La primera sensación cuando empiezas a ver la serie Almost Human es de déjà vu.

Sí. Ya lo has visto. Todo te resulta familiar. Todo lo conoces de antes. No es ningún secreto que en la factura visual y temática la serie copia homenajea abiertamente y sin pudor a Blade Runner Yo Robot —y también Minority Report, Demolition Man, etc.— La verdad es que en cuanto a eso no engaña a nadie: el planteamiento lo pregona a gritos y con puesto de tallarines de por medio. Y las tramas y los personajes, también.

La historia, por si no la conocen, plantea un futuro altamente tecnológico en el que los policías son obligados a llevar por compañeros a robots de apariencia humana. Por supuesto el protagonista siente un odio patológico hacia los robots desde que uno causara en cierta forma la muerte de su antiguo compañero —como seguramente ya se habrían imaginado al verle la cara—. Se trata de un agente con un pasado traumático: fue culpable de que toda su sección cayera en una trampa, se ha despertado de un coma de varios meses con lagunas de memoria, un trágico sentimiento de culpa, una pierna cibernética en sustitución de la propia, y una novia desaparecida. Por ello no es raro que en cuanto le asignan una unidad robótica como compañero no tarde en tirarla de un vehículo en marcha, como tan elocuentemente nos muestra el trailer:

Ello propicia que tenga que autoasignarse un nuevo compañero robot que, ojo al dato, encuentra entre las unidades defectuosas —como él mismo—. Se trata de Dorian —sí, ya, Wilde, DRN, el cuadro, ya, lo hemos pillado— un robot de un modelo anticuado que fue desechado por ser «demasiado parecido a los humanos» y elaborar conductas inestables: como Hall9000, pero con cuerpo de mulato. Como yo, darán por sentado que la relación entre ambos es una tremenda fuente de conflictos: el humano que odia a los robots y el robot que quiere ser humano… Pues no.

Y ahí está la parte que me ha llamado la atención del asunto: a diferencia de Yo Robot o a diferencia de Blade Runner, la lucha de egos entre ambos protagonistas la han solventado en el primer episodio. Me caes mal. Y tú también a mí. Estamos obligados a trabajar juntos. Anda, pues haces bien lo tuyo. Y tú lo tuyo. Ya no me caes tan mal. Ni tú a mí. Ea. Son amigos. ¿Que cómo puede gustarme esa falta de conflicto tan homoerótica? Pues por una razón muy simple: no es Blade Runner. Es El Coche Fantástico.

Piénsenlo: un humano pasado de vueltas que ha perdido la fe y la confianza en toda la especie humana, y una máquina con el corazón y las emociones que le corresponderían a una persona. ¡Es la historia de Michael Knight! Y otra cosa no, pero El Coche Fantástico es una de esas series de culto de la infancia a las que, sea como fuere, se les tiene cariño. No puedo criticarla. No puedo. Sorry.

En resumidas cuentas, la serie plantea un enfoque que me ha resultado interesante por la fachada: un Policías Rebeldes con robots, coches voladores, y barrios chungos donde comer tallarines bajo la lluvia ácida. La verdad es que los críticos —que hay bastantes— pueden decir misa: de entrada es interesante. Sobre todo después de saber quién está detrás de la misteriosa banda de los enmascarados —que no mencionaré por no espoilear más de lo recomendable—, y por el androinismo sexual que se anuncia a partir del episodio dos.

Con todo, tiene sus pegas. Además de haber puesto a un actor protagonista mucho menos expresivo que el que hace de androide —y que la puerta del coche, si me apuras—, el planteamiento peca de lo que pecan todas las series basadas en la tecnología súper avanzada: es un todo vale. Tanto, que termina cayendo en trucos y contradicciones: ¿un gas venenoso que solo afecta a policías? ¿robots ultramodernos que se caen redondos al emitir un pitido en una determinada frecuencia? ¿una comisaría futurista con paredes de cristal que no tiene ni una triste cámara de seguridad en el cuadro de luces del tejado? ¿Robots que pueden hacerte un TAC solo con mirarte pero que dejan pasar a un prisionero con un mega-explosivo escondido en el estómago? Venga, venga, venga, J.J. Abrams, no me seas trilero.

El momento más desquiciante es cuando readmiten al protagonista en el cuerpo. Su jefa —sí, una jefa policía [hagamos la ola]— básicamente se salta todas las normas, salvo que la conviene a la premisa de la historia, claro: el amigo sufre depresión, atrofia mental, trastorno de estrés postraumático, rechazo de sus partes del cuerpo sintéticas y hay un informe psiquiátrico que prácticamente recomienda su jubilación, pero van y le readmiten, así, a la torera. El protagonista solicita formalmente no tener un compañero de plástico pero no se puede. ¿Por qué no? Lo siento, son las normas. ¿Cómo? Si esta serie se hubiera producido en Argentina y la protagonizara Ricardo Darín, esta escena daría lugar a uno de los míticos diálogos del cine argentino: «¡Pero si te saltaste cien normas para readmitirme, qué más te da a vos saltarte una más! Andá, ¡bancame vieja!» Pero no. El protagonista es inexpresivo como los ojos de Espinete, así que se calla ante la incoherencia y aprieta la mandíbula para parecer más delgado en cámara.

Así todo, no me disgusta demasiado. Es cierto que es superficial, pero ofrece una perspectiva diferente a los Bones, Mentalistas, Castles, Elementarys y demás policiacos de tensión-sexual-no-resuelta del panorama actual, así que, ¿por qué no darle una oportunidad?