La semana pasada nuestra ministra de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad propuso adelantar el prime time. Menuda tontería, señora.

Proponer a las televisiones adelantar el prime time es como proponer a la policía local adelantar la hora punta del atasco diario; es como decirle a los operarios del metro que miren a ver si pueden gestionar un poco para que la hora de la avalancha humana fuera treinta minutos antes; es como proponer a Tráfico que, a ser posible, la operación salida del verano la fueran haciendo a finales de mayo.

No, ministra, no. El prime time no lo deciden los operadores de televisión, ni los programadores, ni los informativos. Para conseguir adelantar realmente el prime time habría que adelantar también el cierre de los comercios, de los supermercados, de la salida del trabajo… Habría que adoptar un horario de esos que tienen en los países civilizados, donde la gente sólo dispone de treinta minutos para almorzar en sus trabajos y termina la jornada a las cinco o seis de la tarde. No se puede imponer un horario de prime time, lo siento. Aunque se adelante el informativo, el público seguirá encendiendo la televisión a la hora a la que lo ha venido haciendo siempre. A la hora que puede, señora. A la hora que puede.

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Además, permita que le diga, no se solucionaría absolutamente nada. El problema no es la hora a la que empieza el prime time, sino la hora a la que acaba, y la culpa de eso no la tienen los informativos. La tiene la duración de los programas. Sí, sí. Como lo oye. La duración de nuestros queridos programas de televisión, que es tan aberrante como nuestro horario nacional. Somos únicos en deformar los formatos —ojo a la sutil paradoja—. Para nosotros, la sitcom, que dura entre veinte y treinta minutos por ahí, tiene que superar los cincuenta o sesenta; para nosotros no hay un buen programa concurso que no tenga que superar la hora y media, aunque en otros países los dejen en cuarenta-cuarenta y cinco minutos; nosotros no entendemos un reality como Supervivientes que no alcance las cuatro horas en riguroso directo, con tertulia, invitados y alguna que otra teta de silicona. ¿No lo sabía su Excelencia?

Y esto no es por capricho. No es que los guionistas españoles necesiten sesenta minutos para realizar en Aída lo que los extranjeros hacen en veinte en Big Bang; no es que el público español, amadrinado por la «Señora de Cuenca», no sea capaz de entender las propuestas elípticas y sintéticas que hacen en las televisiones de por ahí; no es que Chicote necesite más minutos para echar sus discursos que Gordon Ramsay. No, mire. No es que seamos lerdos. Es que el negocio del asunto está en que los programas sean largos. Muy largos. ¿Por qué? Porque son todo ventajas —para la televisión, claro—.

Por un lado, los programas largos ocupan mucho más espacio en parrilla. Las series están bien, porque enganchan y fidelizan, pero son mejores otros programas que se puedan hacer todavía más largos. Piense que con el presupuesto de Supervivientes podemos rellenar horas y horas y horas de programación ininterrumpidamente. Podemos hacer galas, resúmenes, debates… Todo con lo mismo: un mismo plató, los cuatro mismos cámaras de siempre… Mandamos a Raquel Sánchez Silva en bikini con un equipo de grabación a algún país barato y ya. Horas y horas de emisión de «interés público». ¿Para qué vamos a gastarnos el dinero en hacer series y ficciones de calidad, con lo que eso cuesta, si sólo podemos rellenar como mucho una hora y pico de parrilla? No, mire. Lo largo es más rentable. La gente prefiere aguantar las tres o más horas de un Supervivientes que las tres horas de cualquier peliculón o de cualquier serie. Haga la prueba. Pida a TVE que emita Ben Hur en prime time, a ver qué pasa. Con programas largos podemos engañar a gusto a nuestros espectadores y ofrecer horas y horas de televisión por cuatro perras. ¿Se había pensado que los de las teles éramos tontos?

Por otro lado está la cuestión del numerito diabólico. El share nuestro de cada día, que también se beneficia de la larga duración de nuestros formatos. ¿Por qué? Muy simple, porque es un ratio. La gente que ve nuestro programa del total de gente que ve la televisión. Por eso nos interesa que nos vean hasta tarde. Haga los números. Imagine que a las diez de la noche tienen encendida la televisión en total cien personas. Si nuestro programa lo ven diez, tendríamos un 10 % de share, ¿verdad? A las doce de la noche mucha gente apaga la tele y se va a la cama, que tienen que trabajar al día siguiente, por lo que pongamos que el total de personas que se queda viendo la tele baja a cincuenta. Si tenemos un buen programa capaz de tener enganchados a nuestros espectadores y que además es lo suficientemente largo, nuestros diez televidentes de pronto nos están dando un 20% de share. Los mismos, el doble. De hecho, se nos pueden ir a la cama perfectamente cinco que seguiríamos manteniendo la media que teníamos dos horas antes. ¿Lo ve?

En función del share se calculan las medias de los programas, de las cadenas, de los espacios… y se pone precio a la publicidad, claro. Por eso no nos conviene perder un ápice de cuota de pantalla. Programas largos, larguísimos… que así además de rentabilizar mejor la inversión subimos el share medio de la cadena. ¿Que los españoles duermen menos? ¿Que interrumpimos con cortes publicitarios de diez y quince minutos? ¿Y a nosotros, las cadenas, qué más nos da? Por eso es fundamental que la competencia no ponga nada más interesante ni más largo que lo nuestro. Y si lo hace, reprogramamos, aunque haya que pagar una multa. Porque es fundamental que todo lo que pongamos supere la media de la cadena. Porque si no la supera nos la baja, y estamos apañados. Nada, nada. Si un Dreamland o algo igual de malo no da el share que nos interesa lo tiramos a la basura, aunque llegue a nichos específicos de mercado, aunque satisfaga el objetivo de target de los anunciantes, o aunque podamos rentabilizarlo por otras vías. Si nos baja el share promedio no nos sirve, aunque le ganemos dinero. Porque el share en nuestra televisión lo es todo.

Quizá una medida que sí podría resultar saludable a los españoles, señora ministra, fuera, en vez de adelantar los informativos, limitar la duración de los espacios. Haga, si quiere, la prueba. Redacte un proyecto de ley en el que se obligue a las cadenas a terminar todos sus programas en el mismo día en que los comenzaron, es decir: que todo termine antes de la medianoche. Puede llamarla la ley de Cenicienta. Pruebe, pruebe. Ya verá como se le echan encima las madrastras del cuento.♦