Manda la tradición nacional programar en estas fechas clásicos bíblicos acorde con el sacro incienso que se respira en nuestras calles y plazas. Rey de reyes, Los diez mandamientos, Ben Hur… ya saben. Este año irrumpen dos nuevos títulos para la colección que nos llegan gracias a la magia del video on demand: Noe, y Exodus. Me ha dado por ver la segunda.

No voy a contarles la historia de Moisés, ni tampoco voy a contarles la versión Dreamworks de la historia de Moisés. Sólo les diré que Exodus bebe de ambas y, de hecho, no sabría si más de la segunda que de la primera. Tampoco voy a contarles nada que no sepan de Ridley Scott y su reverendísima cara dura. Sí. Cara dura. Vean Prometheus y me entenderán.

A ver, seamos sinceros. El que otrora fuera director de enormes títulos de la ciencia ficción como Blade Runner o Alien de un tiempo a esta parte tan sólo encadena superproducción tras superproducción, a cual más rentable y a cual más facilona. Porque otra cosa no, pero facilona es a más no poder.

Si hay algún logro en la película es la posibilidad de plantear un Moisés realista que estuviera entre el delirio y la venganza

Christian Bale es un Moisés embetunado —muy criticado, por cierto, eso de contar con gente guapa y caucásica para interpretar a los protagonistas— que mantiene una cruda rivalidad con su hermanastro-amigo-enemigo el faraón. Desterrado en pleno proceso de conocer su pasado, se asienta a los pies del Sinaí donde lleva una vida de pastor hasta que un día se encuentra una zarza ardiendo y un niño-ángel mal encarado que habla por boca de Dios. Y ahí comienza a ponerse interesante el tema.

Porque si hay algún logro en la película es la posibilidad de plantear un Moisés realista que estuviera entre el delirio y la venganza. Por instantes la premisa parece que apunta hacia una perspectiva interesante cuando recoge la mirada de los hermanos y seguidores de Moisés que lo ven hablando solo, diciendo sandeces y planteándose la posibilidad de estar siendo guiados por un loco que, de hecho, no termina de obedecer ciegamente a un Dios hacia el que parece tener, por momentos, más odio que temor. Lastimosamente esta perspectiva se diluye rápido en una larguísima secuencia de montaje con las plagas de Egipto emplatadas por ordenador, igual que el paso del mar, que es, como se esperarán, espectacular. No obstante, no dejen de fijarse, si pueden, en el sencillo homenaje que hace la fotografía a Centauros del Desierto —o me ha parecido a mí que lo hace, que también puede ser—. Eso vale más que ver abrirse el Mar Rojo.

Pero no quiero meterme mucho con Scott. Por una vez voy a tratar de morderme la lengua por interés. Que me disculpen los fieles, pero es una cuestión de supervivencia. No supervivencia mía, que el inglés no me toca nada, sino supervivencia de nuestro cine o, más concretamente, de nuestra presencia en el cine. Porque, así con la tontá, Ridley Scott es uno de los pocos directores que confía en España para plantear sus superproducciones. Al menos lleva cuatro rodadas en territorio nacional, a pesar de que nuestros incentivos fiscales para las producciones extranjeras son menores, por ejemplo, que los de Francia. Acháquenlo al clima, a las horas de luz, al vino, al jamón o a la mano de obra más barata, pero lo cierto es que Exodus se ha dejado entre Almería y Fuerteventura la nada despreciable cifra de 44 millones de euros —según afirma el presidente de la Spain Film Commission—, entre otras cosas mediante más de mil puestos de trabajo —incluyendo el de María Valverde, que tiene un rol de peso— y contratos con otro millar de empresas proveedoras. Y esto sin contar los ingresos que devengan del turismo que pueda incentivar la película. ¿Qué puedo decir ante un panorama así? Sencillamente, Mr. Scott, no es su mejor película, pero haga muchas, muchas más así. Zankiu.