El tiempo pasará era el título de la melodía que Ilsa pedía al bueno de Sam cuando la casualidad la lleva al Café Americano. El pianista no quiere. En cierta forma, sabe que sólo la melodía tiene la capacidad de abrir las heridas más profundas. Pero ella insiste, y él no puede negarse a la vidriosa mirada de Ingrid Bergman. Al minuto aparece Rick y en una sola frase resume el significado que encierra la canción: «te dije que nunca volvieras a tocarla». Suite francesa, como Casablanca, se ambienta en el periodo más triste del siglo pasado para narrar una historia de amor imposible que sólo encuentra redención en su propio sacrificio.

1940, los nazis ocupan Francia. En la pequeña población de Bussy, no demasiado lejos de París, una señora de clase acomodada y su nuera aprietan los dientes cuando son obligadas a acoger a un oficial del enemigo en su casa. La hierática señora, interpretada por Kristin Scott Thomas, se niega a dirigirle la palabra al huésped forzoso, pero su nuera no hace lo mismo. Interesada por la sensibilidad del alemán, que toca el piano por las noches, Lucille (Michelle Williams) iniciará un acercamiento que irá poco a poco transformándose en romance. Pronto empezará a atisbar los cuchicheos de sus vecinos en un ambiente donde la presencia del enemigo hace aflorar las rencillas por mucho tiempo enterradas entre los propios habitantes del pueblo.

Con una ambientación y fotografía esmeradas, la última obra de Saul Dibb después de La Duquesa retrata una situación que se dio en la realidad: las relaciones prohibidas entre las jóvenes francesas y los soldados alemanes de ocupación que dejó, según se ha calculado recientemente, nada menos que doscientos mil hijos de la guerra sólo en Francia. Señaladas por su escarceo con el enemigo, a las mujeres acusadas de colaboracionismo en brazos de algún soldado se les rapaba la cabeza y eran víctimas de todo tipo de insultos y vejaciones después de la contienda. Sin embargo, la película no llega a este extremo.

El manuscrito quedó inacabado a su muerte en Auschwitz y permaneció en manos de su hija, que no se atrevió a leerlo hasta los años noventa

El exceso de contención interpretativo en ocasiones sugiere más desgana que intensidad. Abordados desde una perspectiva que podría tacharse de superficial, la narración, aunque correcta, apenas pasa por encima de los conflictos sin realmente incidir en las emociones profundas de unos personajes poco expresivos. No obstante, esto no quita que merezca el visionado, especialmente conociendo de antemano la metahistoria del relato: escrito por Irène Némirovsky precisamente durante la II Guerra Mundial, el manuscrito quedó inacabado a su muerte en Auschwitz y permaneció en manos de su hija, que no se atrevió a leerlo hasta los años noventa. La obra se publicó por primera vez en 2004, con gran éxito de ventas.