No hace mucho les decía que siento bastante atracción por el cine oriental, por la cultura japonesa, también por la China y, prácticamente, por todo lo que tenga que ver con ambas.

Imagino que debe ser una mezcla de «frikismo» natural y herencia de la moda de los años ochenta, que hizo del cine de acción y artes marciales, un ingrediente imprescindible en las fantasías infantiles y juveniles de muchos de los que frisamos la cuarentena hoy. Es cierto que, vistas con perspectiva, aquellas películas resultan casposas, fronterizas con la «serie B», incluso. Pero que levante la mano aquel aficionado al género que no remueva recuerdos con los logotipos y el «soniquete» de productoras como Golden Harvest o Seasonal Film Corporation, por citar sólo dos de ellas. El amigo Tarantino era un fiel seguidor de aquel cine y… hay que ver la que lió con su particular homenaje en dos entregas. Y tampoco actores como Jackie Chan o Jet Li serían lo que son hoy, de no haberse exportado aquel cine casposo de entonces.

Por fortuna, el cine de los dos imperios, el del Sol Naciente y el del Dragón, han seguido calando en Occidente con regularidad y mejorando ostensiblemente en calidad, referencias digeribles por todos nosotros, tramas, guiones e incluso pinceladas de Historia oriunda, con el paso de los años. Además, se han sumado recientemente producciones y actores notables, naturales de Corea del Sur o Tailandia, por ejemplo. Personalmente, prefiero a directores chinos como Zhang Yimou o Ang Lee — este último con reservas —, pero, el regreso a la pantalla grande de Wong Kar Wai tras Ashes of time redux (2008) merecía con creces una visita a la sala.

Además, su última película, The Grandmaster  tiene por protagonista al maestro Ip-Man, más conocido por haber sido mentor de Bruce Lee, que por su propia vida y vicisitudes. En 2008 Wilson Yip llevó a la pantalla otra revisión cinematográfica de la vida y milagros de «shi fu» Man que resultó ser todo un éxito, tanto en Oriente como Occidente. Me causó una gratísima impresión, en su momento. Quizás me decepcionaron, tanto la segunda parte (del mismo director) como la precuela a cargo de Herman Yau, ambas en 2010. Sentía mucha curiosidad por saber qué había hecho un director como Wong Kar Wai con un personaje que me era conocido y al que me parecía que se podía sacar bastante chicha.

Las artes marciales sirven, en The Grandmaster, de «gancho» para el público ávido de ver «hostias como panes» (si me permiten la expresión), pero la película, obviamente, va más allá. Aunque me ha decepcionado tremendamente. No llega a ser un bio-pic al uso y quien espere acción sin descanso, quizás debería plantearse otra opción de la cartelera. Es cierto que hay peleas —la secuencia de apertura lo es, de hecho—, pero no tantas como quizás cabría esperar, si se han visto las otras versiones a las que hacía referencia anteriormente y se quiere ir al cine para «no pensar». Si alguien quiere saber cómo fue la vida de Ip-Man quizás debería comprarse un par de libros (desconozco si se han publicado en castellano).

Wong Kar Wai presta más atención al virtuosismo técnico y a la belleza estética de sus planos —sublime, eso es cierto— que a mantener la coherencia en el desarrollo de la trama. Focaliza en demasía la atención en una historia de amor que, con todos mis respetos, no termino de creerme, a pesar de que siento una devoción cuasi mística por Zhang Ziyi. La mezcla de Historia —con mayúsculas, con sus invasiones, guerras civiles y mundiales, etc.— y biografía se me hizo confusa. Algunos personajes importantes desaparecen de escena sin más y, conforme avanza el metraje (130 minutos que llegaron a hacerse eternos) uno piensa si The Grandmaster no es más que un ejercicio de onanismo fílmico de Wong Kar Wai, al más puro estilo «mirad qué bueno soy técnicamente y qué sensibilidad estética tengo». La patética secuencia final (planos de acción sin sentido, que me parecieron un pegote) no contribuyó a disminuir esa desagradable sensación.

Es cierto que el cine de autor requiere la asimilación previa de un estilo particular, que se deben aceptar sus «reglas». No soy sospechoso de no apreciar los matices, el intratexto y las capas de significado del cine oriental. The Grandmaster me ha parecido una hermosísima película, sí, pero para ver sin audio, con mucha paciencia y sin tratar de entender demasiado, como los Documentales de TVE2 a la hora de la siesta.