Nadie quiere la noche

Dirección: Isabel Coixet Guión: Miguel Barros Fotografía: Jean-Claude Larrieu Música: Lucas Vidal Reparto: Juliette Binoche, Rinko Kikuchi, Gabriel Byrne

Cuando llega el invierno en el Círculo polar ártico, el Sol se pone a finales de diciembre y ya no vuelve a salir en seis meses. La oscuridad y el frío extremo lo inundan todo en una noche que parece eterna. Este es el escenario que presenta Isabel Coixet en su nueva obra —el cuarto largometraje que dirige en tres años— donde se esfuerza por retratar un paisaje humano que pugna en frialdad con el paisaje natural donde se ubica el drama.

1908. Josephine Peary, mujer de costumbres acomodadas, emprende un viaje a través del Ártico para encontrarse con su marido, Robert, histórico y disputado pionero famoso por alcanzar el Polo Norte geográfico. La travesía está motivada por el sencillo deseo de estar con la persona amada. Los peligros de la expedición y los riesgos de la aventura son, para Josephine, una simple incomodidad; una traba menor que podrá solventar con sencillez mientras espera en una cabaña de madera el paso de la noche de medio año que supone el invierno polar. Sin embargo, la cosa se le pone complicada cuando descubre, ya en aquellas latitudes, que tendrá que compartir espacio con Allaka, la amante esquimal de su abnegado esposo.

Con una cámara trastabillante, Coixet se esfuerza por hacernos testigos de la historia de una convivencia forzada. Separadas por el choque cultural, el idioma y los celos, las dos mujeres se verán obligadas a colaborar para conseguir sobrevivir al cruento invierno en espera del hombre amado por ambas. Durante el transcurso de su estancia helada —en ambos sentidos— terminará naciendo entre ellas el cariño a pesar de todo y una unión en la adversidad que desdibujará, al final, la esencia de la entrega marital.

Gabriel Byrne brilla durante el primer tercio del metraje como un apesadumbrado explorador

Rodada en hermosos paisajes, y con una interpretación somera por parte de las protagonistas, el relato camina de puntillas sobre los instantes íntimos y se pierde en un segundo acto interminable que lastra todo lo logrado en el tercio anterior. La película tiene un comienzo interesante y evocador que, sin embargo, pierde fuelle conforme llega una noche polar supeditada a un paso temporal inapreciable, por más que una retahíla de rótulos se encargue de subrayarlo.

La premisa, sin embargo, se postula interesante; la factura visual —quitando el trastabilleo— es meritoria, y el guión, aunque flojo, presenta un tema poderoso y evocador que deja el regusto de una crítica social descarnada. Gabriel Byrne brilla durante el primer tercio del metraje como un apesadumbrado explorador que se pregunta sobre la existencia de Dios mientras trata de llevar a la protagonista a su destino, siendo consciente de que el retorno no está del todo asegurado ni siguiera contando con la ayuda de unos esquimales a los que, en contra de la corriente mayoritaria, considerará sus iguales después de todo.