A muchos les sorprende descubrir que en la Ilíada no se narre la caída de Troya. Otros relatos nos han permitido componer la historia completa, con el episodio del caballo de madera y el asalto de los griegos a la ciudad amurallada, pero no la Ilíada. En vez de eso, el poema de Homero termina con un episodio más íntimo pero de no menos trascendencia: Príamo, el rey de los troyanos, se aventura en solitario entre las filas enemigas hasta dar con Aquiles, el asesino de su hijo. El anciano rey no busca venganza ni recriminar al griego el homicidio. Sencillamente, se trata de un padre que quiere recuperar el cadáver de su hijo.

Los historiadores y arqueólogos todavía no tienen claro dónde se ubicaba exactamente la ciudad de Troya, pero no debía de estar lejos de otro enclave igualmente fúnebre: la península turca de Galípoli. Hace exactamente cien años, Galípoli fue testigo de una de las más cruentas batallas de la I Guerra Mundial. Una operación conjunta de los países aliados para conquistar el paso de los Dardanelos acabó en un estrepitoso fracaso que dejó la sangría de medio millón de muertos entre todos los bandos. Allí, en esos barros, ubica Russel Crowe su primer largometraje como director, pero no para narrar los motivos y consecuencias de la masacre. El maestro del agua cuenta, sencillamente, la historia de un padre tratando de recuperar los cadáveres de sus hijos.

El filme dirigido por Crowe nace a la sombra, tanto narrativa como estética, del del Weir

Con un presupuesto claramente limitado para las pretensiones narrativas de la historia, El maestro del agua nos sitúa en la piel de un granjero australiano con habilidades zahoríes que, nada más terminar la contienda, parte hasta Turquía en busca de alguna pista sobre el paradero de sus hijos. Allí encontrará todo tipo de trabas por parte de las autoridades locales, así como la inesperada ayuda del que fuera el enemigo en las trincheras. Igualmente, hallará el amor en los ojos de Ayshe (Olga Kurylenko), una viuda que está obligada por la tradición a convertirse en segunda esposa de su cuñado.

En su trayectoria, Crowe ha trabajado con grandes directores que, sin duda, han dejado su huella en el neozelandés, quizá especialmente Peter Weir, con quien hizo Master & Commander, que ya a comienzos de los ochenta abordó el mismo tema con su película Gallipoli. En cierta forma, el filme dirigido por Crowe nace a la sombra, tanto narrativa como estética, de este precedente, si bien sus limitaciones son notables. El guión se ciñe al género sin demasiadas sorpresas aunque pecando demasiado en la justificación «zahorí» de las resoluciones. Igualmente, la trama secundaria se aborda con superficialidad y casi parece ser un mero pretexto para introducir la historia romántica. No obstante, pese a todo, personajes bien definidos y una premisa potente hacen la propuesta interesante.