La otra noche soñé que cenaba con un reconocido productor italiano de cine nada menos que en el restaurante El Alquimista (@ELALQUIMISTA3). La charla se dirimía entre asuntos cinéfilos y, como es natural en estas fechas, desembocaba en la entrega de los Óscar, que se celebra este domingo. Recuerdo que la discusión soñada versaba en parte sobre la idoneidad de los premios y la manera más ecuánime de seleccionar al merecedor o merecedora de la preciada estatuilla. Normalmente soy bastante escéptico con estos temas. Siempre he pensado que hay muchos intereses económicos y publicitarios detrás de la elección final como para que sea realmente fruto de una democrática valoración secreta de los académicos. No obstante, después de ochenta y pico años celebrándose en la probablemente industria cinematográfica más antigua del mundo, pues quién sabe, lo mismo hasta es verdad, oye.

El caso es que mi interlocutor sacó a colación una manera bastante subjetiva de valorar la calidad interpretativa así como la capacidad de entrega cinematográfica de cualquier actor. «No todos los actores te aguantan un Novecento», me decía, con su acento piamontés mientras una camarera china nos traía postres deconstruidos de mieles y ambrosías —sí, en mis sueños pongo lo que me da la gana—. Se refería mi contertulio a la película realizada por Bertolucci en el 76, con Robert de Niro, Gérard Depardieu y otros al frente. Recordaba haberla visto hace bastante tiempo, pero no podía comprender qué me quería decir mi soñado compañero de mesa.

Inquieto, desperté al momento y busqué la manera —guiño, guiño— de hacerme con la película para tratar de entender a qué se estaba refiriendo. Después de verla —y esto se dice pronto, porque la película es más larga que un día sin pan—, no puedo sino compartir la reflexión. Efectivamente, no todos los actores aguantarían un Novecento. En primer lugar, se trata de una serie de interpretaciones sin lugar a dudas magistrales. Lo sé porque no se nota. Ves a los personajes en pantalla, hablando italiano, interactuando unos con otros, y en un momento dado descubres que son de verdad. No hay poses. Y eso que se trata de papeles bastante complicados, crudos y, en el buen sentido, sinceros.

Pero el matiz con el que el productor de mi sueño se refería a ella no es solo la capacidad interpretativa. No todos los actores harían un Novecento, entre otros motivos porque Novecento es una película «sucia». De hecho, es el tipo de película que fácilmente puede hundir en el Hollywood bienpensante la reputación de cualquiera que se atreva a participar en ella. No ya solo por los desnudos integrales, la ambigüedad moral de los personajes o el tono político de toda la obra —estos factores ya marcan carreras, como la de Ted Levine o Anthony Heald, sempiternos villanos por culpa de su paso por los corderos—. Por poner un ejemplo, en Novecento, además de desnudos infantiles bastante explícitos, hay perlas como la de un anciano Burt Lancaster siendo masturbado por una jovencita en una cuadra. ¿Se imaginan a un Tom Hanks en esa situación? ¿Se lo creerían? Otro de los momentos estelares está protagonizado por De Niro y Depardieu —ese actor ruso…—, ambos como Dios los trajo al mundo con una prostituta epiléptica. ¿Se imaginan a DiCaprio o a Cruise de esa guisa?

El caso es que, de todos los intérpretes nominados este año al Óscar, me da que los de actor secundario son, en general, de más carácter y raza como para aguantar un Novecento —de hecho está De Niro entre ellos—. De los nominados a mejor actor sólo pondría la mano en el fuego por Day-Lewis, que ya tiene dos y que, a la postre, está como una regadera. Con las actrices pasa otro tanto de lo mismo: frente a la juventud de las nominadas a mejor actriz —salvando a Riva, claro está— encontramos más fuerza y carácter en las nominadas a mejor actriz de reparto.

A lo mejor es solo cosa mía, o a lo mejor es influencia de Bertolucci, pero el asunto es que, tras descubrir el tamiz de Novecento, cada vez estoy más convencido de que en los Oscars hay gato encerrado.

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