Tenemos una liada con la TDT que no hay quién se aclare.

Por un lado está el Tribunal Supremo [léase con solemnidad] que ha declarado nulas las concesiones que se hicieron en 2010; por otro lado están las televisiones, que están peleando como gato panza arriba para evitar que el Gobierno cumpla la sentencia —suena un poco «chungo» que se pida al gobierno que no cumpla las sentencias de los jueces, pero bueno, ya saben… ¡esto es Chinatown!—. Por otro lado, así como de soslayo, están las empresas de telefonía, que no parecen querer armar mucho jaleo. Y por último estamos tú y yo, querido/da lector/ra, que somos, en última instancia, los que vamos a pagar el pato. Y lo vamos a pagar por partida doble: primero porque perdemos canales y segundo porque nos va a tocar llamar al técnico para que nos ajuste la antena. Sí. Otra vez. A mí también me ha parecido raro que no lo mencionen en el anuncio lacrimógeno que han hecho para protestar:

Ni tampoco en la animación demagógica, manipuladora y sin sentido que han hecho los otros:

 

Como no entiendo absolutamente nada me voy a buscar un ejemplo menos tecnológico y más rústico, a ver si con esas me aclaro un poco. Para mí esto de la TDT ha sido como quien construye un nuevo mercado en el pueblo. Sí, Pepe. Un nuevo mercado. Vamos a tirar el viejo analógico este y vamos a montar un mercado moderno, con sus puestos modernos, sus carnicerías en alta definición, sus pescaderías modernas… Ya verás. Va a quedar de lujo. Además vamos a tener tiendas nuevas con cosas nuevas, habrá más oferta y mejorará la calidad. Es más, Pepe, mira, como los puestos en los mercados modernos ocupan menos, con el espacio que nos sobre vamos a construir una piscina municipal para los cuatro gatos que somos. La llamaremos «Piscina Municipal 4G». Chulísimo va a quedar. Ya verás. Como París. Como Londres.

Nos pusimos a ello con la voluntad de los pueblos henchidos de orgullo para tenerlo antes que nadie, como hacen los mejores. Oé oé oé. Así vino el primero de los problemas: con las ganas de abrir rápido los puestos del mercado, los colocamos así como que en cualquier parte, sin dejar hueco a la «Piscina Municipal 4G». «Bueno, bueno, eso ya lo solucionaremos» dijo el alcalde «mirad qué lustroso nos ha quedado todo. Por cada tienda de antes ahora tenemos cuatro. Olé y olé». La realidad es que los puestos no eran realmente mucho más modernos que antes: no tenían la carne en alta definición, el pescado no se vendía en dieciséis novenos… pero era moderno, y la gente estaba contenta. ¿Y qué hacemos con el espacio que nos sobra? Y ahí fue cuando terminamos de liarla. En un arrebato, no se sabe si de cariño o amor, o bien llevado por los calores de la fiesta, el ejecutivo optó por concederle más espacio a los que ya tenían el puesto montado de la etapa anterior.

Y así fue como nuestro mercado se fue llenando de tiendecitas que no visitaba casi nadie. Los potentados de siempre aprovecharon la ampliación en el local para traer cosas de fuera: Embutidos Mauricio cogió el local de al lado y trajo delicias del extranjero; Telas Paolo puso un tenderete dedicado a lencería fina sólo para las mujeres con mejor gusto del pueblo… Aunque lo cierto es que más que ampliar la oferta, en los nuevos puestos se dedicaban a revender lo que no se vendía en el puesto principal. Reposiciones. Los pequeños, los nuevos comerciantes que habían aprovechado el momento para entrar en el mercado poco antes de la reforma, no pudieron ampliar mucho más. Uno puso una pitonisa, otro abrió un puestecillo de chucherías, pero no lograron prosperar. Así, en poco tiempo, los grandes terminaron por comprar a los pequeños; los que no se dejaron comprar terminaron subarrendando sus tiendas, y lo que parecía que iba a ser un mercado moderno y lustroso con muchas tiendas terminó por ser un chiringuito donde sólo operaban en la práctica tres empresas gordas.

[Tweet “Lo vamos a pagar por partida doble: perdemos canales y nos va a tocar resintonizar la antena”]

A un vecino se le ocurrió poner una denuncia y mira, le dieron la razón. ¿Qué es esto de dejar que los de siempre ampliasen sus comercios porque sí? No, no, no. La ley es clara. Aquí tiene que haber subasta pública. Estas nueve tiendas hay que cerrarlas y subastar los puestos para que cualquier otro vecino del pueblo pueda también entrar en el mercado. Los asentados protestan, claro. Les quitan tiendas. ¡Vamos a perder un 6,4% de nuestra clientela! ¿Por qué nos dejasteis ampliar el local entonces? El pueblo también está desolado: se habían acostumbrado a tenerlas ahí, aunque pocas veces hubieran entrado o aunque todo lo que vendieran viniera de fuera; y los que ni venden ni producen tampoco las quieren perder: están cobrando un alquiler estupendo por un bien público, ¡no pueden perder el negocio! Un desastre.

Pero lo grave del asunto está todavía por llegar: la «Piscina Municipal 4G». Los promotores ya han pagado por el terreno y están en espera de poder construir pero claro, tenemos a las tiendas de toda la vida ocupando el espacio. ¿Qué hacemos? ¿Las movemos? ¿Volvemos a reformar el mercado que tanto trabajo nos costó levantar? Po ci. Oiga, es lo que toca. Haberlo hecho bien desde el principio. Ahora les va a tocar poner su tienda en otro lugar y que la gente resintonice —pagándoselo ellos— lo que tenga que resintonizar. Ya verás por cuánto nos sale la broma del «dividendo digital».

El alcalde está consternado. Va corriendo detrás del labriego que le metió la idea en la cabeza. «Pero… pero… ¿por qué nos ha salido tan mal? ¿por qué no tenemos el mercado moderno que nos prometiste?». El labriego se gira hacia el alcalde, lo mira con el gesto taciturno de todos los labriegos del norte y, entre dientes, le da la respuesta más lógica: «¿y a mí qué? Yo te dije que lo hicieras como lo habían hecho en Londres o en París. Fuiste tú el que te empeñaste en hacerlo a la española».♦