Los domingos son el peor día de la semana. Supongo que para mucha gente igual, quizá por la proximidad del maldito lunes, que es el segundo peor día de la semana. En mi caso, además, los domingos son un problema porque no sé qué puñetas ver en la televisión.

A lo mejor les sucede lo mismo. Precisamente el día cuya única razón de ser probablemente resida en quedarse en casa viendo la tele, resulta que es también el día que no encuentro una opción clara. Y no porque las cadenas no programen nada. Al contrario: porque todas —bueno, casi todas— programan algo interesante.

Mi primera opción empieza en la pública con los Cachitos de Hierro y Cromo. Si no lo conocen, se trata de un espacio de acervo radiofónico que explota, con acierto, el inabarcable archivo de TVE en lo musical. Tal vez los lectores jóvenes se sorprendan: antaño, cuando los dragones dominaban la Tierra, en TVE y otros canales había programas musicales además del festival de Eurovisión. Los noctámbulos dirán que los sigue habiendo en las madrugadas de La 2. Ya, pero no es lo mismo. Los programas musicales de antaño no eran exclusivos de melómanos, y cantaban primeras estrellas. Sí, sí. Primeras estrellas. Incluso extranjeros, tú. Cachitos se sumerge en instantes musicales dignos de atención, y además los presenta en un collage respetuoso con el espectador, ordenado, dinámico, instructivo, y en el que no falta cierto puntito de sorna —a través de los rótulos, sobre todo—.

No es un mero batiburrillo de fragmentos llamativos o exóticos dispuestos de forma desordenada bajo la locución del gracioso de turno. En Cachitos no hay voz en off. Entre las introducciones de Virginia Díaz lo que hay es pura música, y música además representativa de una tendencia concreta. El de esta noche aborda el tema de las versiones musicales, piezas adaptadas o derivadas de otras piezas. Y promete mucho. Lástima que en otros canales pongan otras cosas de interés.

Casi a la vez que Cachitos, Ana Pastor y Jordi Évole, cada uno desde su estrado, realizan una aproximación muy acertada de lo que entiendo por periodismo. La primera desarrolla un programa coral en el que, aparte de sus entrevistas y de la visión que ella imprime como entrevistadora —que la tiene—, hay diversas secciones que exhuman puro periodismo: las entrevistas con especialistas, los irrefutables de «el españolisto», la sección de pruebas de verificación… Si no me creen intenten averiguar, por ejemplo, qué diputados se ausentaron de los últimos plenos en el Congreso. No parece difícil: diputados ausentes, plenos públicos, una institución «transparente» con su web, su canal de TV… Prueben, prueben. A ver si tienen narices de averiguarlo.

Évole, por su parte, aunque perdió mucha credibilidad a mi parecer cuando hizo la tontería del falso reportaje del 23 F, también tiene su cosa. Lo que más me interesa es, no ya el brete en que pone a los políticos o figuras de turno, sino el simple hecho de darles voz y ser capaz de hacerles las preguntas a las claras. Esta noche se lleva a Oriol Junqueras a Sevilla, a comer y echar la tarde con una familia de Triana. ¿No les parece una genialidad? Aunque lo cierto es que para eso estoy empezando a preferir a Risto Mejide.

Lo bueno del Viajando con Chester de Risto, en mi opinión, es precisamente que el propio Mejide no es periodista ni pretende serlo. Nunca lo ha sido. Su salto a la fama vino como publicista un tanto duro y grosero; como jurado enfant terrible de Operación Triunfo. Aparece con sus gafas oscuras y su pose prepotente. Es, obviamente, un personaje de sí mismo. Y como personaje creo que puede participar del diálogo desde una perspectiva parcial que un periodista de salón no podría permitirse. Los periodistas no opinan. Risto sí. Y creo que los debates en que se mete enriquecen mucho el diálogo. Por supuesto, también lo ponen a la misma hora que los programas anteriores. Malditos domingos. Y encima hoy sale Jorge Javier Vázquez diciendo que Vasile le obliga a llevar gafas y Celia Villalobos declarándose republicana. Mierda.

Luego, cómo no, los domingos también tenemos nuestra ración diaria de Gran Hermano, en esta ocasión en forma de debate. Gran Hermano, que efectivamente es el programa que, junto con Sálvame, explota en mi opinión los más bajos impulsos y pulsiones del mal samaritano, también es, por otra parte, una fabulosa obra de ingeniería guionística. Sería absurdo negarlo. Como espectáculo televisivo no tiene parangón. Esta noche podrán ver de nuevo el circo mediático, con el morbo añadido de ver a las fieras devorando a Luisa Fernanda, ex de Armando Rodolfo, que metieron en la casa cuando él empezó una relación sexual de magreos bajo la ducha con Eréndira Amaranta, y que en veinticuatro horas logró recuperarle —he cambiado los nombres para darle un sentido más acorde con el verdadero tono del asunto—. No se extrañen que sea trending topic.

¿Qué hago? ¿Terminaré cayendo en la dosis peliculera de turno, bien con cortes publicitarios disruptivos de Antena 3 o con subtítulos asincrónicos —o con el odioso doblaje— de La 1? ¿Saltaré de flor en flor en un zapping diabólico y mareante? ¿Optaré por abandonar alguna asignatura para el septiembre del visionado por internet, con los problemas que eso conlleva? ¿Qué hacer? ¿Qué ver?