El Príncipe

La suspensión de la incredulidad puede hacer milagros.

Cuando una ficción es buena, realmente buena, puede hacer que nos olvidemos de la lógica o que pasemos por alto pequeños detalles; que nos sumerjamos en la propuesta sin reparos, sin plantearnos en absoluto la tramoya del asunto. Si la historia es buena, y está bien contada, no nos importa que a Gladiator tarden meses en curárseles las heridas, o que la gravedad en las naves espaciales desaparezca en cuanto se abre la escotilla. Con El Príncipe, sin embargo, la cosa no pasa.

En serio, perdón, lo siento, pero no puedo. Ya sé que hay mucha gente detrás haciendo un trabajo estupendo. Eso no lo reprocho. Lo que me enerva son otras cuestiones. Intento pasar por alto el croma absurdo ese de fondo; intento pasar por alto los diálogos impostados de algunos personajes; intento no fijarme en los saltos de ritmo del montaje, en los efectos cutrecillos, en los planos de coche parado… Lo intento, de verdad, pero con la lógica no puedo. No puedo.

¿Saben a qué me refiero? Efectivamente. A ver, a quién corresponda: la motivación principal de un agente infiltrado es, precisamente, permanecer infiltrado. En eso consiste el tema; en que no te pillen. Por eso, la gracia está, de hecho, en ser discreto. Repitan conmigo: discreto. Eso. Discreción. La premisa de un personaje que oculta algo es muy potente. Ella, por sí sola, puede sostener toda una trama en base a la teoría de la bomba y funciona. Ahora bien, hay que respetar un poco la propia idea de partida. Por ejemplo, planteemos algunas cosas del manual de infiltración para dummies:

– Un infiltrado no habla por teléfono. No. Sorry. Los teléfonos se pinchan, las conversaciones se graban. No teléfono. Bórrenlo. Menos todavía si está infiltrado en la policía, y menos aun si en alguna que otra escena hemos enunciado la capacidad de la policía para leer mensajes de móvil y ver registros de llamada.

– Derivado de lo anterior: un infiltrado no cuenta sus planes por teléfono, en voz alta, por la calle. Es obvio, ¿no? No sabes quién te oye y quién no, no es seguro para eso de no ser descubierto… Ya saben. No es ya que no se utilice el teléfono, es que, si no hay más remedio, la conversación telefónica del infiltrado se desarrolla en un sitio donde nadie más pueda oírle, a priori.

– Derivado de las dos anteriores: un infiltrado no cuenta sus planes y pesquisas por teléfono, en voz alta, por la calle, con el manos libres, mientras hace footing en los alrededores del barrio. A ver, ¿en qué estamos pensando? ¿es que no hemos visto mil películas de infiltrados? Hasta el protagonista de House of Cards es más discreto en sus charlas con la prensa.

– Un infiltrado no escribe sus descubrimientos, y si tiene que hacerlo, emplea una clave. No hay nada más delator que un papel escrito, ¿no les parece? ¿A qué sí? Los papeles, informes y demás se hacen de manera discreta, o a posteriori, y se llevan siempre con uno hasta que pueda pasarse a un contacto seguro. Oye, a mí, en clase de periodismo de investigación, en la carrera, me hablaban de este tipo de cosas. Supongo que la policía tendrá un curso más específico sobre el tema.

– Derivado de lo anterior: un infiltrado no mantiene un diagrama escrito con una lista de sospechosos titulada así: «sospechosos». Vamos, digo yo, oye, me parece lógico. ¿No? Es sospechoso tener una lista titulada «sospechosos», ¿me equivoco? Bueno, a mí me lo parecería.

– Derivado de las anteriores: un infiltrado no mantiene un diagrama escrito, con fotos, segmentos de unión y cartelitos con la palabra «sospechoso» en un mural de dos por dos encima de la lavadora y justo frente a una ventana que siempre está abierta. ¿Pillan por qué? En el capítulo de la semana pasada hasta Coronado se sorprende al descubrirlo; él, que andaba buscando algún papelito en los cajones de la mesilla de noche.

Claro, si el infiltrado invita a gente a su cuarto —lo llamaría casa, pero realmente es sólo un cuarto—, se fastidia el plan, obvio. Aunque bueno, hay que reconocer que la cutreinfiltración se queda en poco con la presencia de esa musulmana en bikini, que dice estar orgullosa de su religión, nunca sale de casa sin su velo, pero que a la primera de cambio se entrega al fornicio con el mozo y se junta con cristianas que envenenan sandías con inyecciones de ginebra mientras hacen topless en la azotea. ¡Por el Profeta!

Perdonen que lo saque a relucir, pero es superior a mí: los hombres hablan y hacen cosas serias, luchan contra el crimen, persiguen terroristas, y ellas, mientras, se tumban al sol en topless mientras hablan de planes de boda veinticuatro horas después de que hayan asesinado a una amiga. El género y génera, como decía aquél. Miren la escena si no me creen [disculpen los anuncios, no son cosa nuestra]:

Porque otra cosa no, pero en El Príncipe hay cacha bien a gusto. Y sexo. Y mira, me parece muy bien que lo haya fuera del horario protegido, la verdad. El problema viene cuando lo que hay atenta contra la lógica o, sencillamente, es gratuito, como la escena del topless, o la escena de ducha en solitario de la muchacha, que la realización nos muestra para nuestro gozo y disfrute masculino —claro que masculino, ¿quién dudaba?—. Gratuito. Hagan la prueba: pongan a las protagonistas en anorak y comprueben si las escenas tienen el mismo sentido. ¿Se podría haber hecho igual? ¿Mismo diálogo y todo? ¿Sí? Entonces el desnudo no aporta nada y sobra.

Dirán ustedes que qué demonios tiene que ver la infiltración con el desnudo gratuito. Pues algo muy sencillo: el espectador. Bueno, más bien la concepción del espectador. En efecto, nos toman por idiotas salidos. Sí, sí. Idiotas y salidos. No encuentro otra explicación. Me imagino a los realizadores —de estas cosas nunca sé a quién culpar, si a la tele, a los productores, a los guionistas, a todos en general…— discutiendo las incongruencias de la trama:

— Pero oye, esto de que el infiltrado cuente los secretos por el manos libres, verbalice todo, se vea con su amante en su propia casa a la hora de la siesta…
— Bah, no te preocupes. Los espectadores se lo tragan todo, aunque no tenga lógica.

¿Insultante? Pues peor es lo otro.

— Hay que meter una escena en la que ella cuente a sus amigas que se ha liado con Morey.
— Sí, y que estén todas en bikini, que eso le gusta a la audiencia.
— Sí, bueno… pero para esta escena tampoco es indispensable que estén en bikini.
— BI-KI-NI. Y fin de la discusión.

Idiotas y salidos. Así nos ven. Así nos va.