Anoche sucedió algo televisivamente de lo más curioso: Jordi Évole, el periodista conductor de Salvados, entró con las cámaras en un restaurante, abroncó a los cocineros, les motivó para que realizaran diversos cambios y mejorasen su actitud en el trabajo, y terminó por salvarles el negocio al estilo de Pesadilla en la Cocina, trabajando con ellos en una nueva carta y desarrollando algunos platos de su propia cosecha. No. Por supuesto que esto es mentira. Jordi Évole no jugó anoche a ser cocinero profesional. En vez de eso fue Chicote el que jugó a ser periodista, y de los malos.

El precio de los alimentos se estrenó en La Sexta como un espacio en el que el famoso cocinero se aventuraba a investigar por esos mercados de Dios por qué motivos varían los precios de los alimentos, de dónde nos viene lo que compramos en los supermercados y, en general, qué pasa con la comida que nos encontramos en sus repisas. Básicamente, abrirnos los ojos ante los efectos de la globalización y nuestra dependencia del resto del mundo.

Abundancia de datos, números, cifras y gráficos sobreimpresos en pantalla, pero ni una puñetera fuente

El primero de los dos programas especiales que compondrán el asunto ha abordado el precio de los tomates, el pan, la carne de ternera, el aceite y el azúcar. Pinta bien, ¿verdad? Un Pesadilla en la Cocina a nivel mercado internacional, con un especialista como el cocinero madrileño enseñándonos los entresijos de las lonjas y los brokers de las materias primas, y cómo los negocios internacionales terminan por imponernos límites a la hora de sembrar, o nos condenan a tirar toda nuestra cosecha en una cuneta. Sin embargo, la propuesta terminó por decepcionarme, y por varios motivos.

En primer lugar, el programa carecía por completo de rigor. Abundancia de datos, números, cifras y gráficos sobreimpresos en pantalla, pero ni una puñetera fuente. Precios que no sabemos si se refieren al kilo de ternera, al gramo de azúcar o a la barra de pan; subidas y bajadas que no sabemos si son medias, máximos o mínimos; datos que dice Chicote de viva voz pero que no dice de dónde saca. Le escribí un tuit durante la emisión en directo y me respondió que todos los datos eran «oficiales y de las instituciones pertitentes» así, en general. ¿Por qué no los indican entonces? ¿Por qué no nos dicen, de hecho, cuál es esa misteriosa institución pertinente?

Llámenme loco, paranoico o lo que quieran, pero estoy casi seguro de que Chicote no estuvo allí

En segundo lugar, quizá por querer abarcarlo todo con cierto punto espectacular, o quizá por querer aprovechar el máximo de imágenes refritas de otros reportajes del pasado, el programa era sencillamente incomprensible. No sólo no explicaba el porqué de los vaivenes de mercado que se proponía explicar, sino que terminaba mezclando churras con merinas en el afán por ser grandilocuente, internacional y, si me lo permiten, periodishortera, palabro que me acabo de inventar para describir ese estilo reporterista de cámara trastabillante y vacío de contenido que tan popular está haciendo En Tierra Hostil. Por ponerles un ejemplo, anoche Chicote redujo la causa principal de la Primavera Árabe a la subida del precio del pan. Y tan ancho, oiga. Otro ejemplo: visitamos un invernadero almeriense que tira al día toneladas y toneladas de tomates como algo de lo más normal. Cualquier periodista mínimamente formado le habría preguntado al horticultor por qué no lo destinaba a bancos de alimentos. Pero Chicote no es periodista, claro. De hecho es probable que ni siquiera estuviera allí.

En vez de verle a él vemos planos de carretera, imágenes de calles, y planos reciclados de antiguos reportajes de los que narraba Gloria Serra

Como lo oyen leen. Llámenme loco, paranoico o lo que quieran, pero estoy casi seguro de que Chicote no estuvo allí. Puede que me equivoque y sea todo fruto de los años que dediqué a estudiar el montaje propagandístico, que me ha secado el cerebro y ahora sólo veo conspiraciones audiovisuales por doquier, pero me parece muy sospechoso que la estrella del programa, la cara conocida de la propuesta, desaparezca de pantalla en los momentos clave, como Clark Kent cada vez que se veía a Superman. Chicote se sube a un coche, lo vemos conduciendo por carreteras no identificadas, llegamos a un campo, a un invernadero, a una lonja o a cualquier otro sitio y ¡pluf! Chicote desaparece. Se evapora. Lo dejamos de ver. Como si se lo hubiera tragado la tierra en aquella fábrica de galletas de Lerma; como si se hubiera volatilizado en aquel campo de remolacha andaluz… En vez de verle a él vemos planos de carretera, imágenes de calles, y planos reciclados de antiguos reportajes de los que narraba Gloria Serra. Raro, ¿no les parece? sobre todo teniendo en cuenta que él se presta: se sube al coche, conduce, hace como que se baja… hasta en dos ocasiones hace el paripé de subirse a un avión. ¿Será posible que nos vendan un montaje como si se tratara de un genuino reportaje?

El único momento que sí me hizo gracia del programa de ayer fue cuando Chicote, esta vez sí en plano, visita el invernadero holandés donde se cultivan los super tomates que nos están colapsando el mercado —según el tono apocalíptico del programa— como si de los Tomates Asesinos se tratase. No me negarán, si lo vieron, que aquello parecía una escena propia de algún título del landismo. Junto a un estilizado y juvenil horticultor holandés, nuestro rechoncho Chicote se maravillaba ante los carricoches que transportaban los palés; se maravilla ante los empleados montados en patinetes motorizados; se maravilla ante las tomateras decorativas… Al entrar por una puerta gigante a un acerado y frío invernadero de tomates inteligentes le pregunta al impúber gerente cuántos sabores de tomate exportaban. Al ver que no termina de comprenderle, Chicote explica que los rusos prefieren un tomate más dulzón, los franceses un tomate más ácido… El joven afirma que sí, que cada país tiene su gusto particular, respuesta de la que Chicote infiere, de nuevo maravillado, que producían tantas variedades de tomate como países había. Aquí pueden ver el momento:

Si hubiera echado un ojo a la web del productor holandés sabría que básicamente producen solo nueve variedades, de las cuáles la mayoría son miniatura. Pero claro, para qué. De esas cosas ya se encargarán los de producción, que son los que estudiaron periodismo. ¿No se creen lo de las nueve variedades? Echen un ojo al vídeo corporativo y disfruten de la melosidad del idioma holandés. Aunque sea publicidad, les aseguro que encontrarán más rigor periodístico que en el programa de anoche.