La crisis del cine está dando para mucho. Es la comidilla desde hace ya varios años. Y no paramos de encontrar culpables: que si el precio, que los nuevos hábitos de consumo, que si el IVA…

La cosa es que se trata de un problema que no solo nos afecta a nosotros y nuestra impetuosa y pírrica industria nacional. Se trata de un problema que viene de más allá. Hace varios meses, el gurú Spielberg y su amigo Lucas hacían temblar los cimientos de la industria Hollywoodiense —esta sí es industria— al declarar en una universidad por allí que estamos al borde de una implosión que va a cambiar el panorama cinematográfico. Según los totémicos directores, cuyas declaraciones pueden leer en este artículo del Hollywood Reporter, el cine está abocado a reconvertir su modelo industrial en algo parecido a Broadway: menos estrenos, más tiempo en cartelera y, lo crean o no, entradas más caras. Por supuesto, la contrapartida está en la televisión.

El caso es que, independientemente de lo que digan estos directores de allí o los que tenemos por aquí, lo cierto es que estoy casi convencido de que, de todos los factores que influyen en la cada vez más escasa afluencia de público a las salas, el del precio de la entrada no es el fundamental, aunque los exhibidores y distribuidores estén tanteando una bajada de precios para afrontar la subida del IVA, como si el ahorro de un par de euros fuera de golpe y porrazo a llenar las salas.

Mi planteamiento es simple: ¿qué necesidad tengo de ir a una sala de cine? No voy a entrar en la cuestión de la piratería o las descargas ilegales —que existirán hasta que las compañías telefónicas pongan coto al tema—. No. Según mi experiencia, ir a una sala de cine es un incordio como una catedral. Recuerden cuando fui a ver Superman. Entrar en una sala oscura con un grupo de desconocidos para ver una película me resulta incómodo, especialmente cuando se trata de películas de estreno. ¿Por qué tengo que ir a la sala a disfrutar de la pantalla grande —y de las palomitas/risas/toses/teléfonos/llantos/etc. del vecino— cuando en cuestión de semanas la misma película estará en el ámbito doméstico?

Seamos sinceros. El cine en sala no ha cambiado demasiado en los últimos lustros, pero el «ámbito doméstico» sí. Ahora el que más y el que menos puede ver el cine en una pantalla de tamaño más que suficiente para la distancia del salón —o la cama, ojo, que es como muchos entienden ya eso de ver cine— y en alta definición, que ya casi está implantada hasta que nos llegue del todo el mítico y cuasilegendario 4K. Y a eso es a lo que voy. ¿Qué necesidad hay de ir a una sala de cine cuando esperando un poco más vamos a poder alquilar legalmente la misma película —por mucho menos— en nuestra Smart TV, nuestro ONO, nuestro Imagenio, nuestro Canal+, nuestro TIVo, nuestro Filmin, nuestro TotalChannel, nuestro Yomvi, nuestro Waki, nuestro Voddler, nuestro Filmotech y verla en calzoncillos?

Lo cierto es que el posicionamiento de Spielberg no me parece del todo extraño. ¿Pagaría 15 o 30 euros por ir a ver una película en sala? Supongo que dependiendo de la película, claro, pero siempre que no pueda verla en calzoncillos en formato doméstico al cabo de un mes —sí, la comodidad y la «experiencia de usuario» del espectador es un factor a considerar, señores productores—. De hecho, no se escandalicen, hay gente que paga esos precios –o más— por el fútbol. Las entradas del Imax superan los diez euros y hay quien lo paga… ¿Sería viable?

Otra cuestión relacionada es la propia televisión. Aunque siempre pongo de cerriles a los creadores nacionales, lo cierto es que la tónica de hacer buen cine en TV también nos está llegando poco a poco —y por imitación de lo que nos llega de fuera, como siempre—. Cuando irrumpió el nuevo medio, allá por… los productores cinematográficos, alertados, como ahora, del descenso de público en las salas, se inventaron el cinemascope y otros sistemas para espectacularizar la experiencia. ¿Ocurrirá algo parecido? ¿Será Hollywood el nuevo Broadway?

El actor Kevin Spacey, protagonista —y productor— de la serie House of Cards, lo ha dicho bien clarito en el discurso que les inserto más abajo: las etiquetas de cine o televisión ya no tienen ningún sentido. La gente ve cine en el iPad y YouTube en el televisor. Igualmente, se plantea si hay alguna diferencia razonable entre las trece horas de una ficción de empaque cinematográfico como House of Cards y las dos horas de una película convencional estrenada en salas. ¿Es más cine lo segundo que lo primero solo porque se estrena en salas? El actor, que es mucho menos grosero que yo, no menciona el calzoncillo en su discurso pero dice algo así como:

Dad a la gente lo que quiere, cuando lo quiere, en el formato en que lo quiere y a un precio razonable, y es probable que estén dispuestos a pagar en vez de robarlo.

Así leído parece una simpleza, pero no deja de ser una verdad como un piano. Por tanto, ¿por qué no preguntar a la gente? Es fácil: pensemos primero en qué queremos nosotros mismos como espectadores. Si la respuesta es pagar siete, ocho o nueve euros para ver una película a la hora en que los exhibidores han orquestado ponerla, en el idioma doblado que nos obliga la vorágine, junto a otros cincuenta codo con codo en una sala oscura, perfecto. Sigamos con el modelo de siempre. Si la respuesta es que queremos ver el cine cuando nos dé la gana y en calzoncillos, entonces, amigos, me temo que el modelo de negocio tiene que cambiar.