Título original: Darkest hour; Dirección: Joe Wright; Guión: Anthony McCarten;Música: Dario Marianelli; Fotografía: Bruno Delbonnel; Reparto: Gary Oldman, Ben Mendelsohn, Kristin Scott Thomas, Lily James, Stephen Dillane, Richard Lumsden

Cuando el sexagenario Winston Churchill forma gobierno por encargo del rey en mayo de 1940 se encuentra con un panorama nada alentador. Además de la oposición, tiene en contra a su propio partido; es conocedor de las reticencias hacia él del monarca, y en menos de diez días se levanta con media Europa asediada por Hitler y la mayor parte de las fuerzas terrestres británicas acorraladas en medio de una playa en Francia. Su gabinete de guerra aconseja negociar un acuerdo que apacigüe a la fiera nazi y permita al pueblo inglés una salida honrosa del conflicto. Y el consejo se intuye, a todas luces, prácticamente una obligación: si Churchill no acepta esa vía perderá el apoyo de la cámara y se arriesgaría a una moción de censura. No obstante, el primer ministro no es partidario de la rendición y opta por posicionarse estoicamente contra corriente, frente a las presiones de unos y de otros, con la indiferencia del aliado estadounidense, y sin más apoyo que el aporte nutricional de su particular desayuno diario: huevos revueltos con panceta, whisky y puro.

La aproximación que realiza el director Joe Wright a la figura del político inglés es la tercera que llega a las pantallas en tiempos del brexit. Hace apenas unos meses Brian Cox se enfundaba en el traje de primer ministro para la película Churchill, dirigida por Jonathan Teplitzky; y John Lithgow arrancó 2017 dando vida al inglés en la loada The Crown de Netflix. Igualmente, el periodo ha sido también retratado por diversos filmes en los últimos meses, como Su mejor historia, dirigida por Lone Scherfig y estrenada el pasado verano, o Dunkerke de Christopher Nolan, que llegó a las pantallas prácticamente en las mismas fechas.

Lo novedoso que aporta la recreación de esta nueva entrega reside, además de en un guion equilibrado donde los toques «peliculeros» se contrapesan con elementos de puro drama, en la interpretación magistral de un Gary Oldman irreconocible bajo libras y libras de látex y que, según ha declarado, nada más terminar sus escenas fue directo a hacerse una colonoscopia por los problemas estomacales que la dieta de puros del mandatario le había ocasionado. Eso sí, quizá tenga una compensación extra: ya se ha llevado el Globo de Oro y su nombre resuena —lleva años resonando— para hacerse con el Óscar.

Por lo demás, sin embargo, la película es regular en cuanto al ritmo, con pasajes donde la acción decae hasta rozar el tedio, y tramposa en cuanto a la presentación de los hechos, con algunos momentos de dudosa verosimilitud y repentinos cambios de parecer de los secundarios, siempre a favor de obra.

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