El pasado lunes se estrenó con un éxito arrollador Chiringuito de Pepe, la nueva ficción de Telecinco para las noches veraniegas.

Debo confesar que la propuesta no me atraía lo más mínimo. Sinceramente. Después de ver terminar Aída lo último que me apetecía era otra sitcom deformada de hora y media, Jesús Bonilla con peluquín y Santi Millán con tupé. Si además la cosa pintaba a mestizaje, menos todavía. ¿Un Chicote en serie? ¿Una mezcolanza entre Los Serrano y Pesadilla en la Cocina? No, por favor. No puedo con eso. Sin embargo, en vista de que el Pesadilla en la Cocina original había programado un refrito con sus mejores momentos, decidí cambiar de canal y probar el plato nuevo que me traía Telecinco. Y me sorprendí para bien. De hecho, fíjense cómo sería la sorpresa que hasta me pareció por un momento estar viendo Antena 3.

[Tweet “Se atreve con cosas tan poco usuales en nuestra ficción como rodar en exteriores”]

Porque Chiringuito de Pepe tiene muy poco que ver con la comedia que habitualmente nos ha traído Telecinco —de la mano de Globomedia, todo sea dicho—. Es otra cosa. Es otro tono, quizá más emparentado con Doctor Mateo que con Los Serrano. Por si no se han enterado de qué va la historia, Sergi Roca, un chef con doce estrellas Michelín, se va a un chiringuito en Peñíscola regentado por Pepe y sus hijos. El juego del choque de opuestos: uno es alta cocina minimalista a cuatrocientos euros el cubierto y el otro es de plato combinado de fritura al por mayor. El pretexto: que el chiringuito está en quiebra, y que Pepe es el verdadero padre desconocido del propio Roca. Y ahí está el primer «pero»: una premisa demasiado enrevesada.

En el primer episodio, nada más terminar de presentar a los personajes, Sergi Roca tiene un diálogo con su moribundo padre —o su tutor, o su padrino… no queda demasiado claro qué es en realidad— en el que le confiesa la identidad del verdadero progenitor y le pide como última voluntad que le ayude a salir adelante, ya que, según parece, después de cuarenta años —que se dice pronto— el chiringuito está en bancarrota. Roca acepta la última voluntad de su supuesto padre —o mentor, o albacea… en serio, ¿quién es el personaje de Gutiérrez Caba?—, no se lo plantea lo más mínimo y se lanza a ayudar a su verdadero padre porque sí. De hecho abandona todos sus compromisos, su trabajo, su lugar de residencia para reflotar el oxidado chiringuito. No sé a ustedes, pero a mí me parece demasiado rebuscado, y además poco interesante.

Sí. Poco interesante. Es cierto que el secreto familiar puede mantener la intriga, pero la intriga no es el plato fuerte de una historia de choque de trenes. El personaje de Roca es un triunfador, coge el negocio ruinoso siendo un triunfador, y cuando termine su aventura del chiringuito probablemente siga siendo un triunfador. Vale que desde el punto de vista emocional a lo mejor madura al encontrar la paternidad —la de su padre, la que empieza a ejercer con su hijo…—, y aprenda a ser más humilde, pero como premisa me parece que da muy poco juego de cara a la peripecia. Total: si fracasa en su empeño de levantar el chiringuito sigue teniendo sus otros restaurantes donde los clientes le pagan cuatrocientos euros por cena. ¿Qué más le da? Sinceramente, hubiera preferido que el arruinado fuera Jordi Roca y el chiringuito su tabla de salvación.

[Tweet “¿Por qué la televisión tiene que poner tramas infantiles a las 23.45 de la noche?”]

El segundo «pero» se lo pongo al ritmo y las exigencias de la malvada señora de Cuenca, cruel meretriz del Averno. El ritmo porque es demasiado lento para ser una comedia. Hay situaciones cómicas que se alargan demasiado; chistes y gags que se pierden en la parsimonia; escenas que no terminan ni en alto ni en bajo ni en ningún sitio, sino que simplemente acaban difuminadas en el minutado: Laura Sánchez dice adiós y ya, Bonilla se despide de su proveedor sordo y listo… Sin chicha ni gracejo, oiga. Y con respecto a la influencia de la señora de Cuenca me refiero a lo de siempre, ya saben: el corte familiar, la tricefalia de tramas para el padre, el hijo y el bikini brasileño; el conflicto interno del impúber enamorado de la hija de la pastelera y sus carreras por las calles del pueblo mientras su padre se embelesa viendo salir a Dafne Fernández en bikini de la espuma del mar, como una Afrodita a cámara lenta. ¿Por qué, señora infame, por qué la televisión en España tiene que poner tramas infantiles a las doce menos cuarto de la noche?

Pero la impresión fue positiva, o al menos eso es lo que he dicho más arriba, principalmente por dos motivos: factura e interpretación. Parece que poco a poco se está empezando a desmontar el mito de que hacer las cosas bien no es rentable. El falso documental y el falso anuncio de ambos mundos al comienzo no podría mostrar mejor la premisa de la ficción. Fotográficamente Chiringuito de Pepe es fantástica, y no sólo porque se plantee jugar con la profundidad de campo, sino porque se atreve con cosas tan poco usuales en nuestra ficción televisiva como, sencillamente, rodar en exteriores. En el primer episodio hay planos incluso de moto en movimiento, de furgoneta en movimiento y hasta de barco pesquero en movimiento. ¡Todo un alarde!

Sin embargo, el pilar fundamental de la serie, y lo que me ha terminado de convencer para que vea el siguiente episodio, ha sido la interpretación de los actores. Millán y Bonilla tienen el tono cogido a sus personajes, y los secundarios van a la zaga, desde el El Langui hasta Andrea Rodríguez —que interpreta a la hija de la pastelera—, y especialmente una Blanca Portillo que, en mi opinión, transpira verdad por babor y estribor. ∴