Hace tiempo que se ha puesto de moda el revival de villanos clásicos remozados y reconvertidos en auténticos santurrones. Ahora los malos de toda la vida ya no lo son. Ahora son sólo incomprendidos, personajes equivocados y otros seres atormentados que cometen errores pero que tienen buen fondo, buena voluntad. Piensen en la Maléfica de Angelina Jolie, por ejemplo. Claro, el caso es que con el vampiro esa premisa, crepusculines aparte, llega casi al extremo.

Drácula, como personaje con nombre propio, ha ido perdiendo la maldad primigenia década tras década hasta quedar reducido a un espantajo de lo que fue en su día. Incluso la versión más fiel a la obra original, la que dirigiera Coppola allá por los noventa, peca un poco de la misma lacra. Probablemente Christopher Lee debe de estar revolviéndose en el ataúd donde probablemente duerma cada noche —así me lo imagino, no me miren mal—. A Drácula le pasa lo que al Cantinero de Cuba de la canción: una historia de amor lo volvió malo. En esta nueva entrega, sencillamente, Drácula es el bueno.

¿Un Drácula bueno? Sí. ¿Pero es el mismo Drácula que todos conocemos? Ahí está lo grave, que no sólo es el mismo sino que incluso han tenido la pretensión de hacerlo histórico. Sí, sí. Como lo oyen. El Drácula de la nueva entrega no sólo es el monstruo chupasangre de la literatura de siempre, sino que además han querido que personifique al hombre real que sirvió de inspiración a la novela y que en otras versiones tan sólo es referido como leyenda litografiada en libros antiguos: Vlad El Empalador. ¿Notan la ironía?

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En efecto, el cuento nos lleva a la Transilvania en la que Vlad hacía de las suyas y sí, en la película sale empalando a sus enemigos —aunque no de la forma correcta: según el Manual del buen empalador, no hay que atravesar al enemigo por el pecho, sino introducir la vara por el ano—, pero poco más. No han retratado las ocurrencias reales del transilvano que nos han llegado a través de los libros de historia: lo de obligar a sus enemigos a comerse los pechos mutilados de sus mujeres; lo de clavar a todos los habitantes del pueblo en estacas largas para que tuvieran tiempo de ver arder sus casas antes de morir; lo de destripar a las amantes que quedaban embarazadas… Nada de eso. Ya saben. Ahora Drácula es bueno, por eso sólo sale matando turcos, otomanos que escriben árabe y demás seguidores de Mahoma. Esos son los malos de la peli. Hollywood, siempre al hilo de la propaganda de los tiempos.

Drácula, en pantalla, es un dechado de virtudes. No sólo es buen padre y buen marido, sino que incluso acepta condenarse con tal de defender a su pueblo. Es un buen gobernante. Por ello, cuando las circunstancias políticas le obligan, acude a la cueva del vampiro maestro —una suerte de Golum disfrazado de Muerte de Bergman— para que le dé los superpoderes que necesita para matar él solo a todos los ejércitos enemigos. Sí, estamos ante una película bélica medieval de superhéroes, ahora que están de moda las tres cosas.

¿Bien llevado? El guión es un sinsentido absurdo y efectista. Desde el minuto tres sabemos perfectamente todo lo que va a suceder. No hay sorpresa, ni giro, ni trama. Y la factura audiovisual, igualmente, tampoco aporta nada nuevo. Lo más llamativo son los efectos digitales que pregonan a los cuatro vientos que lo son —digitales, digo—. ¿Sabían que en la versión de Coppola no hay un sólo plano realizado por ordenador? Eran otros tiempos, y otros narradores.

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Porque al menos en la versión de Coppola, Drácula sigue siendo malo, como debe ser: mata a placer y sin reparos; secuestra bebés para que se lo coman sus meretrices; viola adolescentes hipnotizadas… Pero es un malo enamorado que quiere ser correspondido, como todos nosotros. Y eso es, realmente, lo interesante de los buenos villanos: que sin dejar de ser malvados consiguen despertarnos cierta empatía. ¿Acaso no podemos entender la motivación última del villano de Blade Runner —tener una vida—, aunque reprobemos que vaya por ahí aplastando cráneos y sacando ojos? ¿Acaso no podemos entender a Vito Corleone, El Padrino, aunque sea un ganster sin escrúpulos capaz de mandar cortar las piernas de un cineasta sólo para que le den un papel a su sobrino? ¿Acaso no entendemos a Hal 9000, el ordenador de 2001: Odisea en el espacio, que siente vergüenza y miedo por haber cometido un error, aunque no estemos de acuerdo en su filosofía de matar a todos los humanos que lo han descubierto?

Traten de imaginar por un momento lo interesante que habría sido de pronto la película si hubieran retratado realmente al Drácula malvado, o mejor: al Vlad El Empalador de verdad. Cuenta una de las leyendas que en cierta ocasión dejó una copa de oro en la plaza de uno de los pueblos de su reino y nunca fue robada. Permaneció allí intacta durante años porque nadie se atrevía a ponerle la mano encima. ¿No les parece un personaje con más enjundia? Claro, a lo mejor no sería una película para niños, como las que inundan la cartelera hoy día; como las que venden ahora y arrasan en taquilla. Bélico medieval de superhéroes. Lobezno en Juego de Tronos. Batman en la Mesa Redonda. San Drácula contra el Sultán.


 

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