metro de Valencia —43 muertos y 47 heridos, el 3 de Julio de 2006— fue rescatada del ostracismo, revitalizándose y perviviendo hasta el día de hoy. Tras la emisión en Canal 33 de Ciudad muerta, documental de Xavier Artigas y Xapo Ortega, un año y medio después de su estreno en salas, puede ocurrir algo parecido.

Sucedió también en 2006, el 4 de febrero. En el desalojo de un teatro okupado, un agente de la guardia urbana de Barcelona resulta gravemente herido por una maceta arrojada desde los tejados del teatro. En la carga policial son golpeados y detenidos, entre otros, tres jóvenes de origen sudamericano. A pesar de que se encontraban a nivel de calle en el momento del suceso y de que no estaban relacionados directamente con el incidente, son trasladados a dependencias policiales y apalizados sin contemplaciones. Tras este primer repaso, se les transporta a un centro médico para ser tratados de sus heridas. En ese mismo centro médico se encontraban dos jóvenes a la espera de ser atendidos tras sufrir un accidente de bici esa misma noche en otro punto de Barcelona. Debido a su vestimenta y apariencia —además de otros factores—, son detenidos igualmente e incluidos en el mismo «paquete» que los anteriores.

Comienza aquí una sucesión de irregularidades y corruptelas policiales, judiciales y políticas de esas que no podemos creer ni en las más bizarras y retorcidas fantasías. Los jóvenes dan con sus huesos en la cárcel a la espera de juicio, acusados de tentativa de homicidio: el agente de la guardia urbana herido se encuentra en estado vegetativo. Una de las ocupantes de la bicicleta accidentada, Patricia Heras, no soporta ni la situación ni el sistema que la ha engullido sin preguntar y, tras salir a la calle bajo un tercer grado, en Abril de 2011, se suicida precipitándose por un balcón.

La bola de nieve se ha hecho inmensa, ha comenzado a rodar y va a ser difícil pararla,
con suerte

Aunque el «caso del 4F» tuvo una repercusión tangencial y soterrada en Cataluña, se trata de otra de esas causas que merecen ser tratadas con rigor periodístico, ser conocidas por el conjunto de todos los españoles y señaladas como un oneroso error de un sistema que se resquebraja. Y como bien apunta Clara Morales, en el diario El País, no fue su paso por el Festival de Cine de San Sebastián, ni su Biznaga de Plata al mejor documental en el Festival de Málaga lo que ha dado relevancia a Ciudad muerta. Ha sido la televisión y la polémica que acompañaba su emisión.

La televisión pública catalana, incapaz de obviar la viralización del documental en la red, a pesar de la medida cautelar del juzgado nº25 de Barcelona —que censuró un fragmento de unos seis minutos y a pesar de programarlo un sábado a las 22.00 en su segunda cadena particular, asistió a un éxito de audiencia sin precedentes  —más de medio millón de espectadores—. La bola de nieve se ha hecho inmensa, ha comenzado a rodar y va a ser difícil pararla, con suerte. El «fenómeno Ciudad muerta» me hace llegar a una serie de conclusiones:

1) En el contexto sociopolítico actual, el buen periodismo de investigación y el género documental bien llevado —Documentos TV, dónde vas, triste de ti— es necesario y esperado por los ciudadanos como agua de mayo. Y si se quiere… se puede.

2) La televisión, si se hace bien, es una poderosísima herramienta para despertar conciencias y señalar problemas, además de permitirnos ver a Kiko Rivera revolcándose en un yacuzzi. Si se combina adecuadamente con Internet… es imparable y…

3) la mentira tiene las patas muy pero que muy cortas y el sistema, aunque se niegue a aceptar la evidencia, tiene fallos. Y un sistema que no funciona es necesario cambiarlo.

PD: He tratado de ver el documental de marras a través de una plataforma legal de pago. La calidad del streaming era tan deficiente que he tenido que recurrir a vías alternativas. Filmin, espero que me devolváis el dinero.

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Kirsten Dunst y la red

Cada vez se ve menos la televisión en el televisor tradicional. Nuevas pantallas han irrumpido para restar preeminencia a las tradicionales. Incluso ya se crean piezas audiovisuales específicamente para YouTube…

Cada vez se ve menos la televisión en el televisor tradicional. Nuevas pantallas han irrumpido para restar preeminencia a las tradicionales. Incluso ya se crean piezas audiovisuales específicamente para YouTube y redes sociales. 

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Es el sexo, estúpido

Llevamos dos semanas de lo más movidas con el tema erótico-festivo femenino: que si el vestido de Nicki Minaj, que si Sofía Vergara dando vueltas en una plataforma de exposición…

Llevamos dos semanas de lo más movidas con el tema erótico-festivo femenino: que si el vestido de Nicki Minaj, que si Sofía Vergara dando vueltas en una plataforma de exposición giratoria y, cómo no, el caso de las fotos de las famosas desnudas.

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Juego de Tronos, Woody Allen y el doblaje

La semana pasada vivimos una crisis. A lo mejor no se han enterado, pero tuvo su eco en las redes sociales. El motivo: Canal Plus emitió el primer episodio de…

La semana pasada vivimos una crisis. A lo mejor no se han enterado, pero tuvo su eco en las redes sociales. El motivo: Canal Plus emitió el primer episodio de la cuarta temporada de Juego de Tronos en versión original subtitulada.

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Iceberg en Gamonal

No me entero. En serio. No entiendo nada. Leo y releo, miro y remiro las noticias y sigo sin enterarme de nada de lo que está pasando en el barrio…

No me entero. En serio. No entiendo nada. Leo y releo, miro y remiro las noticias y sigo sin enterarme de nada de lo que está pasando en el barrio burgalés de Gamonal.

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La Thermomix y la prensa digital

Hace cosa de una semana descubrimos a través de Twitter que la revista de crítica cinematográfica Dirigido Por había sacado una edición digital a través del portal Visualmaniac [Aplausos, ovaciones…

Hace cosa de una semana descubrimos a través de Twitter que la revista de crítica cinematográfica Dirigido Por había sacado una edición digital a través del portal Visualmaniac [Aplausos, ovaciones y lanzamiento de lencería]. Sin embargo, a los pocos tuits llegaban las primeras quejas: era cara, sólo se podía leer mediante la aplicación de Visualmaniac y básicamente era lo mismo que en papel. «¿Lo mismo que en papel?» pensarán algunos, «¿y cuál es el problema?» Pues todo.

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Ya sé quién es Peeves

En vista de que la televisión se ha vuelto cada vez más deprimente, y que el cine me deja un tremendo sinsabor social, he optado por echar mano del Reeder…

En vista de que la televisión se ha vuelto cada vez más deprimente, y que el cine me deja un tremendo sinsabor social, he optado por echar mano del Reeder y ponerme con la que según amigos, enemigos y familiares era mi asignatura pendiente: leerme Harry Potter.

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¿Nuevo feminismo o síndrome de Asperger?

Las mujeres en la ficción de hoy día no tienen nada que ver con las de hace algunos años. Lisbeth Salander marcó una pauta difícilmente superable: agresiva, antisocial, fría… No…

Las mujeres en la ficción de hoy día no tienen nada que ver con las de hace algunos años. Lisbeth Salander marcó una pauta difícilmente superable: agresiva, antisocial, fría… No tiene mucho de lo que tradicionalmente se ha considerado rasgos propios de la feminidad. Temperance Brennan (Bones) está en su misma onda, igual que recientemente Sonya Cross (The Bridge)… Se están proponiendo nuevos modelos de mujer para goce y alboroto de algunos grupos feministas. No obstante, estos nuevos personajes femeninos arrastran consigo una carga que los hace muy particulares. Se llama Asperger.

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¿Estamos a Rolex o estamos a tetas?

Si algo me gusta de las series de época —Spartacus, Da Vinci Demons, Vikings, Juego de Tronos…— es la ambientación. Me parece que tienen detrás un gran trabajo histórico y…

Si algo me gusta de las series de época —Spartacus, Da Vinci Demons, Vikings, Juego de Tronos…— es la ambientación. Me parece que tienen detrás un gran trabajo histórico y de diseño de producción. Los ropajes, las calles, el atrezo… incluso el acento o la forma de hablar de los personajes. De hecho, creo que lo que aporta calidad a las series de época es precisamente eso: una correcta y cuidada ambientación. El problema llega en el momento en que la chica de turno se quita la ropa y de pronto te quedas pensando cómo ha llegado la Silk-Epil a la Edad Media.

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Tiramisú en plano secuencia

Los hermanos Lumière inventaron el cinematógrafo, pero no el cine. El cine vino después. Los Lumière enfocaban su cacharro hacia un sitio y filmaban. Punto. Luego reproducían lo filmado: plano…

Los hermanos Lumière inventaron el cinematógrafo, pero no el cine. El cine vino después. Los Lumière enfocaban su cacharro hacia un sitio y filmaban. Punto. Luego reproducían lo filmado: plano único, experiencia de la vida. No tenían más pretensiones que la de mostrar la realidad. Habría que esperar a la llegada de Méliès, Porter, Griffith, Eisenstein y un larguísimo etcétera para que podamos hablar de lo que hoy entendemos por montaje cinematográfico. Desde aquellos orígenes ha llovido mucho. La manera de narrar con imágenes ha evolucionado y los elementos del lenguaje audiovisual se han modernizado hasta el extremo. Salvo en los programas de cocina españoles.

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Pillado por cagada de mosca

¿Recuerdan ustedes cuando en las series de intrigas policiacas el aparato más avanzado empleado para resolver el misterio era el teléfono?

¿Recuerdan ustedes cuando en las series de intrigas policiacas el aparato más avanzado empleado para resolver el misterio era el teléfono?

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Un andaluz y un bilbaíno

Mi pelea contra el doblaje viene de muy lejos. No sé si será por influencia de mis profesores, que siempre han defendido la versión original, o por mi propia cabezonería,…

Mi pelea contra el doblaje viene de muy lejos. No sé si será por influencia de mis profesores, que siempre han defendido la versión original, o por mi propia cabezonería, pero recuerdo que desde antaño me he enzarzado en más de una discusión con firmes defensores del doblaje —algunos de los cuáles son ahora actores y actrices de doblaje, de hecho—.

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Los zombies son un truño

No soporto a los zombies. Me matan de aburrimiento. Son, en mi opinión, el peor villano que han podido inventarse. He discutido largo y tendido con mi amigo Diego Matos…

No soporto a los zombies. Me matan de aburrimiento. Son, en mi opinión, el peor villano que han podido inventarse. He discutido largo y tendido con mi amigo Diego Matos (@diegomatosag) —a la sazón autor del libro The Walking Dead: caminando entre muertos, sobre este particular, y sigo convencido de que los zombies son un auténtico truño.

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El calzoncillo de la suerte

Tengo un amigo, a quien no citaré para no dañar aun más su nombre, que un día nos hizo una terrible confesión. Solía practicar rugby —ese deporte de animales jugado…

Tengo un amigo, a quien no citaré para no dañar aun más su nombre, que un día nos hizo una terrible confesión. Solía practicar rugby —ese deporte de animales jugado por caballeros— y nos explicó que siempre antes de cada partido seguía un particular ritual. Como un caballero andante se preparaba para la batalla se calzaba sus zapatillas con tacos, sus calzas de guerrero, se enfundaba su camiseta y se ajustaba el calzoncillo de la suerte en el que depositaba toda su fe. Mientras duraba su ritual de preparación, mi amigo se ponía en su walkman una melodía heróica de fondo a modo de himno… el Lo echamos a suertes, de Ella Baila Sola. Después nos explicó que la razón de semejante ñoñez para el rugby fue que en cierta ocasión lo hizo por casualidad y jugaron el mejor partido de la liga, por lo que adoptó el ritual para ver si podía repetir la hazaña.

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Los desnudos y el vinagre

Los desnudos distraen. Me he dado cuenta después de ver mil películas y series. No sé por qué, pero distraen. Y no solo eso. Después de hablarlo con amigos y…

Los desnudos distraen. Me he dado cuenta después de ver mil películas y series. No sé por qué, pero distraen. Y no solo eso. Después de hablarlo con amigos y amigas he llegado a la conclusión de que, incluso, gustan. A todos y a todas. De hecho, creo que son las escenas con más fans del cine y la televisión.

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