Dicen que, en la Edad Media, el único en palacio que podía criticar al rey sin que le rebanasen la cabeza era el bufón.

Évole despuntó en el programa de Buenafuente precisamente en su rol de humorista. Aunque en su nómina constaba que era el subdirector del espacio, para el común de los españoles él era su personaje, El Follonero, un supuesto espectador crítico que solía interrumpir las entrevistas con algún comentario en tono irónico. La cosa cogió fondo y arrancó un programa propio que seguía la tónica de lo sembrado años antes por CQC: periodista-humorista que irrumpe en el acto público de algún político para generar alguna situación incómoda. Sí. Eso hacía. ¿Recuerdan cuando le preguntó al rey con quién iría Doña Sofía en caso de un España-Grecia en la Eurocopa? ¿Recuerdan cuando le hizo llegar al papa Benedicto XVI la guitarra de Chiquilicuatre?

Poco a poco, entre frivolidades, Nacho Vidal, Miguel Bosé y cosas de esa cuerda, se fue colando algún destello periodístico. El Follonero se atrevía a preguntar lo que los compañeros de la «prensa seria» no preguntaban. Los personajes públicos —políticos, las más veces— aceptaban aparecer con él engañados por la falacia de que el humor hace bien a la imagen electoral y claro, metidos en el brete, con la tontería, el humorista sacaba declaraciones de calado. Recuerden aquella vez que le preguntó a Otegi por qué no condenaba la violencia:

Casi al mismo tiempo desayunaba en Televisión Española Ana Pastor —«Anita Pástor», como la conocen en Ecuador— con muy buenos resultados de audiencia. Por su plató desfilaban políticos de uno u otro bando y ella no se amilanaba con las preguntas, las respuestas, las preguntas no respondidas y las respuestas enrevesadas. Como con Évole, los políticos iban al programa convencidos de la repercusión mediática —y electoral— de los Desayunos de TVE pero una vez allí, metidos en faena, descubrían que las preguntas de la presentadora no eran plato de buen gusto. Su punto fulgurante, al menos en lo que a redes sociales se refiere, fue cuando se le cayó el velo delante de Ahmadineyad y no se molestó en cubrirse de nuevo:

De un tiempo a esta parte el panorama ha cambiado. Ana Pastor ya no está en TVE, ahora presenta su propio programa de entrevistas en La Sexta, y El Follonero de pronto se ha convertido en Jordi Évole, periodista, rebajando el tono satírico para convertirse en azote de los políticos y paradigma del periodismo de investigación. Y lo mejor es que algún señor en la cadena ha tenido una epifanía, se le ha aparecido en sueños algún ente de otro mundo que le ha revelado el secreto de la televisión, y se le ha ocurrido ponerlos seguidos el domingo en un formato televisivo de verdad —a horas normales, con duraciones normales—. Éxito.

Y no solo por el descaro que tienen ambos —sí, Ana, tú también—, sino por el equipo que les acompaña y que realiza un magnifico trabajo de producción e investigación. Podrán achacárseles las críticas de siempre: que si no son del todo imparciales, que si hacen mucha demagogia, que si no deja hablar al entrevistado, la frivolidad y tal. No voy a negarlo. No es de eso de lo que quiero escribir. Lo que quiero destacar en este post es que ambos se han convertido en algo así como referentes de un nuevo periodismo; de una nueva forma de hacer. La propuesta de ambos espacios va en la línea de un acercamiento argumentativo, crítico; que no se conforma con la declaración de rueda de prensa; que contrasta los datos y las palabras, y enriquece su discurso con múltiples fuentes…

Probablemente cuando Tom Wolfe, el llamado «padre del Nuevo Periodismo», lea este post —déjenme soñar— se lleve las manos a la cabeza. Ya, ya lo sé, Tom. Cuando tú hablabas de Nuevo Periodismo te referías más bien a algo como lo de Hunter S. Thomson, que pasó dieciocho meses acompañando a los Ángeles del Infierno para escribir un reportaje sobre ellos, y terminó molido a palos en un parador a cincuenta millas de Santa Rosa. Ya. Lo sé. Sé que lo que hacen Évole y Pastor —con sus equipos— es periodismo normal, el de toda la vida, el que se enseña en las facultades. Lo que pasa es que la cosa por aquí… bueno, Tom, verás…. es que todo ha degenerado mucho… ya sabes… y, al final, el periodismo bien hecho nos parece algo nuevo.

Reconozcámoslo. Da la impresión de que los mandamases de los medios de nuestro país tienen una «hoja de ruta» en el cabecero de la cama con las indicaciones que deben seguir y que éstas se resumen en la frase «hagamos lo contrario a lo que hace el New York Times», o la BBC, o cualquier otra institución más o menos seria que se dedique a esto del periodismo. ¿No se lo creen? Hagan la prueba: busquen un periódico de tirada nacional, abran la sección de noticias internacionales y cuenten cuántas fotografías hay realizadas por fotógrafos propios. Bueno, a lo mejor me he pasado de duro: mejor busquen, entre todas las fotos de agencia, alguna firmada por un español, que lo mismo tienen suerte.

Al menos tenemos a Évole y a Pastor levantando audiencias millonarias, aunque la cosa también tiene su aquél. A ver, no nos engañemos. No tienen éxito por ser buenos periodistas —que lo son—. Más bien han tenido éxito, y el éxito les ha permitido ejercer el periodismo y no estar en la estacada como los cientos de profesionales, con formación y experiencia, que ven el prime-time de La Sexta los domingos desde el incómodo sofá del desempleo. Ya saben de quién hablo: caras y plumas conocidas por todos que acabaron siendo víctimas de las regulaciones de empleo en los medios públicos y privados; que no tuvieron la suerte de estar en un programa en prime-time, o perder el velo delante del presidente de Irán, o que desecharon la ocurrencia de que mandarle una guitarra de juguete al papa podía ser el salvoconducto para obtener el respaldo de la audiencia y con él —programadores de televisión iluminados mediante— convertirse en periodistas respetados que ponen su nombre en la cabecera del programa.

Anoche Pastor terminó haciendo un «homenaje» a los periodistas que no suelen salir por las pantallas, los de ruedas de prensa y declaración, y total y colas y entradillas. ¿Saben cómo? Simplemente puso un corte de la última rueda de prensa de Ana Botella en la que todos hacen la misma pregunta, que se queda sin respuesta. Hubiera estado bien poner a los que no se conformaron y buscaron la información por otra fuente. Pero bueno. Cosas de la tele.