Que me dirán que si soy insoportable e igual tienen razón. Pero es que «lo que no puede ser, no puede ser. Y además… es imposible»

Porque cualquiera que lea mis últimas reseñas sobre cine pensará que soy un recalcitrante. Y quizás tengan razón. Pero no me podrán negar que, a veces, se pone uno a ver una película con ganas de pasarlo bien, de olvidarse de todo un poco y dejarse llevar pero, por el contrario, termina con cara de tonto y sin haber disfrutado. De acuerdo. Pasa con más cosas además del cine, pero es que el cine cuesta dinero.

A sabiendas que no iba a ser una proyección muy exigente, me pongo a ver #Chef de Jon Favreau… pero al minuto diez ya sé que pretenden tomarte por tonto y que, si quiero pasarlo bien… mejor me voy a un parque acuático o algo. A pesar de que me sorprende la labor de Favreau como director y guionista —acostumbrado como estoy a verlo delante de la cámara, y no al revés— la propuesta me parece demasiado simplista y con más zonas oscuras que luces.

#Chef relata la historia de Carl Casper (Jon Favreau), un chef apasionado que, a pesar de sus capacidades y creatividad en el fogón, se queda sin trabajo en un restaurante por una falta de entendimiento con su propietario (Dustin Hoffman) y por una polémica viral —con las redes sociales como protagonistas— con un crítico y bloguero gastronómico que lo pone a caldo, por su falta de ambición y sus tendencias acomodaticias.

Incapaz de redirigir su vida sin cocinar, con la ayuda de su exmujer modelo (Sofía Vergara) y su primer marido (Robert Downey Jr.), Casper se hace con un camión de comida —evolución natural del puesto ambulante de perritos calientes de toda la vida— para reencontrarse a sí mismo y, de paso, limar asperezas con su hijo de diez años, al que quiere con locura, pero del que sabe bien poco.

No digo que al cine haya que ir para tomar notas, con el ceño fruncido de concentración y ganas de sacar una tesina sobre arte y ensayo. Pero es que la trama de #Chef, su planteamiento general es tan manido, lo hemos visto tantas veces, en tantas variantes… que resulta casi tedioso tener que esperar al final del metraje para ver un desenlace que conocemos desde el principio. Desenlace edulcorado, de «comieron perdices» y tal y cual, Pascual. Igual de previsible que el resto de sendas propuestas en el guion.

Que si el talento no reconocido, el conflicto que el protagonista no controla, la crisis y la pérdida. Luego, la reconquista del sueño a través del camino difícil pero honesto, el éxito merecido y la reconciliación con la Némesis inicial. Las subtramas de amor-desamor buenrollero-reconquista o la del hijo-perdido-que-pretendo-recuperar tampoco faltan. Ni siquiera la figura de «escudero» fiel, noblote y gracioso (John Leguizamo) se le ha escapado a Favreau. En definitiva, que es una película que ya he visto mil veces y de la que puedo imaginar cada giro en la historia un minuto antes de verlo en pantalla.

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Y para eso no voy al cine, sinceramente. Me gusta divertirme, no lobotomizarme —no siempre, al menos, que también he visto Los Mercenarios 3—. Me gusta que me sorprendan, que el director y yo juguemos, que me proponga un viaje, pero que no me lleve de la manita, como si tuviera cinco años. No hablo de un sobresalto constante, pero sí de un poquito más de «chispa». El trabajo de Favreau no es que sea malo, pero tendría igual cabida en un telefilme de Antena 3 un sábado por la tarde.

Positivo, al menos, el enfoque que el director realiza sobre la gastronomía en general, el oficio de cocinar y el respeto por la comida y el acto mismo de comer. La banda sonora, muy latina y made in Miami me trae recuerdos de juventud. También reseñable el protagonismo que tienen las redes sociales y su importancia a la hora de modificar nuestras vidas, tanto si queremos como si no. Pero más allá de eso… cinta totalmente olvidable. Debo confesar que, al menos, no pagué por verla. Que me diga el ministro, o quien sea, que la industria no está pidiendo a gritos el pirateo.♦