Brujería, en el sentido literal.

Hoy se estrena en nuestra querida televisión privada la nueva temporada de American Horror Story, que ya mencioné en otros posts. Como se pueden imaginar por el apellido de «aquelarre» que le han puesto a la temporada, la cosa va de brujas.

Ya saben: sortilegios, hechizos, conjuros… pero en plan malo. Olvídense de Sabrina o de Hermione Granger. Pipper, Phoebe y Penny —antes de ser Penny— son hermanitas de la caridad frente al aquelarre de la Fox. Estamos ante una academia de brujas malvadas, mezquinas y despóticas que no dudan en causar todo el mal que esté a su alcance para lograr sus diabólicos fines, a saber: la maternidad, la belleza eterna, el amor de un hombre… todo mientras late de fondo el conflicto racial y la guerra entre dos bandos rivales de brujas, el blanco y el negro.

Como es costumbre en la franquicia, hay sangre, —mucha sangre—, ritos y maleficios de toda condición… y sexo —mucho sexo—. Pero sexo del para mayores de trece, ya saben: provocación y contoneo, pero poco más, que en los «estates» eso del sexo por televisión está muy mal visto —lo de la sangre no; sangre puede haber toda la que haga falta—. Y eso que las tramas principales están de alguna manera vinculadas con el pecado original de la lujuria: desde la adolescente que literalmente mata a sus amantes mediante el coito hasta la otra adolescente que es violada por toda una fraternidad de mozarrones, pasando por otra adolescente más que no le importará coquetear con la zoofilia.

Ya saben lo que pienso de las cuestiones relacionadas con la magia. Me parece que el tema mágico es una excusa para el todo vale. Además de brujería de todo tipo, no nos extrañemos si encontramos en esta serie los más variados recursos de la ficción terrorífica: no descartemos incluso escenas más propias de The Walking Death.

Lo que más me gusta de la propuesta son los saltos temporales. La historia va de pasado a presente igual que de personaje a personaje, acompañando cada cambio con una ambientación realmente cuidada, como es también tradición de la serie. Las incorporaciones son dignas de mención. Jessica Lange vuelve una vez más a hacer de sí misma —y muy bien que hace—. Kathy Bates, pese a tener un rol secundario, sin duda aporta una serie de matices duales que enriquecen la propuesta: presente y pasado, señora y criada. Y me parece destacable, además, la inclusión del personaje de Nan, interpretado por Jamie Brewer, que ya aparecía en la primera temporada de la serie. Aunque se trata de un secundario, su rol no es diferente del resto de sus compañeras de internado: actúa, interviene, y desarrolla un papel complejo que, en mi opinión, da presencia al Síndrome de Down desde una perspectiva integradora.

Lo que no me termina de convencer es la exagerada factura audiovisual de la serie. Si bien es cierto que en algunos momentos se hace muy necesaria, en general me resulta insoportable. A ver, cuando quieren que un hombre con un ridículo disfraz de toro resulte escalofriante, pues sí: tiene que haber desenfoques, planos cerrados, muy cortos, con humo y mucha distorsión. Pero cuando lo que se narra es una situación más o menos aburrida, el ojo de pez lo único que consigue es marear al televidente más que aportar la tensión que no tiene la escena.

En fin: no disgusta demasiado. Se puede ver. Aunque ya saben que me fío poco. La temporada anterior la seguí con creciente desánimo. De momento ésta no me ha decepcionado en los cinco capítulos que llevan en EEUU. Esperemos que no se desinfle.