Las buenas críticas que he leído por las redes sociales me han animado a empezar a ver Boardwalk Empire, la serie de HBO producida por Scorsese. La trama se desarrolla en Atlantic City durante la Ley Seca, y está protagonizada por los gánsters y políticos corruptos de la época —está basada en personajes reales—. Los críticos han valorado mucho su puesta en escena y ambientación realista.

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Por el momento solo he podido ver los primeros episodios de la primera temporada y, en general, me está costando mucho entrar en la trama. Me aburre un poco, la verdad. Cuando se me hace largo el episodio de una serie suele ser porque es lenta y tediosa, o bien porque todavía no me ha cautivado la trama o los personajes. Por eso la tengo todavía en periodo de convencimiento. Tengo que ver un poco más para poder valorar.

Con todo, hay una serie de cuestiones iniciales que me alegran o me irritan. La primera de ellas es la participación activa de grandes profesionales. Steve Buscemi como primer actor me parece buena elección, Scorsese de productor —y director del piloto— junto a parte del grupo que trajo al mundo Los Soprano —Timothy Van Patten, Lawrence Konner…— es buena señal; y también está Mark Wahlberg —para alegría de su madre, que seguramente pensaba que tras su paso por la cárcel lo más lejos que llegaría sería a modelo de calzoncillos—.

Para el rodaje han recreado el paseo marítimo de Atlantic City en la época, y eso ya es un punto que me irrita ligeramente. No porque hayan hecho una reproducción. Obviamente no pueden rodar en el emplazamiento actual y hacerlo pasar por el de los años veinte. Me irrita la mala costumbre de los norteamericanos de tenerlo todo tan limpito que parece nuevo. Calles inmaculadas y relucientes como de postal, exactamente igual que los abrigos, los trajes, los colores, los coches… ¡La realidad es sucia! Los vendedores de helados de traje impoluto en la realidad tienen las mangas llenas de sorbetes; los carniceros de peto incólume en la realidad presentan lamparones propios de su trabajo, y los chóferes de los automóviles de los años veinte tenían, en la realidad, las manos llenas de grasa de motor. Si bien los escaparates pueden estar relucientes, las aceras, las barandillas frente al mar, las carreteras… deberían estar mugrientos, llenos de salitre y óxido, igual que los dobladillos de los pantalones de los personajes y los bajos de los abrigos y gabardinas —en los años veinte no tenían una lavadora por casa—. Yo, que he nacido junto al mar, no puedo sino poner una mueca de sospecha cada vez que veo esos flamantes coches aparcados junto al puerto pesquero de Atlantic City sin una sola cagada de gaviota en el techo.

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Los personajes, en general, están bien construidos. Quizá un poco maniqueos por eso de que mezclan política y gansters, o tal vez por recurrir al rentable tópico del buen ladrón. No hay, a mi entender, ningún personaje tan profundo y rico de matices como un Vito Corleone y, en general, se les ve venir de lejos, pero todavía es pronto para valorarlos más en profundidad. Al único que no trago, por el momento, es al secretario del jefe. Vale que sea un elemento cómico del reparto, pero no lo soporto. Me parece, simplemente, un personaje idiota hasta rozar el absurdo y no me trago que un bichejo de la altura de Enoch Malachi “Nucky” Thompson, cacique político y ganster, tenga de asistente a alguien de semejante incompetencia.

Por último, algo que me irrita y alegra a partes iguales son los llamados «homenajes», es decir, copiar una escena de un film, una película, otra serie… Abundan en Boardwalk y, la verdad, no me suelen gustar. Para mí, un homenaje es un sombrero, una canción, un objeto, un cartel en la entrada de un cine o una frase emblemática. Copiar una escena es copiar una escena. Me parece que en raras ocasiones una copia puede llamarse «homenaje», pero en el caso de que así fuera, entiendo que ha de hacerse de forma evidente y de escenas míticas —como hace Brian de Palma con El Acorazado Potemkin (Eisenstein, 1925) al final de Los Intocables (1987), en la que incluso mete a varios marineros para hacerlo del todo evidente— copiar escenas poco o nada relevantes de películas como Lo que queda del día (Ivory, 1993), pues, para qué engañarnos, ni es homenaje ni es ná.