Cuenta Platón en el diálogo Protágoras el mito de Prometeo. En su versión, el titán, cuando ve que los hombres, al ser creados, han quedado olvidados en el reparto de capacidades y atributos animales, roba a Hefesto y Atenea la sabiduría y el fuego para regalárselos a la raza humana. Esto otorga al hombre cualidades divinas, por lo que Prometeo es duramente castigado. Sobre esta base mitológica se han articulado infinidad de historias relacionadas con la ilusión de dotar de vida e inteligencia a algo creado artificialmente, ya sea una marioneta de madera como en Pinocho o un cuerpo formado por retazos de otros, como lograba el literario doctor Frankenstein. La última en sumarse al conjunto es Ex machina, una interesante reflexión sobre la inteligencia artificial y el alto precio que puede llegar a pagar quien juega a ser Dios.

En Ex machina acompañamos a Caleb (Domhnall Gleeson), un joven informático que ha sido elegido mediante sorteo para conocer a su jefe Nathan (Oscar Isaac), CEO de una importante empresa de software, y participar en su próximo proyecto. Una vez recluido en la laberíntica y aislada mansión del jefe, Caleb descubre su misión: deberá realizar el Test de Turing a una hermosa androide llamada Ava (Alicia Vikander) y determinar si posee inteligencia propia o si tan sólo responde a la programación que le ha sido dada. Conforme robot y humano se van conociendo irán surgiendo intrigas y contradicciones que harán dudar al protagonista de la verdadera finalidad del experimento, en una atmósfera cada vez más opresiva e inquietante.

Un relato intenso e inquietante sobre la naturaleza de la conciencia, la sexualidad, y la delgada línea que puede separar la verdad de la mentira

Ex Machina supone el debut en la dirección de Alex Garland, autor de La Playa y guionista de 28 días después, que se lanza con un texto propio. Se trata de una producción pequeña, sostenida tan sólo con cuatro personajes en un único escenario, pero que ofrece al espectador un relato intenso, inquietante y bien estructurado que reflexiona sobre la naturaleza de la conciencia, la sexualidad, la lucha contra las emociones y la delgada línea que puede separar la verdad de la mentira.

Porque lo realmente interesante de Ex machina, más allá de lo tecnológico o lo sexual, es el planteamiento dramático de las emociones de los protagonistas, androide incluida. Aunque a priori pueda parecer que una obra de ciencia ficción juega con ventaja al plantear un mundo más allá de los límites de la realidad donde todo puede llegar a ser posible, lo cierto es que el film se ciñe a sus propias reglas para incidir en las relaciones humanas y la manipulación de unos sobre otros para lograr sus propios objetivos.

La atmósfera y puesta en escena bien podrían ser de un episodio de Black Mirror con las cortinillas de El Resplandor

Aunque por instantes puede resultar un poco carente de ritmo, y el final quizá pueda resultar un tanto previsible, Ex machina no deja de ser digna de visionado tanto por su planteamiento como por el buen acabado de la pieza. La atmósfera y puesta en escena bien podrían ser de un episodio de Black Mirror con las cortinillas de El Resplandor. Su fotografía y efectos digitales llaman la atención por su nivel de detalle. Su banda sonora, de reminiscencias orientales, oscila entre lo onírico y lo eléctrico, a tono de la propuesta de todo el film; y la interpretación, por su parte, resulta más que convincente, en especial la de Alicia Vikander, cuyo pasado en el ballet parece haberle otorgado las tablas necesarias para dar vida a un robot tan misterioso como bello.