He oído y leído mucho sobre Dreamland, sobre todo malo, así que he decidido acercarme a la serie para comprobar de primera mano si es cierto todo lo que se comenta. Y sí. Es malo. Voy a tratar de explicar por qué me lo parece.

Por si no se han enterado, Dreamland es el producto surgido a partir de la colaboración entre Mediaset y Coca Cola que navega entre las aguas del marketing y la publicidad de marca asociada a una historia. La serie sigue un poco la estela de los géneros musicales de siempre, a lo UPA, pero con su sello propio. Un sello que, lamentablemente, deja mucho que desear.

Después de una preproducción de dos años y muchos acuerdos —con Sony, con el holding RLM…—, el proyecto que ha llegado a las pantallas de Cuatro lo ha hecho prometiendo una carga de realismo sin precedentes: no hay guiones o, al menos, no hay guiones al uso. Según dicen los creadores, el casting congregó a todos los aspirantes en una convivencia donde sentaron las bases de lo que iban a ser las tramas a partir de sus experiencias personales y compusieron entre todos las canciones de la propuesta. De este modo, según dicen, insisto, es un nuevo formato, mitad realidad mitad ficción. Ya.

Tal vez por eso el primer fallo que tiene Dreamland es precisamente que no tiene una premisa. No digo ya una premisa lógica o una premisa potente. No. Es, sencillamente, que no tiene una premisa. Un punto de partida. Se trata de un grupo de chavales que quiere cumplir su sueño. Así, a lo genérico. Exactamente igual que todos y cada uno de los personajes de todas las historias desde el origen de los tiempos, desde Billy Elliot hasta Don Quijote, desde Gimlamesh hasta Luck Skywalker. Su sueño, que además varía en función de cada personaje si bien todos quieren triunfar de alguna manera indeterminada en el mundo de la música y el baile, grosso modo. No hay prueba final, no hay un torneo de bandas, como en School of Rock, no hay un concurso escolar, como en Glee, no hay ni siquiera una dura y exigente prueba de acceso al mundo profesional como en Flashdance. No hay nada de eso. Son chavales que quieren, simplemente, triunfar. Ea.

[Tweet “La falta de guión no permite elaborar un producto realmente digno #Dreamland”]

Claro, ante la falta de interés de esta premisa tan general, han tenido que inventarse problemas y dificultades que solventar. Las primeras son las económicas, pues estudiar en la prestigiosa academia Dreamland es caro y además, sorprendentemente, prohíben expresamente a los chavales trabajar para pagarse la matrícula. Sí. Es una escuela tan de ricos que no dejan que sus alumnos mayores de edad puedan compaginar sus clases sirviendo copas, poniendo cafés o sencillamente bailando por ahí. ¿Recuerdan a la jovencita de Flashdance, que además de entrenar para superar la prueba de ingreso en la academia —un objetivo claro— trabajaba por las mañanas soldando vigas y por las noches bailando en un club de striptease? Pues aquí nada de eso. ¿Verosímil? La segunda complicación son las propias trabas y zancadillas que se ponen unos a otros —premisa habitual del género—, así como los roces derivados de las tan recurrentes relaciones amorosas entre los alumnos, con sus celos y rencores. Ya ven qué novedad. Rebelde Way.

Sin embargo, lo que termina de expulsar al espectador de la serie es la puesta en escena. Y choca, porque a priori tiene una factura visual decente, muy de videoclip. Pero obviamente la ausencia de guión no permite elaborar un producto realmente digno. A los diez minutos terminas preguntándote por qué hay tanto humo o polvo en esa escuela, por qué se interrumpen los personajes unos a otros constantemente, por qué hay tantos y tantos diálogos absurdos y por qué prácticamente entre bailecito y bailecito no pasa absolutamente nada. Es que es así: no pasa nada. Bueno, sí pasa algo: hablan. Los personajes no hacen cosas, sino que cuentan que hacen cosas. Así, con diálogos interminables y sin sentido sobre fondos musicales que se reproducen en bucle. Aburridísimo.

A esto se une una factura visual que por alguna extraña razón que desconozco abusa de los planos largos. El comienzo está prácticamente rodado en plano secuencia y mira, es un valor añadido para una propuesta donde se canta —en playback— y se baila, y también para propuestas donde los actores son realmente solventes. Y aquí está el problema definitivo: los actores no son actores. Son cantantes, bailarines, todos muy monos y muy talentosos en lo suyo, sí, pero no actores. La impostación y el falseamiento se notan a la legua —y más cuando se les deja el peso de un plano de esos que harían temblar al mismísimo Anthony Hopkins—. La única que defiende el tipo es Natalia Millán, que hace un papelito un tanto paródico, pero bien llevado.

[Tweet “Todas ellas ahí finas cambiándose de ropa mientras alguno hace de vientre en el retrete #Dreamland”]

A todo esto hay que añadir la que viene siendo la comidilla de la serie en las redes sociales: el sexo. En efecto, otra cosa no, pero sexo hay todo el que se quiera y más —entre los jovencitos de buen ver, claro, tetas y abdominales para todos—. Tienen de los dos tipos: el justificado dramáticamente, como las escenas de cabaret o las escenas de sexo como tal —un pelín chabacanas—; y también tienen del gratuito de cuarto de baño. No les diré más: los vestuarios son mixtos, fíjense qué morbo. Todas ellas ahí finas cambiándose de ropa y ellos con sus torsos musculados dándose cremitas mientras alguno hace de vientre en el retrete. Dreamland, una escuela de lujo.

Lo positivo, si es que hay algo, son las actuaciones, las coreografías y las canciones, aunque en mi opinión se abusa del inglés —aun subtitulado—. También tiene el interés de que cada episodio cuenta con la colaboración de un profesional. En el primero tuvieron la «clase magistral» y actuación de la cantante de hip-hop trianera Nya de la Rubia, el segundo contó con la colaboración de Malú, hoy se espera que aparezca Shakira, y ya se ha anunciado la participación de Ricky Martin o Alejandro Sanz. Sí, a mí también me parece paradójico que los alumnos de una academia de canto y danza reciban clases magistrales de artistas que nunca pisaron academias de canto y danza, pero bueno. Es Dreamland, la tierra de los sueños… y de lo irreal. La han dejado para las noches de insomnio de los jueves, y no creo que por mucho tiempo. ♦