En vista del modesto cabreo que se ha pillado Jean Cité, con la serie basada en el libro de María Dueñas, pensaba hablarles de El tiempo entre costuras, pero no quiero dejar pasar la oportunidad de recomendarles una obra que está recién salida de la imprenta.

Se trata de El lugar más feliz del mundo, del periodista y escritor David Jiménez. Quizás les suene el nombre por sus obras anteriores Hijos del monzón y El botones de Kabul, o por sus excelentes trabajos para el diario El Mundo, como corresponsal en Asia. El caso es que Jiménez vuelve a la carga con esta recopilación de experiencias, testimonios e historias en uno de los continentes más vastos, exóticos y desconocidos por la vieja y decrépita Europa. Un inmenso territorio plagado de belleza, valor y magia, pero también de guerra, injusticia y dolor, que Jiménez conoce a la perfección, pues se lo ha pateado de firme durante una buena parte de su vida.

Portada de El lugar más feliz del mundo, de David JiménezY no se trata de una recopilación de artículos sin más, fruto del indolente «copia y pega» al uso. «El lugar más feliz del mundo» es una brillante muestra del género de la literatura de viajes, con un marcado carácter periodístico, eso sí, en la que el barcelonés aporta una cínica pero atinadísima y clarividente visión de la vida, la guerra, la sociedad y los desmanes políticos y humanitarios de lugares como Bután, Sri Lanka, Cachemira, Corea del Norte… Para periodistas o estudiantes del ramo, se trata de una joya imperdible. Quizás es un ejemplo del canto de cisne de un oficio que muere —el de reportero—, a pesar de su necesidad en tiempos convulsos como los actuales. La labor de ir, ver, escuchar, volver y contarlo es cara y prescindible para los medios actuales, desquiciados en una alocada búsqueda de sí mismos. A pesar de ello, gracias a personas como Jiménez sabemos un poco mejor cómo es el mundo en el que nos batimos el cobre, aunque entre nuestro mundo y los demás medien miles de kilómetros de distancia; a pesar de que la modernidad y el desarrollo se lleven consigo muchas de las cosas que verdaderamente importan, que otorgan a cada calle y rincón la esencia que los hacen ser lo que son.

Si a ustedes la vena periodística les importa tanto como el cultivo de hongos en la campiña de Francia —por poner un ejemplo— la obra de Jiménez es igualmente recomendable. Porque Jiménez deja bien claro, a través de su propia experiencia y actitud, que no es lo mismo ser viajero que ser turista y que, cuando alguien plasma las vivencias del viajero negro sobre blanco, la belleza de las palabras y las historias terminan por llenarlo a uno de verdad. Como si lo acompañase en su periplo, en la búsqueda interminable del fin del mundo

El viajero ha pasado a ser una especie en extinción en un mundo tomado por turistas […]. Una primera condición del fin del mundo sería que no aparezca en las guías de viajes. No debería tener tiendas de recuerdos ni hoteles. Una casa de viajeros, a lo más. Un lugar en el que, una vez has llegado, sientas que no tendría sentido continuar.”

Da igual que sean ustedes aspirantes a periodistas, enganchados a la irreal y prototípica imagen de reportero, aventurero y héroe salvapatrias —todo en uno—, viajeros frustrados o soñadores irreductibles, con la vista y el corazón enredados en arrozales, desiertos de arena, de hielo y manglares interminables. La obra de David Jiménez es, quizás, una de nuestras últimas oportunidades de gozar con ese explorador que, de pequeños o de más talluditos, todos quisimos ser durante un tiempo.

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