Una Biblia y un fusil. Quizá la imagen sea más que suficiente como resumen visual de la última película de Clint Eastwood. Chris Kyle, tejano nacido en el 74, ostenta el honor de ser el francotirador más letal de la historia militar de los Estados Unidos, con al menos 160 enemigos abatidos testificados. Su historia llega a la gran pantalla de la mano del veterano director en la forma de un manifiesto bélico que, más que adentrarse en los cenagosos subterfugios morales y psicológicos del que hiere de lejos, o en las espesas páginas de una guerra controvertida, juega a ondear la bandera de las barras y estrellas.

Ejemplo de ello es el caso de los villanos que, en El Francotirador, a menudo ni siquiera tienen cara. Son personajes anónimos sin más presencia que un salto frente a la cámara instantes antes de ser abatidos por un mortífero disparo, como en un videojuego. No tienen familia ni casa y, en ocasiones, se refieren a ellos con un elocuente y sencillo «los malos». Sólo dos de los enemigos tienen rostro y nombre reconocible y, quizá para que quede clara su condición diabólica, o quizá por querer ser fieles a la realidad narrada por el protagonista en su libro, los retratan coleccionando miembros humanos o perforando el cráneo de niños musulmanes con taladros inalámbricos.

La narración del conflicto bélico no sólo es parcial y ajena a toda reflexión, sino que además se relata en diferido. Entre escaramuza y escaramuza los personajes cuentan lo que está sucediendo en líneas de diálogo, en charlas sueltas en medio del campamento base o dentro del vehículo acorazado. Los momentos de apego conyugal son, igualmente, narrados en diálogo a través del teléfono vía satélite que lleva siempre consigo el protagonista; y la trama íntima, la relación familiar, queda a menudo solapada por un vaivén episódico que se resume en las quejas de su esposa —de nuevo, verbalizadas en voz alta— y la apatía de él en los momentos en que el estrés post-traumático le devuelven mentalmente a la contienda.

El conflicto de un francotirador que, más que ejecutor, se siente responsable de su compañeros y de toda la nación que parece acarrear en sus amplias espaldas

La película pretende plantear el conflicto de un francotirador que, más que ejecutor, se siente responsable de su compañeros y de toda la nación que parece acarrear en sus amplias espaldas. Sin embargo, el paseo por el lado oscuro del héroe es a tientas y de puntillas, y apenas sólo para barnizar la premisa con un poco más de patriotismo estadounidense.

Se echa de menos el tono reflexivo de anteriores trabajos de Eastwood, que parece haber preferido el gatillo rápido a la conversación pausada con el espectador.