Si el precio de la entrada fuera el único motivo por el que la gente no va al cine en nuestro país, los partidos de fútbol, con entradas mucho más caras, debían ser un páramo de desolación. Pero no. ¿Por qué va la gente a ver el fútbol al estadio y no van al cine? A priori, ver una película en una sala confortable y caliente suena más apetecible que sentarse en la fría grada de un campo de fútbol a la intemperie. ¿Cuál es el motivo?

Claramente el precio no es un aliciente. A lo mejor lo es el producto. Personalmente considero que una buena película es mucho más interesante que un largo y monótono partido de fútbol, si bien puedo llegar a comprender a los forofos que aprecian en el deporte algo que yo, por mi inexperiencia, no soy capaz de ver. Comprendo que hay en juego una competición mayor: una liga, una copa… y que además se dan dos componentes: la filiación del aficionado por uno de los equipos y lo irrepetible del evento. Mientras que una película es una obra ficticia que puede verse y volverse a ver, un partido de fútbol es un acontecimiento real más o menos irrepetible. Ahora bien, ninguna de estas razones me valen desde el momento en que el fútbol puede seguirse por radio y televisión. La cuestión no es por qué la gente ve los partidos: la cuestión es por qué «va al campo» —dejándose los cuartos— para ver un partido que podrían ver plácidamente desde el sillón de su casa.

A lo mejor influye en el asunto la relevancia e impronta que se da al fútbol en nuestro país. La programación deportiva tiene preferencia en las parrillas, incluso sobre los informativos. Todos los días se habla de fútbol en televisión, e incluso hay, por si no lo sabían, periódicos monográficos sobre el tema que resultan ser los más leídos. No obstante, ninguno de estos factores parece explicar por sí mismo el motivo de la afluencia de la gente a los campos. La razón está en otro lado. Indagando sobre el asunto con varios forofos, he llegado a la conclusión de que no se trata del producto ni del precio: se trata de la «experiencia de usuario».

Siempre que alguien dice «experiencia de usuario» me viene a la cabeza un iPhone, no sé por qué. A lo mejor es porque siempre me han puesto a la casa de la manzana como ejemplo paradigmático de empresa sensible a la «experiencia de usuario». La filosofía es básicamente que hay que enfocar toda la tecnología, el diseño y la ciencia a lograr que puedas hacer una foto, escribir un correo, ver una película, escuchar música, navegar por internet o llamar por teléfono utilizando solo un dedo. O sea, que lo que realmente importe sea la satisfacción que experimenta el usuario.

La verdad es que la «experiencia de usuario» de ver una película es radicalmente opuesta a la de ir a ver un partido de fútbol al campo. En la primera hay que meterse en una sala oscura durante dos horas sin hablar, sin toser, atendiendo a la pantalla. Como mucho los novios pueden darse la manita, pero nada de aplaudir ni celebrar a gritos que Harry Potter ha ganado, que molesta. En el fútbol se participa de un evento colectivo donde está permitido gritar, celebrar, berrear… Incluso se entonan cánticos grupales. En el partido más heavy al que he ido —un clasificatorio para el mundial entre Honduras y México en la ciudad hondureña de San Pedro Sula— celebraban los goles tirando la cerveza por los aires y comiendo huevos de tortuga picantes. Cualquier aficionado le dirá lo mismo: la emoción que se respira en el campo no se vive en el salón de casa. Los cinéfilos, con las pantallas de alta definición, los home cinema y esas cosas no pueden ya decir lo mismo con respecto a la «experiencia de usuario» en las salas que, de por sí, es de todo menos social y colectiva.

Claro, esto siempre ha sido así. Desde hace veinte años ocurre lo mismo entre cines y estadios. ¿Por qué ahora esta crisis? Puede que la tecnología tenga algo de culpa: nos ha traído el cine al sofá, y poco a poco ver una película se ha acabado convirtiendo en un acto tan unipersonal y solitario como leer un libro, o casi. Y los aires no tiran ahora por lo individualista: estamos en plena revolución social. ¿Pueden imaginarse a un adolescente que esté dos horas metido en una sala sin twittear, ni cambiar su estado, ni comentar lo que está viendo? ¿Pueden ustedes?

La televisión sí se ha dado cuenta del asunto y cada vez más está implementando el componente de interacción: primero fueron los hashstag en la emisión, ahora vamos por las aplicaciones de móvil que posibilitan la llamada «segunda pantalla». ¿Y las salas de cine? Las salas de cine, me temo, se han acabado convirtiendo en el reducto de una época arcaica, cuando la gente se sentaba en la oscuridad y miraba los artificios de la linterna mágica.