NOSOPRANO

NOSOPRANO

Revista de crítica audiovisual, review de cine, series y libros

Categoría: TV

Un mundo sin tele

Se imaginan que de pronto un día la televisión deja de tener audiencia. Imaginen. Se levantan una mañana, abren las noticias y el tema del día es ese: «Audiencia cero….

Se imaginan que de pronto un día la televisión deja de tener audiencia. Imaginen. Se levantan una mañana, abren las noticias y el tema del día es ese: «Audiencia cero. Anoche nadie vio la tele». ¿Les parece imposible? Nadie, en toda España, viendo la televisión. Bueno, no es tan descabellado. Teniendo en cuenta que se miden las audiencias en función de lo que marcan los alrededor de cuatro mil hogares que tienen audímetro, bastaría que fueran esos —un número mucho más plausible que el de toda la población— quienes mantuvieran el televisor apagado para que el cómputo fuera cero. Cero patatero. ¿Imposible?

Hagan el esfuerzo. Un día las cuatro mil familias deciden hacer otra cosa: leer, cantar, jugar a los videojuegos, salir a cenar, ver una película por internet… y el consumo de televisión se hunde como el consumo del telégrafo. ¿Qué harían los programadores? ¿Qué harían los que manejan el asunto de la publicidad? ¿Qué harían los que hacen los contenidos?

Póngase por caso que la inmensa mayoría de la población prefiere el YouTube a la tele; las plataformas de pago a la televisión convencional; la TV a la carta frente al conformismo de a ver qué echan

Si los contenidos se adaptan a la audiencia, y de pronto un día se quedan si audiencia, ¿qué pasaría con ellos? Póngase por caso, así, imaginando en voz alta, que la inmensa mayoría de la población prefiere el YouTube a la tele; las plataformas de pago —que todavía no cuentan en audiencia— a la televisión convencional; la TV a la carta frente al conformismo de a ver qué echan. Imaginen que, de pronto, la inmensa mayoría de la población abandona el sofá familiar para ver Netflix en sus ordenadores. ¿Sería una catástrofe? ¿Sería impensable?

En la corte del Rey Sol se decía aquello de «el rey ha muerto, viva el rey», haciendo referencia con la paradoja a una continuidad insoslayable e impertérrita. A rey muerto rey puesto y todo sigue igual. ¿Se imaginan que, de pronto, se nos muere la señora de Cuenca y no hay nadie dispuesto a recoger la corona? ¿Se imaginan que, de pronto, los anunciantes se encuentran que todo el target comercial está en otros lugares ignorados hasta la fecha?

¿Se imaginan un mundo sin televisión? ¿Un mundo donde cualquiera pudiera elegir qué ver y cuándo verlo, tan sólo a golpe de click?

Yo me crié viendo la televisión. Mis padres también, aunque con mayor dificultad. Para mis abuelos fue una novedad a la que se acostubraron cuando la tuvieron, claro. Son muchos años de un modelo de consumo unidireccional e incontrolable como para cambiar ahora el paradigma a la ligera. ¿Videoclubonlaiqué? ¿YouTuber? Chuminás. La gente sigue haciendo lo mismo que sus padres y sus abuelos. Viendo la tele a la hora de la tele y comprando lo que ella anuncia. Lo del onlain ese es una moda. Ja.

¿Se imaginan un mundo sin televisión? ¿Un mundo donde cualquiera pudiera elegir qué ver y cuándo verlo, tan sólo a golpe de click? ¿Se imaginan el lío que tendrían encima las cadenas? ¿Cómo competirían? ¿Cómo lograrían dar a la gente lo que realmente quieren ver y, lo más importante, cómo lo facturarían? ¿Les parece un mundo imposible?

En algún momento del siglo pasado descubrieron que jóvenes y adolescentes eran los consumidores mayoritarios de cine. De ahí que se empezaran a hacer blockbuster tras blockbuster teniendo este público en mente. ¿No se han dado cuenta? ¿Cuál creen que es la edad media de los que fueron a ver la película más taquillera de los últimos años? ¿Y no les parece curioso que precisamente el cine esté muriendo ante la irrupción del pirateo digital? ¿Cuál creen que es la edad media de los que se descargaron el último episodio de Juego de Tronos? ¿Ven a dónde quiero ir a parar? ¿Se imaginan un mundo sin tele? ¿Están ya preparados?

No hay comentarios en Un mundo sin tele

Chicote no estuvo aquí

Anoche sucedió algo televisivamente de lo más curioso: Jordi Évole, el periodista conductor de Salvados, entró con las cámaras en un restaurante, abroncó a los cocineros, les motivó para que…

Anoche sucedió algo televisivamente de lo más curioso: Jordi Évole, el periodista conductor de Salvados, entró con las cámaras en un restaurante, abroncó a los cocineros, les motivó para que realizaran diversos cambios y mejorasen su actitud en el trabajo, y terminó por salvarles el negocio al estilo de Pesadilla en la Cocina, trabajando con ellos en una nueva carta y desarrollando algunos platos de su propia cosecha. No. Por supuesto que esto es mentira. Jordi Évole no jugó anoche a ser cocinero profesional. En vez de eso fue Chicote el que jugó a ser periodista, y de los malos.

El precio de los alimentos se estrenó en La Sexta como un espacio en el que el famoso cocinero se aventuraba a investigar por esos mercados de Dios por qué motivos varían los precios de los alimentos, de dónde nos viene lo que compramos en los supermercados y, en general, qué pasa con la comida que nos encontramos en sus repisas. Básicamente, abrirnos los ojos ante los efectos de la globalización y nuestra dependencia del resto del mundo.

Abundancia de datos, números, cifras y gráficos sobreimpresos en pantalla, pero ni una puñetera fuente

El primero de los dos programas especiales que compondrán el asunto ha abordado el precio de los tomates, el pan, la carne de ternera, el aceite y el azúcar. Pinta bien, ¿verdad? Un Pesadilla en la Cocina a nivel mercado internacional, con un especialista como el cocinero madrileño enseñándonos los entresijos de las lonjas y los brokers de las materias primas, y cómo los negocios internacionales terminan por imponernos límites a la hora de sembrar, o nos condenan a tirar toda nuestra cosecha en una cuneta. Sin embargo, la propuesta terminó por decepcionarme, y por varios motivos.

En primer lugar, el programa carecía por completo de rigor. Abundancia de datos, números, cifras y gráficos sobreimpresos en pantalla, pero ni una puñetera fuente. Precios que no sabemos si se refieren al kilo de ternera, al gramo de azúcar o a la barra de pan; subidas y bajadas que no sabemos si son medias, máximos o mínimos; datos que dice Chicote de viva voz pero que no dice de dónde saca. Le escribí un tuit durante la emisión en directo y me respondió que todos los datos eran «oficiales y de las instituciones pertitentes» así, en general. ¿Por qué no los indican entonces? ¿Por qué no nos dicen, de hecho, cuál es esa misteriosa institución pertinente?

Llámenme loco, paranoico o lo que quieran, pero estoy casi seguro de que Chicote no estuvo allí

En segundo lugar, quizá por querer abarcarlo todo con cierto punto espectacular, o quizá por querer aprovechar el máximo de imágenes refritas de otros reportajes del pasado, el programa era sencillamente incomprensible. No sólo no explicaba el porqué de los vaivenes de mercado que se proponía explicar, sino que terminaba mezclando churras con merinas en el afán por ser grandilocuente, internacional y, si me lo permiten, periodishortera, palabro que me acabo de inventar para describir ese estilo reporterista de cámara trastabillante y vacío de contenido que tan popular está haciendo En Tierra Hostil. Por ponerles un ejemplo, anoche Chicote redujo la causa principal de la Primavera Árabe a la subida del precio del pan. Y tan ancho, oiga. Otro ejemplo: visitamos un invernadero almeriense que tira al día toneladas y toneladas de tomates como algo de lo más normal. Cualquier periodista mínimamente formado le habría preguntado al horticultor por qué no lo destinaba a bancos de alimentos. Pero Chicote no es periodista, claro. De hecho es probable que ni siquiera estuviera allí.

En vez de verle a él vemos planos de carretera, imágenes de calles, y planos reciclados de antiguos reportajes de los que narraba Gloria Serra

Como lo oyen leen. Llámenme loco, paranoico o lo que quieran, pero estoy casi seguro de que Chicote no estuvo allí. Puede que me equivoque y sea todo fruto de los años que dediqué a estudiar el montaje propagandístico, que me ha secado el cerebro y ahora sólo veo conspiraciones audiovisuales por doquier, pero me parece muy sospechoso que la estrella del programa, la cara conocida de la propuesta, desaparezca de pantalla en los momentos clave, como Clark Kent cada vez que se veía a Superman. Chicote se sube a un coche, lo vemos conduciendo por carreteras no identificadas, llegamos a un campo, a un invernadero, a una lonja o a cualquier otro sitio y ¡pluf! Chicote desaparece. Se evapora. Lo dejamos de ver. Como si se lo hubiera tragado la tierra en aquella fábrica de galletas de Lerma; como si se hubiera volatilizado en aquel campo de remolacha andaluz… En vez de verle a él vemos planos de carretera, imágenes de calles, y planos reciclados de antiguos reportajes de los que narraba Gloria Serra. Raro, ¿no les parece? sobre todo teniendo en cuenta que él se presta: se sube al coche, conduce, hace como que se baja… hasta en dos ocasiones hace el paripé de subirse a un avión. ¿Será posible que nos vendan un montaje como si se tratara de un genuino reportaje?

El único momento que sí me hizo gracia del programa de ayer fue cuando Chicote, esta vez sí en plano, visita el invernadero holandés donde se cultivan los super tomates que nos están colapsando el mercado —según el tono apocalíptico del programa— como si de los Tomates Asesinos se tratase. No me negarán, si lo vieron, que aquello parecía una escena propia de algún título del landismo. Junto a un estilizado y juvenil horticultor holandés, nuestro rechoncho Chicote se maravillaba ante los carricoches que transportaban los palés; se maravilla ante los empleados montados en patinetes motorizados; se maravilla ante las tomateras decorativas… Al entrar por una puerta gigante a un acerado y frío invernadero de tomates inteligentes le pregunta al impúber gerente cuántos sabores de tomate exportaban. Al ver que no termina de comprenderle, Chicote explica que los rusos prefieren un tomate más dulzón, los franceses un tomate más ácido… El joven afirma que sí, que cada país tiene su gusto particular, respuesta de la que Chicote infiere, de nuevo maravillado, que producían tantas variedades de tomate como países había. Aquí pueden ver el momento:

Si hubiera echado un ojo a la web del productor holandés sabría que básicamente producen solo nueve variedades, de las cuáles la mayoría son miniatura. Pero claro, para qué. De esas cosas ya se encargarán los de producción, que son los que estudiaron periodismo. ¿No se creen lo de las nueve variedades? Echen un ojo al vídeo corporativo y disfruten de la melosidad del idioma holandés. Aunque sea publicidad, les aseguro que encontrarán más rigor periodístico que en el programa de anoche.

No hay comentarios en Chicote no estuvo aquí

El audímetro español

Hace varios días que se está poniendo en duda la veracidad e idoneidad de los datos recabados por los audímetros convencionales en un mundo cada vez más conectado y donde…

Hace varios días que se está poniendo en duda la veracidad e idoneidad de los datos recabados por los audímetros convencionales en un mundo cada vez más conectado y donde las posibilidades de ver contenidos a la carta se ha multiplicado exponencialmente. A esto se une el caso de series y programas que triunfan durante su emisión en las redes sociales y que, sin embargo, luego no recaban los puntos de audiencia que necesitan para subsistir o para renovar. ¿Es necesario un cambio? ¿Hay que actualizar las formas de medición? Probablemente sí, pero ese no es el problema. El problema es que vivimos en un engaño mediático desde hace décadas que ahora las redes están haciendo evidente.

Primer problema: ¿qué puñetas es un audímetro?

Reconozco que para mí es uno de los mayores misterios de la humanidad. ¿Qué es? ¿Quién lo tiene? ¿Cómo funciona? Supuestamente mide lo que ve cada espectador mientras está encendido, pero… mide realmente ¿qué? Si me quedo dormido delante de la tele ¿mi audímetro me sigue considerando espectador? Si tengo dos televisores en casa, ¿tengo que tener dos audímetros? Y, lo más importante, ¿lo que digan 4.000 hogares es representativo de lo que ve toda España peninsular e insular?

¿Qué pasa si al dueño del audímetro en vez de pulsar en su mando el uno decide mentir y poner que lo están viendo cuatro personas?

Por lo visto el cacharro funciona a través de un mando a distancia donde el usuario, cada vez que enciende la tele, tiene que poner cuánta gente está delante y qué rangos de edades tienen. No soy ningún experto en este tipo de metodología de análisis, pero así de entrada me suena un poco a cachondeo, no sé a ustedes. Pongamos por caso que cada panelista —que así se llama el sujeto portador del mando mágico— represente aproximadamente a 3.600 televidentes. Si el portador del mando mágico pone la tele para ver el baloncesto equivaldrían a 3.600 televidentes viendo el baloncesto con sus mismas características demográficas. Hasta aquí todo bien, pero ¿qué pasa si al panelista se le olvida poner cuánta gente está viendo la tele? ¿Y si no le indica al aparato que la abuela se ha ido a la cama? ¿Y qué pasa si al dueño del cetro de poder catódico le gusta MUCHO el baloncesto y en vez de pulsar en su mando el uno decide mentir y poner que lo están viendo cuatro personas? Ya no serían 3.600 televidentes, sino 14.400 televidentes los que contabilizaría el aparato, más de los que caben en el pabellón del Unicaja. ¿Ven por dónde voy?

¿Quiénes son los elegidos? ¿Cómo se controla que realmente vean lo que dicen ver? ¿Cómo se certifica que no están viendo la tele de la habitación desde la cama en vez de la del salón, donde está el audímetro? ¿Son notarios o algo así?

Luego está el tema de las plataformas vía satélite o cable. ¿Acaso se cuentan para el cómputo general? Siempre había pensado que sí, pero según informa la empresa que realiza las mediciones de audiencia en España el pasado 23 de febrero —de este año, ojito— acaban de firmar un acuerdo para realizar «la primera medición del consumo multiplataforma en España» con ONO. Acaban de firmar. La primera. ¿Y qué ha pasado antes? ¿No se ha medido nada? Me inquieta, no sé a ustedes.

Segundo problema: la mentira del share

Si navegan un poco por los artículos de televisión de este espacio encontrarán en más de uno el mismo ripio: el share es el número de Satán. Lo hemos comentado una y mil veces, y personalmente lo seguiré comentando hasta la saciedad. Creo que no hace falta definir el término: todos lo conocemos, todos lo hemos oído. El share, el numerito que incide en la inversión publicitaria en televisión; el dato que determina quién gana o pierde el pastel de audiencia en nuestro país. Las propias cadenas juegan a poner sus números en sus autopromos, como si ver quién la tiene más larga sirviera de algo para vender calzoncillos. Pero el caso es que es, en mi opinión, una gran mentira.

El share no mide la cantidad de gente que ve la televisión. El share mide la cantidad de gente que ve la televisión de entre todos los que tienen la tele encendida.

El share no mide la cantidad de gente que ve la televisión. El share mide la cantidad de gente que ve la televisión de entre todos los que tienen la tele encendida. Es un ratio, una división. Un reparto. ¿Ven ya la trampa? Si tienen la tele puesta 100 y nos ven 10, tenemos un 10% de share. Si tienen la tele puesta 10 y nos ven 2, tenemos un 20% de share. ¿Lo entienden ya? ¿Cómo es posible que dos sea el doble que diez? Pues a eso voy: una trampa.

Me dirán que lo importante no es sólo que te vean muchos, lo importante es que no vean a los demás. El problema es que esto degenera en una serie de malas prácticas encaminadas a trampear un poquito las cifras, como por ejemplo alargar los programas hasta entrada la madrugada: si consigues que tu audiencia siga viendo la tele cuando la audiencia de la competencia se va a la cama, tu share mete un subidón. Miren, por ejemplo, el curioso caso del pasado domingo, cuando los 3.544.000 espectadores de media que vieron el reportaje sobre el caso de la comandante Zaida Cantera en Salvados a las 21:30 le dieron un 17,1% de share, mientras que los 2.900.000 de media que tuvo el Debate del Gran Hermano VIP hasta pasada la una de la madrugada les otorgaron un 20,9% de share y el minuto de oro. Menos dan más. Muy lógico todo.

Eso nos aboca, como habrán adivinado, a una publicidad tardía, mamporrera y falaz.

Eso nos aboca, como habrán adivinado, a una publicidad tardía, mamporrera y falaz. ¿Acaso creen que cualquier anunciante en su sano juicio iba a querer poner el spot de su producto en medio de un bloque con otros treinta, que probablemente no ve nadie, y a las tantas de la noche? No. El engaño del share tiene tentáculos siniestros, y el primero de ellos es pensar que el numerito es lo más importante. Les pongo un ejemplo de lo contrario: en EEUU, que llevan décadas midiendo audiencias y saben bastante más que nosotros sobre el tema, se consideran otros factores. Si recuerdan, la serie musical Glee no llegaba apenas al mínimo de su cadena estadounidense y en número de espectadores quedaba muy lejos de los datos de Modern Family y Criminal Minds, que eran su principales competidoras. Pero Glee tenía una cosa que no tenían Modern Family ni Criminal Minds: las canciones que sonaban en la serie se convertían automáticamente en líderes de ventas en iTunes, el target adolescente de la serie hacía viral las actuaciones y los anunciantes daban palmas con las orejas. Todavía no ha sido cancelada. ¿Creen que podría pasar aquí lo mismo?

Pasará. Yo estoy convencido. Y basta que tres o cuatro grandes se den cuenta del asunto; basta que PlayStation, por poner un ejemplo a voleo, se percate de que invirtiendo una piltrafa en los anuncios patrocinados de Twitter durante la emisión de El Ministerio del Tiempo puede llegar a más clientes potenciales —que incluso pueden terminar comprando online en ese mismo momento— que dando un dineral a Telecinco para que pongan un spot a las tantas de la madrugada. Basta que empiecen a despreciar el share como dato engañoso sobre una audiencia pasiva, y empiecen a valorar las nuevas ventanas que canalizan una audiencia activa y dispuesta no sólo a ver, sino a ver y hacer click, que es, en nuestro siglo, el nuevo cetro de mando mediático. No les extrañe que esté pasando ya.

Tercer problema: ni lo público es público ni lo privado es privado

Se preguntarán si me he vuelto loco o si tengo algún problema de percepción. Está claro que lo que financiamos todos es público, y que lo que se nutre de la inversión privada es privado. Pues no. Sorry. Lo siento. No es así.

Las cadenas privadas actúan en virtud de una concesión pública, principalmente porque emiten su señal a través del espacio radioeléctrico. Y el aire es de todos. A cambio de explotar este asunto, la televisiones tienen que cumplir una serie de contraprestaciones para la sociedad entre las que están, entre otras, la de no verter mierda cuando haya niños de por medio o la de invertir en cine español. No es para menos, oiga. Que si tenemos a Atresmedia y Mediaset repartiéndose el pastel es porque no le dimos la licencia a otro grupo. ¿Acaso no nos habilita este hecho, como espectadores, a exigir a las cadenas un mínimo de calidad, imparcialidad informativa y contenidos para todos? ¿Acaso no nos da derecho a quejarnos cuando vemos que nos están pasando por encima?

A esto se suma una televisión pública que no parece saber a qué juega.

Personalmente tengo la impresión de que los límites de tiempo por publicidad por hora —que también está regulado, aunque les sorprenda— son sistemáticamente transgredidos; tengo la impresión de que las cadenas programan y contraprograman —algo que también está regulado, aunque no se lo crean— según les conviene a sus intereses comerciales; tengo la impresión de que tanto programas informativos como spots publicitarios transgreden una y otra vez los mínimos de lo que es aceptable en cuanto a amarillismo, presentación de roles de género y protección de la infancia. El otro día un amigo me contaba que en un informativo habían puesto imágenes de las cuentas de Twitter de terroristas islamistas, así, en abierto, por si algún radical no los encontraba. ¿Alguien sabe dónde está la hoja de reclamaciones?

A esto se suma una televisión pública que no parece saber a qué juega. Fíjense la ironía de este ejemplo: a pesar de tener un canal enterito y exclusivo para la emisión deportiva, los partidos de fútbol tochos por los que sigue pujando la pública se emiten en la La 1, jodiendo de paso la parrilla que estuviera programada, fuera cual fuera, como si existiera en la era de la pública sin publicidad algún oculto interés económico. El patrocinio cultural ese, supongo, que no es publicidad, no… no… El parecido del supermercado de Masterchef con el del Corte Inglés es pura casualidad.

Esta es, en mi opinión, la perversión absoluta del sistema. Porque claro, si tenemos a la pública trasteando en el juego de las privadas, el numerito del share se pone sobre el tapete, con todas sus trabas. La próxima semana mis paisanos andaluces no podrán ver el siguiente episodio de El Ministerio del Tiempo porque TVE ha programado el segundo debate electoral de esta comunidad en ese momento. Podían haberlo puesto en La 2, en el canal 24 horas…, pero han optado por hacerlo en La 1, dada la importancia electoral del tema. No me parece mal. O no debería parecerme mal. En la era del contenido a la carta y la multipantalla, realmente da lo mismo por dónde emitan las cosas ya que es el usuario el que puede elegir qué ver —si tiene los medios digitales y los conocimientos, que esa es otra, obviamente—. Pero claro, hay un problema: previsiblemente bajará el share de la serie, y si baja el share es probable que no sea renovada por una segunda temporada, porque parece que las series, a diferencia de los debates electorales, no se regulan según el principio de servicio público, promoción de la cultura, y tal.

Se regulan por la audiencia.

Por la audiencia basada en el share engañoso.

Por la audiencia basada en el share engañoso que miden audímetros poco fiables.

¿De verdad creen que esto funciona?

12 comentarios en El audímetro español

En Tierra Hostil y la perspectiva

Personalmente creo que en los últimos años estamos faltos de un periodismo de fondo. No sé si me entienden. Periodismo en profundidad, que trate los temas desde diferentes perspectivas, con…

Personalmente creo que en los últimos años estamos faltos de un periodismo de fondo. No sé si me entienden. Periodismo en profundidad, que trate los temas desde diferentes perspectivas, con tiempo, con análisis… no el mero canutazo declarativo de informativo de las tres. Reportajes más extensos, documentales, incluso, que arrojen perspectiva. Sí. Quizá esa sea la palabra que estoy buscando: perspectiva. Por ello el estreno la semana pasada de la apuesta de Antena 3 por el periodismo de investigación —si es que En Tierra Hostil puede llamarse así— me llamó la atención.

Por si no conocen el programa, la dinámica es sencilla: el formato del clásico Callejeros, pero en los lugares más hostiles del planeta. Se pueden imaginar. Un reportero o reportera —Jalis de la Serna y Alejandra Andrade son, de momento, los rostros visibles del formato— que se mete allá donde no quiere ir nadie jugándose, en teoría, el pellejo. Pinta bien, o al menos esa puede ser la primera impresión: un cronista al que se presupone imparcialidad narrando de primera mano la situación desde aquellos lugares donde pocos se atreverían a aventurarse. A lo Robert Capa en el Desembarco en Normandía, ya saben.

Claro, el problema es que la cosa, aunque tiene su morbo, me ha empezado a chirriar desde el comienzo. De entrada quizá haya influido en mi prejuicio que, de los diez destinos «hostiles» de esta temporada yo he pasado alguna breve estancia en tres y conservo amistades que siguen viviendo allí. Ojo, esto no quita que sigan siendo «hostiles» en el sentido en que los vende el programa, pero claro, no es lo mismo, como comprenderán, entrar en México que entrar en Corea del Norte; no es lo mismo visitar ahora hoy por hoy Ucrania que cruzar el Estrecho para hacer el programa desde Marruecos, sin perjuicio de la «hostilidad», conste.

Pese a ello comencé el viaje con Jalis la semana pasada más expectante que resabido y oye, mira, me empezó gustando. Todo el tema del coltán, que no conocía, todos los tejemanejes del viaje de ida, las dificultades para llegar, el empleo tan socorrido de la cámara oculta… Me iba enganchando por momentos hasta que, de pronto, percibí algo que se me había escapado desde el comienzo. Había música.

Me iba enganchando por momentos hasta que, de pronto, percibí algo que se me había escapado desde el comienzo

Música, sí. Y no cualquier música. Habían puesto música «de tensión». Ya saben que basta poner una música determinada para embadurnar cualquier cosa con un barniz del tono que se busque. Prueben a asar algo en el horno con música de Músorgski, no resistirán el suspense. La cosa es que, de pronto, se me rompió la burbuja mágica en la que me tenía metido la narración del programa y desperté como de un sueño para percibir muchas más cosas raras.

Por ejemplo, en un momento dado iba Jalis y su equipo en un todoterreno camino de la mina de coltán, allá en el Congo profundo, cuando de pronto se encontraron con un camión hundido en el barro que aparentemente les obstaculizaba el paso. TENSIÓN. La música sube en intensidad; la cámara trastabilla en planos movidos y desacompasados de esos que generan «mal rollo»; una leve ralentización de la imagen y la locución de Jalis —al más puro estilo Gloria Serra— terminan de aportar al momento la carga de dramatización necesaria para transmitirme la sensación de «revés». Luego el todoterreno adelanta al camión varado por un lateral y «problema» solucionado. ¿Me entienden? Un poco más adelante en el mismo camino encuentran un control policial. MÁXIMA TENSIÓN. De nuevo la música sube en intensidad, la cámara comienza a trastabillar como en The Blair Witch Project —o en Rec, para que me entiendan los lectores menores de treinta—, se introduce una ralentización como en los mates de la NBA y la locución de Jalis se engola hasta alcanzar el tono de Gandalf el Gris ante el Barlog de Moria. Entonces pasan junto a un uniformado que les dedica un sonriente Bon jour. ¿Para eso tanto?

No es mi intención quitarle mérito al trabajo periodístico, ni mucho menos afirmar que no sucede lo que sucede en los destinos «hostiles» del programa. Después del rato dedicado a los «percances» del camino, Jalis efectivamente llegaba a una mina donde saltaban a la vista las condiciones infrahumanas de trabajo, así como la aparente explotación infantil que allí se daba. No voy por ahí. Está claro que los destinos «hostiles» son «hostiles» por algo. A lo que voy es a que, quizá, la narración del programa sea más expresiva que documental; a que es posible que la edición y la selección del material más que «narrar de primera mano», tenga la pretensión de «emocionar de primera mano». Y claro, eso ya se escapa de lo que yo entiendo como periodismo y empieza a generarme dudas. ¿El comprador de coltán al que grababan con «cámara oculta» por la puerta entreabierta y que luego les concede una entrevista —y con quién terminan compartiendo coche— no sabría que estaba siendo grabado? ¿Las miradas ceñudas de los guardias y la milicia, más que al recelo, no se deberían al sol del mediodía? Entiéndanme, al fin y al cabo la música, la cámara trastabillante, la locución volitiva y las ralentizaciones terminan por deformar la realidad que se pretende mostrar. Y esto lo sabe Antena 3 igual que lo sabía Robert Capa, igual que lo saben los cientos de fotógrafos y periodistas de guerra que están en primera línea de otros territorios hostiles jugándose el pellejo por documentar lo que sucede sin engolar la voz y, en su mayoría, sin cobrar un céntimo de ninguna agencia española.

Siempre se ha dicho que para tener perspectiva hay que alejarse del bosque, no adentrarse en él. Afortunadamente la semana pasada acompañaron el En Tierra Hostil con un segundo programa posterior llamado Las claves en el que, ya sin el tembleque del cámara, dieron voz a catedráticos, periodistas, expertos y personas que, de alguna manera, habían también vivido de primera mano la situación que se había descrito, aportando el contrapunto de reflexión que necesitaba el programa inicial. Eso sí… pasada la medianoche.

1 comentario en En Tierra Hostil y la perspectiva

Sálvame la infancia

Después del parón navideño vuelvo por estas tierras para comentar algo que, más mal que bien, me ha estado incordiando durante todas las fiestas: el puñetero hashtag de lo de…

Después del parón navideño vuelvo por estas tierras para comentar algo que, más mal que bien, me ha estado incordiando durante todas las fiestas: el puñetero hashtag de lo de Sálvame.

Imaginen el coitus interruptus cuando, ebrio de turrones y mazapanes, y henchido de la exaltación familiar, descubro que todo Telecinco prefiere potenciar en las redes su quejicosa reclama antes que el éxtasis navideño. Vale que lo emitido durante las celebraciones tampoco es que fuera lo más, pero tan malo como para preferir que se hable de lo otro tampoco parecía, como para andar poniendo etiquetas extrañas en las esquinas de las pantallas. Y al fin y al cabo «lo otro», lo del Sálvame, no es como para montar la que se ha montado.

Que sí, oye, que comprendo el golpe. Sálvame puede que no tenga ni calidad ni valor televisivo, pero es rentable. Y es rentable no porque haya una audiencia millonaria y fiel, que también, sino porque es barato, rápido de realizar y cubre horas y horas y horas de televisión. No es difícil de calcular: si por lo que cuesta un solo programa con un guión más o menos flexible llenamos cuatro horas de parrilla, y encima hay gente que nos ve, tenemos la caja hecha. Claro que para que la gente nos vea hay que dar carnaza. No se consigue nada sin cebo, y cuanto más jugoso sea éste más grande será la pieza. Recuerdo en mi infancia tardes de pesca desde la barquichuela de un amigo y el éxito que tenía verter triturados y restos de pescado por la borda para atraer a nuestra clientela. Apestaba, pero cumplía su objetivo.

Se han puesto estrictos con los vertidos: nada de tirar mierda al agua cuando haya niños nadando

El problema es que se han puesto estrictos con los vertidos que inundan nuestros canales a determinadas horas, y claro, eso nos fastidia la pesca. Nada de tirar mierda al agua cuando haya niños nadando. Eso duele. Si no podemos dar carnaza se nos lastra todo el fundamento de la empresa. Al carajo. Dejamos de ser rentables y a ver qué hacemos; a ver cómo pescamos ahora. Ya. Navidad de campaña para salvar Sálvame, que sólo con el nombre parece no ser suficiente. Persuadamos a la plebe con eso la libertad y tal; metamos miedo con la mentira de que nos quieren cerrar; digamos la patraña de lo de los niños con sus padres, que cada cual eche al río lo que le dé la gana y si no quieres no te bañes. Y bufonada al canto, que con esto hasta subimos audiencia y todo.

El argumento de que los responsables de lo que ven los niños son los padres y que Telecinco no tiene culpa de nada es tan absurdo como decir que los responsables de que los niños no fumen son los padres y el estanquero que venda a quien quiera; como decir que los responsables de que los niños no se alcoholicen son los padres y el del bar que ponga cubatas sin restricción. ¿Les parece? Si resulta que los padres son negligentes, los perjudicados no son ellos sino los niños, los indefensos. ¿Está la cosa como para permitirlo?

Claro, es que Telecinco es una empresa privada, como Malboro o como Playboy. Si Playboy puede vender mujeres desnudas, ¿por qué no Telecinco? El problema está en que el canal de emisión no es privado. Es público. Sí, sí. ¿No lo sabían? Mientras que Playboy paga el papel en el que imprime sus revistas, paga el almacén en que las guarda, al transportista que las lleva al quiosco y al quiosquero que las vende, Telecinco emite su señal empleando un medio que es de todos. El aire, la frecuencia, el espacio radioeléctrico por la que emite Telecinco no es de Telecinco; el múltiplex de TDT por el que emite Telecinco no es de Telecinco. De hecho, es tuyo, y mío. De todos. Como las carreteras, como los parques, como la capa de ozono. Lo que tiene Telecinco es una concesión administrativa, una licencia, un permiso que le hemos dado para usarlo y explotarlo a cambio, obviamente, de cumplir unas determinadas normas entre la que está la de no emitir cosas de adultos cuando los niños puedan estar viendo la tele.

Los niños son más dueños de la TDT que Telecinco y tienen el mismo derecho que cualquiera a ver TV en abierto

Porque al final, si nos ponemos finos, los niños son más dueños de la TDT que Telecinco y tienen el mismo derecho que cualquiera a ver la televisión en abierto. El plus no. El plus lo paga papá. El Ono, o el Movistar tampoco. Ahí que cada cual se apañe. De lo que hablamos es de lo de todos, y lo de todos también es de ellos. Lo siento, Jorge Javier. La tele en abierto, toda ella, es también de los niños, aunque os fastidie la recaudación. De hecho, te digo más: no sólo es de ellos sino que ejerce una enorme influencia sobre ellos, y la educación y la salud mental de los niños es mucho más importante que el dinero que gana Sálvame, sorry. Claro, eso no implica que tenga que ser todo para niños, ni blanco, ni infantil. De ahí que nos hayamos inventado la tontería de los horarios como si un pacto con los padres se tratase. Ni una cosa, ni la contraria. No se trata de prohibir nada, sólo que el sexo, la violencia, los insultos, las vejaciones y el resto de «cosas de mayores» a partir de las diez y todos contentos. Lo sentimos pero no se puede fumar durante el vuelo, que molesta a los pequeños y sus padres.

En lo que sí tengo que darle la razón a Telecinco es en eso de que el resto de cadenas tampoco programan cosas muy aptas que digamos, empezando por los crímenes de Castle toda la tarde, los sucesos en la pública y los culebrones a veces sórdidos de las demás. Es verdad. No todo es apto, o igualmente apto, ni los que cuadran la parrilla parecen tenerlo muy en cuenta. Aunque no soy yo quién para discernir qué sí y qué no. Para eso hay organismos como el que te ha metido el puro, Telecinco. Cuando Amar es para siempre o El secreto de Puente Viejo reciban las cerca de doscientas denuncias que recibió Sálvame en 2013 imagino que tomarán también cartas en el asunto. O al menos eso espero, tú.

1 comentario en Sálvame la infancia

Prim: el asesinato de la calle del turco

Anoche vivimos un prodigio. Un milagro, casi. Televisión Española dio un pasito hacia delante al programar una producción propia de calidad y además ceñirse a un horario saludable terminando antes…

Anoche vivimos un prodigio. Un milagro, casi. Televisión Española dio un pasito hacia delante al programar una producción propia de calidad y además ceñirse a un horario saludable terminando antes de las doce en punto. Sí. Sí. Doce en punto. Lo indicaron con el nuevo icono que han estrenado y que viene a significar que determinados programas pueden verse sin miedo de caer en brazos de la madrugada. Eso está bien.

Prim: asesinato en la calle del turco ha marcado un hito en nuestra televisión pública reciente por un hecho muy simple: es una buena producción. Como lo oyen. Una buena producción. Anoche la vi con grato entusiasmo. Había exteriores, había berlinas, carruajes, caballos, vestuario, fotografía, buena planificación y una música que, aunque repetitiva, también ha sido digna. Incluso los fondos digitales y los cromas eran decentes, oigan. Y eso, como saben los que me conocen, no es ninguna tontería para mí.

Fíjense si ha estado cuidada la producción que los únicos elementos que me han chirriado ha sido la limpieza y el humo. Como leen. La limpieza y el humo. La limpieza, por un lado, de toda la ambientación: el Madrid de 1870 está pulcro como una patena; los sayos, capas y demás prendas parecen recién salidas de la tejedora, incluso la de los cocheros, vagabundos y demás personajes de mal fondo. Y por otro, el humo. Se está convirtiendo en una mala costumbre atiborrar el fondo del plano con humo extradiegético para dar la impresión de que hay menos profundidad de campo que la que aporta la lente. Así, aunque el efecto puede parecer estético, lo cierto es que da la impresión de que todos los interiores se están incendiando: el café, el congreso, los salones de los palacios… Bah, tonterías. Nimiedades que casi rayan lo personal del tema. Habrá a quien le guste esta puesta en escena. No es lo importante y, desde luego, el esmero a la hora de ambientar la producción lo compensa con creces.

Aunque el efecto del humo puede parecer estético, lo cierto es que da la impresión de que todos los interiores se están incendiando

Además de ser una buena producción, Prim ha tenido una magnífica interpretación. A pesar de que los diálogos han sido altisonantes y enrevesados —ya saben, diputados, señorías, senadores y demás—no me han resultado impostados. El plantel de actores —y las tres actrices— tiene tablas, y se nota. Hay afectación en algún deje, pero no injustificado. Abundan, de hecho prácticamente toda la narración se estructura en diálogo, pero no llegan a sonar antinaturales. Me los he creído. No sería capaz de señalar ni excepción ni ejemplificación destacable, y esto viene a confirmar lo que llevo tiempo afirmando: tenemos unos secundarios cobrando el paro que no nos los merecemos. Lástima que no sean, en su mayoría, ni jóvenes ni guapos.

A estas alturas del post estarán extrañados. ¿Apenas dos protestas pequeñitas? ¿Nada más? ¿Ninguna mordaz crítica de las genuinas de esta revista? ¿Ni una queja de consideración de las habituales? Te estás ablandando, Cité. Y es posible. Pero lo cierto es que en esta ocasión he decidido dejar la pega para el final porque creo que debe primar lo bueno sobre lo malo en producciones de estas, de las que nos hacen falta. Porque pega sí que hay. Y gorda.

Tenemos unos actores cobrando el paro que no nos los merecemos. Lástima que no sean ni jóvenes ni guapos.

El guión. Lo siento, Nacho, si me estás leyendo, pero la película me ha parecido novelada o, al menos, más propia de la letra impresa que del medio audiovisual. Y mira que sí se nota un profundo trabajo de investigación y una cuidada puesta en escena, pero no me ha cautivado. De hecho, por momentos, me he sentido perdido. ¿Los motivos? Solo dos. Nada más. El orden y el punto de vista.

Por exponer el primero, la producción se ha ceñido al tedioso y aburrido orden cronológico que tan poco atractivo tiene. Orden cronológico riguroso, de los de sobreimprimir la fecha del día en pantalla, como en las reconstrucciones de los documentales —ya les digo que rigor histórico sí rezuma—. Comenzamos sembrando los antecedentes políticos que posteriormente terminarán justificando la resolución del conflicto. Así, vemos cómo se va tensando la cuerda hasta que llegamos al final anunciado en el título. ¿Intriga? Cero. ¿Suspense? Ninguno. Hasta que matan a Prim, claro. Una vez que matan a Prim nos metemos en una elipsis un tanto banal y empezamos a jugar con la intriga de un joven Pérez Galdós intentando desenredar qué ocurrió aquella noche. El género pasa de epidíctico a judicial sin solución de continuidad y, de pronto, la historia gana interés —después de hora y pico de película—. Pero claro, Galdós se afana en encontrar el «qué pasó», y por eso he dicho más arriba que es una elipsis banal: todo lo demás —el «cómo» y el «por qué»…— ya se nos ha ido presentando con la manía cronológica; no tiene ningún interés; ya lo sabemos.

Por momentos, me he sentido perdido. ¿Los motivos? Solo dos. Nada más. El orden y el punto de vista

Luego tenemos el punto de vista: es múltiple. Más o menos se intuye que el protagonista es Galdós, pero no queda del todo claro en ningún momento. Si lo repasan conmigo, la película, tras el cartelón histórico a modo de prólogo, comienza con el punto de vista de Prim; luego saltamos a la perspectiva de Galdós; Prim de nuevo, hablando con Serrano; Galdós again… ¿Es cosa de dos personajes antagonistas? No. Después se nos pone en la piel de José Paúl y sus exaltados; después nos vamos a las dependencias del Duque de Montpensier; después se nos invita al contubernio de los lacayos Pastor y Solís, tras ello de nuevo Prim, luego Galdós y después el despiporre cuando llegan en tren diversos personajes nuevos que conforman varios bandos de confabuladores —pasada la media hora de la ficción— a los que acompañaremos mientras organizan sus maldades, alternando con la perspectiva de todos los anteriores que no abandonamos nunca. ¿Han entendido algo? Pues imaginen si además le metemos una compleja trama política a partir de diálogos en la que se nombra hasta a Leopoldo Hohenzollern-Sigmaringen.

Personalmente habría disfrutado mucho más si hubieran planteado la historia tal y como TVE se ha encargado de venderla: como un thriller; como una investigación periodística en la que un joven Pérez Galdós trata de recabar las piezas del rompecabezas del asesinato de Prim. ¿No les resulta más atractivo? Básicamente, lo que sucede a partir del crimen, pero extendido a toda la película. Han asesinado a Prim, ¿quién habrá sido y por qué? Un solo punto de vista, el de un joven periodista, y un orden plagado de saltos temporales, de flashbacks y de falsas pistas. Una historia de intriga, como las clásicas. ¿No les apetece más? ¿No les llama más la atención?

No hay comentarios en Prim: el asesinato de la calle del turco

British invasion, please

Envidio el Reino Unido. Lo confieso. Envidia mala. Y no sólo por su sistema electoral de circunscripciones unipersonales —que también—; por la solera y prestigio de sus universidades —que no…

Envidio el Reino Unido. Lo confieso. Envidia mala. Y no sólo por su sistema electoral de circunscripciones unipersonales —que también—; por la solera y prestigio de sus universidades —que no es tontería—, ni por que sea la patria que ha dado al mundo la banda sonora rockera del último siglo —de los Beatles a los Rolling, de los Sabbath a Deep Purple, de Led Zeppelin a Queen…— No. Si por algo envidio el Reino Unido es, básicamente, por la BBC.

Ya… ya sé. Quizá no debería decir esto. Ya sé que lo propio en estos casos sería hacer patria; hacer oposición férrea contra el enemigo de Trafalgar y loar lo nuestro. España es la mejó y tal. Y la verdad es que a veces lo intento. Me siento frente a la tele y hago el esfuerzo de ver algo en la pública, la de todos, pero a los diez minutos reniego y siento irrefrenables deseos de prepararme un té inglés.

Es que resulta inevitable. El abanico de posibilidades de la pública británica frente a lo encorsetado de la pública española lo evidencia. Tienen programas de calidad, series, documentales de producción propia, e incluso shows divertidísimos como el de Graham Norton, donde van los artistas sin hablar del corazón. Les pondré una metáfora: ¿recuerdan la efigie de cera de nuestra infanta? Miren la de Benedict Cumberbatch (Sherlock) cuando la descubrió en el citado programa, a ver si no les pica la envidia.

Si lo piensan, nosotros sólo tenemos programa contenedor tras programa contenedor. La mañana interminable de Mariló donde cabe todo, la tarde infinita de la otra —bueno, ahora creo que ponen cine enlatado— y el despiporre que se traen con los informativos. Sólo hay un atisbo de programas interesantes y bien realizados a las tantas de la madrugada —cuando nadie los ve—, y en la 2, aunque a veces ya ni eso. ¿Por qué dejan lo bueno para tan tarde? ¿Acaso no pueden poner la reposición de Un país para comérselo —que es una buena producción— así, de sobremesa? En serio, es una cuestión que me trae de cabeza. ¿Por qué van a poner el nuevo programa loco de Ángel Martín, Órbita Laika, los domingos a las once de la noche? ¡Divulgación científica con un toque adolescente los domingos a las once de la noche! ¿Qué quieren? ¿Que nadie lo pueda ver?

Nosotros sólo tenemos programa contenedor tras programa contenedor

Las series también podrían ser un buen buque insignia de nuestra pública si no fueran tan mediocres. No, a ver, no me entiendan mal. Hay tramas muy cuidadas, personajes muy bien construidos, arcos y narraciones realmente de primera, pero todo empaquetado de una forma tan pobre y escasita que da un poco de vergüenza, oiga. Ese cartón piedra que vale para todo, lo mismo un Águila Roja que una Isabel; ese foco de relleno en la coronilla… Un poquito de dignidad, ¿no? Que eso se ve también por ahí.

Claro, es que la BBC es muy potente. La pagan entre todos los contribuyentes, no tiene publicidad y sale más cara que TVE. De acuerdo. Pero es que su canal de noticias 24 horas es el que más corresponsalías tiene del mundo; es que sus series tienen decorados con techo, tienen exteriores y cuentan con los mejores actores del momento; es que sólo su sección dedicada a la gastronomía le da mil vueltas a cualquier cosa que tengamos por aquí.

Ya, ya sé. Me dirán que estoy hablando de oídas; que tendría que estar allí y verlo para entender que no es oro todo lo que reluce; que seguro que también tienen sus altibajos y sus problemas. Seguramente, pero el caso es que yo sí veo la BBC. Yo y todos ustedes. ¿No se lo creen? ¿O acaso no vieron Sherlock cuando lo emitieron en Antena 3? ¿Acaso no vieron Galerías Paradise en Telecinco? ¿O es que acaso no han oído el estreno del documental La verdadera historia de la ciencia ficción el mes pasado en la nuestra pública?

Sueñen por un momento con una primera cadena con series potentes, de las que pueden permitirse planos desde el interior de coches en movimiento

Por eso a veces, entre sorbo y sorbo de Earl Grey, me gusta soñar; imaginarme distopías de esas que están tan de moda ahora, y pensar que directamente nos ha invadido la BBC. Traten de imaginarlo, no es difícil. Piensen que de pronto tienen en su televisor cinco canales públicos —sí, tenemos cinco, pagamos cinco, no sólo dos, cinco… seis contando el internacional— de primera calidad. Sueñen por un momento con una primera cadena con series potentes, de las que pueden permitirse planos desde el interior de coches en movimiento —así de raquíticos somos—; sueñen con una segunda  cadena plagada de documentales de producción propia, amenos, modernos, bien realizados… Sueñen, sueñen conmigo. Imaginen un canal 24 horas con información en directo… Un Clan TV con productos realizados por españoles; un Teledeporte que emita los partidos de fútbol que plantan normalmente en la primera jodiendo la parrilla. Sueñen. Sueñen. E imaginen, de paso, una televisión que no sufrieran injerencias políticas. Total… soñar es gratis y nuestra TVE no.


 

¿Te ha resultado interesante? Si es así, considera hacer una donación de 1,50 € para que el autor se tome un café. ¡Gracias por leer!




No hay comentarios en British invasion, please

Adán y Eva: los besos lésbicos y la retranca del negro

De un tiempo a esta parte he visto algún que otro episodio del programa de Cuatro Adán y Eva. En general me ha resultado bastante aburrido. En serio. Sí. Desnudos…

De un tiempo a esta parte he visto algún que otro episodio del programa de Cuatro Adán y Eva. En general me ha resultado bastante aburrido. En serio. Sí. Desnudos y tal, pero muy poco interés. Y es lógico. O no. A ver. Dejen que me explique.

En artículos anteriores habrán podido leer en este mismo sitio loas hacia la iniciativa de poner en horario para adultos un programa que trate al desnudo con naturalidad; que si bien por tratar el tema sin morbo; que si ojalá los medios derivados hicieran lo mismo… Y sí, oigan, es cierto que lo hace. Y es verdad que es muy loable. No obstante, creo que ese es su mayor problema: Adán y Eva es un programa cachondo donde falta el cachondeo. ¿Me entienden?

Piensen, de entrada, que Adán y Eva lo realiza la misma casa que nos ha traído esperpentos tróspidos como Quién quiere casarse con… o Un príncipe para…, ejemplos dolorosamente divertidos donde los haya, para qué lo vamos a negar. Sí, digo dolorosamente porque esa es la sensación que siempre me provocan: lástima por quienes se exponen a ello, diversión por el montaje demencial que llevan a cabo. ¿Se imaginan un programa tróspido donde los personajes estén, además, desnudos? Sería demencial, efectivamente. Pero no. No lo es.

Casi da la impresión de que Adán y Eva es un programa excesivamente puritano, excesivamente correcto políticamente. La mesura a la hora de mostrar los genitales creo que no está de más, pero… ¿acaso será demasiado estricta? Por instantes cada pieza entra en bajones de ritmo; en vacíos de interés… En vez de un Quién quiere casarse con… parece una cita de Mujeres Hombres y Viceversa, y de las aburridas. ¿Se estarán pasando con la mesura?

Adán y Eva es un programa cachondo donde falta el cachondeo

Anoche protagonizaron el triángulo amoroso dos chicas y un chico negro que parecía confirmar todos los tópicos referidos al miembro viril. De hecho, fue la comidilla durante todo el espacio. Las muchachas se dedicaron durante todo el programa a hacer al joven brincar y saltar para que expusiera sin pundonor toda su exuberancia y, sin embargo, el montaje puritanísimo no nos mostró ni un sólo primer plano del miembro. Bien, pero no. El juego es otro. ¿No les parece?

Porque, ¿de qué va realmente Adán y Eva? Quiero decir, ¿qué contenido tiene? Por el paradisiaco enclave de sus playas han pasado jóvenes que pensaban que la Alhambra se llamaba realmente realmente Alambrada; que no sabían situar el Manzanares o que, sencillamente, se preocupaban más por el tupé que por la comida. ¿Es un programa sobre el amor? ¿En serio? Después de ver varios episodios he llegado a la conclusión de que es un programa que se fundamenta y que debe su éxito sólo y simplemente a la picardía. Pero no es un programa pícaro —no porno, ojo, que no es lo mismo—. ¿Será ese su problema?

Veo a la presentadora, Mónica Martínez, y me da la impresión de que cumple su labor con total y absoluta corrección. No hay un guiño, no hay una broma, no hay un doble sentido… Nada. Todo aséptico y perfectamente limpio. Para todos. Ella ahí, en la prueba final, junto a dos tíos en pelotas, y ni una mirada cómplice, ni un comentario procaz. ¿Acaso no es inevitable la comparación con Luján? ¿No se echa de menos?

¿Es un programa sobre el amor? ¿En serio?

El reality parece un cinema verité que realmente no sabe a qué juega. Muestra desnudos, pero huye del desnudo; quiere tonteo de cama, pero huye del montaje pervertido; expone personajes tróspidos, pero quiere escapar del trospidismo. ¿Qué nos queda? Un formato que podría ser en sí divertido, pero que se toma demasiado en serio. ¿Está mal? Probablemente no. Ya decíamos más arriba que es de valorar que el desnudo no se convierta en el centro de la cuestión pero, en vista de que realmente sí lo es, ¿no sería mejor darle un poco más de cancha? Ya que estamos en ese juego, ¿no es mejor explotarlo al máximo?

Porque, al fin y al cabo, recurrir a un reality basado sólo en el despelote es en sí mismo una degeneración de nuestra programación televisiva. Piénsenlo. Han puesto este formato a competir, en las cadenas de al lado, con series construidas a base de argumento, narrativa, fotografía, guión… Piensen que el mismo tiempo que Adán y Eva dedica a una cámara en mano filmando un diálogo de besugos improvisado, en la cadena de al lado ha costado el trabajo de guionistas formados, realizadores, actores, maquilladores, técnicos, fotógrafos, productores… ¿A cuántas horas de estudio de arte dramático equivale una teta? ¿A cuántas reescrituras de escena, tratamientos, escaletas y actos equivale un pubis? ¿Cuántos puestos de trabajo podemos sustituir con un culo?

¿Cuántos puestos de trabajo podemos sustituir con un culo?

Sinceramente, creo que Adán y Eva no se encuentra. Por un lado quiere jugar a que el desnudo no es lo importante, aunque el programa se fundamente en el desnudo; dice que los genitales no son lo fundamental del asunto, aunque pongan al negro a saltar a la comba; no quiere centrarse en el sexo sin más, aunque los filmen con cámaras nocturnas en la cama. ¿Será que quiere ser lo que no es? Mientras se deciden, les recomiendo que paseen por otro canal. Hay menos desnudos, pero más narrativa, juego, historia y, fíjense qué paradójico, también picardía. Y, al final, eso es lo que interesa.


 

¿Te ha resultado interesante? Si es así, considera hacer una donación de 1,50 € para que el autor se tome un café. ¡Gracias por leer!




No hay comentarios en Adán y Eva: los besos lésbicos y la retranca del negro

Adán y Eva: mirones o europeos

No recuerdo qué filósofo decía que las sociedades que aceptaban el sexo, el erotismo y la pornografía con mayor naturalidad sufrían menos crímenes sexuales.

No recuerdo qué filósofo decía que las sociedades que aceptaban el sexo, el erotismo y la pornografía con mayor naturalidad sufrían menos crímenes sexuales.

1 comentario en Adán y Eva: mirones o europeos

Desconcierto dominguero

Los domingos son el peor día de la semana. Supongo que para mucha gente igual, quizá por la proximidad del maldito lunes, que es el segundo peor día de la…

Los domingos son el peor día de la semana. Supongo que para mucha gente igual, quizá por la proximidad del maldito lunes, que es el segundo peor día de la semana. En mi caso, además, los domingos son un problema porque no sé qué puñetas ver en la televisión.

No hay comentarios en Desconcierto dominguero

Robin Food cocina para la Prusia contemporánea

El cocinero David de Jorge lleva su Robin Food a Telecinco con un formato tan trillado y manido que casi parece del siglo pasado.

El cocinero David de Jorge lleva su Robin Food a Telecinco con un formato tan trillado y manido que casi parece del siglo pasado.

No hay comentarios en Robin Food cocina para la Prusia contemporánea

Antonio Sempere: «Estoy desolado con el futuro que le espera a la televisión pública»

El cliché muestra al crítico de cine como alguien malhumorado, enfadado con el mundo y contrariado, porque (casi) todo aquello que ve no alcanza los mínimos exigibles de su proverbial…

El cliché muestra al crítico de cine como alguien malhumorado, enfadado con el mundo y contrariado, porque (casi) todo aquello que ve no alcanza los mínimos exigibles de su proverbial y exigente criterio. Antonio Sempere es justo lo contrario a esa falsa estampa: afable, sonriente, abierto, buen conversador… excelente y cariñoso amigo de quien se gana sus afectos.

No hay comentarios en Antonio Sempere: «Estoy desolado con el futuro que le espera a la televisión pública»

No son ciegos, pero no quieren ver

Para muchos de ustedes puede que no seamos más que un grupo de freaks que escriben una revista digital sobre cultura audiovisual y literatura en el siglo XXI. Les garantizo,…

Para muchos de ustedes puede que no seamos más que un grupo de freaks que escriben una revista digital sobre cultura audiovisual y literatura en el siglo XXI. Les garantizo, no obstante, que muchos de los redactores están más que capacitados para escribir sobre cosas de las que saben. Y mucho.

1 comentario en No son ciegos, pero no quieren ver

Pequeños reclamos

Los niños vuelven a la tele, como en los tiempos de Bertín. Pequeños gigantes y Tu cara me suena mini han traído de nuevo a nuestras pantallas la gracia de los peques.

Los niños vuelven a la tele, como en los tiempos de Bertín. Pequeños gigantes y Tu cara me suena mini han traído de nuevo a nuestras pantallas la gracia de los peques.

No hay comentarios en Pequeños reclamos

Verano Azul y la tristeza

Tristeza. Total y absoluta. No hay un sentimiento más acertado para describir lo que me provoca que TVE vuelva a reemitir la mítica Verano Azul. Tristeza, y por varios motivos.

Tristeza. Total y absoluta. No hay un sentimiento más acertado para describir lo que me provoca que TVE vuelva a reemitir la mítica Verano Azul. Tristeza, y por varios motivos.

2 comentarios en Verano Azul y la tristeza

Me gusta Masterchef… Australia

De un tiempo a esta parte, gracias a las bondades de mi servicio de televisión por cable, he dado con un programa de lo más interesante. Sí, es MasterChef, el…

De un tiempo a esta parte, gracias a las bondades de mi servicio de televisión por cable, he dado con un programa de lo más interesante. Sí, es MasterChef, el mismo que hacemos aquí, pero en su edición australiana.

3 comentarios en Me gusta Masterchef… Australia

¿Por qué no emiten el partido en Teledeporte?

Por si no se habían enterado, esta noche se juega la final de la Champions League entre dos equipos españoles. Mañana son las Elecciones al Parlamento Europeo. Vamos a hablar…

Por si no se habían enterado, esta noche se juega la final de la Champions League entre dos equipos españoles. Mañana son las Elecciones al Parlamento Europeo. Vamos a hablar del evento importante.

1 comentario en ¿Por qué no emiten el partido en Teledeporte?

Ana Mato y la ley de Cenicienta

La semana pasada nuestra ministra de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad propuso adelantar el prime time. Menuda tontería, señora.

La semana pasada nuestra ministra de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad propuso adelantar el prime time. Menuda tontería, señora.

5 comentarios en Ana Mato y la ley de Cenicienta

Operación Palace: la Nespresso del rey y el falso periodista

Anoche el amigo Évole hizo la de Welles proponiendo un falso documental en el que argumentaba con declaraciones de gente seria que el 23F fue una comparsa dirigida por Garci.

operacionpalace

Anoche el amigo Évole hizo la de Welles proponiendo un falso documental en el que argumentaba con declaraciones de gente seria que el 23F fue una comparsa dirigida por Garci.

10 comentarios en Operación Palace: la Nespresso del rey y el falso periodista

En la guerra catódica tú eres el pez

Anoche Telecinco y Antena 3 dieron una vez más muestra de la guerra catódica nacional al programar y contraprogramar dos estrenos simultáneamente. Una falta de respeto, pensarán; una forma de…

velvet

Anoche Telecinco y Antena 3 dieron una vez más muestra de la guerra catódica nacional al programar y contraprogramar dos estrenos simultáneamente. Una falta de respeto, pensarán; una forma de hundir a la industria que produce las series dividiendo la audiencia; una manera de perjudicar al espectador… BOBADAS.

No hay comentarios en En la guerra catódica tú eres el pez

Chicote: Pesadilla en Eighth Street

Esta noche arranca la tercera temporada del programa de coaching que ha revolucionado el panorama televisivo del último año. Sí. Chicote.

Esta noche arranca la tercera temporada del programa de coaching que ha revolucionado el panorama televisivo del último año. Sí. Chicote.

No hay comentarios en Chicote: Pesadilla en Eighth Street

Los misterios de Laura, y de TVE

Los Misterios de Laura es una buena serie. Sí. Lo he dicho. Sorpresa generalizada. Tuiteos y retuiteos. Semejante afirmación en NOSOPRANO, y viniendo del Cité nada menos. Lo sé, lo…

Los Misterios de Laura es una buena serie. Sí. Lo he dicho. Sorpresa generalizada. Tuiteos y retuiteos. Semejante afirmación en NOSOPRANO, y viniendo del Cité nada menos. Lo sé, lo sé. Pero es verdad.

2 comentarios en Los misterios de Laura, y de TVE

Type on the field below and hit Enter/Return to search