Imagino que, cuando vas a ver una película totalmente a ciegas, debes tener plena confianza en que la dirección sea suficiente garantía como para salir satisfecho de la sala.

A partir de aquí, el editor de NOSOPRANO, Jean Cité, podría enzarzarse en una discusión ad infinitum conmigo, sobre si una película es únicamente de su director o ejerce de comparsa, cuando el trabajo es de los actores, cámaras, técnicos, maquilladores, etc., a pesar de llevarse el director toda la gloria por «firmar» el producto final. No creo que les apetezca (pueden leerlo, en cualquier caso). La decisión de ver A propósito de Llewyn Davis la tomé únicamente porque se trataba de una película de Joel y Ethan Coen. Sin apenas leer nada sobre la historia, tan solo línea y media de la sinopsis. Riesgo supremo. Horror, intriga… dolor de barriga ¿Estaría tirando mi dinero a la basura?

Con los Coen siempre corres un riesgo. Su estilo es tan personal que «hacen a pelo y a pluma» sin mayor empacho. Lo mismo comedias como Arizona Baby (1987), Quemar después de leer (2008) o Crueldad Intolerable (2003) que cine negro de corte clásico, como El hombre que nunca estuvo allí (2001) o No es país para viejos (2007). Personalmente, esta última película, a pesar de Bardem —que salva los muebles—, no me gustó lo más mínimo. Del mismo modo que no me gustaron nada Fargo (1996) o Un tipo serio (2009). Por fortuna, cuentan en su haber con joyitas de culto como El gran Lebowsky (1998) o westerns como Valor de Ley (2010), que me devolvieron —con permiso de Clint Eastwood— la fe en el género.

Con A propósito de Llewyn Davis, los Coen retoman el coqueteo con la música folk americana, que ya había sido personaje tangencial en O’ Brother, Where are you? (2000). Pero cualquier parecido entre ambas películas es circunstancial. En este caso, la música es la protagonista, además de un Oscar Isaac —soberbio— que deberá besar por donde pisen Ethan y Joel, a partir de ahora. Porque se lleva el 90% del peso del film, con una solvencia impresionante. En la peli encontraremos una historia redonda en su hermosa simplicidad, complejísima en matices y lecturas; circular en cuanto a concepción y estructura, aunque el círculo no se cierre. Porque en la vida muy pocas veces podemos cerrar el círculo. Y eso es esta película: la historia del viaje de una vida —quién sabe si hacia ninguna parte—, un trayecto cuajado de traspiés, malas decisiones, esperanzas y heridas abiertas con un pasado que se resiste a abandonarte.

Llewyn es músico y, tras perder al compañero con el que formaba un dúo, trata de ganarse la vida tocando su guitarra en el Greenwich Village neoyorquino de 1961, pasando la gorra en pequeños locales. Está siempre sin un duro y vive a costa de la amabilidad de sus amigos —y de sus sofás— a la espera de que su primer disco en solitario le catapulte a la fama aunque, si tiene la misma suerte en la música que en su vida personal y sentimental —un rosario de fracasos—, puede ser una dura tarea.

Quienes alguna vez hemos puesto nuestra ilusión en vivir de aquello que creamos —no me atreveré a llamar arte a la escritura, no a esta que hacemos algunos—, podemos sentirnos muy identificados con el personaje de Llewyn Davis en muchos pasajes de la película. Cuando tu esperanza y tu proyecto de vida va ligado al mundo de «la farándula», tienes que enfrentar a diario el fracaso y la incomprensión. Tienes que caerte y volver a levantarte. Decepcionar a personas, regalar a algunas y fallar a otras. Y, efectivamente, tu vida suele ser un caos. Si ese caos es tan honesto y hermoso como una película de los Coen… bendito sea. Aunque mis fuentes en los círculos de la escena musical la ponen a parir, a mí me ha parecido una absoluta delicia. Al jurado del pasado festival de Cannes también, por cierto. Por si les vale de algo