Cuando era pequeño participé en una obra de teatro en el colegio. Me tocó hacer el personaje de centurión romano, ataviado con una coraza de plástico, una falda de tablas y un casco que parecía el cepillo de una escoba. Como siempre fui un alumno aplicado, opté por prepararme a fondo el personaje viendo películas de romanos tipo Quo vadis, Ben Hur y otras del palo. El resultado de mi preparación no fue del todo el esperado. Mi madre, la más fiel y sincera de las fans, detectó de inmediato el problema y me lo dijo con sus dulces palabras de madre: «pareces un actor de doblaje antiguo». Y eso es lo que creo que le pasa a la inmensa mayoría de actores y actrices en nuestro país.

Muchos actores y actrices en España sufren un grave caso de «doblajitis»

No quiero ofender a nadie, pero reconozcámoslo: los tiempos de los Alfredo Landa, Terele Pávez, Paco Rabal, Lola Herrera o Fernando Fernán Gómez han pasado a la historia. Por algún motivo que no alcanzaba a explicarme, el abanico actoral nacional, salvando honrosas excepciones que seguro que todos compartimos es, en mi opinión, de lo más raquítico. Cuando me pongo a ver alguna serie dramática española —en el humor pasa menos, curiosamente— detecto personajes guapísimos y maravillosísimos, pero impostados hasta el infinito y vuelta. Artificiales, ya sea en la corte de Isabel la Católica o dando vida, como yo en mis pinitos interpretativos, a legionarios de la antigua Roma en las series que hemos tenido sobre el tema. Ya lo he comentado otras veces. Si alguien se toma el trabajo de repasar mi Twitter no se sorprenderá de que yo estuviera convencido de la fabricación robótica de al menos uno de los personajes de la extinta Bajo sospecha; o que crea que incluso el mismo Rodolfo Sancho estaría de acuerdo en que el Curro Jiménez de su padre tenía un porte más natural que el suyo haciendo de bandolero.

El tema es que, a raíz del artículo que dediqué a la ausencia y vituperio del acento andaluz en la ficción nacional, me sensibilicé bastante con este punto que, probablemente de manera inconsciente, había dado por perdido. De pronto empecé a descubrir matices en determinados instantes televisivos que me sacaban de la artificialidad y me golpeaban con una bofetada de realidad que era de lo más reconfortante. Casi sin quererlo, María León, Verónica Sánchez, Alba Flores, entre otros, me empezaban a transmitir en la pequeña pantalla detalles que sólo había intuido recientemente en algunas piezas cinematográficas como El Niño, Musarañas o La Isla Mínima. Tenían acentos, y transmitían verdad.

Obsesionado con el asunto, empecé a elaborar una descuidada y personal teoría vinculando ambos factores —acentos, verdad interpretativa— y he llegado a la conclusión, probablemente equivocada, injusta y falaz, de que hay muchos actores y actrices en España que sufren un grave caso de «doblajitis». Por si no están familiarizados con el diagnóstico, este maravilloso cortometraje les dará una clave de a qué me refiero.

Hagamos un ejercicio de imaginación y tratemos de aventurar de dónde sacaron la inspiración, qué referentes tuvieron, aquellos míticos actores españoles que elevaron la televisión —y el cine— a las alturas durante el siglo pasado. ¿Qué referente tuvieron los Larrañaga o Chico a la hora de convertirse en intérpretes? ¿Quién enseñó a actuar a Paco Rabal? Pues probablemente, más que el cine esporádico de la posguerra fuera el teatro y, con mayor ahínco, la propia vida. Me imagino el panorama de un Antonio Ferrandis —alias Chanquete— de treinta y dos años haciendo su primera película allá por el 53 sin más experiencia como actor que las tablas de varias compañías dramáticas. Faltaban todavía tres años para que se fundase RTVE. Frente a eso, los nuevos intérpretes veinte y treinañeros que pueblan nuestras emisiones catódicas en la actualidad ¿qué referentes interpretativos han tenido? Estoy convencido que el cine y, sobre todo, la televisión. Perdón. Corrijo: el cine y la televisión doblados.

A nuestro oído de carretera comarcal no le suena rara la artificialidad, porque es extranjero, tiene glamour, y viene de Hollywood

El doblaje es antinatural, y ejerce una influencia antinatural. Que me perdonen mis amigos actores de doblaje, pero lo es. No sólo imprime un pegote equivalente a pintarle a la Gioconda un traje de fallera encima, sino que supone además una deformación que impone unos matices contrarios, la mayoría de las veces, al espíritu de las propias obras. Un garrulo balbuceante como John McClane en la película Die hard —que literalmente significa algo así como «Morir difícil»— se convierte en un inspirado héroe con la meliflua e interesante voz de Ramón Langa en una saga que aquí se tituló con el épico sobrenombre de La Jungla de Cristal. Claro, a nuestro oído de carretera comarcal no le extraña; no le suena rara la artificialidad, porque es extranjero, tiene glamour, y viene de Hollywood. Obviamente, para nuestra mentalidad de siesta de domingo por la tarde antes de la partida en el bar, un policía al azar de Nueva York tiene que tener, por fuerza, una dicción mucho mejor que la de cualquier Guardia Civil de Logroño, aunque la intención del que hizo la película estuviera, de hecho, más cerca de convertir en héroe nacional a alguien como éste último.

La doblajitis que aceptamos en el doblaje de Bruce Willis canta por soleares cuando la intenta Miguel Ángel Silvestre

El doblaje impone una vocalización tan perfecta y artificiosa que no deja resquicio para el más mínimo rasgo de procedencia. Y eso que, como es sabido, pocas cosas son más identitarias que un acento. En la comarca donde nací cada pueblo tiene el suyo —y en Nueva York pasa exactamente igual, oiga—, pero de cara a la ficción casi parece que no hablar un español neutro y bien vocalizado es un crimen. De ahí la impostura de nuestros intérpretes. Parece que se esfuerzan, oye, por ser actores de doblaje; por borrar de su impronta cualquier elemento que pueda recordarle al espectador que su personaje nació, creció y vivió en un lugar real.

Pero claro, el problema es que la doblajitis que aceptamos en el doblaje de Bruce Willis por su aura de glamour exótico canta por soleares cuando la intenta Miguel Ángel Silvestre; la dicción de profesora de español que toleramos en el doblaje de Julia Roberts, la novia de América, tan lejana y exuberante, no nos la tragamos en Megan Montaner. Al menos, yo no. No pongan esa cara, es el mismo fenómeno por el que no hacen anuncios de perfumes en español, ni siquiera cuando la marca suena tan hispana como Cawrolina Hewrrewra. Me parece, y esto es no es más que mi opinión, que cuando lo nuestro quiere sonar como lo que viene de fuera; cuando queremos fulminar lo propio tras el parapeto de lo biensonante, es que algo estamos haciendo mal.