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El otro día un amigo me preguntaba qué tenía que cambiar para que yo pudiera disfrutar de las películas en las salas de cine. La respuesta era obvia: que no dejaran entrar a nadie más.

Ya lo denuncié hace tiempo, en un post que terminaba con un temazo del disco El infierno son los demás. Por aquellos días, el estreno de turno me lo habían fastidiado una mala distribución, un señor charlando por el móvil durante la película y un adolescente que había introducido una humeante hamburguesa del establecimiento de al lado, entre otras cosas.

Los factores positivos y litúrgicos que puede llegar a tener el cine en sala quedan completamente eclipsados por las experiencias negativas que tiene aparejadas. Por entonces me preguntaba qué tenía de placentero y satisfactorio ver el cine en sala, si en cuestión de relativamente poco tiempo iba a estar en el mercado doméstico legal —y en menos tiempo aun en los subterfugios de lo ilegal—. Me lo sigo preguntando. Pero como el interrogante me lo había lanzado mi amigo más como reto que otra cosa, voy a tratar de ser constructivo.

¿Qué cosas deberían cambiar para que alguien como yo volviera a disfrutar de las películas en la oscuridad de la sala de cine? Bueno, teniendo en cuenta que el único valor añadido que tiene ver el cine en una sala es disfrutarlo en una pantalla grande y con un mejor sonido, aquí mis particulares propuestas:

Adaptación, espacio y limpieza: experiencia de usuario
A ver si están ustedes de acuerdo: ¿por qué les venden entradas para butacas situadas en los extremos de la sala? Ya saben, esos asientos donde la película se ve mal, se oye mal, te la comes escorada o te arriesgas a una luxación de cervicales. ¿Por qué venden un producto sabiendo que no se va a disfrutar de forma plena? Y peor todavía: ¿por qué lo cobran al mismo precio que las butacas que están centradas con la pantalla? En el teatro hay distinto precio según el lugar donde se vaya a sentar el espectador; en el fútbol también, y en los conciertos. ¿Por qué en el cine no? O mejor, directamente, ¿por qué no suprimir esos asientos? ¿Menos facturación? ¡Pero si las salas no se llenan!

En los tiempos en que las entradas estaban numeradas y podías elegir pues todavía había opción… pero esos tiempos pasaron, al menos en mi ciudad. Con una entrada no numerada te arriesgas a ver la película mal, y no es problema del tuyo —que yo sepa en ningún sitio pone que haya que estar en la sala media hora antes de que empiece la película—. Es problema de la sala, que tiene lugares desde los que, sencillamente, no se disfruta del cine. ¿Es ético vender esos lugares a precio de los buenos?

Junto a eso, ¿por qué hay que ver la película codo con codo con un desconocido? Vale que nos sentemos uno junto a otro, pero ¿es necesario estar TAN cerca? Dependiendo de los egos de los compañeros de reparto, ir a ver una película puede terminar convirtiéndose en una dura pugna por el control del apoyabrazos, o todo lo contrario: sé de gente que se embebe y se comprime en su asiento para evitar todo contacto con el prójimo, lo cual tampoco es muy satisfactorio. ¿Por qué no poner unos asientos cómodos, confortables, y que favorezcan un poco el espacio vital de cara a los desconocidos? Ya, ya… menos asientos implica menos facturación —potencialmente hablando, claro—… ¡pero si las salas no se llenan, repito! ¿No es mejor mimar a los asiduos, aunque sean pocos, que tratar de meter a decenas con calzador —sin éxito—?

Luego está el tema de la limpieza. A ver, seamos sinceros, ¿quién se cree que en los diez minutos que van de sesión en sesión da tiempo a limpiar bien la sala? Que sí, que se barre el suelo y tal. Y muy bien. Pero verán: es que yo en el suelo de la sala no pongo precisamente la cabeza. La cabeza, de hecho, la pongo en el mismo sitio que todo el mundo; sitio que, no sé por qué me da, no es especialmente limpiado en los diez minutos del lapso. En los trenes, aviones —salvo en Ryanair y otros del palo, según mi experiencia— y autobuses tienen una toallita de papel para las coronillas del respetable que —supuestamente— se cambian con asiduidad. ¿Por qué en el cine no? ¿Acaso es diferente estar dos horas apoyando el cogote en un tren que tenerlo dos horas apoyado en una butaca de cine? ¿Es que en el cine no se suda? ¿No hay riesgo de pediculosis en las salas? ¿Y los apoyabrazos? ¿Es que nadie se ha encontrado nunca un chicle ajeno pegado en alguna parte? Llámenme escrupuloso, pero a mí esas cosas me dan asco.

Cuidado y cariño en la proyección: calidad del producto
No es solo una cuestión de ver y oír. Es una cuestión de ver y oír BIEN. Y por «bien» quiero decir: enfocado, derecho, sin vaivenes, centrado en la pantalla, sin sobresaltos de sonido, sin silencios ni ruidos ajenos a la película, sin cortes repentinos… ya saben. ¿Se imaginan que en un tres tenedores les traen el mejor salmón salvaje de Alaska pero se lo sirven frío? Pues es lo mismo. No se disfruta. En la sala, si es algo súbito y momentáneo puede resultar inevitable, pero normalmente cuando una cosa así ocurre —habitualmente en un multisala, no sé por qué…— es al comienzo de la película y el público lo hace notar de alguna manera, llamando la atención del proyeccionista. El problema viene cuando el proyeccionista se ha tenido que ir a la taquilla porque también vende las entradas, o al quiosco porque también es el que hace las palomitas… ¿No estaría bien que se pusiera un poquito de cuidado?

Conciencia de la competencia: el valor añadido
Hubo un tiempo en que las salas de cine tenían el monopolio de la exhibición de películas. Era una época gloriosa. Los cines se llenaban a rebosar y todos los eslabones de la industria estaban contentos. Cuando llegó la televisión empezaron a asustarse. La llegada de los formatos de vídeo y dvd terminaron de aterrorizar, y ahora, con la piratería e Internet, el bicho está para el arrastre. El problema es que Internet no es realmente un problema. Ni siquiera lo es la piratería. Iré por partes.

La multiplicación de pantallas no es ninguna merma para el cine. Al contrario. Ahora las productoras sacan mayores rendimientos a cada producto. Si antaño la única salida que tenía una película era su exhibición en sala, en la actualidad una película se vende y revende en muchos y variados formatos: derechos de televisión, ventas en soporte doméstico, plataformas online de pago por visión… ¿Internet ha matado al cine? Por supuesto que no. Al contrario: se ve más cine que nunca gracias a Internet. Eso sí, se ve menos en sala.

Claro, Internet ha traído consigo el tema de la piratería, que es el Demonio, o eso nos hacen creer. Personalmente creo que no. La piratería no es la causa; la piratería es la consecuencia. Sí. La consecuencia de la incomodidad de la sala; de la efímera permanencia de las películas en cartel; del inconmensurable lapso de tiempo desde el estreno hasta la llegada del formato doméstico… y también del abuso de algunos, por supuesto, pero eso es un problema más de educación que de otra cosa, como lo de contestar el móvil en mitad de la película. Gilipollas hay en todas partes.

Ante ello podemos rasgarnos las vestiduras, hundir los precios y terminar de acuchillar a la criatura, pero creo que esa no es la solución. Creo que la solución pasa por dar a los espectadores algo que realmente no puedan tener en el sofá de casa, o darles la auténtica libertad de elección. Y no me refiero solo a lo expuesto más arriba de limpieza y cariño y espacio vital… Me refiero a algo más. ¿3D? Por ejemplo. ¿Una experiencia más envolvente? También. ¿Dar la opción de ver algún pase en versión original? No sería mala idea. ¿Canapés, piscolabis y camareros entre las butacas? Pues oye, lo mismo funciona… pero yo me conformaría con una concepción del cine más como liturgia y menos como deglución, en todos los sentidos. No es lo mismo comer en un fastfood que en el Celler de Can Roca, con sus tres estrellas Michelín. Tampoco se come lo mismo. Por ejemplo, ¿por qué no poner en sala las versiones extendidas que se postergan a las ediciones en DVD? Siendo así, se podría estrenar la versión corta en PPV simultáneamente a la opción de sala, quedando en ésta una pieza de mayor enjundia merecedora de la pantalla grande. ¿Por qué no hacer maratones de series? Ya… ya… menos pases, menos facturación potencial. O no.

Generar comunidad: la experiencia grupal
Ir al cine es, probablemente, una de las experiencias menos grupales que puede haber. Te encierras en la oscuridad con un grupo de desconocidos con los que no puedes hablar; tienes que desconectar el teléfono, ausentarte de las redes sociales, dejar el tuiteo y el blog por un rato… Aislarte. Incluso cuando vas acompañado. No puedes comentar la película ni siquiera con tu pareja. O no debes. Y eso, hoy día, es del todo antinatural.

¿Por qué no tratar de compensarlo? De un tiempo a esta parte el cine ha ido constriñéndose a un individualismo de lo más onanista. Entradas individuales, colas individuales, asientos individuales… ¿por qué no hacer del cine un lugar de encuentro social? Claro que no durante la película pero, oye, antes y después del pase también se comparte el espacio. ¿Por qué no poner una tarifa plana o una cuota mensual, como los gimnasios? ¿por qué no habilitar espacios para el debate, la crítica o el cinefórum? ¿es una locura lo que estoy diciendo? Los museos lo hacen. ¡Los museos! ¿Por qué no pueden hacerlo los cines?

Ya, ya sé lo que pensarán. Estas cosas implicarían realizar cambios, reestructurarse, reformarse… y no solo las salas sino toda la industria. Es muy complicado —muchos dirán que imposible—. No se puede hacer. No se quiere hacer. Es más sencillo seguir como se ha venido haciendo toda la vida: barrer rápido la sala entre pase y pase; tratar de vender más entradas que las que se ven realmente bien; descuidar las proyecciones y, en definitiva, seguir con la economía de escala: cuántos más, mejor, y bajando los precios a costa de reducir calidad; promoviendo, en definitiva, la venta de fastfood en un entorno Bib Gourmande y a un precio de estrella Michelín.